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Zona de Ruptura

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El 28 de abril vivimos en España una potente movilización del electorado progresista. Una altísima participación electoral casi desconocida en nuestro país, auspiciada por una idea manifiesta: erigir un dique de contención frente al avance insoportable de una triple derecha desatada en lengua, soberbia e irresponsabilidad política.

Una triple derecha dispuesta a seguir empeorando las condiciones de existencia de los españoles con sus fracasadas medidas neoliberales, las mismas que nos arrastraron a la crisis del 2008, y crecientemente reaccionaria en el ámbito de la moral, la memoria y los derechos conquistados. Todo ello bien rociado con un denso y sofocante perfume con el hedor de la tumba principal del Valle de los Caídos.

Este dique de contención se había levantado sin embargo no sólo sobre el miedo a que esta derecha desbocada tomara el poder. Sus cimientos más luminosos se asentaban sobre una esperanza: la posibilidad de establecer cualquier tipo de acuerdo de gobierno entre los partidos políticos que atraen la mayoría del voto progresista o de izquierdas en nuestro país. Ya lo habían conseguido tras la moción de censura a Rajoy. No era un castillo en el aire.

Sin embargo, no nos hacíamos grandes ilusiones. Sabíamos que, a nivel internacional, el volante lo llevan aquellos que aman la política al borde del abismo. Sabíamos que, a nivel europeo, la elección está entre quienes cabalgan sin complejos derechitos al desastre, o a quienes desean, sin cambiar el curso del camino, ponerle bridas a la locura. Sabíamos que el PSOE es una maquinaria oligárquica de administración del poder, orientado por la máxima de mantenerse en el timón, a toda costa, siguiendo el itinerario que imponga la marea. También sabíamos que Unidas Podemos hace tiempo dejó de representar la ilusión indignada de 2011.

Sabíamos todo esto pero fuimos a votar con la papeleta bien firme entre los dientes. Como en una suerte de último acto de insurgencia votante, tras el exasperante ciclo electoral que comenzó en 2014. Gritando: os votamos porque sois lo mejor dentro de los que estáis, pero no es un cheque en blanco. Os votamos porque nos debéis vuestro derecho a la representación. Os votamos porque somos el grito ahogado del que clama contra el mal gobierno. Os votamos porque es nuestro puto derecho, arrancado de las manos de las élites que siempre nos consideraron idiotas de lo público. Os votamos porque, a pesar de todo, confiamos en vosotros, y en que os pongáis de una jodida vez de acuerdo.

Con estos mimbres, el cesto construido el 28 de abril nos pareció una victoria. Una victoria que cabía (y se expresaba) en un suspiro. Un suspiro que daba cobijo a esos dos anhelos (parar a la derecha, construir un gobierno progresista). Sinceramente, hoy esos dos anhelos se han convertido en vaho que se disuelve en el techo de cristal de la componenda política.

El PSOE es el gran responsable de la disolución de los anhelos del 28 de abril. Pero a Unidas Podemos también le toca su parte.

Tras su arrebato quincemayesco, consistente en el acto de rebeldía del militante socialista, que eligió al líder defenestrado por la cúpula, el PSOE ha vuelto a ocupar el lugar que le corresponde: el de la rémora. La prueba está en que ha puesto toda la carne en el asador para quemar la posibilidad de articulación de un pacto con Unidas Podemos. El PSOE no quiere compartir el poder del Estado. Un poder, y un Estado, que han sido construidos por él mismo tras la erección del modelo de democracia del que disfrutamos. El PSOE por eso se siente propietario del hábitat España. Cree tener la legitimidad para administrarnos como a los habitantes de un cortijo. Y al PSOE no le gusta gobernar su hacienda a través de intermediarios. Dicho más claramente: el partido socialista ha visto la luz tras las elecciones, y cree que puede volver a recuperar lo que perdió comportándose exactamente igual que se comportó siempre: como un patrón benevolente que sabe lo que nos conviene a los demás, que somos imbéciles.

Es triste reconocer esto y a la vez desear que sean ellos los que gobiernen. Pero así es. Porque necesitamos un respiro, un mientras tanto, un caballo con bridas, es mejor que gobierne esta rémora a que lo hagan los otros. El PSOE sabe aún administrar sus herencias, es un titán cuando tiene el poder en sus manos, y es aún depositario de la confianza de amplias capas de nuestro pueblo. El PSOE es sociológicamente de izquierdas (por favor dejémonos de monsergas identitarias puristas, la izquierda es lo que fue, lo que es y aquello en lo que se convierte, no discutamos sobre el sexo de los ángeles) y esta realidad permite al menos pensar que algunas políticas serán progresistas (más aún con alguien que le sople en la nuca a la izquierda en el Parlamento o en el gobierno). No encuentro argumentos para pensar que un gobierno del PSOE será igual o peor que uno formado por el tridente derechista.

Antes de pasar a hablar sobre Unidas-Podemos creo que es necesario recordar una cosa: el voto es sólo una de las opciones que tenemos los ciudadanos para luchar por construir un mundo más humano para nosotros y nuestros semejantes. El voto es sólo una opción estratégica en un juego donde las cartas están marcadas y las reglas las dictan otros. Votar en democracia es fruto de una conquista social, pero el voto no es la morada donde reside el conjunto de todas nuestras preocupaciones, valores y deseos. Hay que desacralizar el voto. La democracia comprende el voto, pero lo rebasa.

La responsabilidad de Unidas Podemos está en otro lugar bien distinto al del PSOE, que claramente pretende humillar y doblar el codo de Unidas-Podemos. Básicamente, mi preocupación con respecto a Unidas-Podemos está en que parece haber abandonado la sana práctica de aquello que los antiguos griegos llamaban parresía. Esto es, decir la verdad, hablar en libertad, con franqueza, aún a sabiendas de que supone un peligro, de que podrás concitar el rechazo de aquellos que te apoyan. Arriesgarse a abandonar la retórica y los instrumentos técnicos para orientar la opinión, y hablar el lenguaje de la nuda verdad. Unidas Podemos ya no hace esto, porque la parresía, una forma de crítica, se articula hacia fuera, pero también hacia dentro. Quizás sigue haciendo lo primero, pero hacia dentro no le queda más que lengua desatada sin puertas. Los griegos, según nos cuenta Foucault, tenían un nombre técnico para esto. Yo se lo resumo: verborrea. Porque todo lo que nos cuentan sobre sus posiciones, sus conflictos internos, sus plebiscitos, sus cartas a los inscritos, suena en demasiadas ocasiones al arrullo embaucador de la charlatanería. Nunca se equivocan. La culpa es siempre del otro. Si asumo errores, es por no ver llegar al adversario con el puñal en la boca. Pero jamás nos cuentan ya la verdad cruda, sin aditivos. Mucho me temo que esto bien pudiera significar que el enemigo ya habita en ellos. Porque Podemos ha envejecido muy rápido, pero ha madurado poco. Se ha adaptado rápidamente al juego de los medios, al lenguaje del adversario; ha aprendido a eliminar la disidencia, a construir militantes-hooligan, a dejarse arrastrar por la autocomplacencia, a evitar siquiera el asomo de una retractación pública. A dar excusas, contar medias verdades, vendernos la moto. Da la sensación de que Podemos también ha comenzado a tratarnos como a idiotas de lo público.

Entiendo que Unidas-Podemos se encuentra en una tesitura terrible. Tener la bota del PSOE en la boca, sentir toda la presión humillante de su poder mediático, económico, de organización; su experiencia en la movilización de recursos, su habilidad para construir relatos de victoria, su dilatada sabiduría en decir lo uno y lo contrario en la misma frase sin pestañear. Se encuentra en la tesitura de tener que soportar todo esto y decir la verdad: no podemos doblarle el codo, no somos lo suficientemente fuertes, tenemos que aceptar su dictamen. Podemos vino a la política a volver a hacer de ella un servicio, y no a seguir jugando al juego de los testículos de partido enfrentados, y por ello, en mi opinión, Podemos debiera aceptar el jodido acuerdo que el maldito PSOE le proponga, para evitar que nos vuelvan a arrastrar a unas elecciones que, en el mejor de los casos, dejará a Podemos más debilitado y al PSOE más fuerte (con lo que habrá menos políticas de izquierdas) o, en el peor de ellos, dejará el gobierno en manos de los tres caudillos del paraíso fiscal, la flexibilización laboral, la venta de España al por mayor y la nostalgia por la moral autocrática.

Si esto no sucede, el PSOE nos arrastrará a elecciones. Yo volveré a votar a Unidas-Podemos o cómo demonios se llame la coalición que monten entonces. Pero ya los dientes no apretarán tan fuerte el voto, ya la ilusión se habrá convertido en resignación y ya la mirada estará en el horizonte de la esperanza en que hayamos aprendido algo, y surja, en el medio plazo, alguna otra cosa que vuelva a hablarnos con la franqueza que nos merecemos.

 

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Cuatro razones para votar el día 28

1.- El derecho al voto, como la misma democracia, es una conquista social. No es un regalo cedido por las élites a un pueblo sumiso, pasivo y balbuceante. Es un derecho arrancado de las ávidas manos de los poderosos. Costó siglos de organización, reivindicación y resistencia; costó miles de huérfanos, torturas, cárcel, palizas, violaciones, asesinatos, ajusticiamientos, fusil en mano, con garrote vil, a guillotina. Esta conquista social es además un invento muy reciente, más aún si tenemos en cuenta que su verdadera universalidad sólo llega con la inclusión de las mujeres y las minorías étnicas. Nadie nos ha regalado nada, y aquello que se conquista sólo se mantiene si se defiende. Siempre es posible la vuelta atrás, la involución, la pérdida de posiciones. Y estamos en una época donde es precisamente esto lo que está en juego. Por eso hay que votar el 28 de abril a quienes defienden la democracia.

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Nueva Ficha: Más Madrid

La nueva polémica en Podemos estalla en torno al 17 de enero, cuando El País publica un artículo en el que revela la firma del compromiso entre Carmena e Íñigo[1] para extender la experiencia de Más Madrid a las elecciones de la Comunidad. Es difícil, sin conocer las cuitas internas de Podemos por no pertenecer al partido, conocer con exactitud cuáles han sido todos los elementos en juego. Pero se están publicando cosas que dan información interesante. Esto es un intento de aclarar ideas, para entender que está pasando y sobre todo, qué nos estamos jugando todos los que deseamos un mejor futuro para nuestro país.

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10 notas sobre las elecciones andaluzas

Antes del resultado electoral de las elecciones autonómicas andaluzas, conocido el pasado 2 de diciembre, los análisis y pronósticos sobre el proceso se concentraban básicamente en tres aspectos:

  1. El PSOE ganaría las elecciones, pero perdería un significativo apoyo electoral, traduciéndose en una pérdida de escaños que le impedirían formar gobierno en solitario.
  2. En la derecha se dirimiría un incierto combate a tres bandas, con un crecimiento exponencial de Ciudadanos, una sangría de votos para el Partido Popular, y el ascenso de VOX.
  3. Con respecto a Adelante Andalucía, en cambio, se aseguraba que o bien mantendría o perdería 1 o 2 escaños.

Con estos mimbres, la duda fundamental que se planteaba era por lo tanto en torno a la gobernabilidad de Andalucía tras las elecciones, y la cuestión de en quién se apoyaría el PSOE andaluz para gobernar.

Estos pronósticos, en el fondo, no se equivocaron, pero no acertaron en dos acontecimientos de calado que son los que hoy han marcado una suerte de shock, por lo inesperado: el descalabro del PSOE, que ha sido aún mayor de lo predecible, y la espectacular subida de VOX. Este resultado ha destruido también el vaticinio que aseguraba que, en todo caso, el PSOE podría gobernar, aunque sin mayoría y buscando apoyos.

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Lo que se juega en Andalucía

1El día 2 de diciembre se celebran elecciones anticipadas en Andalucía, la Comunidad Autónoma más poblada de España (más de 8,3 millones según el INE)[1], por delante de Cataluña (7,5 millones) y Madrid (6,5 millones). En torno a 6,5 millones de andaluces podrán acudir a las urnas.

Éstas son unas elecciones de primera magnitud, por el peso específico de Andalucía en el conjunto del Estado, y porque, como observa lúcidamente el veterano jurista Javier Perez Royo[2], las elecciones andaluzas suelen marcar una pauta en el resto de Comunidades Autónomas del Estado, salvo en los particulares universos políticos de Madrid, País Vasco y Cataluña.

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Pablo Casado, Albert Rivera y el espacio Salvini

Los pobres pertenecen a una especie infrahumana. Son algo menos que humanos, son despreciables, ignorantes, feos, desagradables. Son desechables. Esto es lo que pensaba Gonzalo de Aguilera y Munro, terrateniente, oficial retirado del Ejército español, salmantino. Cuando en julio de 1936 en España un nutrido grupo de militares traidores a su  pueblo y a su patria decidieron dar el golpe de Estado que acabó en Guerra Civil, el señor Gonzalo de Aguilera, para celebrarlo, puso en fila a sus jornaleros, eligió a 6 al azar, y los fusiló. Para que aprendieran.

Los militares africanistas, bregados en una lucha sin cuartel contra los marroquíes, se habían embrutecido asesinando salvajemente a la población civil del país vecino, entonces ocupado en su franja norte por España, y lo hicieron sin remordimientos: los moros eran infrahumanos. Los obreros y campesinos españoles tenían sangre bereber y árabe, postulaban, y, por lo tanto, también eran seres inferiores. Es decir; también podían ser exterminados. Y si alguien manifestaba una opinión contraria a esto y se resistía al “Alzamiento”, el general Mola, artífice del Golpe del 36,  lo dejó bien clarito: “Hay que dar sensación de dominio eliminando sin escrúpulos y sin vacilación a todos los que no piensen como nosotros”.

Lo más lamentable es que en gran parte de la intelectualidad española (como en gran parte de Europa), las teorías racistas, genetistas y biologicistas que clasificaban a los seres humanos en tipologías raciales para justificar el dominio de unos sobre otros, estaban muy en boga. Esto permitió a toda una generación de autores, grandes filósofos y literatos, que, al preguntarse sobre las causas de la decadencia de España, a la vez que descubrieran, acertadamente, que el problema estaba en las élites (las “oligarquías y el caciquismo”), llegaran a la conclusión de que España estaba demasiado “africanizada”. Europa era lo moderno y lo civilizado, y España tenía que tender a Europa. Había que huir del vecino africano, el lugar de lo “bárbaro”. Alguien tan relevante e interesante como Joaquín Costa llegó a dejar escrito que había que “contener el movimiento de retroceso y africanización que nos arrastra lejos de la órbita en que gira y se desenvuelve la civilización europea”. Europa era el remedio contra la enfermedad “África”.

Hicieron falta 50 millones de muertos y la derrota del fascismo en 1945 para la puesta en cuestión de toda una serie de ideas racistas que habían adquirido categoría de prestigio académico. Hasta hace poco nadie, salvo los muy trasnochados, se declaraban abiertamente racistas.

Es difícil subestimar por ello la relevancia que tiene que en Europa existan personajes como Salvini. Todo un Ministro del Interior en Italia, madre fundadora de la UE. Y también de Berlusconi. Y también del fascismo. En la otra orilla, también de grandes pensadores que han incidido en la lucha por la emancipación del género humano, como Lorenzo Valla, Maquiavelo o Antonio Gramsci. Italia es una suerte de laboratorio de pruebas. Produce desde los tiempos de Roma una serie de innovaciones políticas que anuncian tendencia, marcan estilo. Italia es fondo y forma. Italia es parte indispensable de la red neuronal que vertebra la historia y el pensamiento de Europa. Sin Italia no hay Europa. Hay que tomarse muy en serio lo que pase en Italia.

Europa no es el lugar de condensación de todos los males de la Tierra. Es el crisol donde se fundió la rica cultura mediterránea productora de grandes cadenas pero también de sólidos yunques y martillos para desbaratarlas. El azar colocó a Europa, península de Asia que besa a África en el Estrecho, en un lugar geográfico privilegiado de cruce de civilizaciones. No hay nada dado de una vez y para siempre. Sucedió simplemente, y los historiadores tratan de desentrañar el origen de los azares que colocaron a Europa en una posición de dominio. La tradición clásica lo supo entender: la fortuna es la emperatriz del mundo.

A partir de 1945 se convirtió en políticamente incorrecto decir lo que hoy dice el gobierno italiano: los gitanos sobran. Los negros sobran. Los desheredados de la tierra, aquellos sobre cuyos cadáveres erigimos nuestro bienestar, sobran.

No es una casualidad que precisamente cuando ese bienestar se tambalea, el cáncer Salvini aparezca. Las últimas declaraciones de Casado anuncian que la metástasis ya se ha extendido, aunque ha estado larvada durante mucho tiempo. Donald Trump, Salvini y personajes similares no son una aberración, una pústula infecta o el producto de un error en la historia: es la consecuencia lógica de años de políticas de racismo encubierto en los significantes “lucha contra las mafias”, “contra el terrorismo” o de “contención en frontera”. Son la expresión fidedigna de hacia dónde camina la humanidad cuando el simple ánimo de lucro cabalga sin bridas, dejando atrás los valores de solidaridad, fraternidad, libertad e igualdad, las auténticas raíces de la democracia moderna.

Rivera y Casado son hoy dos gladiadores que luchan en la arena pública por el espacio Salvini en España. Representan sin lugar a dudas lo peor de Europa, lo menos válido. El miedo, la insolidaridad, la conversión del derecho en privilegio. El peso de las generaciones muertas, la pulsión tanática, la autodestrucción de las redes sociales basadas en la fraternidad. Son el fin de la cosa pública y la entrada de cabeza en el infierno del sálvese quien pueda. Con ellos no hay otro futuro que el abismo.

Pablo Casado se ha colocado ya abiertamente en el espacio Salvini: el espacio del populismo de derechas. Es muy sintomático que, como Rivera, ya anuncia en cada declaración, con una negación, todo aquello que es: un populista de derechas y un nacionalista excluyente e intolerante.

Casado tiene una habilidad primordial, genuina y sinceramente extraordinaria: miente sin pestañear. No puede ser de otra manera en una persona que representa en sí mismo el paradigma de eso que se llama “emprendimiento”, entendido exactamente en los términos en los que realmente funciona: el mundo del enfrentarse con la barbilla alzada a la dignidad, a la honestidad, a la profesionalidad y a la virtud del servicio público, todo  en aras del medro y el lucro. Casado sabe qué hay que hacer para tener éxito en este mundo. Dar codazos, usar el Caos como escalera, tirar de clientelismo, desarrollar con sutileza el difícil arte de lo aparente. Casado no es un monstruo, es un símbolo: el de la banalización de la democracia. “No hay que hacer demagogia”, nos dice, mientras hace de ella la fuente de la que manan sus falacias. “No hay que ser populistas”, nos dice, mientras juega con la lógica amigo/enemigo haciendo del inmigrante el “Otro” a erradicar; el “problema es el nacionalismo”, nos canta, mientras hace del uninacionalismo españolista la bandera con la que pretende salir del bucle de decadencia electoral en el que está inserto su partido.

Salvini ya está aquí entre nosotros, desdoblado entre Rivera y Casado, emponzoñando el aire. La pregunta clave es: ¿ha venido para quedarse?

 

El combate que viene: en Europa y contra el populismo de derechas

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Según el análisis electoral realizado por el equipo de Jaime Miquel para el diario Público, la moción de censura de Pedro Sánchez que ha derribado al gobierno de Mariano Rajoy con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario salvo PP, Ciudadanos, UPN y Foro Asturias, ha supuesto, de momento, el hundimiento de las perspectivas de voto del Partido Popular. Buena noticia. Lo malo es quiénes van a sustituirles.

Según los cálculos de Miquel, si hoy se votara en unas elecciones generales, el PP quedaría en cuarta posición y el sector de sus votantes de ultraderecha votaría al partido VOX, que podría acceder a la conquista de dos escaños. Además, asegura Miquel, Pedro Sánchez ya no rascará más en el sector derechista del electorado español, que ha quedado aglutinado en torno a la figura de Albert Rivera.

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El Partido Popular, una lacra para España

La negación sistemática de la legitimidad del adversario como estrategia para alcanzar o mantener el poder político. Éste es básicamente el modus operandi al que nos tiene acostumbrado el Partido Popular en España, especialmente cuando está en la oposición, aunque también cuando ejerce el gobierno. Vamos a tener ración doble de este caldo lo que dure el nuevo gobierno socialista.

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7 notas sobre el nuevo gobierno de Pedro Sánchez

1.- El primer y más evidente hecho en los nombramientos de Sánchez para su gobierno, es el nombramiento de más mujeres que hombres. Más mujeres y además en puestos de responsabilidad que habitualmente eran considerados patrimonio de los hombres.

Esto tiene una clara significación feminista, en el sentido de que atiende al despertar feminista que la sociedad española parece estar viviendo en los últimos años. Poner esto en cuestión me parece absurdo.

Porque los gestos simbólicos no son únicamente gestos, son también reconocimiento, en este caso, a la pujanza del movimiento feminista. Que haya interés electoralista, por obvio, no implica que no pueda tener aspectos positivos.

La discusión en torno a si este gesto es algo verdaderamente feminista me parece aún temprana, fundamentalmente por dos cuestiones: a) habrá que esperar a ver qué tipo de políticas públicas se ponen de manifiesto y b) habrá que esperar a ver qué tipo de políticas de corte feminista se ponen en marcha, si es que finalmente se ponen en marcha.

Esto último en dos sentidos: lo radicales que sean esas políticas y en función a qué tendencia del feminismo se adhieren tales medidas. Porque el feminismo es algo bastante plural, afortunadamente. En principio siempre es positivo cualquier política feminista (puesto que busca una mayor emancipación de las mujeres en un contexto que las discrimina con evidencia, y ello redunda en una sociedad más igualitaria y, por lo tanto, mejor para todos y todas) pero en lo concreto no todas las propuestas del feminismo son igualmente valiosas (según mi opinión).

Por ejemplo: existe un feminismo que considera que la prostitución debe ser abolida. Y existe otro feminismo que considera que lo fundamental es proteger a las trabajadoras del sexo, regulando su trabajo. El primer feminismo denuncia la mercantilización del cuerpo de la mujer y siente aversión a que el sexo pueda ser objeto de una transacción comercial, tendiendo a dar poca voz a las trabajadoras del sexo, a las que se victimiza y elimina capacidad decisoria (entre otras cosas confundiendo constantemente prostitución con trata), mientras que el segundo atiende a un concepto más desprejuiciado de la sexualidad y se preocupa por la cuestión de los derechos de las trabajadoras.

Existe, por poner otro ejemplo, un feminismo de carácter muy punitivo, que entiende que problemas sociales reales y muy sangrantes como la violencia de género, el acoso o la agresión sexual se solventan con un mayor énfasis penal, mientras que existe otro feminismo que, sin negar necesariamente lo anterior, reivindica una mayor dedicación a políticas públicas educativas para erradicar el machismo de allí donde mejor cobijo encuentra: las mentalidades sociales.

La articulación de políticas feministas puede por lo tanto atender a unos u otros valores, y en función de donde se ubiquen podrán resultarnos más valiosas o menos. Aún es pronto para saberlo, pero mi intuición es que de articularse políticas feministas puede que se concentren en la tendencia feminista hegemónica, compartida tanto por el feminismo socialista como por el autoconsiderado de corte más “de izquierdas” (que en los dos casos presentados se refieren a la postura “abolicionista” y a la postura “punitiva”), que, en lo que respecta a la lucha por la igualdad, son en mi opinión opciones menos valiosas, porque en el fondo no atienden o confunden la raíz del problema y tienen cierto poso de conservadurismo con el que no comulgan, afortunadamente, todas las feministas. Esta fértil disputa intelectual en el diario Ctxt.es entre Beatriz Gimeno y Loola Pérez puede resultar ilustrativas del tipo de diferencias existentes en el seno del feminismo:

(http://ctxt.es/es/20180523/Firmas/19815/sexo-feminismo-empatia-sexualidad-machista.htm y http://ctxt.es/es/20180606/Firmas/19986/follar-empatia-sexo-patriarcal-feminismo-Loola-Perez.htm).

2.- Los gestos, decíamos, no son sólo gestos, sino también reconocimiento. Y en el vital cargo del Ministerio de Economía, Sánchez ha decidido colocar a una tecnócrata abiertamente socio-liberal (Calviño) lo que anuncia (de nuevo, habrá que esperar que tipo de políticas se ponen en marcha) un gesto hacia las políticas económicas tradicionales en la UE.

Es decir, el tipo de políticas económicas que nos han traído hasta el lugar en el que estamos: una potente erosión de los sistemas de protección de las mayorías sociales, de los derechos de los trabajadores y de las instituciones públicas dedicadas a tal efecto, a la vez que se incrementa la renta de quienes más tienen y se reduce la de los que menos tienen. A su vez, estas políticas han desgastado, desprestigiado y vaciado de contenido al sistema representativo democrático, arrebatándole espacios de soberanía que se ubican en lugares donde no decide la gente.

Los suspiros de alivio de los mercados, de Ana Botín y de los prebostes de Bruselas ante el nombramiento de Calviño han sido evidentes. Y como no existen evidencias de que los suspiros de tales agentes suelan repercutir en el bien común, no tengo ningún tipo de confianza ante este nombramiento. Habrá que ver por dónde van los tiros, pero no huele bien.

3.- La elección de Marlaska para el ministerio de Interior tampoco anuncia buenas cosas. Este bilbaíno, perteneciente al sector conservador de la judicatura, asociado tradicionalmente al Partido Popular, se ha destacado por poner en cuestión las denuncias de las asociaciones de derechos humanos sobre el trato recibido por los migrantes en situación irregular en los CIE, ha ignorado las denuncias de torturas en el País Vasco, no encontró causa penal en el caso del Yak-42, que afectaba al PP, y se ha manifestado en contra del acercamiento de presos de ETA condenados por terrorismo a sus localidades de origen (hecho que conculca de manera evidente derechos fundamentales por muy deleznables que nos parezcan los atentados). Otras realizaciones del juez que inciden en su carácter conservador son las referidas a la petición de identificación de las personas que quemaron fotos del rey en Cataluña en 2007 (los autores fueron condenados a multas, y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos reprendió a España por ello).

En definitiva, lo único positivo de este juez desde un punto de vista progresista es su defensa de los derechos del colectivo LGTBI, al que él mismo pertenece, con lo que Sánchez se apunta un nuevo tanto de “guiño” hacia los que defiende las libertades en el capítulo de la identidad sexual.

4.- Se podría seguir relatando sobre las ambigüedades de cada uno de los nombramientos. El candente tema catalán es otro de ellos, y el nombramiento de Borrell y de Batet apunta a disparos en dos direcciones (un tiro españolista y otro más proclive al diálogo). En todo caso lo que parece claro es que Sánchez ha convertido lo que se denominaba un “gobierno Frankenstein” en un gobierno con imagen de solvencia, que contenta de manera relativa a un amplio abanico de sectores, especialmente a los sectores más conservadores del voto progresista, a los votantes de Ciudadanos que emigraron del PSOE o a algunos sectores amplios de personas hastiadas del gobierno del PP.

5.- Lo más positivo del gobierno de Sánchez es en todo caso que por fin el PP es desalojado del gobierno. Esto en principio puede parecer poca cosa, porque la vida nos enseña que en política, por muy mal que vayan las cosas, siempre pueden ir a peor.

Sin emabargo la cuestión es que hoy el peor escenario, que aún sigue en el horizonte, es la configuración de un gobierno de derechas dominado por Albert Rivera y apoyado por el PP y ese escenario ha sido trastocado con la moción de censura.

La jugada de Sánchez con la moción fue en realidad un ataque directo no al Partido Popular (inicialmente es probable que Sánchez ni siquiera estuviera pensando en ganar la moción de censura) sino al partido naranja, que ya se frotaba las manos esperando que la Moncloa le cayera como manzana madura en las manos impulsada por la ley de la gravedad de la corrupción sistémica de los populares. Albert Rivera se ha quedado con la cara congestionada, al estilo Susana Díaz tras las primarias del PSOE. Al menos podremos agradecerle a Pedro Sánchez el haber lanzado un buen jarrito de agua congelada sobre la soberbia insultante de estos dos personajes. Bromas aparte, el PP se ha ido porque la sociedad española ya no aguanta más, y Pedro Sánchez ha sabido leer que era el momento de dar descanso a esta saciedad. Él y sus asesores han sido inteligentes, y esto debe ser reconocido como una virtud en política. El sentimiento mayoritario en la sociedad española, aunque se exprese con voto dividido, es que está harta de los corruptos, y Sánchez se ha convertido en el percutor de esa indignación con su moción de censura.

6.- Se podrá comprobar que no tengo mucha confianza en las posibilidades que tiene este gobierno de generar una política progresista. Sin embargo, me parece bastante pueril el tipo de manifestaciones que suelen oírse en determinados ambientes de izquierdas. Básicamente, estas manifestaciones alarman sobre la insolvencia de la identificación de Sánchez y del PSOE con la izquierda, proponen un corolario de ejemplos, la mayoría de las veces acertado, sobre las veces que el PSOE traicionó a los ideales de la izquierda, e incluso se oyen los cánticos de quienes aseguran que con el PSOE se estará incluso peor que con el PP, dado que llevará a cabo las mismas políticas con una pátina de falsa preocupación social. Sinceramente estoy algo cansado de quienes se sienten en la obligación de recordarnos constantemente dónde están los verdaderos ideales del PSOE, entre otras cosas porque creo que esta cuestión es suficientemente conocida. En fin, que la gente no es tan imbécil, y sabe perfectamente lo que hay. Y es responsable de lo que vota y a quien apoya. Lo que pasa es que la gente decide depositar su voto o sus perspectivas de mejora en quien le ofrece aquello que considera una mejor solución. Esto lo sabe perfectamente Pedro Sánchez y sus asesores, y por eso han ido directo a la yugular, pensando en las futuras elecciones.

La cuestión es que el voto no es el alma de una persona. No compromete su “esencia” (si acaso existe tal cosa) ni lo condena al Hades de por vida. El voto es una de las múltiples herramientas que tenemos en democracia para manifestar nuestras preferencias políticas, nuestra indignación o nuestras esperanzas. Uno puede considerar que la población es simplemente un conjunto de hormigas o borregos que son dirigidos de manera absoluta por los medios de comunicación, las mentiras de los líderes políticos, su ignorancia y su propio e intrínseco egoísmo.  Por ejemplo, esto lo piensan los nacionalistas españoles de los nacionalistas catalanes, y a la inversa. Esto lo piensa por regla general la derecha, y en momentos específicos la izquierda, sobre todo cuando el pueblo no apoya sus propuestas. Esto lo piensan muchos líderes políticos que prefieren no hacer el esfuerzo de pensar en la propia responsabilidad a la hora de convencer a la gente de que su opción es la más acertada.

Sin eliminar totalmente la tesis del seguidismo irreflexivo, el poder de los medios de comunicación, la manipulación de los líderes políticos, etc, que evidentemente afecta también, podría argumentarse que existen más factores, que la gente toma decisiones de manera consciente, tiene herramientas para hacerlo, y son por lo tanto responsables de las decisiones que toman. La gente vota a una opción porque su proyecto le emociona, coincide con sus valores, con lo que piensa o incluso con lo que desea pensar. En la combinación entre la capacidad volitiva del ser humano y la presión de las estructuras sistémicas está la clave. No sólo en uno de los dos polos.

 7.- Finalmente, ante esta situación que tenemos, la pregunta clave, para un votante progresista, es: ¿Qué puede hacer Unidos-Podemos? Porque Unidos-Podemos, a pesar de todos los pesares, que comienzan a ser muchos, y muy densos, sigue siendo la opción más esperanzadora que uno vislumbra en el horizonte. No porque sean la panacea de nada, sino porque son el germen de algo, y, de hecho, ya han provocado una dignificación de la política española evidente. El Parlamento se parece hoy a España más que en 2014, eso es evidente.

Unidos-Podemos puede entonces tirar por la vía confortable y conocida de jugar a lanzar las profecías de autocumplimiento que tanto han hecho por el avance del neoliberalismo al provocar el auto-exilio de la izquierda de las instituciones. En este caso esta estrategia se plasmaría en realizar una labor de zapa y destrucción del gobierno de Sánchez aprovechando su posición de debilidad en el Congreso, denunciando la impureza y falsedad de su asociación al espectro de la izquierda (siempre se encontrarán sólidos argumentos para esto).

Sin embargo, también podría aprovechar para alejarse del típico puritanismo obsesionado con la búsqueda de las esencias y preocuparse por el bien del común, por avanzar en lo que se pueda, apoyar aquello que sea progresista, denunciar lo que no lo sea, y no hacerle el juego a Ciudadanos y PP, que de buen seguro van a dedicarse a tratar de hacer, como siempre, del Caos su mejor baza electoral. Si Unidos-Podemos decide optar por esta última opción, que no es otra que la de tratar a la gente con respeto, quizás obtenga buenos réditos electorales. Pero la cuestión no está únicamente en ganar elecciones. También es posible que, se haga lo que se haga, a Sánchez le salga bien la jugada, y acabe animando un nuevo incremento de apoyo electoral al PSOE. Pero resulta que la cuestión no es qué es lo mejor electoralmente, sino qué es aquello que verdaderamente repercute en el bien de la gente. ¿Un gobierno de Ciudadanos y del PP será igual que uno de PSOE apoyado por Podemos? Quizás sí, pero, como aún no lo sabemos, porque no se ha dado la circunstancia… ¿y si probamos?

 

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