Buscar

Zona de Ruptura

Diario del Apocalipsis, día 35

Arte rupestre en Argentina

El mito

El ser humano, como especie, es un bicho muy curioso, en una doble acepción. Es curioso porque llama la atención en sus elementos originales, específicos, y es curioso porque precisamente una de las características que le definen es su tendencia a fisgonear en torno a aquello que no conoce, a hacerse preguntas, y, muy habitualmente, a darse respuestas erróneas que, sin embargo, funcionan.

Ningún otro espécimen del reino animal hace esto salvo nosotros. Y sobre este elemento único, el de la eficiente capacidad de errar al darse respuestas, ha erigido una atalaya desde donde observa, orgulloso, la vasta extensión del sector de lo real que ha logrado dominar, mientras arde producto de sus impulsos pirómanos.

Esta capacidad no es ninguna broma del destino. Entre otras cosas porque el destino no existe,  ya que es, precisamente, una de nuestras más ingeniosas y fértiles respuestas erróneas.

Esta capacidad, decía, no es una broma, y en ella habita un enorme poder, aquel que el ADN nos cedió, en un acto de humildad propio de todo aquello que surge como antojo del azar: la capacidad de subvertir las limitaciones impuestas por la naturaleza.

Gracias a la capacidad de generar respuestas erróneas y, lo que es más importante, sustituirlas por otras más convenientes, según las circunstancias, el ser humano sobrevivió en la sabana hace miles de años, donde inicialmente no era más que otro mono que servía de aperitivo al tigre. Pero este desvalido mono, sin garras, sin colmillos potentes, sin una poderosa musculatura con la que defenderse, tenía la capacidad de dotarse de preguntas, cuyas respuestas resultaban erróneas pero útiles. Y con ellas fabricó la herramienta cognitiva más poderosa que se ha creado nunca: el mito.

El mito es una creencia comunitaria que da impulso a la supervivencia. Parte del reconocimiento, consciente o inconsciente, de que la vida carece de certezas, pero que está necesitada de ellas. Con el mito el ser humano construye las certezas que necesita para seguir caminando erguido.

Así, nos inventamos el mito del minotauro en su laberinto, de Moisés guiando al pueblo elegido, de Jesús resucitado después de que los romanos le dejaran hecho un Cristo, y de Mahoma flipando pepinillos, chateando con el arcángel Gabriel, en su cueva, con sus honguitos.

Con estos mitos, junto a otras invenciones de gran éxito, como el dogma del mercado autorregulado, la existencia de la nación, de Euskal-Herria, Catalunya, España y la Pachamama; del Estado, del betis manque pierda, del amor eterno, del valor de un trozo de cobre, de la filantropía de los ricos y la bondad intrínseca de los pobres; con éstas y otra miríada de patrañas útiles, como la noción de raza, o la del milagro económico de Rodrigo Rato, los humanos hemos logrado ir replicando nuestro ADN con un éxito desconocido, apabullante, y muy destructivo.

Pero no sólo somos capaces de darnos respuestas erróneas, dogmáticas y destructivas. También existen notables ejemplos en la historia de la capacidad para aquilatar respuestas provisionales, no dogmáticas, que se autoconciben como temporales, y que buscan recomponer equilibrios.

La existencia de la ciencia, con todos sus problemas, es buena prueba de ello, pues trata de aplicar un elemento de discernimiento, no ajeno a la emoción y a las intuiciones, entre aquello que nos arrastra a la perdición, y aquello que nos empuja al siempre escurridizo y provisional conocimiento.

Rosa Parks en su puto asiento racista en Alabama, la juventud española en el 15M, la ilusión socialista en el XIX, la capacidad de autoorganización cívica, del pensamiento crítico, la novela Crimen y Castigo, los cuadros de Turner, la domesticación de los humanos por el gato, el mito de Beyoncé, la mano amiga  que te sujeta, los trabajadores sociales dando el callo, los médicos cuidando del prójimo, los maestros contando cuentos, Django desencadenado, el Morente desatado, la pareja que se quiebra y se trata bien, el ciudadano que paga sus cuotas, la lengua catalana, la multiplicidad dialéctica del castellano, la sonoridad del árabe, los cristianos, musulmanes y judíos que aman a los hijos de Eva sin necesidad de atarlos, y, por supuesto, la Alhambra, al fondo, con una cerveza homónima en la mano. La vida está preñada de cosas bellas, de actos hermosos, de decisiones bien tomadas, de cosas construidas con amor, cabeza, y arte. No todo es incendio en este mundo.

El ser humano construye ideas que siembran realidades, que movilizan pasiones y razones que a su vez impulsan a superar sus propios límites. Hoy el límite que tenemos frente a nosotros es evidente; todos lo vemos, no es necesario aquilatar grandes teorías para explicarlo.

Esta locura del sálvense quien pueda, de la codicia como emperatriz del mundo, del insultar a la inteligencia del ciudadano, de Casado y Abascal peleando en su jaula a ver quién se lleva el hueso del muerto, de la comunidad internacional deslavazada e insolidaria; este mirar desde la atalaya, satisfechos, como lo desolamos todo a sangre y fuego, tiene que llegar a su término.

Si desesperamos ante la imposibilidad de modificar las cosas, habremos caído en la trampa. Si confiamos en que ya arreglarán otros las cosas por nosotros, habremos caído en la trampa. Hay que impulsar los mitos que destruyen cadenas, que protegen a la gente, que nos infunden la certeza de la existencia de la justicia, de la necesidad del cuidado, de proteger la tierra. El mito tiene un doble filo. El destructor, y el creativo. Nada está dado de una vez y para siempre, está en nuestras manos. No desesperemos, pero no nos durmamos. El pesimismo y la indolencia son los mitos sobre los que se alzan los menos para controlar la vida de los más, y así seguir conduciéndonos a todos al infierno. Mañana, cuando pase la pandemia, esto no habrá cambiado, y la capacidad movilizadora del mito seguirá manteniendo su poder incólume, porque esa es nuestra maldición, y el germen de nuestra posibilidad de salvarnos.    

A salvarse compas, aunque sea sólo por un eterno momento

Ánimo, que ya queda un día menos.

Diario del Apocalipsis, días 24 al 34

Fase candela

La cuarentena, como era previsible, se alarga. Según mis contactos, que tienen línea directa con los arcángeles, de aquí no salimos, mínimo, hasta mediados de mayo.

Yo, por si acaso, me estoy preparando psíquicamente para una salida escalonada en julio. Si llega hasta agosto, ya no respondo de mis actos, entre otras cosas porque, viviendo donde vivo, a 50 grados, yo no aguanto. A pesar de que el Apocalipsis me ha revelado, curiosamente, que ante la adversidad me crezco, tengo que reconocerles que también he descubierto que no soy de amianto. Estoy en fase candela.

La candela me ha atrapado definitivamente, y yo he decidido no resistirme y abrirle las puertas. Por eso he tenido una semana de enajenación mental: he cortado mi relación con ese reality show llamado La Sexta, y, para informarme, me he pasado a Tiger Kings; he apagado la radio, dejado de leer noticias y, lo que es peor, he abandonado las edificantes lecturas de las editoriales de FAES; además he cortado con las redes y evito todo tipo de noticias serias, salvo las que me proporciona puntual y metódicamente esa vecina que todos tenemos en la azotea, y que nos habla por dentro, especialmente cuando te duchas.

Tan honda fue la enajenación de esta semana que no sabía si era de noche o de día, si dormía o estaba en vigilia, si había comido o si este cuerpo, divino y depilado, se sostiene únicamente con aire libre de virus. Creyéndome perdido, me descubrí un día dando vueltas por el piso, husmeando pelusa en los rincones, a ver si me encontraba. Al final lo hice, pero no estaba, como en otras épocas, bajo el mármol de la encimera de las nostalgias, sino bajo una montaña de emails de alumnos, que me tenían absorto con su ingenio.

Mis alumnos de primero dicen que el Neardental desapareció por culpa de la “instinsión”, que imaginan como un gran incendio en una época en que no había Instagram, ni, por supuesto, “instintores”. Yo siento que les atiborramos de actividades absurdas que solventan como pueden, a veces con mucho talento, reflejando verdades, pero añadiendo su cuento. No es de extrañar, porque eso es lo que los adultos les hemos enseñado: aguzar la perspicacia para ocultar nuestra ignorancia.

Así, descubro que una glaciación es “un período de tiempo en el que pasaron cosas”, un primate es “como un mono, pero con piernas en lugar de rabo” y que la respuesta a las características que definen al “homo habilis” es “que hacía fuego y comía carne asada y más cosas que no interesan”. Lloro y me río a la vez, y descubro con el Apocalipsis que me he vuelto caníbal: me los como.

En fin, que he vuelto, aunque me queda curro, y estoy en candela. Es más, soy de material inflamable. Ardo como la yesca, y sólo me falta una chispa. Ardo por tener a mi gente a la vera, notar su aliento en la cara, y que no se me sequen los ojos, que ya lo hacen de verlos en pantalla; quiero sus pellizcos en las tripas y quiero que nos acariciemos con uña y saña los huesos; quiero que me tosan palabras, que me lleven la contraria, que me discutan y no acepten disculpas; quiero cabalgar a pelo con las valquirias sin más panoplia que la carne; quiero cantar, tomar veneno, morder caras, escupir en bocas; sentir el temblor de un orgasmo en los oídos y notar cómo fluye, caliente, por el velo del paladar; quiero escuchar de cerca las querencias de los amigos, y ahí, en ese rincón donde no les crece la yerba, fecundarlas; quiero salir de estas cuatro paredes para unirme con todos ellos a ocupar las calles, tragando polvo y tierra, y desde ahí rendirles cuentas al destino y a esos que ladran buscando, en la miseria, mil maneras de llevarnos, otra vez, a la guerra.

Ánimo queridos, que ya queda menos, y vendrá la candela

Diario del Apocalipsis, día 22 y 23

Los celos de Yavéh-Dios

Ahora que estoy en la secta apocalíptica de los Verdaderos Creyentes de la Religión de Yavéh-Dios, estoy sumergiéndome en un profundo estudio sobre la Biblia, versión de Jerusalén, en arameo. El problema es que mientras más estudio, menos sosiego encuentro, porque descubro cosas que no sé si comentarle al cura de mi culto.

Por si no lo sabían, en nuestra religión estudiamos con profusión los textos sagrados de la Biblia con la idea de aprehender que sus capítulos no son incoherentes entre sí, sino simplemente incomprensibles, cosa por otra parte lógica, porque los designios de Yavéh-Dios son inescrutables. Y, como todo el mundo sabe, inescrutable significa que Yavéh-Dios hace lo que le sale del escroto.

Esa verdad revelada ya la he aceptado, aunque no sin esfuerzo, porque no acabo de comprender para qué Yavéh-Dios necesita escroto, si me han asegurado que ni se reproduce, ni folla.

Pero en fin, eso forma parte de los misterios divinos, como si fue antes el huevo o la gallina, porqué nunca encuentro nada cuando abro el frigorífico, cuál es la razón que explica que los Pactos de la Moncloa del 77 se hayan convertido en el referente para lograr acuerdos o porqué existen países donde los reyes roban a sus súbditos a manos anchas y jeta descubierta mientras la gente les sigue aplaudiendo cuando salen a pasear palmito.

Pero hay otras cuestiones que aún no he conseguido discernir en toda su complejidad, y estas son las dudas que no me atrevo a preguntar en el culto, así que les planteo a ustedes mis vacilaciones, por lo menos para quitarme de encima esta incómoda inquietud que atenaza la fortaleza de mi fé, tan necesaria para sobrevivir en tiempos de Apocalipsis.

Resulta que en la Biblia, en el relato del Génesis, cuando lo de la manzana, Dios expulsa a Adán y Eva diciéndoles, imagino que con voz tremolante y un cabreo de la hostia, algo así como:

“(…) y ahora os expulso del Paraíso porque me habéis desobedecido y tomado de la fruta del Árbol del Conocimiento, no sea que ahora toméis también del Árbol de la Vida Eterna y seáis igual que Yo, malditos cabrones”.

Mi arameo no es aún perfecto, pero les aseguro que más o menos la traducción es esa.

Osea, que en realidad Yavéh-Dios no sólo tiene escroto, sino ansia de poder. Y celos.

Expulsa del Paraíso a los padres de la humanidad por el hecho de que podían parecerse en sabiduría a Yavéh-Dios, al tener capacidad de conocimiento por tomar la manzana, y los echa antes de que tomen del segundo árbol del paraíso, el de la Vida Eterna, con lo cual se convertirían ellos mismos en dioses, y entonces estaríamos otra vez con el lío del politeísmo, la gente andando por ahí en toga sin ropa interior, con lo que eso favorece el roce, se multiplicarían las franquicias divinas, los derechos de ostentación de los títulos de adjudicación de milagros, las orgías con Baco y toda esas movidas que complicarían la vida de El Creador de Todo, que es más del rollo jugar tranquilico al Monopoly.

Total, que La Divina Providencia tiene celos, y no quiere compartir el poder. Dejo de lado el hecho de que según la Biblia el ser humano tiene capacidad de conocimiento gracias a Eva, que fue la que insistió en coger la puto-manzana, porque eso me llevaría hacia la ideología de género, mal llamado feminismo, que ya me han enseñado debidamente que es pecado y un instrumento de confusión orquestado por Lucifer. A Lucifer por cierto Yavéh-Dios lo jodió de lo lindo, por ser muy guapo y querer arrebatarle el trono. Lo que de nuevo me lleva al tema de los celos.

En efecto, Yavéh-Dios le quemó a Lucifer las alas, lo hizo feo del copón, le puso los cuernos (de lo que sobreentiendo que eran amantes, otro misterio insondable) y lo convirtió a él, y a todos los ángeles que le apoyaron en el intento de golpe de Estado, en demonios, no por casualidad de color rojo.

Además declaró que Lucifer sería a partir de ahora su Satán, que en hebreo significada Adversario, y desde entonces andan a la gresca, con los humanos en medio cayendo como moscas.

Entonces, que me lío, Yavéh-Dios tiene celos, y no quiere perder el poder. Lo que me lleva, como todo el mundo habrá ya pensado, a la Fundación FAES.

Según el cura de mi culto, las editoriales de la Fundación FAES son lo único que podemos leer en internet. Según nos declama en sus sermones on line, este think-tank es la única voz autorizada para hablarnos a los españoles como si fuéramos un rebaño de devotos imbéciles. Creo que también tiene algo que ver con los escrotos, el misterio de la Santísima Aznaridad y las palomas mensajeras, pero ahí ya me pierdo.

Según la Fundación FAES, que emitió ayer su última fetua, todo este asunto de la pandemia está siendo usado sutilmente por el PSOE y Podemos como un subterfugio para llevarnos a un Estado totalitario proetarra, catalanista, populista y socialista, gobernado por invertidos que quieren sodomizar y gomorrizar a toda España. Este contubernio de servidores de El Adversario pretende gobernar constantemente por decreto, sin convocar al Parlamento, coartando la libertad de prensa y las libertades civiles, presentándose a la ciudadanía y a los periodistas a través de un plasma sin ningún tipo de control. Pretenden además enriquecerse a costa del erario público, para sufragar las fiestas herético-orgiásticas en Galapagar, que sería la nueva Moncloa.

Salvo esto último, me suena a mí que todo lo demás ya lo han hecho quienes gobernaban antes, así que no acabo de entender bien la cosa, a no ser que lo que quieran decir es que lo importante no es lo que hace un gobierno, sino que ya no son ellos los que lo hacen, y tienen celos.

Yo, como soy descendiente de Eva, como todo hijo de vecino, y por lo tanto con restos de la manzana del pecado en las venas, es decir; capacidad para el discernimiento, no puedo evitar relacionar esto con el tema de los celos y el ansia de poder, y me pregunto por ello si no estarán preocupados los de la Santísima Aznaridad por el hecho de que la falta de medios sanitarios en España quizás tenga algo que ver con un acontecimiento clave: fueron ellos los que se dedicaron con profesional presteza a desmontar la sanidad pública, y su ideología consiste en precisamente eso: denunciar la ineficiencia de lo público, y alabar la magnificencia de lo privado. Si esto fuese así, puede que estén preocupados porque la gente sepa matemáticas, a pesar de sus reformas educativas, y, al sumar, llegue a conclusiones obvias.

Esto es una cosa terrible, porque significaría que el único motor que mueve a los de FAES sería entonces no proteger a todos y cada uno de los ciudadanos que conformamos este país, al que dicen amar, sino proteger a todos y cada uno de los espacios de poder que habitan. O lo que es lo mismo: significaría que anteponen la defensa de sus privilegios a cualquier otra consideración, incluyendo los muertos.

Con ello, por otra parte, y para cerrar el círculo, estarían demostrando simplemente que conocen bien las enseñanzas veterotestamentales: tanto en el Cielo como en la Tierra, la forma más cómoda de mantener el poder es a través de la barbarie. La crueldad se ve recompensada en los campos de batalla del Señor, y en eso, ellos, que vienen de donde vienen, tienen una honda experiencia.

Sin embargo, estoy seguro que yerro, y cuando aparece Pablo Casado, como un telepredicador evangélico, en la sede del PP, haciendo como que sabe de qué habla, con un mosaico de pantallas detrás, con miembros del partido con la cara compungida, para vender la idea de que él es el mejor y más fotogénico de Los Vendedores de La Moto España, seguramente, no tengo la más mínima duda, el joven líder del extremo centro no está pensando en sembrar miseria para recoger votos, sino única y exclusivamente en el bien común.

¿No es cierto?

Ánimo pecadores, que ya queda un día menos

Diario del Apocalipsis, día 21

Pibonazos

La primera novia que tuve fue en la guardería. Se llamaba Manuela. Sólo recuerdo de su físico que tenía el pelo largo, muy negro y rizado, y que se lo recogía en trenza, a veces con un lazo rojo.

En el patio de la guardería había un olivo. A un lado del edificio había una puerta verde, batiente, elevada a dos palmos del suelo, que llevaba a un gallinero. Raquel y yo solíamos jugar a correr alrededor del olivo, pero lo que a mí me gustaba de veras era cuando me cogía de la mano y me llevaba al gallinero, pasando por debajo del hueco de la puerta, a hacer lo que ella llamaba “unas cositas”. Allí me enseñó lo que significaban los besos en las mejillas, y la suave pertinencia de las caricias.

La chica, que me daba mil vueltas en todo, me dejó en primero de EGB por el guapo de la clase, el típico rubio de ojos azules imbécil que no sabía hacer la o con un canuto, al que no le guardo, por cierto, rencor en absoluto.

Solíamos entrar en el colegio haciendo una fila, ordenados por clase y en sucesión alfabética, según el apellido. Ella solía saltarse la lista y ponerse detrás de mí, y aprovechaba para cogerme, subrepticiamente, la mano. Un día simplemente dejó de hacerlo.

Cuando me atreví a preguntarle porqué ya no me cogía de la mano, me dijo sin ambages que ya no me quería, no porque prefiriera al rubio insoportable con su sonrisa perfecta, sino porque me habían puesto gafas. Me quedé con la boca abierta y cuatri-oji-plático, como paralizado en un mal retrato. Sin embargo, le estaré eternamente agradecido por ese acto de sinceridad; ahora sé que lo hizo para que, en el futuro, lograra comprender que cuando uno dice para siempre, en realidad quiere decir sólo un rato.

Os cuento todo esto para que entiendan lo que quiero narrarles hoy: el Apocalipsis está cambiando, peligrosamente, nuestros hábitos.

Desde ese momento fenomenológico con Raquel descubrí que era mucho más interesante relacionarme con las niñas que con los niños: solían ser más complejas, se preocupaban de cosas por lo general más interesantes, y, lo más relevante de todo: no jugaban al fútbol.

Como comprenderán, el temor a romperme las gafas hizo de mí una persona absolutamente reacia a practicar ningún tipo de deporte. Gracias a mis espejuelos además, había tenido la suerte de tener una primera toma de contacto, a una muy temprana edad, con las certezas del desamor, y no podía permitir que tremendo legado se destruyera por una caída, un balonazo o cualquier otra actividad física peligrosa para mis anteojos.

Así que me hice especialista en jugar con las compañeras de mi clase al teje, a la comba y, ocasionalmente, a la lima y la petanca, dos actividades que practicaban más por entonces los chicos. Pero yo hacía ya de intermediario transgénero, y lograba que combináramos chicos y chicas juegos adscritos a cada uno de los polos de lo que El Profeta, el Alabado de Tréveris, Dios lo tenga en su Gloria, denominaba el “sistema de discriminación sexual de los medios de producción del ocio”. En esta vaina incluso llegué en una ocasión a mediar para que mis compañeros dejaran a nuestras amigas jugar al fútbol. Mi insistencia fue merecedora de un tortazo, un empujón y el insulto de mariquita, además del respeto de mis compañeras, así que todo salió redondo.

Total, que el deporte y el esfuerzo físico nunca fueron para mí más que el lado tenebroso del género, al que ni mis limitaciones ópticas ni mis carencias físicas podían acceder. Eso tuvo sus contraindicaciones. Me convertí en un auténtico flojo. Por ejemplo, mi abuelo, que me llevaba por los campos del Ajarafe a coger aceitunas y espárragos en los olivares, cuando había olivos en lugar de escombros, es decir, antes de la Era de la Turbo-Economía Inmobiliaria que nos llevó a la posterior catástrofe, siempre se quejó de mí porque me cansaba muy rápido. Por lo visto me sentaba en una piedra mientras mi abuelo vareaba y yo, desde lejos, lloriqueaba por tal pérdida de tiempo.

Tampoco me vino bien mi desconocimiento del deporte cuando trabajé en un bar en Granada durante tres años. Los clientes me preguntaban por el resultado de un partido, la última clasificación de alguien llamado Fernando Alonso o por cuanto había ganado al que yo concebía como un pijo insoportable, que se llamaba Rafa Nadal y que por lo visto hay que considerar un héroe nacional.

Como siempre respondía, ante tales preguntas, que yo de eso no tenía ni puta idea, los usuarios del bar me llegaron a preguntar con sorna, indignación y bastante mala leche, si yo entendía de algo. Entonces me ponía a hablarles de las raíces del subdesarrollo de España como resultado de la Idea de Imperio que nos trajeron los Habsburgo, pero mi jefe me llamó la atención, porque, aunque es republicano, también era autónomo, y tenía que ganarse las habichuelas. Me recomendó que todos los días, por la mañana, leyera el As, empezando por el final, como hacen los clientes, para tener un tema de conversación apropiado. La cosa fue muy bien, pero me subió tanto el nivel de testosterona que comenzó a salirme pelo por todo el cuerpo. Fue entonces, probablemente, cuando me convertí en un hombre.  

En fin, que tras unas decenas de años firmemente asentado en el más absoluto de los rechazos al ejercicio, ayer caí en la cuenta que desde que llegó el Apocalipsis no sólo estoy llevando una nutritiva y sana dieta a base de legumbres, sino que, ni corto ni perezoso, hago flexiones por la mañana, subo a la azotea a correr mil metros lisos en itinerario rectangular, y practico salto de vallas con los tendederos. He perdido además el miedo a romperme las gafas, que me ato a la sien con una goma elástica lechuguera y, lo que es más relevante de todo, me estoy poniendo “to pollúo”, que en nazarí quiere decir “buenísimo de la muerte”. Más delgado, más fuerte, y con mayor resistencia pulmonar; cuando salga de la cuarentena, lo sé, la voy a liar parda.

Este tipo de comportamiento no puedo más que asimilarlo a un trastorno mental pasajero producto del enclaustramiento, hecho que me preocupa bastante. La cosa ha llegado a tal punto que hoy he ido al supermercado de la esquina, y viéndome tan divino, me he vestido con mis mejores galas, depilado las ingles, pintado las uñas y perfumado el cuello. Me he descubierto a mí mismo haciéndome fotos poniendo morritos frente al espejo del ascensor, algo bastante ridículo si tenemos en cuenta que llevo una mascarilla hecha con cartón de huevo y asas de plástico. Y aun así, que quieren que les diga, me veía pibonazo.

En definitiva, a pesar de las terribles circunstancias, parece que la pandemia puede ayudar a que todos, atrapados por una oleada de culto al cuerpo impulsada por el aburrimiento, cuando por fin salgamos a la calle el día de la Liberación de las Feromonas, tendremos un trastorno mental pasajero que provocará que todas las personas nos sintamos más atractivas e interesantes, dado el alto nivel de introspección y delirio que estamos acumulando. Va a ser un momento maravilloso.

Ánimo, pibonazos, que ya faltan 24 horas menos.

Diario del Apocalipsis, días 19 al 21

Fantasmas

Como muchos de ustedes ya habrán podido comprobar, los períodos de reclusión, tarde o temprano, acarrean la emergencia de fantasmas.

No me refiero, claro está, a eso que denominamos “espectros”; esas almas errantes de personas muertas que fueron sociópatas, dictadores o asesinos en serie en su otra existencia, y que insisten en seguir presentes en el mundo de los vivos a través de apariciones aterradoras en las curvas de los caminos, en las superficies de los espejos, en los reflejos de los pozos o en los escaños del Congreso, como le sucede a Cayetana Álvarez de Toledo.

Tampoco me refiero a esa acepción del término “fantasma” que se refiere a personas que se jactan, sin motivo alguno contrastable empíricamente, de estar en posesión de una determinada virtud, ya sea ésta la valentía, la honestidad o la capacidad de argumentación lógica, como le sucede, también, a Cayetana Álvarez de Toledo.

No, cuando digo que en los períodos de encierro con uno mismo tarde o temprano emergen fantasmas, me refiero a esa suerte de oscura epifanía interna producto de nuestras cavilaciones en soledad que reflejan una experiencia con la que convivimos de manera incómoda, y que preferimos habitualmente solapar con capas de olvido como medida de autodefensa. Pero, queridos amigos, el Apocalipsis, como su propio nombre indica, es el período de las Revelaciones, y éstos son los momentos en que todo lo que está oculto se hace presente.

Esos fantasmas pueden presentarse en forma de imagen de alguien conocido, una imagen que encarna ese elemento conflictivo que, por pura y llana cobardía, preferimos no confrontar.

Esa es por ejemplo la imagen distorsionada que nos hacemos de personas a las que hicimos daño y con quienes no tuvimos en su día la deferencia de disculparnos. También pueden ser imágenes de personas queridas ya fallecidas, con las que nunca tendremos ya la oportunidad de mostrarles el cariño que se merecían, charlar por última vez, tomar la última copa, o la primera, abrazarlos, besarlos, amarlos de una vez y para siempre. O también pudiera ser la imagen de nosotros mismos, más jóvenes, menos sabios, y más bellos, una representación de otro yo, de otro tiempo, con el que tenemos cuentas que saldar, aprendizajes que compartir, y valores e ilusiones que recuperar.

También, por ejemplo, pueden presentarse fantasmas en forma de concepto, cuando ya la elucubración insomne te lleva al delirio, como El Fantasma del Amor Romántico, El Fantasma de los Celos, El Fantasma de Las Oportunidades Perdidas o el Fantasma de Ese Polvo que Tendría que Haberte Echado Maldita Sea Mi Estampa.

Estos fantasmas sin embargo, al contrario que Cayetana Álvarez de Toledo, no nos visitan para atormentarnos. Nos visitan para aprender a reconciliarnos con este mundo tan plagado de incertidumbres y certezas frustradas, de amor y placer, de luz y penumbra, de zozobraba y sosiego.

A esos fantasmas no les teman en estos días de soledad y cuarentena; ábranles la puerta, porque no han venido a dañarnos, sino a liberarnos.

Ánimo camaradas, que ya nos queda un díita menos.

Diario del Apocalipsis, día 18

Luz y umbría

Hace unos días hablé con una amiga querida a través del Messenger. Pongamos que se llama Lucía.

Como muchos de esa especie de homínidos que sobreviven en la jungla andaluza, Lucía es gitana y castellana, gallega y canaria, meiga y divina, mora y cristiana. Como muchos en Andalucía, tiene de inquilino, en la mirada, el peso de una carga histórica de injusticias que ni conoce ni le importa, pero contra el que se rebela con cada poro del calcio de sus huesos.

Lucia es una currela del campo social. No ha tenido una relación fácil con la vida, a la que ama con tanta locura que necesita períodos de distancia para poder arrebatarse. Me cuenta que en el centro donde trabaja el Apocalipsis ha activado, como un resorte, comportamientos sorprendentes. Muchos de aquellos que en esa otra vida que llamábamos normal, pero que en el fondo, como ya sabemos, sólo es un paréntesis entre pandemia y pandemia, y parecían dignos de la máxima consideración y atención, se comportan ahora como seres caprichosos, individualistas, reconcentrados en su propias uñas. Otros muchos, que en la vida ordinaria parecieran seres marcados por el egoísmo, se comportan ahora, sorprendentemente, como fontaneros del alma.

Todo esto me hace pensar en la luz, y en la sombra.

Aquellos que llamaríamos pesimistas creen que el mundo volverá, cuando la pandemia se canse de apagar vidas, al mismo camino por el que transitaba, es decir; de nuevo cabalgaremos con brío, a trote, derechitos al abismo. Un sector de quienes piensan esto acentúa además la quina que le tienen a las hilanderas del destino, y opinan que el trote se convertirá en galope.

El sector de aquellos que llamamos optimistas cree sin embargo que la humanidad despertará de su letargo, al comprobar que sólo preocupándonos por los otros, como si fueran hermanos, podremos salvarnos.

En realidad la mayoría de la gente peregrina habitualmente entre los dos polos. A veces realiza incursiones de un territorio a otro, hace expediciones, para volver a algún punto intermedio, al lugar en el que estaba, o decidir seguir moviéndose sin fin en senderos circulares, sin encontrar acomodo.

Pero el pesimismo y el optimismo no son más que hábitat donde uno encuentra reposo. No son actos, son sólo residencias temporales.

Aquellos que entienden la vida no como un lugar, sino como un acto, en su doble acepción, como potencia creadora, y como teatro, se mueven en las dos esferas, pero son agnósticos. No creen que todo lo que se mueve es luz o que todo lo que nos rodea es umbría. Los agnósticos saben que todo es en potencia, y que sólo utilizando la mano prensil y el pulgar oponible las cosas se mueven, que jamás lo harán, de manera absoluta, en el sentido en que deseamos, y que jamás se moverá, hacia ningún lado, si no lo empujamos.

A empujar, queridos y queridas, que ya queda un día menos

Diario del Apocalipsis, día 17

La Amistad y el Estado

Ahora que todos sabemos qué significa que el día tiene 24 horas, quiénes son las personas que más nos importan, cuáles los productos que consideramos de primera necesidad, y dónde están todas y cada una de nuestras diversas, múltiples y complejas zonas erógenas, estamos en mejor disposición de cultivar esa tierra abandonada que todos tenemos en la azotea, y que llamamos memoria.

Mis alumnos y alumnas creen, porque eso es lo que le hemos tristemente enseñado, que la memoria es un pen drive de un puñado de megas, que sirve para acumular información inútil que vuelcan en los exámenes, después de cuyo uso condenan al olvido, agobiados como están por la recopilación de datos que no entienden, que no están escritos en su lenguaje y que no logran conectar con la base de sus mitos, sus querencias y sus ansiedades.

Gran parte de la clase política cree que la memoria es una facultad del ser humano de la que adolecen esos que ellos llaman el electorado, a los que conciben como consumidores de los productos que venden, porque no los imaginan como ciudadanos, sino más bien como clientes. Para ellos, la memoria es su gran adversario, porque es el lugar donde se atesoran los recuerdos de sus palabras, y de la contradicción manifiesta con sus actos, y por eso tratan siempre de cultivar su abandono, no vaya a ser que el cliente se dé cuenta de que la memoria es la que marca su obsolescencia.

Los matrimonios por su parte, esa institución metafórica que nace allí donde acaba la solidaridad y la comprensión entre los amantes, y que ha sido la institución más relevante de la historia para aprender a no afrontar los conflictos, motivo por el cual las iglesias ponen tanto empeño en su dominio, no vaya a ser que les jodan el negocio, creen que la memoria es el fondo de un cajón, donde almacenan, fosilizados, el cúmulo de frustraciones que se acumulan en el largo camino hacia la muerte. Esos fósiles memorísticos están ahí para no mirarlos o para usarlos como arma arrojadiza, pero nunca para analizarlos.

Nuestra especie sin embargo, a pesar de éstos y otros muchos obstáculos, ha desarrollado otra institución que, debidamente protegida, ha sabido entender qué es la memoria, y a qué indispensable función da pábulo. Esa institución ha sido construida como mecanismo de adaptación y supervivencia durante miles de años, y por eso en estos días aciagos, apocalípticos, se convierte en esencial elevarla en relevancia. Esa institución es la amistad, que, bien entendida, junto con el sexting, puede hacernos libres.

La amistad, bien cuidada y protegida, es la institución que cultiva la memoria con el objeto de corregirte las faltas. Como se basa en un código no escrito de solidaridad y ayuda mútua, la amistad usa la memoria para poner el dedo en la llaga, para anunciar el rincón donde uno esconde las delicadas y bien piadosas mentiras con las que adormecemos nuestro miedo a mirarnos a la cara. La amistad lima nuestras aristas, potencia nuestras virtudes, y cuida con mimo nuestra libertad, porque ha comprendido, intuitivamente, dónde reside el valor de la memoria: la memoria es el martillo y el yunque que destruye las cadenas del miedo a la muerte, y que nos sirve de acicate para disfrutar el tránsito al que llamamos vida.  

Pues bien, me perdonen el inciso. Decía que en estos agónicos días de cuarentena, a la espera de volver a salir a besar las aceras de las calles, morder las farolas y masticar con ansia el aire que separa nuestras bocas de las de los amigos, estamos ya en disposición de cultivar memoria.

Tenemos que atesorar como nuestro bien más preciado el yunque y el martillo que la memoria nos está ofreciendo para quebrar algunas de las cadenas que nos atan. No podemos olvidar la imagen de aquellos que están anteponiendo su eslogan a la vida de los nuestros. No podemos olvidar las palabras cargadas de demagogia de aquellos que hablan de España, pero la odian, porque no la entienden. No podemos olvidar a quienes ponían dinamita en los cimientos de los hospitales y ahora señalan con el dedo a otros por la falta de recursos. No podemos olvidar qué gobiernos, de qué países, han demostrado con su insolidaridad que saben perfectamente donde está el Sur, y donde está el Norte, y porqué esas coordenadas coinciden con el sistema del mal reparto. No podemos olvidar a nuestros muertos, a nuestros enfermos, a nuestra propia salud, y quienes son de verdad quienes los cuidan. Y no son soldados. Son los currantes de la sociedad civil, la alimentación y del cuidado.

No podemos olvidar que, cuando todo nuestro tembloroso y quebradizo bienestar se ha venido abajo, las dos únicas instituciones que han puesto en marcha medidas para paliar el miedo han sido dos: la amistad, y el Estado.

La amistad suple su falta de medios con ternura, y aprovecha con todos sus recursos las facilidades que ofrecen lo pequeño, la cercanía, y el conocerse. El Estado, que sólo es legítimo cuando está concebido como la dimensión burocrática y pública del cuidado de todos, eso que recibe el nombre de fraternidad, y que no es más que la herramienta que nos hemos dado los amigos para cuidar a aquellos que no lo son, porque todavía nadie nos los han presentado, se ha mostrado como el único garante de nuestra seguridad, y de nuestra vida. No lo olvidemos, porque dentro de poco vendrán los de siempre a extender la amnesia colectiva.

Ánimo, que ya queda un día menos amigos, estoy deseando comeros la cara

Diario del Apocalipsis, día 13 al 16

(Interludio Onírico II)

DISTOPIA TOTAL

Han pasado ya 10 años largos desde que estalló la Crisis del Coronavirus.

Al principio creíamos que era simplemente una pandemia, pero era algo más.

Después del virus se desarrollaron una serie de catástrofes que han hecho palidecer a las célebres 7 Plagas de Egipto: primero la lluvia ácida; después la resurrección de Albert Rivera, que se convierte en una famosa estrella del Orange-Pop, lo último en cambios de chaqueta; más tarde Abascal accede a la corona de España, al salir del armario y casarse con Felipe VI, tras su divorcio de Leticia, que se fugó con Malú a Corea del Norte; después se descubren papeles secretos en el Vaticano que demuestran que Yahvé-Dios era en realidad musulmán, con lo que se extiende la extinción del jamón ibérico. Días más tarde una serie de científicos de Móstoles, usando ADN congelado de la oveja Dolly, logra clonar a Donald Trump 36 veces. Para rizar el rizo, descubrimos que el conflicto con Catalonia era producto de un mal sueño, generado por un exceso de ingesta de franquismo en un mal Estado y, finalmente, la debacle final: Euskal-Herria se declara independiente de sí misma, desapareciendo del mapa, llevándose con ella a la ertzaintza, los discos de Kortatu y el marmitako. Desde entonces todo ha ido empeorando.  

Los ciudadanos de todo el planeta, salvo Argentina, el único país que resistió al coronavirus gracias al anticuerpo peronista, que resiste todo lo que le echen, viven bajo regímenes de los llamados Gobiernos de Concentración Nacional, un conglomerado de partidos radical-nacionalistas que han suspendido las garantías constitucionales hasta la Erradicación del Virus en Esta Guerra en la Que Todos Somos Soldados.

Pasamos las 24 horas del día encerrados en casa, con un acceso a internet muy limitado. Existen algunos grupos de resistencia repartidos por todo el mundo, como los disidentes liberales, que escriben muchas teorías sobre la democracia que nadie lee, porque está escrito en números con el lenguaje de los economistas; también hay socialdemócratas keynesianos-anarco-funambulistas, que opinan que todo esto es en realidad un circo. Además, existen una miríada de grupúsculos como el del Club Celíaco de Vampiros Veganos, que siempre le llevan la contraria a todo el mundo, los Heterocuriosos no Practicantes, que desean ser eternamente vírgenes, y las 1.230.000 células de partidos de izquierda de un solo miembro. Está también el popular PPCC, el Partido de Poetisas Calientes Comunistas, un grupo de feministas de origen ecuatoriano que recopila grabaciones de orgasmos en comuna con la esperanza de que el placer compartido derrumbe los cimientos del Nuevo Orden Fascio-Capitalista Mundial. Están teniendo mucho éxito y son duramente represaliados, hecho que provoca, a su vez, que cada vez tengan más likes en Facebook. Yo me he sacado el carnet y ya he grabado varios orgasmos, y estoy esperando, ansioso, que toquen a mi puerta.   

Por lo demás, trato de sobrevivir como puedo. Las raciones diarias provistas por las cartillas de racionamiento, firmadas por el todopoderoso Ministerio de Tu Interior, Jiménez Losantos, apenas llegan para que nos mantengamos en pie. En mi caso, la desesperación por la falta de sustento se ve suavizada por un reciente descubrimiento que matiza la angustiosa soledad en la que habitamos. En mi casa vive otro inquilino.

Al principio no había percibido su presencia porque vivía oculto, en el cuarto de baño, agazapado entre los reflejos del espejo. Cierto día, cuando me estaba afeitando, me di cuenta que ese tipo que había detrás del espejo no era yo, era otro. Cuando apareció la primera vez me asusté, porque siempre que lo miraba me estaba observando. Luego, con el paso del tiempo, nos fuimos conociendo, y descubrí que teníamos bastantes cosas en común: nos enamoramos por capricho, atesoramos pérdidas con el objeto de encontrarnos y creemos fervientemente que detrás de cada sombra hay un objeto al que le da el sol. Pero vivimos en un mundo muy diferente.

En el mundo en el que vive el tipo de detrás del espejo también hay una epidemia global, pero apenas llevan 20 días. Tiene esperanzas, cree que fundadas, en que el mundo recapacite sobre las circunstancias que han llevado a la situación en la que están viviendo. Imagina un mundo hermoso donde la gente despertará y se dará cuenta que hay que escuchar al Camarón de La Isla como si no hubiera na más que un día. Ello implicaría aceptar que no se debe votar a quienes viven de la cosecha de la desgracia ajena, desmontando hospitales y sembrando tormentas. Por supuesto, cree que en su mundo se recapacitará sobre los efectos perniciosos de un sistema perito en avaricias, que se escuchará por fin la voz de los expertos, que los tertulianos se verán abocado al olvido y que se abonará la memoria de la ternura con la que en estos días la gente se está cuidando.

Yo lo miro como si fuera un iluso, casi con pena. Pero cuando me doy la vuelta, me quedo pensativo, me queda la duda…

¿Y si así fuera?

Ya queda un día menos, a cuidarse, gente querida

Diario del Apocalipsis, día 12

Fenómenos Paranormales

Nos acercamos a una quincena de reclusión. Unos mil millones de seres humanos, en sus respectivos países, observan estrictas medidas de cuarentena. Los efectos sobre la Naturaleza ya son evidentes.

Los perros salen más a la calle, reciben un cariño inusitado de sus dueños, y están plenamente en forma. Algunos caniches parecen ya rottweiler. Por alguna razón que ellos no entienden, tienen que cagar y mear 12 veces al día, les limpian el culo con papel higiénico de cuatro capas, y los vecinos del bloque sin animales de compañía los sacan los días impares.

Algunos famosos psicoanalistas de perros, en nuestro país, Eduardo Inda, están advirtiendo que algunos están desarrollando un trauma con trazas psicóticas en eso que los médicos de la mente llaman el “Ello”.

Como todo el mundo sabe, Sigmund Freud, el famoso veterinario nacido en Freiberg (Murcia), definió la tendencia de los perros a olerse el trasero como producto de un serio complejo de Edipo (su famosa teoría de la “fase anal”).

Además, definió el “Ello”, que es a lo que vamos, como una pulsión del subconsciente, relacionada con el “deseo de ser dominado”. El problema es que el “Ello” solo identifica un único “Amo”, y entre tanto vecino sacándolos a pasear y haciéndoles carantoñas, los pobres se están confundiendo.

Se han documentado, en experimentos en la Universidad Internacional San Pablo Casado de Aravaca (en Cambridge, Massachusetts), trastornos mentales ajenos a la especie.

126 perros criados en el Álamo sufren el conocido como “Delirio de Negación”, que se concreta en una fuerte tendencia al suicidio. De éstos, 25, de la raza Chihuaha, aseguran vehementemente, y con voz gutural, que ellos son en realidad Pitbulls, y que desean reconquistar California para devolvérsela a México.

Por último, un grupo de perros de San Roque están afectados por el conocido como “Desorden de identidad de la integridad corporal”, que supone un deseo irresistible de amputarse el rabo.

Existen otras muchas problemáticas, aunque menos documentadas, como perros machos con “Me-chupo-el-pene-fobia”, otros con el “Síndrome del Idioma Extranjero” (perros que maúllan en lugar de ladrar) y, lo que es más preocupante, algunos perros policía están desarrollando “Aboulomanía”, que es una enfermedad de la mente que impide tomar decisiones, y no saben cuándo ladrar, cuando morder o cuando poner multas.  

Estos fenómenos paranormales están incidiendo también en otros representantes del reino animal: se han visto ocas cruzando por el paso de cebra de la Calle Ancha en Motril acudiendo a los bares de tapas pidiendo espichás, y además de muy malos modos; mientras que en el Parque García Lorca de Granada los patos y las tortugas practican entre ellos la zoofilia, sin importarle que piensen los niños.

En otros países fuera de Andalucía ocurren cosas también sorprendentes: por ejemplo, en Catalonia, en la conocida como Plaça del Diamant, se ha visto a las palomas utilizar pimientos morrones como barretinas, y en Venecia los cisnes se han puesto en Huelga de Cuellos Altos. En Ucrania los osos se han pasado al trotskismo y en Guayaquil, Ecuador, hay un espécimen de social-cristiana apuntando con misiles tierra-aire de factura israelí a aviones extranjeros. En Larache, Marruecos, las sardinas del pacífico se han pasado al atlántico, y han creado con ello un conflicto internacional con España por el reparto de la pesca.

Se cree además que los reptiles de todo el mundo están perdiendo reflejos, lo que explicaría por qué aún Aznar no ha dado muestras de demagogia. Los únicos elementos de la naturaleza que no parecen perturbados son las plantas, que florecen, reforzando idea de que todo esto es una venganza de la Naturaleza, según la Teoría Jumanji. Por supuesto los gatos tampoco se ven afectados: observan con la misma parsimonia de siempre un mundo que les pertenece.

Por otra parte, la crisis del coronavirus también tiene consecuencias geopolíticas. En nuestro entorno esto está consiguiendo terminar de rasgar las costuras de la Unión Europea, ese consorcio internacional de comida rápida que no logra que sus pedidos lleguen a tiempo para alimentar a sus clientes.

Las diferentes secciones nacionales del consorcio UE, muy tocadas desde que la sección británica abandonó la empresa para formar un holding con Kentucky Fried Chicken, nunca se ponen de acuerdo, y aunque el coronavirus no entiende de ricos y pobres, sí lo hacen los restaurantes de las empresas alemanas. Las Industrias Krupp De Comida Basuro-Bávara, líderes del sector, hace tiempo que olvidaron cómo envenenaron a toda Europa con sus chucruts infectados de nacional-socialismo, y también del tipo de factura que pagamos, la gente corriente, por la unificación con sus empresas del Este. Ahora andan hablando, otra vez, de cigarras y hormigas, y demuestran con su negativa a repartir ayudas que de ésta la Unión Europea no va a salir viva.

Ojito al gran fenómeno paranormal: piensen en la Guerra Fría, cuando el mundo estaba sumido en un Síndrome de Bipolaridad Múltiple, que dividió al mundo en dos bloques: Los Unos y Los Otros, aunque entre ellos se intercambiaban los nombres.

Cada bloque temía que el otro desatara una guerra colosal de proporciones atómicas. Este miedo forjó un equilibrio, consistente en respetar ciertas fronteras para no desatar la guerra, y dirimir los conflictos entre los Unos y los Otros puteando a terceros.

Hoy, ante la inane acción de los europeos, los tanques rusos llevan ayuda a Italia y Cuba les envía a sus médicos. China reparte ayudas por todo el mundo y han logrado parar la infección de manera eficiente en su propio país, que no lo olvidemos, es el nuevo Wall Street, aunque ahora dirigido por los Lobos del Partido Comunista Chino.

Así está la cosa cuando mi corresponsal en NY, George Pots, me comenta no sólo que Britney Spears ha decidido pasarse al maoísmo, predicar la Redistribución de la Riqueza y abdicar de su corona como reina del Pop, sino que han prohibido en todo el estado practicar una técnica oral para ahorrar papel higiénico llamada Rim-Job.

La cosa está en candela camaradas, ya saben cuál es el bando que va a ganar la guerra

Ya falta un día menos; abrazos y ánimos. Y que estén todos bien, amados y cuidados por sus amigos y familias

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: