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Zona de Ruptura

mes

julio 2015

No es xenofobia, es supervivencia

Plaza de Trafalgar. Badalona. Mayo de 2011. Un millar de asistentes de procedencia obrera acuden a un mitin del Partido Popular. Estaba en juego la alcaldía de la tercera ciudad de Catalunya. El discurso del candidato popular, que ganó la contienda electoral, se centró en construir una frontera. De un lado, el pueblo de Badalona; al otro lado, el perfecto, recurrente y sempiterno chivo expiatorio de toda la vida: los inmigrantes. El candidato era Xavier García Albiol, que acaba de ser nombrado por el Partido Popular candidato a la Generalitat en las elecciones catalanas del 27 de septiembre, unas elecciones que marcarán, a hierro candente, el sentido del voto en las siguientes elecciones, las generales, en las que el bipartidismo se juega, ni más ni menos, cuan amplia será la intensidad de su fin de ciclo. En el mitin en la Plaza de Trafalgar del año 2011, García Albiol, con sus dos metros y pico de altura y su inagotable caudal de arengas racistas, dijo, directamente y sin complejos: «Qué poco inteligentes son los que me acusan de xenófobo. Criticar que el ayuntamiento invierta el dinero de todos en proyectos para cuyas obras se contrata primero a extranjeros no es xenofobia, es supervivencia». García Albiol se ha destacado por sus incendiarias soflamas en las que acusa a los gitanos rumanos de ser una “plaga” y una “lacra”, a los paquistaníes de proceder de un país donde la “carne convive con los gusanos”, y, más recientemente, por una campaña publicitaria donde aparecía su rostro kilométrico sobre el lema: “limpiando Badalona”. Su discurso no debe ser interpretado meramente como una febril verborrea de extrema derecha. No es un simple recurso al discurso de la irracionalidad y la reacción; en él se concibe la arena política como un escenario en el que se construyen fronteras y confrontan alternativas, en el que es necesario apelar a las emociones y en el que se impugna el modelo pospolítico según el cual no existen alternativas políticas posibles. Es la consideración de la política en su dimensión antagónica. Lo que se conoce como populismo, en estado puro, en su versión conservadora. Lo que algunos ya están llamando el espacio Le Pen. Bebe del déficit democrático que se vive en nuestra sociedad, del descontento y la indignación, de la conciencia extendida de que nuestras opiniones no importan, de que los políticos viven y actúan preocupados por su único y exclusivo interés. De que no solucionan nuestros problemas. Este populismo de derechas, en lugar de articular una alternativa centrada en la democratización, la responsabilidad de la clase política, la articulación de nuevos mecanismos de participación o a la atención a los graves problemas sociales de los cada vez más amplios sectores afectados por la crisis, lo que implicaría la demanda y la propuesta de un giro radical a las políticas económicas que nos han llevado a la situación en la que estamos, orienta el problema hacia esos otros que constituyen los inmigrantes. Los inmigrantes son el no-pueblo, la antipatria, los que nos roban y nos quitan los puestos de trabajo, y los responsables son los políticos que con su lenguaje políticamente correcto no se atreven a tomar las firmes medidas necesarias. Este infame discurso, que muestra abiertamente la demagogia, hipocresia y pésima catadura moral del Partido Popular, ha funcionado en Badalona hasta que una coalición de 5 fuerzas de izquierdas le ha arrebatado la alcaldía al gigante lepenista en las recientes elecciones municipales del 24 de Mayo. Con la decisión de elegir como candidato a García Albiol, el PP trata de comprobar, en el laboratorio catalán, frente al desafío soberanista, de Podemos, y muy especialmente de Ciudadanos, que es el que más le succiona votantes por la derecha, cuantos réditos le aporta ubicarse en el espacio Le Pen; efectivamente, no es (sólo) una cuestión de xenofobia, es una cuestión de supervivencia.

Visca España, viva Catalunya

El concepto de nación, tal y como hoy lo entendemos, es una noción eminentemente moderna, producto, consecuencia y factor de toda una serie de procesos históricos de larga data, más allá de la Edad Media, pero que no cristaliza como idea-fuerza y realidad autoconsciente hasta el siglo XIX. En este sentido, una nación es un invento reciente. La disputa en torno a qué es una nación está lejos de estar solventada en la sociedad, el ámbito de la política y de la academia; existen posiciones diversas y una larga disquisición filosófica que ha vertebrado gran parte de las confrontaciones y presupuestos de la política contemporánea. Mi opinión, una más, es la siguiente. Una nación se compone, como mínimo, de un doble conjunto de características, separados aquí en aras de una mejor compresión analítica pero que están indisolublemente unidos. Por un lado, posee elementos que podríamos denominar “objetivos”, tales como la existencia de una cultura compartida, una lengua, una historia, costumbres y tradiciones comunes. Un segundo grupo de características se relaciona con elementos digamos de orden más “subjetivo” en el que lo fundamental es que esos elementos “objetivos” sean percibidos como propios y diferenciadores con respecto a otros grupos y, hecho fundamental, la existencia de una voluntad colectiva, en base a esa autoconsciencia, de ser nación, y desear, con una mayor o menor articulación, que esta especificidad sea reconocida amplia y políticamente. Esta última característica es la clave para entender, en el caso español, porqué Andalucía, mi querida tierra, no es una nación y porque Catalunya, o Euskadi, si lo son. Por la existencia, sostenida en el tiempo, con una notable influencia, y un respaldo significativo en la población, de una corriente-movimiento social nacionalista que reivindica el derecho al reconocimiento de su especificidad. A pesar del tiempo transcurrido desde que tales movimientos nacionalistas existen en España, a pesar de la durísima represión a la que se han visto sometidos, a pesar de la contumacia asesina de ETA y de la oculta historia del terrorismo de Estado, a pesar del amplio reconocimiento conquistado por los diversos movimientos nacionalistas periféricos; a pesar de todos los pesares, el problema de la cuestión nacional no ha sido solventado en España. La cuestión fue eficazmente apaciguada con el Estado de las Autonomías puesto en marcha durante la transición política. Este modelo, consagrado en el Título VIII (De la organización territorial del Estado) de la Constitución española de 1978, está en crisis. Éste es sólo uno de los aspectos de la crisis multidimensional en la que se encuentra España, quizás uno de los fundamentales, pero inserto en una tendencia generalizada: el de la implosión del régimen de 1978. Esta implosión es resultado del desborde definitivo de sus límites, que ya no pueden contener en su estrecho marco la realidad cambiante de la sociedad española, azuzada y azotada por una crisis económica y, hecho también fundamental, unas políticas de austericidio, que han puesto en solfa todos los preceptos en los que se basaba el consenso político en España. El creciente desprestigio en el que se han instalado las instituciones del Estado ha provocado que la desafección ciudadana se desplace desde el espacio de la indiferencia (una forma de aceptación pasiva) hasta el espacio de la oposición (una forma de negación activa). Una “zona de ruptura”. Todas las instituciones españolas han ido perdiendo empuje y capacidad de articulación de consenso en la sociedad. Los ciudadanos españoles perciben tendencialmente a las instituciones, desde el Parlamento a los tribunales de Justicia, pasando por los partidos políticos, sindicatos e incluso a la monarquía (aunque quizás la operación Felipe VI ha sido un inteligente ardid político que ha detenido la hemorragia en este ámbito), como algo ajeno y al servicio de intereses particularistas y no relacionado con ese vaporoso concepto que podríamos definir como el bien común. Esta situación pone sobre la palestra la existencia de un enorme déficit de confianza de la población con respecto al sistema, que es la expresión de una quiebra social que remite a la autopercepción generalizada de la existencia de un enorme déficit democrático en nuestro sistema político. Esto es a lo que María Luz Morán, una de las más brillantes mentes sociológicas de nuestro país, ha denominado la quiebra de la matriz cultural de la democracia. En apretada y simplificadora síntesis: la desarticulación de los consensos básicos en los que se aupó el modelo de la Transición; fundamentalmente la asunción de que el nuevo régimen democrático y la integración en Europa iban a solventar el problema histórico de España: la plena homologación con el entorno europeo y su consenso social de posguerra que asociaba democracia a bienestar, modernización y progreso. En España, la corrupción, la falta de rendición de cuentas, la inexistencia de controles internos, las intromisiones incestuosas entre los poderes del Estado que convierten la separación de poderes en algo muy lejano a lo que nos aseguraron, la manipulación de los medios de comunicación públicos, el exasperante e insultante desprecio con el que los principales partidos y líderes políticos tratan a la población, la manifiesta evidencia de que el apretarse el cinturón de unos ha supuesto que a otros les reviente directamente del hinchazón de acumulación por despojo concentrado en la panza y, como remate, la extendida consciencia de que las grandes decisiones que realmente importan para la vida de las personas se toman en despachos en Bruselas y Berlín, en organismos que escapan absolutamente a la soberanía popular y a los procedimientos democráticos, son sólo algunos de los síntomas más evidentes percibidos por la población. Ha calado la idea de que algo va mal y de que los responsables son precisamente los encargados de evitarlo. Este contexto ha sido percibido con lucidez por el nacionalismo catalán, consciente de que la propia idea de España como proyecto está en cuestión, y aprovecha, con la sabiduría que le otorga ser más viejo que el diablo y haberse batido el cobre, con notable éxito, en las más pantanosas aguas de la política española, para barrer para casa. Su órdago soberanista, en el caso de la derecha nacionalista catalana, está atravesado además por un manifiesto interés por correr un tupido velo sobre la responsabilidad propia en la articulación de políticas austericidas que han degradado la situación social en Catalunya, y por la intención de levantar un telón de acero sobre una curiosa paradoja: en términos de comportamiento político, la clase política catalana es eminentemente española; esto es, corrupta, despreciativa con los intereses generales de la población y enferma de déficit democrático. Como un espejo, el unilateralismo dogmático del nacionalismo español se representa como su otro yo en el nacionalismo catalán. Otro tanto podríamos decir de la causa nacional en Euskadi. El Partido Popular, el más distinguido de los impulsores del sentimiento nacionalista en Catalunya, dada su tendencia a hacer política anticatalana para ganar apoyos en España, manipula los sentimientos encontrados en esta cuestión en aras a conseguir réditos políticos y electorales. El nacionalismo catalán, y también el vasco, presentan una lista de agravios sobre la que habría mucho que discutir, y juega con el mismo juego de espejos distorsionadores de la realidad, de confrontaciones simplificadoras en el que se ofende a las partes en desacuerdo, se soslaya la enorme diversidad de las propias sociedades y se enarbola como máximas que solventarán todos los problemas una idea de nación muy reducida y un clásico proyecto de autodeterminación (una nación, un Estado) elevados al nivel de realidades divinas e indiscutibles. Es hora ya de romper estos espejos. Es decir, de cambiar el marco constitucional que establece nuestro modelo de convivencia en común, dotando a Euskadi y Catalunya de una articulación institucional que refleje su especificidad concreta y, si, desigual, y de empezar a tratarnos con respeto y admiración como partes de un conjunto heterogéneo y plurinacional. Abandonar las posiciones maximalistas de los dos extremos es una tarea ingente que no sé si nuestros políticos serán capaces de articular. La gente de Podemos en Catalunya apunta maneras, y el discurso de la lúcida, competente e inteligente Gemma Ubasart, parece que va en este sentido, si bien algunas ambigüedades en el discurso de Podemos, por mucho significante vacío que se teorice, huele a las artimañas de la confusión del “sí, pero no” de toda la vida y desde que se armó la de “Dios es Cristo”. Hace falta una enorme labor de educación a nivel social igualmente titánicas, porque han sido décadas de creación de artificios maniqueos que enfrentan a las distintas comunidades, con un nivel de irresponsabilidad por parte de los líderes políticos que raya la tendencia suicida. La escena política que se abre con las próximas elecciones generales en España, y las autonómicas en Catalunya, es una oportunidad de oro para hablar con sinceridad sobre esta cuestión nacional que se erige como una columna vertebral distorsionadora de los problemas sociales y políticos compartidos. Ojalá podamos avanzar algo en esta cuestión, ojala algún día decir “visca España, viva Catalunya” no suene a provocador sinsentido.

Podemos ya está en el Parlamento

PP y PSOE aceleran su proceso de podemización discursiva al ritmo que marca el compás de la contienda electoral que se aproxima. Una contienda que asestará la estocada final al ciclo de bipartidismo imperfecto que ha venido caracterizando al sistema político español tras su articulación durante nuestro proceso de transición a la democracia. La música más potente suena hoy a indignación ciudadana, y sólo hay una forma de reducir sus decibelios: introducir la suave melodía de las mejoras sociales. A la derecha española este ritmo le produce urticaria, pero parece que son inmunes a cualquier tipo de afección que contradiga su labor de gobierno o a su ya de por sí menguada coherencia y honestidad intelectual. La vacuna del renovarse o morir hace tiempo que se la inocularon en masa, haciendo cola en el hospital mientras el tirano agonizaba en la cama. El caso del PSOE es distinto, porque sociológica e históricamente son izquierda, y lo mismo te bailan al son de Hayek que al de Pablo Iglesias (el otro). En esta versatilidad está la madre del cordero que les puede permitir acceder de nuevo al gobierno, ya sea de la mano del PP o de Podemos, que les da lo mismo, porque lo que importa es tener habitación con vistas en la Moncloa. El Partido Popular, cuyos máximos dirigentes han estado de fiesta llevándoselo crudito durante la crisis, ha podemizado su logo, en el que se difumina la gaviota, el símbolo que mejor representa al partido dado sus hábitos alimenticios, y se lanza al mercado de los votos con ofertas de pátina social. Esto es lo que explica la alucinante alocución de Doña Finiquito en la Conferencia Política del PP de hace unos días, donde aseguró que el proyecto de su partido es ese que cree “en la igualdad de oportunidades, en cuidar de aquellos que más lo necesitan, en reconocer los derechos que nacen del esfuerzo cotidiano o del trabajo de toda una vida”. Este sensacional ejercicio de cinismo es fulminante, incontenible e infinito; se va y vuelve a la velocidad de la luz tras visitar las cordilleras heladas de Plutón con la misma facilidad con la que consigue la verborrea bobina de Rajoy inscribirse en los anales del ridículo. Nunca me cansaré de escuchar, sin perder la estupefacción, su “España es una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”. Maravilloso. Cospedal, que ha bebido con el ansia del sediento de esta fuente de excelencia discursiva, afirma en la misma conferencia que ellos están por la consecución de una sanidad digna, la creación de empleo, la lucha contra la corrupción y lo que queramos pedirle a los Reyes Magos, que ellos tienen línea directa con la Virgen del Pilar y saben de lo que están hablando, que para algo se han dedicado a destruir sistemáticamente todo lo que ahora ofrecen. La oferta de Montoro, ese Nosferatu del carisma, se inserta en esta línea, así como la “agenda social” de 2000 millones propuesta por Javier Maroto para ayudar a los sectores más vulnerables. El Gary Cooper del PSOE no le anda a la zaga, y acaban de proponer, tras asimilar, a su manera, los conceptos de patria y cambio propugnados por los líderes de Podemos, un ingreso mínimo vital para las personas en situación de pobreza con un costo de unos 6000 millones de euros. En fin, todo el pack de propuestas del partido soviet-populista envuelto para regalo, banalizado, descontextualizado y minorizado, aderezado con una buena dosis de opio calidad talibán. Este giro social discursivo en los dos grandes partidos es responsabilidad sin duda del seísmo político provocado por Podemos, y de la lucidez con la que han sabido oler el viento del cambio para canalizar las esperanzas de una población cansada de que la tomen por estúpida. En mi opinión es una buena noticia porque revela quien y con qué contenidos marcan la agenda, y, con todas las objeciones y peros que le pongamos, es fruto de una audaz y efectiva estrategia articulada por el partido morado que sólo puede venir a mejorar el lamentable panorama en el que nos encontramos. Veremos en qué queda todo, pero, por lo pronto, es válido afirmar sin ninguna duda que Podemos ya está en el Parlamento.

El canto de sirena del totalitarismo

El diario ABC cabalga a pelo, sin brida ni estribo, sobre el caballo desbocado del alarmismo. El diario monárquico, buque insignia del conservadurismo español, denuncia el contubernio de “antisistemas y nacionalistas” que pretende derrocar a Felipe VI y “romper al Estado”, demostrando una vez más que en su redacción no corren ríos de tinta sino de LSD. Mientras, los más destacados portaestandartes del PP, a tenor del lanzamiento de la nueva página web “Versión Original” del Ayuntamiento de Madrid gobernado por Manuela Carmena, ponen en circulación un recurrente significante de combate: el totalitarismo. El vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado, curtido en mil tertulias, de hechura Albert-riveriana y discurso “regeneración democrática” nivel encantador de serpientes, declara con adusta seriedad y rostro compungido que “controlar a la prensa es propio de regímenes totalitarios”. El discurso perdedor de Esperanza Aguirre en la campaña electoral del pasado 24 M en estado puro. El PSOE de Madrid, de la mano de Antonio Carmona, también experto tertuliano, y uno de los menos sutiles pero persistentes demagogos mediáticos que ha parido la España bipartidista, se ha sumado a este tipo de denuncias desproporcionadas, aunque sin atreverse a utilizar el concepto. Carmona, que debiera lucir dos espléndidos muñones desde que pusiera las manos en el fuego por Tomás Gómez, y que tendría que deambular sin cabeza tras la catástrofe electoral de su candidatura, no sólo ha logrado salir ileso de la purga postelectoral, sino que ha mutado su derrota de proporciones siderales en una victoria, habidas cuentas de la enorme proyección de la que sigue disfrutando gracias a su “apoyo crítico” a la candidatura a la alcaldía de Carmena. Mucho me temo que el discurso conciliador y no confrontativo de la maravillosa Carmena está pasando factura, a pesar de la presencia de Rita Maestre, la portavoz de la Alcaldía, podemita hasta la médula, perteneciente a esa nueva generación de ciudadanos educados en democracia que ha llegado a la certera conclusión de que la política es conflicto. En mi opinión, el discurso conciliador, cercano y humanista, que tan eficaz fue para aglutinar apoyos en la campaña, y que tan necesario sería para regenerar la política española, está abriendo un enorme flanco en las posiciones de Ahora Madrid, que ya comprobó en carnes, a pocas horas de pisar el Ayuntamiento, como se las gasta la jauría de lobos que habita el consistorio madrileño desde hace décadas. PP, PSOE y Ciudadanos (Begoña Villacís también sabe oler la sangre) se han sumado, desde sus respectivas posiciones en competencia, con un ojo puesto en Ahora Madrid y el otro en el resto de contrincantes, para penetrar por este flanco débil mientras dirigen en tropel a su manada.
Pero volvamos al significante de combate. La palabra “totalitarismo”, derivada del concepto de “Estado totalitario” acuñado por Mussolini e inmortalizado en La Doctrina del fascismo de 1932, es uno de esos conceptos manejados por la ciencia política que adoptan un significado poliédrico y múltiple al extenderse su uso en el lenguaje común. La RAE define con cierta precisión el término: “Régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos”. La más influyente interpretación del totalitarismo ha sido probablemente la aportada en la monumental obra de Hannah ArendtLos orígenes del totalitarismo”, de muy recomendada lectura. En dicha obra se aludía a la necesidad por parte de los intelectuales de utilizar el término con prudencia, dada su absoluta especificidad, puesto que “la dominación total es la única forma de gobierno con la que no es posible la coexistencia”. Arendt prefirió restringir su uso a la “variedad nazi” y a la “variedad bolchevique” articuladas respectivamente por Hitler y Stalin. Los estrategas del PP no parecen tener tantos remilgos a la hora de usar el término, pues lo que importa es el ataque, no la calidad y honestidad del argumento. Encaja a la perfección en los términos de su estrategia electoral, firme e inflexiblemente enraizada en el miedo, y susceptible de ser resumida en la tesis “O Nosotros o el Caos” y su derivación “Que vienen los Soviets” o, en una reactualización contemporánea del nuevo vestuario con el que se viste al viejo fantasma: los ropajes del “que viene el populismo”. El Partido Popular cambia el logo, podemizándolo dentro de un circulo, y coloca al joven cariacontecido Casado en la portavocía, pero sigue sacando agua del mismo pozo, el de la cultura política del miedo al cambio que tantos réditos produjo durante el proceso de la Transición Española. El agua de este pozo, que se llama posfranquismo, empieza a escasear, y de tan estancada huele a muerto; 40 años son muchos, y la sociedad española muestra ya claros síntomas de tener olfato. El 15 M se atrevió a poner la nariz ahí y mostrar al mundo que el muerto olía mal, y desde entonces el hedor se ha desatado con tal evidencia que se ha convertido en algo tan insoportable como insoslayable. Aun así, tenemos las bacterias de este agua infecta en el estómago, y siempre pueden removerse algunos jugos gástricos a la caza del voto. Los estrategas del PSOE parecen empeñados con ahínco en la misma tarea de probar cuánto sigue galvanizando el miedo el alma política de España, y han puesto en marcha la tesis “Rajoy es Tsipras” a ver qué tal se les da el asunto. Mientras tanto, los peones siguen avanzando. El diario ABC publica hoy en la portada de su edición digital una nueva encuesta encargada a GAD3 que rotula con un triunfalista: “El bipartidismo se recupera con Podemos en caída libre”. Según sus cálculos, el PP recupera 1 millón de votos con respecto a las elecciones del 24 M y ganaría las elecciones generales con algo más del 29%. El PSOE recuperaría unos 600.000. El diario “El País”, barriendo pro domo sua, publica también una encuesta, de Metroscopia, en el que Pedro Sánchez es reconocido como el “mejor líder para pilotar la reforma de la constitución”. Independientemente de la intencionalidad manifiesta en el titular y la orientación de los artículos, no nos dicen nada nuevo. El parlamento estará poderosamente fragmentado, con cuatro partidos en posición de hegemonía en disputa. La suma de PSOE y Podemos, o la alternativa de PP y Ciudadanos no otorga mayoría absoluta, y el escenario para la próxima legislatura se presenta complicado. Las seguridades del sistema bipartidista se quebraron. Se inaugura un nuevo ciclo en el que incluso la Constitución deja de ser palabra divina, para tornarse en ámbito de legítima contienda en la arena política. En estas y otras evidencias baso mi certidumbre en torno a la inevitabilidad de los cambios que han de acontecer. Mis certezas son ya más débiles en lo referente a la profundidad y la dirección de las transformaciones. Ignoro cuanto de efectivo será el grito demagógico y mendaz que denuncia la supuesta llegada del totalitarismo, pero tiendo a pensar que más bien son cantos de sirena de un mundo en descomposición que se niega a reconocer la evidencia.

La bandera de Pedro Sánchez (II): Rajoy es Tsipras

En un anterior artículo destaqué lo que consideró que constituyen las dos claves del discurso político del PSOE en la campaña electoral que se viene desarrollando a sangre y fuego en España: la patria y el cambio. Dos argumentos en mi opinión muy audaces que demuestran que el discurso de Podemos está ya en el Parlamento, debidamente alterado en su composición básica según los propios intereses de cada partido. Para ser justos debo decir que la reivindicación del cambio siempre estuvo presente en la voz del más digno de nuestros parlamentarios, el joven e inteligente Alberto Garzón, cuyo discurso en el debate parlamentario de este miércoles es probablemente el de mayor altura intelectual y calidad ética. Entre otras cosas, y con muchísima elegancia, con un discurso cargado de razones objetivas, a pesar de algunas aristas, Garzón llama a Rajoy “ladrón y mafioso”, algo que no es una verdad sensu stricto, desde el punto de vista legal, pero de una realidad insoslayable en lo político y lo simbólico. Les invito a verlo en la red porque merece la pena escucharlo. Pero quiero hoy centrarme en el discurso del PSOE. En el debate parlamentario de este miércoles, centrado en la crisis griega, Pedro Sánchez, el Gary Cooper del partido socialista, el alfeñique de Susana Díaz que resultó tener carácter propio y va camino de ser el más presidenciable de todos los candidatos, junto a su particular idea de patria y cambio, acaba de añadir un nuevo eje a su recetario de campaña: el miedo, presente pero oculto bajo la idea “Rajoy es Tsipras”. En su discurso, de unos 20 minutos, Gary Cooper ha lanzado una andanada de argumentos para demostrar que el gobierno de Rajoy y el de Tsipras, en el fondo, son lo mismo. Esto es, el recurso a la manida tesis de “los extremos se tocan”. Rajoy, como Tsipras, puso en marcha una amnistía fiscal. Rajoy, como Tsipras, hubo de ser rescatado, Rajoy, como Tsipras, es un irresponsable. La alocución de Sánchez está aliñada de una buena dosis de metralla, contiene un tiro certero de francotirador y cierra con un buen golpe de gracia. Primero, la metralla: sólo en Grecia y en la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP, se ha detectado, marcando un hito en historia de la UE, un ocultamiento intencionado del déficit, con una montaña de facturas tamaño Everest debajo de la alfombra. Segundo: puntería de francotirador, directo al hígado del “corralito”: entre enero y agosto de 2012, cuando a Rajoy lo rescataban, los ciudadanos españoles sacaron unos 170.000 millones de euros de nuestro bancos; el 17% del PIB. Conclusión: el señor Rajoy, como Tsipras, provocó la mayor fuga de depósitos en la historia España. Tercero: el golpe de gracia, cierre y broche: lo que tienen en común Grecia y España es un gobierno y un presidente que mienten a sus ciudadanos e incumplen su programa electoral.
Pedro Sánchez, con acierto y un siempre bello, simétrico e irresistible rostro, de esos que se extienden hasta el piso como efecto del peso de la inexorable gravedad que impone la demagogia, acusa al presidente del gobierno de utilizar el sufrimiento del pueblo griego para obtener réditos electorales. Esto, que es una verdad como un Partenón, es exactamente lo mismo que hace nuestro flamante candidato socialista a la presidencia. La presión de la Troika sobre Grecia, como se hace evidente ante los ojos y el raciocinio de cualquier persona cuyas neuronas no esten sometidas a la disrupción del dogmatismo ideológico, es producto de un objetivo cuya dimensión primordial es eminentemente política. El objetivo es dar ejemplo. No se puede consentir que un tábano en la oreja tenga ideas propias. Aún menos que enarbole el salvavidas de la dignidad nacional y el apoyo popular, como si eso tuviera valor, para salir a flote, en la empantanada ciénaga en la que han convertido a las instituciones europeas. A Grecia había que darle cicuta, de la buena, sin contemplaciones, abriendo una vía directo a la aorta por la que circula el lema en el que se resume la esperanza que representa Syriza: el lema del sí, se puede. Pues no, no se puede. Y ahora que esta cristalino como el agua, que Pablo Iglesias prepare la coleta que vamos directamente al peluquero. La población española se siente UE, la sociedad española concibe la UE como lo que fue en gran parte: el lugar al que arribamos después de 40 años de dictadura, un espacio que nos proporcionó bienestar y consumo así como el sueño, alimentado con la burbuja inmobiliaria y el turismo, de que ya éramos como lo que siempre quisimos ser: modernos, prósperos y libres. Esto lo sabe Pedro Sánchez. Igual que sabe que el fracaso de Tsipras se asimila directamente con la propuesta de Podemos. Un corralito no es la Europa que los españoles conocemos, ergo, Syriza-Podemos no es Europa. Esta idea, falaz y maniquea, se alza como un impenetrable muro que impide ver que lo que está en juego, que no es otra cosa que construir una nueva Europa algo más justa y democrática que supere eso que se ha llamado “pospolítica”, cuyo núcleo central es la idea, convertida en sentido común, que afirma la no existencia de alternativas al infame status quo en el que estamos instalados. Pedro Sánchez ve el muro y la verdad que hay detrás, y no tiene empacho en seguir con el palaustre añadiendo ladrillo y mezcla. Juega al mismo juego que Rajoy: o “Nosotros o el Caos”. El lado izquierdo y el lado derecho del sistema bipartidista sigue trabajando en la misma línea, con las mismas reglas, pero con una clara visión de lo que se atisba en el horizonte: el fin del bipartidismo. Toca barrer para casa todos los votos posibles ante la dificultad para establecer mayorías estables que todas las encuestas pronostican. El miedo siempre fue una buena bandera a la que aferrarse para conseguirlo.

Contracciones del parto

La Alemania de Merkel es un caballo de Atila que ejerce una insoportable, tiránica e insolidaria hegemonía en Europa. Su política austericida, interesada y amnésica, nos atraviesa con la aviesa inquina de un carnívoro cuchillo que corta al mismo tiempo que devora, en un festín suicida cuyo final no puede ser otro que la desaparición total de la carne. No voy a marear a nadie con datos de los efectos de esta política. Los números están ahí, salen a la luz un día sí y otro también, para el que quiera verlos y no quiera transitar por este mundo ciego, sordo, mudo y sin cerebro, posición en la que se encuentran muy cómodamente instalados nuestro Presidente de Gobierno y sus ministros, junto a un 30,7% de españoles que manifiestan, en intención, una inexplicable indiferencia con el dolor propio y ajeno.

Voy a centrarme en un aspecto que considero de vital importancia para entender en base a qué se está justificando este despreciable proceso de despojo de los muchos y acumulación de los pocos, que nos afecta a todos y se está ensañando ahora con Grecia, el tábano en la oreja, por atreverse a tener dignidad. Me refiero al doble discurso de la responsabilidad del deudor y al cuento de la cigarra y la hormiga.

El discurso de la responsabilidad del deudor nos dice que aquellos que contraen la deuda deben pagarla. Es lo propio de socios responsables, de gente respetable y honesta. No tendría nada en contra de ésto si no entrara en juego una interesada desmemoria. Primero, porque el caballo de Atila, antes de esterilizar la hierba, se dedicó a sembrarla con el abono de la especulación, el crédito fácil y la corrupción desmedida. Y lo hizo para forrarse, para sortear la crisis económica del 73 inflando la especulación financiera y, más tarde, para subvencionar el costo de la reunificación de Alemania, cuya división fue una de las consecuencias, por cierto, de la guerra a la que nos arrastraron enfebrecidos por las soflamas xenófobas y racistas de un pintor frustrado con delirios de pertenencia a la raza de los elegidos. Una enfermedad que ciertamente no fue sólo responsabilidad alemana, sino consecuencia de la incapacidad de Europa para entenderse y solventar sus conflictos por medios pacíficos. La política del abismo fratricida nos llevó a la autodestrucción. De las cenizas emergió el pacto social de posguerra que ahora están carcomiendo a velocidad de vértigo, con la ligereza y la falta de escrúpulos de aquellos que creen que no deben nada a nadie porque nadie se acuerda ya de nada. 100 millones de muertos y dos guerras mundiales no son más que papel ajado en los libros de Historia. Estos que claman al cielo porque a los acreedores hay que pagarles la deuda, se olvidan además de la deuda que no sólo no pagaron, sino que les perdonaron. Con una quita como la copa de una sequoia.

Luego está el cuento de la cigarra y la hormiga. El cuento tiene como base una primera aseveración: fue la irresponsabilidad de gobiernos corruptos, que propiciaron un enorme déficit fiscal, la causa de la crisis que nos azota en Europa. La segunda parte es que ellos son hormigas laboriosas que trabajaron honesta y duramente durante el verano para tener provisiones cuando llegara el invierno. Mientras, las cigarras del Sur, dedicados a tocar la guitarra, cantar el fado y bailar el sirtaki. La política de la austeridad es la única solución para las cigarras, a la vez que un castigo de penitente que deben pagar por consentir y vivir en países corruptos, clientelares e irresponsables. Resulta que efectivamente en el Sur de Europa hemos tenido este tipo de gobiernos, en mayor intensidad al menos que en los del Norte. Y resulta que efectivamente esos líderes eran maestros de la cleptocracia. Y resulta que la desmemoria vuelve a jugar su papelito, pues las hormigas sabían perfectamente cómo se las gastaban los dirigentes de las cigarras, y no hubo empacho en apoyarlos, sostenerlos y, sobre todo, en hacer negocio. Y además los penitentes, al final, resultan que no han sido esos dirigentes. Son los que pagan las hipotecas, cuando pueden. Son los que han perdido el trabajo. Son los que gritan en Syntagma. Los que gritaron en Sol. Los que se suicidan en Grecia. Los que se fueron a trabajar fuera de su tierra. Los que levantaron con sueldos de miseria Alemania. Y nos llaman cigarras.

Cuenta Tony Judt, uno de los pensadores socialdemócratas más interesantes del siglo XX, en su impagable libro póstumo Pensar el siglo XX, que Condoleeza Rice, en su inefable por infame período como Secretaria de Estado de George W. Bush, justificó el sufrimiento de la población civil al sur del Líbano (invadido por Israel en 2006), como un precio a pagar por las “contracciones del parto de un nuevo Oriente Próximo”. Este tipo de mentalidad, mesiánica, fundamentalista y de un indescriptible desprecio por el prójimo, es la que gobierna entre los dirigentes actuales de la Unión Europea.

Como botón, una muestra: El Ministro de Finanzas de Merkel le dijo a Varoufakis: “No discuto el programa…, esto fue aceptado por los gobiernos previos y no podemos consentir que una elección cambie nada”. Respuesta de Varoufakis: “Bien, quizás los países endeudados simplemente deberíamos dejar de celebrar elecciones”. Silencio por respuesta. Tiemblo de pensar en la Nueva Unión Europea que quieren parir. Las contracciones del parto ya la estamos sintiendo.

La Frontera

La política en Ecuador está marcada por una frontera. El correísmo. A un lado se sitúan unos, a otro lado se sitúan otros. Este limes está cargado de historia. No es un invento nuevo, es producto de dos ejes que estructuran la columna vertebral que ha condicionado históricamente la formación social ecuatoriana. Uno de los ejes se llama dependencia. El otro, oligarquía. El eje dependencia situó al Ecuador en un área de desarrollo sometido a los dictámenes de la geopolítica, en el que el papel que le tocó jugar no era otro que el de asumir su carácter primario exportador. El eje oligarquía define a unas élites con escaso o nulo sentido de proyecto nacional, un afán de acumulación incontenible, y una incapacidad creciente para adaptarse a las consecuencias del primer eje, del que se beneficiaron sin límite, pero que finalmente marcó las pautas para su propia erosión. Su profundo desprecio por el pueblo, su sentido patrimonialista de la política, su incontenible clasismo y su avaricia son características que conocemos bien en España. No en vano el criollismo nació de la matriz imperial española. La crisis del Estado absolutista borbónico, transoceánico y multiterritorial, fue en gran parte resultado de la incapacidad para renovarse de unas élites profundamente codiciosas, rapaces y autoritarias que aún soñaba en el siglo XIX con los años gloriosos del Imperio, cuando no se ponía el sol y los Tercios Españoles sembraban victorias y cosechaban muerte y desprecio. Así habían pasado los siglos mientras el mundo moderno se abría paso y la sociedad estamental se derrumbaba. España ni se enteró, pero en América las cosas estaban claras y no tardaron en zafarse de la rémora que suponía ser colonia de un país que vivía en otra época. Ecuador de libró de esto, pero sus élites, como no podía ser de otra manera, estaban imbuidas del ethos colonial. De esos lodos, estos barros, y ya por su propia cuenta y riesgo articularon un modelo de Estado que pasó de aristocrático a oligárquico para luego llamarse liberal y más tarde democrático, en el que lo fundamental, aunque con avances, era el ordeno y mando, la defensa de la hacienda propia, el conflicto entre las diversas élites regionales (Costa, Sierra Sur, Sierra Norte) y el vivir a costa del trabajo de los subalternos. La sociedad ecuatoriana, atravesada por la desigualdad e injusticia, no transitó indolente y ajena a este status quo, y hubo intentos (La Juliana, La Gloriosa, el efímero Gobierno “Nacionalista y Revolucionario” de Rodríguez Lara, entre otros) de subvertir la situación, sin éxito inmediato pero que indefectiblemente fueron horadando las estructuras de dominación vigentes. Esto no es prehistoria, esto pasaba ayer. En 1978 los militares decidieron el paso a una transición democrática controlada (curiosamente al mismo tiempo que en España). El “retorno” a la democracia no logró eliminar los males que acuciaban a la sociedad, y los potenció hasta que en 2006 surgió una nueva alternativa, que bebía de la las luchas sociales anteriores, dentro del esquema general latinoamericano del giro a la izquierda, con sus particularidades propias, que con un programa antisistema, nacionalista, redistribuidor y de retorno del Estado logró concitar el apoyo de la población en las elecciones, una población que bebía de un generalizado que se vayan todos nacido en Argentina pero que expresaba a la perfección la experiencia compartida en América Latina del fracaso de todos los proyectos de desarrollo, especialmente el último de ellos, al que llamamos neoliberalismo. Esta es la situación y no otra en la que Correa sube al poder. La política implica en cierta medida polarización, y la forma populista de hacer política acentúa esta característica. La polarización actual que vive el país se ha reconcentrado en la frontera correísmo-anticorreísmo, un espacio de confrontación que en mi opinión en nada ayuda a analizar y comprender los procesos políticos que están teniendo lugar en el país, y que ubican los análisis, las lealtades y los combates en un espacio en el que siempre pierde la sociedad ecuatoriana. Los avances que ha vivido el país en 9 años de gobierno son innegables. Sus límites también son evidentes. Correa no es Hitler, no es un dictador, ni tampoco el sumun de todas las virtudes humanas. Por simple que parezca, esto es lo que se evidencia de los discursos en contra del correísmo o a favor del mismo. La realidad es que este gobierno no ha zafado al país de lo primario-exportador, no ha creado base social transformadora, no ha generado una nueva cultura política radical-democrática y ha concentrado sus logros redistributivos en una renta petrolera que ha entrado en crisis, y de ahí la pérdida de capital político. La usual estrategia del Presidente de la República de no dialogar, ubicar a todos los que mantienen posturas críticas en el mismo saco, no reconocer lo que hay de justo en algunas de las críticas y reivindicaciones de los movimientos sociales y apostarlo todo al carisma del líder, evidencian un preocupante poso antidemocrático, en forma y contenido, que encuentra su reflejo en las actitudes de la derecha y, de manera más lamentable, en una izquierda no oficialista que juega con fuego, algo a lo que está bastante acostumbrada, al establecer componendas con las fuerzas conservadoras. Esta frontera pudo ser eficaz en el momento inicial destituyente que permitió al Ecuador iniciar un proceso de cambio que no parece tener parangón en su historia republicana, al menos desde el punto de vista de los avances sociales, de construcción de un proyecto nacional y reconstitución de un Estado que estuvo históricamente colonizado por las oligarquías. Pero en estos momentos esta frontera se ha convertido en una camisa de fuerza que limita el avance, potencia algunas características del pasado y se constituye como una enorme losa que amenaza con truncar lo que de positivo ha tenido la llamada Revolución Ciudadana.

Confluencias

Desde que el pasado 24 M una serie de nuevas agrupaciones municipalistas dieron el sorpasso, que no la sopresa, que se veía venir, en las elecciones municipales, el tema de la confluencia se ha convertido en un lugar común en las discusiones y las ilusiones de muchos que esperamos que lleguen las elecciones generales para, con el voto a modo de martillo, usar la urna como un yunque, y que suene el martinete de “se os acabó el tinglao”, y ver hasta dónde puede llegar el necesario e inevitable cambio (otra cosa será el ritmo, los tiempos y la profundidad del mismo) que ha de acontecer en España.
El acto de clausura del Foro por el Cambio de Podemos celebrado este fin de semana en Vallecas ha tenido como uno de sus ejes, si no el central, responder abiertamente al órdago desafiante que supone para la organización el lanzamiento de “Ahora en Común”. En el Foro estaban Susan George y De Sousa Santos apoyando la opción del partido morado: no me parece baladí que estuvieran presentes estos dos intelectuales tan influyentes en los movimientos sociales alternativos desde la época de la antiglobalización. De Sousa tiene un papel más o menos relevante e influyente en Latinoamérica. Estas palabras suyas en el Acto de Clausura de Podemos son en mi opinión muy significativas y apuntan claramente en un sentido en el debate de la “confluencia”: “en España el nombre de la renovación y la refundación de la política es Podemos (…) Ésta es la renovación genuina, y como en todos los procesos hay un intento de diluir la renovación genuina en una renovación falsa, no lo vamos a aceptar”. A buen entendedor…
Las intervenciones de Errejón e Iglesias son las más abiertamente dirigidas a la polémica. En resumidas cuentas, la tesis es 1) el eje izquierda y derecha no sirve para ganar y 2) la plataforma “Ahora en Común” se ubica en el lado izquierdo del problema, y por lo tanto, no es una opción ganadora. Por otra parte, uno de los argumentos clave en el discurso de los dirigentes de Podemos, es que la izquierda ha estado constantemente ejerciendo de “pitufo gruñón” (expresión acuñada por Pablo Iglesias, de nuevo haciendo de las suyas en un discurso ofensivo que podría ahorrarse) y ha advertido del fracaso de todas las estrategias de Podemos cuando al final han resultado ser eficaces: la cara de Pablo en las papeletas, la separación del eje derecha-izquierda, el uso de los términos “patria” y “casta”, y un largo etc. Por otra parte, creadores de opinión muy seguidos en los circuitos de la indignación han venido expresando sin ambages su desilusión con el verticalismo de Pablo Iglesias, su egocentrismo, el incumplimiento de muchas de las propuestas que Podemos articuló al principio de su campaña, la incapacidad de Podemos para articular vías para la confluencia, etc. El análisis suele ser que las elecciones municipales demuestran que el camino es crear plataformas de convergencia para las elecciones, y que la apuesta de Ahora en Común serviría a tal contingencia. No estoy deacuerdo con este enfoque, aunque me parezcan obvios los problemas mencionados derivados de la centralización verticalista en el partido, la marcha atrás en algunas propuestas y los problemas relacionados con el tono de algunas críticas. La tesis de los dirigentes de Podemos, que yo comparto, tal y como lo expresan, viene a decir que se ha configurado un espacio de indignación ciudadana que reclama una enmienda a la totalidad del sistema de partidos, está asqueada y harta, necesita un cambio de 180 grados, y eso implica un NO tamaño catedral no sólo al PP y al PSOE, sino a la propia configuración de la frontera que llamamos “derecha e izquierda”. Parafraseando a Jaime Miquel, autor del indispensable libro recién publicado “La perestroika de Felipe VI”, esto es una “posición inexpugnable” en el mercado de los votos. Yo comparto esta tesis. Se ve en el aire que respira España, y lo digo a casi 9000 kilómetros de distancia. Y lo huelo. Si “Ahora en Común” se constituye como una plataforma de izquierdas, ese caballo de madera arderá como la yesca antes de pasar las murallas de Troya. Mi opinión es que Podemos sirve mejor al propósito de alcanzar el Parlamento con una buena representación de diputados. Y estoy pensando en unos 50-60 diputados porque otra cosa me parece difícil. Al menos no en la legislatura que viene. IU es una organización que adolece de toda una serie de problemáticas que no voy a reproducir aquí, porque están más claras que el agua; el espectáculo de Madrid bien pudiera ser su tumba definitiva. Alberto Garzón es el mejor candidato que he visto en muchos años en IU, y desde luego parece que quiere cambiar las cosas. Echarle un cable no vendría mal, que se lo merece, y no me parece bien lanzarle una soga para que abandone su barco y se ahorque. Eso me parece jugar sucio, no sé si me estoy explicando. Tampoco me parece limpio por parte de IU llenarse la boca con la confluencia, criticar la tesis de Podemos (huir del eje izquierda y derecha) y luego estar buscando precisamente estar en una plataforma donde no aparezca su nombre, o se diluya. Eso suena a que sabes que tu marca no funciona, pero no quieres reconocerlo. Y a salvar los muebles frente al desastre que se avecina. Lo lamentable de todo es que entre las soberbias de unos y otros, los exabruptos de éste y los juegos poco claros de los otros, la imagen que se transmite a la sociedad es de un patetismo enervante, y por el camino pueden irse perdiendo ilusiones y votos. Ignoro cuales son los impedimentos reales para crear una herramienta de verdad confluyente, y que no se asocie a un polo de izquierdas. Pero desde luego sería una gran noticia que sucediera y que se abandonaran las posiciones irredentas que sustentan los diversos sectores que están por el cambio. Los “pitufos gruñones” están en las dos orillas, y hay mucha gente valiosa y nada dogmática en ambas; que están alertando de la necesidad de configurar una herramienta política más amplia; ojalá se sepa cómo articularla.

La bandera de Pedro Sánchez (I): patria y cambio

Pedro Sánchez, en su primer discurso como candidato a la presidencia por el PSOE, ha llamado la atención de todos los medios de comunicación en el país por un hecho singular: la colocación de una enorme bandera de España a sus espaldas. Si en política lo importante es que hablen de uno, sin importar el contenido, debemos considerar todo un éxito la puesta en escena de este discurso enmarcado en la roja y gualda. Otro detalle hábilmente colocado en su atril ha llamado menos la atención: “el cambio que nos une”. La bandera y esa frase resumen a la perfección la estrategia que seguirá el PSOE en la campaña. Y, pese a todo lo que se ha dicho, esta puesta en escena me parece bastante audaz. Pedro Sánchez accedió a la Secretaria General del Partido Socialista como un alfeñique al servicio de los intereses de otros barones del partido, en particular de Susana Díaz, ese animal político de altura cuyo rictus facial lleva la marca indeleble de la impostura. Pero resulta que el alfeñique no lo era tanto, y tras una concatenación de errores de novato, parece que el Gary Cooper del PSOE quiere demostrar al mundo que tiene carácter. Para convencernos de ello se ha asesorado muy bien, precisamente por la misma asesora política que lanzó a Albert Rivera al estrellato. Como él, este nuevo Pedro Sánchez ha comprendido a la perfección, en contraste con el PP, que hay un nuevo producto por el que todos hacen cola en las rebajas del Corte Inglés de la política: “el cambio”. Este Pedro Sánchez huele a dos cosas, aparte de a subproducto mediático de un PSOE podrido hasta la médula que no sabe ya como reinventarse: huele a Albert Rivera, y huele al Coletas, en guapo. Y vuelvo a la bandera. Una de las grandes conquistas históricas de la derecha española ha sido su apropiación del concepto de patria. La patria está en el estómago, es volátil, y camina desnuda y enseñoreada por un terreno de batalla ambicionado por cualquier partido político que pretenda tener acceso al trono: las emociones. Los cuarenta años de dictadura sirvieron para eso y mucho más. La izquierda española aborrece un símbolo que fue impuesto por aquellos que provocaron una guerra civil, la ganaron y se encargaron de que no se olvidara. Sobre esta base, el PP ha construido su sentido excluyente y patrimonialista de España. Pablo Iglesias, que es más listo que el hambre, e Íñigo Errejón, el político de más talento en Podemos, y, a pesar de su bisoñez, probablemente una de las mentes más lúcidas de todo el panorama político español, han entendido esto a la perfección, en parte por su bien aprovechado aprendizaje en Latinoamérica, y por eso Iglesias dio un mitin a finales de febrero en la Puerta del Sol en el que la palabra patria estuvo bien presente, dotándola de un sentido social que va en sentido opuesto al concepto construido por la derecha. Se atrevió así a embestir sobre uno de los nudos gordianos que bloquean a la izquierda con ambiciones de poder. Ya apuntó maneras cuando le espetó en toda la cara a Rubalcaba: “yo no le pido que sea socialista, le pido que sea patriota”. Pedro Sánchez, al envolverse en la bandera de España, al reivindicar la herencia social del socialismo (eje de la primera parte de su discurso) y al aceptar la palabra “cambio”, se está mostrando como un alumno aventajado del camino que ha abierto Podemos, y se blinda para la batalla a sangre y fuego que ya se está desatando de cara a las elecciones generales. Este Pedro Sánchez ya es presidenciable, más aún después de las elecciones municipales.

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