En mi opinión la Ley de Redistribución de la Riqueza impulsada por el gobierno de Correa era una magnífica noticia en un país en el que históricamente la oligarquía ha vivido de succionar la sangre, la vida y el trabajo de las clases desposeídas. No es una Ley en absoluto radical desde el punto de vista del nivel recaudatorio que supondría, apenas 50 millones de dólares. A pesar de lo que dice Correa, no considero que fuera algo equiparable a la Ley de Reforma Agraria, ni creo que cambie realmente el sistema de producción y redistrubición de la riqueza. Eran migajas, pero era una buena ley, y sí es radical desde el punto de vista político, en su dimensión simbólica, que enlaza con lo mejor de la Revolución Ciudadana, su alma de izquierdas, su sentido redistribuidor, su sentido de justicia social, de equidad. Dicho esto, la significativa oposición que ha levantado, no es producto únicamente de la manipulación de la derecha y de los sectores, apenas un 2% de la población, que se verían afectadas por la medida (ese sector de la población experta en evadir impuestos); es producto también, probablemente, de un acumulado de hastío en una clase media que se ha sentido ofendida por determinadas formas de gobernar, por la incapacidad del gobierno para palpar los ánimos de estos sectores y su ruda manera de entender la oposición. El paso atrás tomado ayer, al eliminar el trámite de urgencia de la Ley, creo que es un paso en el camino correcto para desactivar la creciente oposición que estaba emergiendo, y permite abrir un escenario de diálogo para que la medida sea debatida, se confronten ideas y consideraciones sobre el proyecto y se pueda, o no, llevar a buen término una ley que rescata buena parte de lo mejor del proceso político que vive este maravilloso país desde 2006. Porque lamentablemente, en los últimos años no se estaba destacando precisamente por esto. Es lamentable la posición del Presidente con respecto a temas como el aborto, el feminismo o las luchas LGTB y la falta de sensibilidad con justas reivindicaciones de los movimientos ecologistas e indígenas; es lamentable también la frontera construida entre correísmo y anticorreísmo, que impide analizar con objetividad las realizaciones de gobierno en su justa medida y en su debido contexto; es falaz el discurso oficialista que introduce a toda la oposición en el mismo saco, sin distinción de derecha o izquierda, pero también igualmente lamentable las posiciones duras de algunos sectores de la izquierda y sus alianzas contra-natura con determinados sectores de la derecha.

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