Pedro Sánchez, en su primer discurso como candidato a la presidencia por el PSOE, ha llamado la atención de todos los medios de comunicación en el país por un hecho singular: la colocación de una enorme bandera de España a sus espaldas. Si en política lo importante es que hablen de uno, sin importar el contenido, debemos considerar todo un éxito la puesta en escena de este discurso enmarcado en la roja y gualda. Otro detalle hábilmente colocado en su atril ha llamado menos la atención: “el cambio que nos une”. La bandera y esa frase resumen a la perfección la estrategia que seguirá el PSOE en la campaña. Y, pese a todo lo que se ha dicho, esta puesta en escena me parece bastante audaz. Pedro Sánchez accedió a la Secretaria General del Partido Socialista como un alfeñique al servicio de los intereses de otros barones del partido, en particular de Susana Díaz, ese animal político de altura cuyo rictus facial lleva la marca indeleble de la impostura. Pero resulta que el alfeñique no lo era tanto, y tras una concatenación de errores de novato, parece que el Gary Cooper del PSOE quiere demostrar al mundo que tiene carácter. Para convencernos de ello se ha asesorado muy bien, precisamente por la misma asesora política que lanzó a Albert Rivera al estrellato. Como él, este nuevo Pedro Sánchez ha comprendido a la perfección, en contraste con el PP, que hay un nuevo producto por el que todos hacen cola en las rebajas del Corte Inglés de la política: “el cambio”. Este Pedro Sánchez huele a dos cosas, aparte de a subproducto mediático de un PSOE podrido hasta la médula que no sabe ya como reinventarse: huele a Albert Rivera, y huele al Coletas, en guapo. Y vuelvo a la bandera. Una de las grandes conquistas históricas de la derecha española ha sido su apropiación del concepto de patria. La patria está en el estómago, es volátil, y camina desnuda y enseñoreada por un terreno de batalla ambicionado por cualquier partido político que pretenda tener acceso al trono: las emociones. Los cuarenta años de dictadura sirvieron para eso y mucho más. La izquierda española aborrece un símbolo que fue impuesto por aquellos que provocaron una guerra civil, la ganaron y se encargaron de que no se olvidara. Sobre esta base, el PP ha construido su sentido excluyente y patrimonialista de España. Pablo Iglesias, que es más listo que el hambre, e Íñigo Errejón, el político de más talento en Podemos, y, a pesar de su bisoñez, probablemente una de las mentes más lúcidas de todo el panorama político español, han entendido esto a la perfección, en parte por su bien aprovechado aprendizaje en Latinoamérica, y por eso Iglesias dio un mitin a finales de febrero en la Puerta del Sol en el que la palabra patria estuvo bien presente, dotándola de un sentido social que va en sentido opuesto al concepto construido por la derecha. Se atrevió así a embestir sobre uno de los nudos gordianos que bloquean a la izquierda con ambiciones de poder. Ya apuntó maneras cuando le espetó en toda la cara a Rubalcaba: “yo no le pido que sea socialista, le pido que sea patriota”. Pedro Sánchez, al envolverse en la bandera de España, al reivindicar la herencia social del socialismo (eje de la primera parte de su discurso) y al aceptar la palabra “cambio”, se está mostrando como un alumno aventajado del camino que ha abierto Podemos, y se blinda para la batalla a sangre y fuego que ya se está desatando de cara a las elecciones generales. Este Pedro Sánchez ya es presidenciable, más aún después de las elecciones municipales.

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