La política en Ecuador está marcada por una frontera. El correísmo. A un lado se sitúan unos, a otro lado se sitúan otros. Este limes está cargado de historia. No es un invento nuevo, es producto de dos ejes que estructuran la columna vertebral que ha condicionado históricamente la formación social ecuatoriana. Uno de los ejes se llama dependencia. El otro, oligarquía. El eje dependencia situó al Ecuador en un área de desarrollo sometido a los dictámenes de la geopolítica, en el que el papel que le tocó jugar no era otro que el de asumir su carácter primario exportador. El eje oligarquía define a unas élites con escaso o nulo sentido de proyecto nacional, un afán de acumulación incontenible, y una incapacidad creciente para adaptarse a las consecuencias del primer eje, del que se beneficiaron sin límite, pero que finalmente marcó las pautas para su propia erosión. Su profundo desprecio por el pueblo, su sentido patrimonialista de la política, su incontenible clasismo y su avaricia son características que conocemos bien en España. No en vano el criollismo nació de la matriz imperial española. La crisis del Estado absolutista borbónico, transoceánico y multiterritorial, fue en gran parte resultado de la incapacidad para renovarse de unas élites profundamente codiciosas, rapaces y autoritarias que aún soñaba en el siglo XIX con los años gloriosos del Imperio, cuando no se ponía el sol y los Tercios Españoles sembraban victorias y cosechaban muerte y desprecio. Así habían pasado los siglos mientras el mundo moderno se abría paso y la sociedad estamental se derrumbaba. España ni se enteró, pero en América las cosas estaban claras y no tardaron en zafarse de la rémora que suponía ser colonia de un país que vivía en otra época. Ecuador de libró de esto, pero sus élites, como no podía ser de otra manera, estaban imbuidas del ethos colonial. De esos lodos, estos barros, y ya por su propia cuenta y riesgo articularon un modelo de Estado que pasó de aristocrático a oligárquico para luego llamarse liberal y más tarde democrático, en el que lo fundamental, aunque con avances, era el ordeno y mando, la defensa de la hacienda propia, el conflicto entre las diversas élites regionales (Costa, Sierra Sur, Sierra Norte) y el vivir a costa del trabajo de los subalternos. La sociedad ecuatoriana, atravesada por la desigualdad e injusticia, no transitó indolente y ajena a este status quo, y hubo intentos (La Juliana, La Gloriosa, el efímero Gobierno “Nacionalista y Revolucionario” de Rodríguez Lara, entre otros) de subvertir la situación, sin éxito inmediato pero que indefectiblemente fueron horadando las estructuras de dominación vigentes. Esto no es prehistoria, esto pasaba ayer. En 1978 los militares decidieron el paso a una transición democrática controlada (curiosamente al mismo tiempo que en España). El “retorno” a la democracia no logró eliminar los males que acuciaban a la sociedad, y los potenció hasta que en 2006 surgió una nueva alternativa, que bebía de la las luchas sociales anteriores, dentro del esquema general latinoamericano del giro a la izquierda, con sus particularidades propias, que con un programa antisistema, nacionalista, redistribuidor y de retorno del Estado logró concitar el apoyo de la población en las elecciones, una población que bebía de un generalizado que se vayan todos nacido en Argentina pero que expresaba a la perfección la experiencia compartida en América Latina del fracaso de todos los proyectos de desarrollo, especialmente el último de ellos, al que llamamos neoliberalismo. Esta es la situación y no otra en la que Correa sube al poder. La política implica en cierta medida polarización, y la forma populista de hacer política acentúa esta característica. La polarización actual que vive el país se ha reconcentrado en la frontera correísmo-anticorreísmo, un espacio de confrontación que en mi opinión en nada ayuda a analizar y comprender los procesos políticos que están teniendo lugar en el país, y que ubican los análisis, las lealtades y los combates en un espacio en el que siempre pierde la sociedad ecuatoriana. Los avances que ha vivido el país en 9 años de gobierno son innegables. Sus límites también son evidentes. Correa no es Hitler, no es un dictador, ni tampoco el sumun de todas las virtudes humanas. Por simple que parezca, esto es lo que se evidencia de los discursos en contra del correísmo o a favor del mismo. La realidad es que este gobierno no ha zafado al país de lo primario-exportador, no ha creado base social transformadora, no ha generado una nueva cultura política radical-democrática y ha concentrado sus logros redistributivos en una renta petrolera que ha entrado en crisis, y de ahí la pérdida de capital político. La usual estrategia del Presidente de la República de no dialogar, ubicar a todos los que mantienen posturas críticas en el mismo saco, no reconocer lo que hay de justo en algunas de las críticas y reivindicaciones de los movimientos sociales y apostarlo todo al carisma del líder, evidencian un preocupante poso antidemocrático, en forma y contenido, que encuentra su reflejo en las actitudes de la derecha y, de manera más lamentable, en una izquierda no oficialista que juega con fuego, algo a lo que está bastante acostumbrada, al establecer componendas con las fuerzas conservadoras. Esta frontera pudo ser eficaz en el momento inicial destituyente que permitió al Ecuador iniciar un proceso de cambio que no parece tener parangón en su historia republicana, al menos desde el punto de vista de los avances sociales, de construcción de un proyecto nacional y reconstitución de un Estado que estuvo históricamente colonizado por las oligarquías. Pero en estos momentos esta frontera se ha convertido en una camisa de fuerza que limita el avance, potencia algunas características del pasado y se constituye como una enorme losa que amenaza con truncar lo que de positivo ha tenido la llamada Revolución Ciudadana.

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