La Alemania de Merkel es un caballo de Atila que ejerce una insoportable, tiránica e insolidaria hegemonía en Europa. Su política austericida, interesada y amnésica, nos atraviesa con la aviesa inquina de un carnívoro cuchillo que corta al mismo tiempo que devora, en un festín suicida cuyo final no puede ser otro que la desaparición total de la carne. No voy a marear a nadie con datos de los efectos de esta política. Los números están ahí, salen a la luz un día sí y otro también, para el que quiera verlos y no quiera transitar por este mundo ciego, sordo, mudo y sin cerebro, posición en la que se encuentran muy cómodamente instalados nuestro Presidente de Gobierno y sus ministros, junto a un 30,7% de españoles que manifiestan, en intención, una inexplicable indiferencia con el dolor propio y ajeno.

Voy a centrarme en un aspecto que considero de vital importancia para entender en base a qué se está justificando este despreciable proceso de despojo de los muchos y acumulación de los pocos, que nos afecta a todos y se está ensañando ahora con Grecia, el tábano en la oreja, por atreverse a tener dignidad. Me refiero al doble discurso de la responsabilidad del deudor y al cuento de la cigarra y la hormiga.

El discurso de la responsabilidad del deudor nos dice que aquellos que contraen la deuda deben pagarla. Es lo propio de socios responsables, de gente respetable y honesta. No tendría nada en contra de ésto si no entrara en juego una interesada desmemoria. Primero, porque el caballo de Atila, antes de esterilizar la hierba, se dedicó a sembrarla con el abono de la especulación, el crédito fácil y la corrupción desmedida. Y lo hizo para forrarse, para sortear la crisis económica del 73 inflando la especulación financiera y, más tarde, para subvencionar el costo de la reunificación de Alemania, cuya división fue una de las consecuencias, por cierto, de la guerra a la que nos arrastraron enfebrecidos por las soflamas xenófobas y racistas de un pintor frustrado con delirios de pertenencia a la raza de los elegidos. Una enfermedad que ciertamente no fue sólo responsabilidad alemana, sino consecuencia de la incapacidad de Europa para entenderse y solventar sus conflictos por medios pacíficos. La política del abismo fratricida nos llevó a la autodestrucción. De las cenizas emergió el pacto social de posguerra que ahora están carcomiendo a velocidad de vértigo, con la ligereza y la falta de escrúpulos de aquellos que creen que no deben nada a nadie porque nadie se acuerda ya de nada. 100 millones de muertos y dos guerras mundiales no son más que papel ajado en los libros de Historia. Estos que claman al cielo porque a los acreedores hay que pagarles la deuda, se olvidan además de la deuda que no sólo no pagaron, sino que les perdonaron. Con una quita como la copa de una sequoia.

Luego está el cuento de la cigarra y la hormiga. El cuento tiene como base una primera aseveración: fue la irresponsabilidad de gobiernos corruptos, que propiciaron un enorme déficit fiscal, la causa de la crisis que nos azota en Europa. La segunda parte es que ellos son hormigas laboriosas que trabajaron honesta y duramente durante el verano para tener provisiones cuando llegara el invierno. Mientras, las cigarras del Sur, dedicados a tocar la guitarra, cantar el fado y bailar el sirtaki. La política de la austeridad es la única solución para las cigarras, a la vez que un castigo de penitente que deben pagar por consentir y vivir en países corruptos, clientelares e irresponsables. Resulta que efectivamente en el Sur de Europa hemos tenido este tipo de gobiernos, en mayor intensidad al menos que en los del Norte. Y resulta que efectivamente esos líderes eran maestros de la cleptocracia. Y resulta que la desmemoria vuelve a jugar su papelito, pues las hormigas sabían perfectamente cómo se las gastaban los dirigentes de las cigarras, y no hubo empacho en apoyarlos, sostenerlos y, sobre todo, en hacer negocio. Y además los penitentes, al final, resultan que no han sido esos dirigentes. Son los que pagan las hipotecas, cuando pueden. Son los que han perdido el trabajo. Son los que gritan en Syntagma. Los que gritaron en Sol. Los que se suicidan en Grecia. Los que se fueron a trabajar fuera de su tierra. Los que levantaron con sueldos de miseria Alemania. Y nos llaman cigarras.

Cuenta Tony Judt, uno de los pensadores socialdemócratas más interesantes del siglo XX, en su impagable libro póstumo Pensar el siglo XX, que Condoleeza Rice, en su inefable por infame período como Secretaria de Estado de George W. Bush, justificó el sufrimiento de la población civil al sur del Líbano (invadido por Israel en 2006), como un precio a pagar por las “contracciones del parto de un nuevo Oriente Próximo”. Este tipo de mentalidad, mesiánica, fundamentalista y de un indescriptible desprecio por el prójimo, es la que gobierna entre los dirigentes actuales de la Unión Europea.

Como botón, una muestra: El Ministro de Finanzas de Merkel le dijo a Varoufakis: “No discuto el programa…, esto fue aceptado por los gobiernos previos y no podemos consentir que una elección cambie nada”. Respuesta de Varoufakis: “Bien, quizás los países endeudados simplemente deberíamos dejar de celebrar elecciones”. Silencio por respuesta. Tiemblo de pensar en la Nueva Unión Europea que quieren parir. Las contracciones del parto ya la estamos sintiendo.

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