En un anterior artículo destaqué lo que consideró que constituyen las dos claves del discurso político del PSOE en la campaña electoral que se viene desarrollando a sangre y fuego en España: la patria y el cambio. Dos argumentos en mi opinión muy audaces que demuestran que el discurso de Podemos está ya en el Parlamento, debidamente alterado en su composición básica según los propios intereses de cada partido. Para ser justos debo decir que la reivindicación del cambio siempre estuvo presente en la voz del más digno de nuestros parlamentarios, el joven e inteligente Alberto Garzón, cuyo discurso en el debate parlamentario de este miércoles es probablemente el de mayor altura intelectual y calidad ética. Entre otras cosas, y con muchísima elegancia, con un discurso cargado de razones objetivas, a pesar de algunas aristas, Garzón llama a Rajoy “ladrón y mafioso”, algo que no es una verdad sensu stricto, desde el punto de vista legal, pero de una realidad insoslayable en lo político y lo simbólico. Les invito a verlo en la red porque merece la pena escucharlo. Pero quiero hoy centrarme en el discurso del PSOE. En el debate parlamentario de este miércoles, centrado en la crisis griega, Pedro Sánchez, el Gary Cooper del partido socialista, el alfeñique de Susana Díaz que resultó tener carácter propio y va camino de ser el más presidenciable de todos los candidatos, junto a su particular idea de patria y cambio, acaba de añadir un nuevo eje a su recetario de campaña: el miedo, presente pero oculto bajo la idea “Rajoy es Tsipras”. En su discurso, de unos 20 minutos, Gary Cooper ha lanzado una andanada de argumentos para demostrar que el gobierno de Rajoy y el de Tsipras, en el fondo, son lo mismo. Esto es, el recurso a la manida tesis de “los extremos se tocan”. Rajoy, como Tsipras, puso en marcha una amnistía fiscal. Rajoy, como Tsipras, hubo de ser rescatado, Rajoy, como Tsipras, es un irresponsable. La alocución de Sánchez está aliñada de una buena dosis de metralla, contiene un tiro certero de francotirador y cierra con un buen golpe de gracia. Primero, la metralla: sólo en Grecia y en la Comunidad Valenciana, gobernada por el PP, se ha detectado, marcando un hito en historia de la UE, un ocultamiento intencionado del déficit, con una montaña de facturas tamaño Everest debajo de la alfombra. Segundo: puntería de francotirador, directo al hígado del “corralito”: entre enero y agosto de 2012, cuando a Rajoy lo rescataban, los ciudadanos españoles sacaron unos 170.000 millones de euros de nuestro bancos; el 17% del PIB. Conclusión: el señor Rajoy, como Tsipras, provocó la mayor fuga de depósitos en la historia España. Tercero: el golpe de gracia, cierre y broche: lo que tienen en común Grecia y España es un gobierno y un presidente que mienten a sus ciudadanos e incumplen su programa electoral.
Pedro Sánchez, con acierto y un siempre bello, simétrico e irresistible rostro, de esos que se extienden hasta el piso como efecto del peso de la inexorable gravedad que impone la demagogia, acusa al presidente del gobierno de utilizar el sufrimiento del pueblo griego para obtener réditos electorales. Esto, que es una verdad como un Partenón, es exactamente lo mismo que hace nuestro flamante candidato socialista a la presidencia. La presión de la Troika sobre Grecia, como se hace evidente ante los ojos y el raciocinio de cualquier persona cuyas neuronas no esten sometidas a la disrupción del dogmatismo ideológico, es producto de un objetivo cuya dimensión primordial es eminentemente política. El objetivo es dar ejemplo. No se puede consentir que un tábano en la oreja tenga ideas propias. Aún menos que enarbole el salvavidas de la dignidad nacional y el apoyo popular, como si eso tuviera valor, para salir a flote, en la empantanada ciénaga en la que han convertido a las instituciones europeas. A Grecia había que darle cicuta, de la buena, sin contemplaciones, abriendo una vía directo a la aorta por la que circula el lema en el que se resume la esperanza que representa Syriza: el lema del sí, se puede. Pues no, no se puede. Y ahora que esta cristalino como el agua, que Pablo Iglesias prepare la coleta que vamos directamente al peluquero. La población española se siente UE, la sociedad española concibe la UE como lo que fue en gran parte: el lugar al que arribamos después de 40 años de dictadura, un espacio que nos proporcionó bienestar y consumo así como el sueño, alimentado con la burbuja inmobiliaria y el turismo, de que ya éramos como lo que siempre quisimos ser: modernos, prósperos y libres. Esto lo sabe Pedro Sánchez. Igual que sabe que el fracaso de Tsipras se asimila directamente con la propuesta de Podemos. Un corralito no es la Europa que los españoles conocemos, ergo, Syriza-Podemos no es Europa. Esta idea, falaz y maniquea, se alza como un impenetrable muro que impide ver que lo que está en juego, que no es otra cosa que construir una nueva Europa algo más justa y democrática que supere eso que se ha llamado “pospolítica”, cuyo núcleo central es la idea, convertida en sentido común, que afirma la no existencia de alternativas al infame status quo en el que estamos instalados. Pedro Sánchez ve el muro y la verdad que hay detrás, y no tiene empacho en seguir con el palaustre añadiendo ladrillo y mezcla. Juega al mismo juego que Rajoy: o “Nosotros o el Caos”. El lado izquierdo y el lado derecho del sistema bipartidista sigue trabajando en la misma línea, con las mismas reglas, pero con una clara visión de lo que se atisba en el horizonte: el fin del bipartidismo. Toca barrer para casa todos los votos posibles ante la dificultad para establecer mayorías estables que todas las encuestas pronostican. El miedo siempre fue una buena bandera a la que aferrarse para conseguirlo.

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