El diario ABC cabalga a pelo, sin brida ni estribo, sobre el caballo desbocado del alarmismo. El diario monárquico, buque insignia del conservadurismo español, denuncia el contubernio de “antisistemas y nacionalistas” que pretende derrocar a Felipe VI y “romper al Estado”, demostrando una vez más que en su redacción no corren ríos de tinta sino de LSD. Mientras, los más destacados portaestandartes del PP, a tenor del lanzamiento de la nueva página web “Versión Original” del Ayuntamiento de Madrid gobernado por Manuela Carmena, ponen en circulación un recurrente significante de combate: el totalitarismo. El vicesecretario de comunicación del PP, Pablo Casado, curtido en mil tertulias, de hechura Albert-riveriana y discurso “regeneración democrática” nivel encantador de serpientes, declara con adusta seriedad y rostro compungido que “controlar a la prensa es propio de regímenes totalitarios”. El discurso perdedor de Esperanza Aguirre en la campaña electoral del pasado 24 M en estado puro. El PSOE de Madrid, de la mano de Antonio Carmona, también experto tertuliano, y uno de los menos sutiles pero persistentes demagogos mediáticos que ha parido la España bipartidista, se ha sumado a este tipo de denuncias desproporcionadas, aunque sin atreverse a utilizar el concepto. Carmona, que debiera lucir dos espléndidos muñones desde que pusiera las manos en el fuego por Tomás Gómez, y que tendría que deambular sin cabeza tras la catástrofe electoral de su candidatura, no sólo ha logrado salir ileso de la purga postelectoral, sino que ha mutado su derrota de proporciones siderales en una victoria, habidas cuentas de la enorme proyección de la que sigue disfrutando gracias a su “apoyo crítico” a la candidatura a la alcaldía de Carmena. Mucho me temo que el discurso conciliador y no confrontativo de la maravillosa Carmena está pasando factura, a pesar de la presencia de Rita Maestre, la portavoz de la Alcaldía, podemita hasta la médula, perteneciente a esa nueva generación de ciudadanos educados en democracia que ha llegado a la certera conclusión de que la política es conflicto. En mi opinión, el discurso conciliador, cercano y humanista, que tan eficaz fue para aglutinar apoyos en la campaña, y que tan necesario sería para regenerar la política española, está abriendo un enorme flanco en las posiciones de Ahora Madrid, que ya comprobó en carnes, a pocas horas de pisar el Ayuntamiento, como se las gasta la jauría de lobos que habita el consistorio madrileño desde hace décadas. PP, PSOE y Ciudadanos (Begoña Villacís también sabe oler la sangre) se han sumado, desde sus respectivas posiciones en competencia, con un ojo puesto en Ahora Madrid y el otro en el resto de contrincantes, para penetrar por este flanco débil mientras dirigen en tropel a su manada.
Pero volvamos al significante de combate. La palabra “totalitarismo”, derivada del concepto de “Estado totalitario” acuñado por Mussolini e inmortalizado en La Doctrina del fascismo de 1932, es uno de esos conceptos manejados por la ciencia política que adoptan un significado poliédrico y múltiple al extenderse su uso en el lenguaje común. La RAE define con cierta precisión el término: “Régimen político que ejerce fuerte intervención en todos los órdenes de la vida nacional, concentrando la totalidad de los poderes estatales en manos de un grupo o partido que no permite la actuación de otros partidos”. La más influyente interpretación del totalitarismo ha sido probablemente la aportada en la monumental obra de Hannah ArendtLos orígenes del totalitarismo”, de muy recomendada lectura. En dicha obra se aludía a la necesidad por parte de los intelectuales de utilizar el término con prudencia, dada su absoluta especificidad, puesto que “la dominación total es la única forma de gobierno con la que no es posible la coexistencia”. Arendt prefirió restringir su uso a la “variedad nazi” y a la “variedad bolchevique” articuladas respectivamente por Hitler y Stalin. Los estrategas del PP no parecen tener tantos remilgos a la hora de usar el término, pues lo que importa es el ataque, no la calidad y honestidad del argumento. Encaja a la perfección en los términos de su estrategia electoral, firme e inflexiblemente enraizada en el miedo, y susceptible de ser resumida en la tesis “O Nosotros o el Caos” y su derivación “Que vienen los Soviets” o, en una reactualización contemporánea del nuevo vestuario con el que se viste al viejo fantasma: los ropajes del “que viene el populismo”. El Partido Popular cambia el logo, podemizándolo dentro de un circulo, y coloca al joven cariacontecido Casado en la portavocía, pero sigue sacando agua del mismo pozo, el de la cultura política del miedo al cambio que tantos réditos produjo durante el proceso de la Transición Española. El agua de este pozo, que se llama posfranquismo, empieza a escasear, y de tan estancada huele a muerto; 40 años son muchos, y la sociedad española muestra ya claros síntomas de tener olfato. El 15 M se atrevió a poner la nariz ahí y mostrar al mundo que el muerto olía mal, y desde entonces el hedor se ha desatado con tal evidencia que se ha convertido en algo tan insoportable como insoslayable. Aun así, tenemos las bacterias de este agua infecta en el estómago, y siempre pueden removerse algunos jugos gástricos a la caza del voto. Los estrategas del PSOE parecen empeñados con ahínco en la misma tarea de probar cuánto sigue galvanizando el miedo el alma política de España, y han puesto en marcha la tesis “Rajoy es Tsipras” a ver qué tal se les da el asunto. Mientras tanto, los peones siguen avanzando. El diario ABC publica hoy en la portada de su edición digital una nueva encuesta encargada a GAD3 que rotula con un triunfalista: “El bipartidismo se recupera con Podemos en caída libre”. Según sus cálculos, el PP recupera 1 millón de votos con respecto a las elecciones del 24 M y ganaría las elecciones generales con algo más del 29%. El PSOE recuperaría unos 600.000. El diario “El País”, barriendo pro domo sua, publica también una encuesta, de Metroscopia, en el que Pedro Sánchez es reconocido como el “mejor líder para pilotar la reforma de la constitución”. Independientemente de la intencionalidad manifiesta en el titular y la orientación de los artículos, no nos dicen nada nuevo. El parlamento estará poderosamente fragmentado, con cuatro partidos en posición de hegemonía en disputa. La suma de PSOE y Podemos, o la alternativa de PP y Ciudadanos no otorga mayoría absoluta, y el escenario para la próxima legislatura se presenta complicado. Las seguridades del sistema bipartidista se quebraron. Se inaugura un nuevo ciclo en el que incluso la Constitución deja de ser palabra divina, para tornarse en ámbito de legítima contienda en la arena política. En estas y otras evidencias baso mi certidumbre en torno a la inevitabilidad de los cambios que han de acontecer. Mis certezas son ya más débiles en lo referente a la profundidad y la dirección de las transformaciones. Ignoro cuanto de efectivo será el grito demagógico y mendaz que denuncia la supuesta llegada del totalitarismo, pero tiendo a pensar que más bien son cantos de sirena de un mundo en descomposición que se niega a reconocer la evidencia.

Anuncios