Plaza de Trafalgar. Badalona. Mayo de 2011. Un millar de asistentes de procedencia obrera acuden a un mitin del Partido Popular. Estaba en juego la alcaldía de la tercera ciudad de Catalunya. El discurso del candidato popular, que ganó la contienda electoral, se centró en construir una frontera. De un lado, el pueblo de Badalona; al otro lado, el perfecto, recurrente y sempiterno chivo expiatorio de toda la vida: los inmigrantes. El candidato era Xavier García Albiol, que acaba de ser nombrado por el Partido Popular candidato a la Generalitat en las elecciones catalanas del 27 de septiembre, unas elecciones que marcarán, a hierro candente, el sentido del voto en las siguientes elecciones, las generales, en las que el bipartidismo se juega, ni más ni menos, cuan amplia será la intensidad de su fin de ciclo. En el mitin en la Plaza de Trafalgar del año 2011, García Albiol, con sus dos metros y pico de altura y su inagotable caudal de arengas racistas, dijo, directamente y sin complejos: «Qué poco inteligentes son los que me acusan de xenófobo. Criticar que el ayuntamiento invierta el dinero de todos en proyectos para cuyas obras se contrata primero a extranjeros no es xenofobia, es supervivencia». García Albiol se ha destacado por sus incendiarias soflamas en las que acusa a los gitanos rumanos de ser una “plaga” y una “lacra”, a los paquistaníes de proceder de un país donde la “carne convive con los gusanos”, y, más recientemente, por una campaña publicitaria donde aparecía su rostro kilométrico sobre el lema: “limpiando Badalona”. Su discurso no debe ser interpretado meramente como una febril verborrea de extrema derecha. No es un simple recurso al discurso de la irracionalidad y la reacción; en él se concibe la arena política como un escenario en el que se construyen fronteras y confrontan alternativas, en el que es necesario apelar a las emociones y en el que se impugna el modelo pospolítico según el cual no existen alternativas políticas posibles. Es la consideración de la política en su dimensión antagónica. Lo que se conoce como populismo, en estado puro, en su versión conservadora. Lo que algunos ya están llamando el espacio Le Pen. Bebe del déficit democrático que se vive en nuestra sociedad, del descontento y la indignación, de la conciencia extendida de que nuestras opiniones no importan, de que los políticos viven y actúan preocupados por su único y exclusivo interés. De que no solucionan nuestros problemas. Este populismo de derechas, en lugar de articular una alternativa centrada en la democratización, la responsabilidad de la clase política, la articulación de nuevos mecanismos de participación o a la atención a los graves problemas sociales de los cada vez más amplios sectores afectados por la crisis, lo que implicaría la demanda y la propuesta de un giro radical a las políticas económicas que nos han llevado a la situación en la que estamos, orienta el problema hacia esos otros que constituyen los inmigrantes. Los inmigrantes son el no-pueblo, la antipatria, los que nos roban y nos quitan los puestos de trabajo, y los responsables son los políticos que con su lenguaje políticamente correcto no se atreven a tomar las firmes medidas necesarias. Este infame discurso, que muestra abiertamente la demagogia, hipocresia y pésima catadura moral del Partido Popular, ha funcionado en Badalona hasta que una coalición de 5 fuerzas de izquierdas le ha arrebatado la alcaldía al gigante lepenista en las recientes elecciones municipales del 24 de Mayo. Con la decisión de elegir como candidato a García Albiol, el PP trata de comprobar, en el laboratorio catalán, frente al desafío soberanista, de Podemos, y muy especialmente de Ciudadanos, que es el que más le succiona votantes por la derecha, cuantos réditos le aporta ubicarse en el espacio Le Pen; efectivamente, no es (sólo) una cuestión de xenofobia, es una cuestión de supervivencia.

Anuncios