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Zona de Ruptura

mes

agosto 2015

El miedo del PP

El Partido Popular, además de una kilométrica rémora apoltronada en los intestinos de nuestra democracia, de la que se alimenta parasitariamente con una ansiedad tal que corremos el riesgo de que la adelgace hasta convertirla en una mera sombra de sí misma, es también una sólida y compacta maquinaria electoral. Conoce al milímetro todos los recovecos y trucos, cada una de las triquiñuelas y juegos de trilero que forman parte del mercado de los votos.

Una de las técnicas que mejor conoce, e implementa con conocida eficiencia y eficacia, es el recurso al miedo. El miedo a ETA, el miedo a la ruptura de España, el miedo a los irresponsables que no saben gestionar, el miedo al no-pueblo que constituyen las hordas de inmigrantes que nos invaden, el miedo al populismo

Como un resorte, en cada momento concreto, los líderes del Partido cacarean determinadas consignas bien aprendidas que activan un imaginario determinado en el subconsciente más atávico de una sociedad, la española, que aún sufre los estragos de la cultura posfranquista nacida de la dictadura y que educó a tres generaciones en el temor, la sumisión y el alejamiento de la política.

El refinamiento de esta técnica les ha llevado a apostar decididamente por un discurso que en todos sus matices hace referencia al miedo al caos. Es el único recurso que les queda ante el profundo descrédito que sufre el sistema bipartidista en España, como consecuencia no sólo de la crisis económica, sino de la propia política austericida impuesta por el PSOE y el PP, que ha minado las bases de la hegemonía sobre la que se aupaba el régimen político del 78: la capacidad de producir consenso social, a través de un sistema de protección, derechos y seguridades que permitían al español medio cierto nivel de esperanza en un futuro de mejora de sus condiciones de vida. Han destruido por lo tanto el consenso social que aunaba en un mismo paquete la tríada Democracia-Unión Europea-Estado del Bienestar.

El asalto al Estado del Bienestar, fruto de un determinado proyecto ideológico que supone en la práctica un gran negocio para unos pocos a costa de los muchos, pero que venden como el único remedio responsable, pensable y posible, ha destruido los horizontes de futuro de amplios sectores de la ciudadanía española.

La conciencia de este no futuro ha animado a una parte significativa de la población, aún más ante la evidencia del enriquecimiento descarnado y descarado fruto de la corrupción que han practicado y del que se han beneficiado muchos de los más eximios representantes de la clase política, a abandonar el espacio de voto del bipartidismo y apostar por nuevas opciones políticas emergentes que están reivindicando la necesidad de una profunda transformación de nuestro modelo político, institucional, de convivencia y desarrollo.

El PP ha entendido perfectamente que frente a la activación de una emoción, esa que llamamos indignación, que ha arrojado luces muy reveladoras sobre el tipo de sistema político que tenemos, y que se conecta con el raciocinio al develar quienes son los verdaderos responsables de la situación en la que nos encontramos, tiene que activar otras emociones que la contrarresten, y de entre ellas, ha elegido el miedo al cambio como elemento fundamental con los que contener la sangría de votos que están sufriendo ante la evidencia de su responsabilidad en el pésimo estado actual de las cosas

.Hace unos días, el Ministro de Exteriores, Jose María Margallo, declaró que un pacto Podemos-PSOE después de las elecciones generales sería una catástrofe de dimensiones bíblicas. Osea, saben que el panorama poselectoral será de un multipartidismo prácticamente inédito en el país (salvo un primer período en la Transición), con un parlamento fragmentado en el que será muy difícil configurar mayorías. Para ubicarse en este escenario con el mayor apoyo electoral posible, recurren al pavor a las 7 Plagas de Egipto. Es decir, que si el Coletas forma gobierno con el Gary Cooper, el agua se transformaría en sangre, España se vería inundada por una horda de ranas, la arena se convertiría en miríadas de piojos, las moscas atacarían a personas y animales, el ganado moriría resultado de la peste, una urticaria ulcerosa se extendería por toda la población, llovería granizo y fuego, las langostas asediarían los cultivos, las tinieblas recorrerían el globo durante tres días y, finalmente, morirían todos los primogénitos de España.

El anuncio de la dimisión de Tsipras en el gobierno de Grecia y la convocatoria de nuevas elecciones ha venido como anillo al dedo para seguir propagando el terror entre la población española. Tanto da si Tsipras hubiera anunciado cualquier otra cosa, lo importante es embestir, ladrar, confundir y enfangar, algo en lo que el Partido Popular es el más sutil de los especialistas.

Todas las personalidades relevantes del PP, al unísono, sin excepción, con la armonía de un único cuerpo que responde de manera orgánica a los impulsos neuronales que se les envía desde el hipotálamo ubicado en la calle Génova, se han lanzado en tropel ante la noticia de la dimisión de Tsipras para ofrecernos un pedazo de su bien articulada y estudiada mentira.

Fátima Báñez, la Ministra de Empleo que escupió a la cara a todos los que nos hemos tenido que ir de España por falta de oportunidades al decir que nuestra marcha era por impulso aventurero, ha asegurado que “los populismos son todo lo contrario a la estabilidad dentro y fuera de España”; Andrea Levy, una de las más jóvenes promesas del Partido, la segunda de a bordo de Xabier García Albiol, el dirigente populista antinmigración que el PP ha colocado en Cataluña para ver los réditos electorales que tiene situarse sin complejos en el espacio Le Pen, ha asegurado que “hay que tener mucho cuidado con los amigos de Tsipras”. La guinda la aporta Pablo Casado, la otra joven promesa del partido del gobierno.

Este chico de bien, experto tertuliano, carita de no haber roto un plato, versión pepera del encantador de serpientes Albert Rivera, se hizo famoso por llamar imbécil y subnormal al actor Javier Bardem; definió la revuelta de mayo del 68 como la de unos jóvenes que, aburridos, se dedicaron a destrozar Paris para instaurar el socialismo. En un alarde de soberbia, se incluyó él mismo entre los que derribaron el muro de Berlín, o se pusieron delante de los tanques en Tiananmen. Este luchador infatigable por la libertad fue el mismo que ejerció de intermediario en los negocios de Aznar en la Libia de Gadafi, uno de los mayores demócratas de la historia, como todo el mundo sabe. También se ha destacado por sus ofensas a las víctimas del franquismo. Éste es el mismo que ha escrito en twitter: “el populismo causa paro, pobreza y frustración. El fracaso de Tsipras es el fracaso de Podemos”.

Todo esto no son más que leves retazos de una articulación narrativa bien trabajada y aquilatada. Sus dos premisas básicas son el falseamiento de la realidad y la expansión de la incertidumbre. La situación de Grecia es según este discurso responsabilidad del gobierno de Syriza y de los cantos de sirena del populismo. La realidad es, y esto no se le escapa al más recalcitrante de todos los peperos, ni siquiera a Marhuenda con su pavor a las alpargatas, que la situación de Grecia es producto de un modelo económico-político que se sustenta en el mismo proyecto ideológico que el PP tiene para España. Y que domina en la Unión Europea. El pecado de Syriza ha sido tratar de subvertirlo.

Nada de esto importa entre las huestes del PP, habría que decir que también del PSOE y Ciudadanos, que juegan a la misma ruleta rusa, cada uno con sus matices. Para ellos, lo importante es la asociación que entre Syriza y Podemos se ha establecido en el imaginario popular. Ese nexo es real, se llama ilusión por cambiar las cosas, y eso es lo que desean destruir. Los mismos que critican a Syriza por haber llevado a Grecia al Caos, ocultan que el caos de Grecia ha sido provocado precisamente por sus correligionarios, por los defensores de un modelo europeo basado en la acumulación, el despojo del Estado y la desprotección de los sectores más vulnerables de la sociedad. Ocultan que el fracaso de Tsipras ha sido producto de una maniobra política a escala europea para castigar a Grecia, impedir que se active la soberanía popular, que cunda el ejemplo en otros países del Sur de Europa, y presentar como imposible lo que ellos precisamente han logrado hacer imposible.

Las mentiras del PP son una artimaña para enmascarar sus propias faltas. Y revelan que el miedo también anida en su seno. Los responsables del crecimiento del desempleo, de la desarticulación de las medidas sociales impulsadas por el Estado, del anquilosamiento de las instituciones de la democracia, de la extensión como una metástasis de la corrupción, de la perversión de los mecanismos que consagran la separación de poderes, de la manipulación de los medios de comunicación públicos, de la quiebra de la confianza ciudadana en las instituciones políticas, la justicia y el Estado, de la devaluación de los derechos de los trabajadores, de la privatización y reducción de los sectores estratégicos del bienestar, de la extensión de las desigualdades, la pobreza y la falta de expectativas de futuro, tratan de convencernos que ellos no tiene nada que ver, que sólo pasaban por allí, que sus años de gobierno no tienen nada que ver con la situación, que los responsables son los otros. Esos otros que nunca han detentado el poder y que están denunciando con el dedo, directamente, a los verdaderos responsables de la situación.

Hablando en plata, los que han creado el problema pretenden hacernos creer que son la solución, y cuando aparece alguien a recordarles evidencia tan manifiesta, le acusan de querer traer el infierno a la Tierra.

Es impresionante la falta de ética y responsabilidad que les caracterizan. Es inagotable la capacidad que tienen para mentirnos, para tratarnos como a menores de edad, para despreciarnos. Es imposible describir el terrible daño que están haciendo a nuestra sociedad, a nuestra tierra, a las generaciones actuales y a las venideras. Es muy doloroso ver cómo están destruyendo con menosprecio, suficiencia y soberbia el futuro del país al que dicen representar.

Todas las mañanas, casi sin excepción, uno puede acudir a los medios de comunicación y quedarse anonadado por una nueva demostración de la insondable desconsideración con la que el PP trata a la ciudadanía. Todavía no nos habíamos recuperado de la fábula que nos cuenta el Ministro de Interior con respecto a su reunión con el pluri-imputado Rato, para recibir otro golpe al enterarnos que el mismo Rato se reunió con Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda, para que le asesorara para limpiar, aprovechando la amnistía fiscal que Montoro puso en marcha en 2012, 5 millones de euros no regularizados que su familia, al parecer una de las más patriotas de España, escondía en Suiza. Es decir, Rato, que ya estaba implicado por el caso Bankia, llamó al Ministro de Hacienda para que le explicara como regularizar un dinero que mantenía fuera del país de manera ilegal. Impresionante.

Les apuesto la yema de un ojo a que Montoro tendrá que dar explicaciones, dirá que no hay nada extraño, que gracias a esa regularización Hacienda investigó finalmente a Rato, y santas pascuas, hasta la próxima, que tengo un arsenal inagotable de excusas y falacias en mi saco de “respuestas para imbéciles”.

No, señor Margallo, la catástrofe bíblica no ha de venir, la catástrofe bíblica ya está aquí, entre nosotros, porque la catástrofe sois vosotros. Vosotros sois la plaga. Y la medicina se llama más democracia. Y a eso es a lo que tenéis tanto miedo.

La fábula del Ministro de Interior

La comparecencia del Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ante la Comisión de Interior del Congreso de los Diputados para dar explicaciones sobre su cita con Rodrigo Rato ha sido de fábula. Un auténtico relato de ficción, expresado en un tono displicente y con una pretensión moralizante, en el que se acusa de irresponsabilidad a aquellos que se atreven a exigirle explicaciones. La moraleja está clara: no importa el nivel de desprecio y de insulto a la inteligencia del que haga gala el Partido Popular: siempre pueden superarse.

La alarma en la opinión pública por esta cita Fernández-Rato, como es lógico, ha sido mayúscula, pues a don Fernández Díaz, como titular de su Ministerio, se le supone un conocimiento y un poder de decisión significativo sobre los procesos de investigación policial y judicial que afectan a Rodrigo Rato. No en vano, el Ministro del Interior es el jefe de la Policía y la Guardia Civil, y el órgano central del servicio de Policía Judicial de la Guardia Civil, la llamada Unidad Central Operativa (UCO) está investigando por orden del tribunal número 31 de Madrid a Rato, un personaje que, en sí mismo, es un ícono de la genealogía del latrocinio en nuestro país.

Teniendo en cuenta que nos hemos enterado por la prensa de tal encuentro, que las explicaciones dadas por el ministerio han sido cuando menos contradictorias, y dada la experiencia que la sociedad española viene acumulando en los últimos cuatro años en torno a la extraordinaria capacidad del partido del gobierno para entrometerse, enfangar y dificultar los procesos judiciales que le afectan, es cuando menos comprensible que todos aquellos que creemos en la democracia y en su precepto de separación de poderes nos hayamos echado las manos a la cabeza ante esta reunión entre el titular del ministerio y el pluri-imputado Rato, el Gran Emprendedor, quien, a través de su responsabilidad en el mayor caso de estafa de la historia de España, por citar únicamente uno de los procesos por los que está siendo investigado, el llamado caso Bankia, es responsable de la sustracción al erario público de ni más ni menos que 22.500 millones de euros, los que el gobierno puso para el rescate de la entidad bancaria que dirigió don Rato. Un datillo más,  Rodrigo Rato se gastó 99.000 euros con las famosas tarjetas black de las que disfrutaron todos los consejeros de Caja Madrid-Bankia. Pa sus gastillos. Libres de vergüenza e impuestos.

Para alimentar aún más el estómago de la desconfianza que el gobierno lleva alimentando prácticamente desde que Rajoy puso sus presidenciales posaderas en el sillón presidencial de Moncloa, resulta que don Fernández Díaz, desde que ejerce su cargo en el Ministerio de Interior, nos ha ilustrado ya en sobradas ocasiones con su infatigable habilidad para marear la perdiz, mentir más que pestañear, decir una cosa y la otra, en el mismo paquete, sin solución de continuidad, con un desparpajo desacomplejado y galvanizado con el aura de la fingida indignación ante el menoscabo que las dudas plantean a su profesionalidad y la dignidad de su cargo.

No hace mucho, si ustedes recuerdan, en febrero de 2014, murieron 15 inmigrantes subsaharianos en las costas de Ceuta cuando trataban de cruzar a nado la frontera. Las circunstancias de esta tragedia fueron carne de polémica por la actuación de la Guardia Civil, que disparó pelotas de goma a los inmigrantes mientras estaban en el mar.

Durante el desarrollo de esta crisis, Fernández Díaz se destacó por la brillantez con la que negó la evidencia que los propios vídeos de la Guardia Civil mostraban. Negó que se disparara a los inmigrantes directamente, sino en parábola, justificó la falta de auxilio por parte de las embarcaciones de la Guardia Civil por la imposibilidad de entrar en aguas marroquíes y afirmó que los migrantes fueron entregados a las autoridades marroquíes sin ningún tipo de lesión y herida. Las imágenes de los videos desmienten, punto por punto, cada una de estas tres falacias: se ve disparar a la Guardia Civil a bocajarro, se ve a dos lanchas de la guardia civil en aguas marroquíes, y se percibe claramente como al menos un inmigrante apenas podía sostenerse en pie cuando lo entregaron a las autoridades de Marruecos.

El Ministro ha protagonizado otras polémicas sonadas, como anunciar una operación contra ETA antes de que esta hubiese acabado, relacionar la actividad de ETA con la práctica de la interrupción voluntaria del embarazo, acusar al líder de Podemos de que le preocupen mucho más los verdugos que las víctimas (lo de ETA es un filón sin fin) así como por justificar las devoluciones en caliente en la frontera, algo que contravenía, hasta que cambiaron la ley, la legislación española, y que sigue contraviniendo las leyes Europeas. También dijo que las “concertinas” ese sistema de alambradas infame, no eran un elemento agresivo y que sólo producen heridas leves. Paro ya, que recordar tanta desfachatez produce urticaria.

No me resisto sin embargo a mencionar su opinión sobre el matrimonio homosexual, digna de aparecer con todos los honores, como cita para la posteridad, en el frontispicio del Templo a La Caspa Reaccionaria: “si nos oponemos al matrimonio entre personas del mismo sexo, no podemos usar argumentos confesionales. Existen argumentos racionales que dicen que ese matrimonio no debe tener la misma protección por parte de los poderes públicos que el matrimonio natural. La pervivencia de la especie, por ejemplo, no estaría garantizada”.

Este es el nivel de Fernández Díaz, el ministro que encomendó la solución de los problemas de España a Santa Teresa de Jesús. El Ministro que se ha reunido en la sede del Ministerio encargado de cazar a los ladrones con uno de los más destacados representantes del robo en masa al contribuyente; el Ministro que nos pide, simplemente, que creamos en su palabra, una palabra cuya honestidad ha sido erosionada hasta la disolución como consecuencia de las propias actuaciones de su portador.

Resumiendo, según el relato del Ministro ante la Comisión, él, que sí es un profesional responsable y debido a su trabajo, ha actuado dentro de la legalidad y con transparencia, cumpliendo con las funciones atribuidas a su cargo, al reunirse con Rodrigo Rato. El carácter de la reunión le ha obligado a guardar la “debida reserva”, prudencia y compostura, pero se ha visto obligado a romper con tal actitud debido a la “irresponsabilidad de algunos”.

La estupefacción que uno siente cuando escucha a todo un Ministro decir que la reunión se hizo con transparencia simplemente por haberse realizado en la sede de Interior, con lo cual queda constancia de la visita, se desborda inmediatamente cuando asevera que todo se ha hecho con luz y taquígrafos. Si mi dominio de la lengua materna no está atrofiado, la expresión con luz y taquígrafo hace referencia a la claridad y a la presencia de testigos, dos características que han destacado precisamente por su ausencia en la reunión entre Rato y Fernández.

La cara de póquer que se nos queda al personal es aún mayor cuando el Ministro del Interior afirma, para más inri, que su comparecencia es a petición propia, cuando en realidad, como en el fondo se desprende del discurso, ha sido provocada por la alarma y las críticas del todo legítimas que han saltado entre la opinión pública a partir del momento en el que el diario El Mundo reveló la existencia de esta reunión, que no aparecía en la agenda pública del señor Jorge Fernández Díaz.

El insulto a la inteligencia es aún mayor cuando afirma que la reunión no tuvo lugar en un piso franco ni en cualquier otro lugar clandestino, enarbolando este hecho como prueba de la no intención de cometer delito alguno; en caso contrario “no la hubiera celebrado en esas condiciones”. Es decir, el ministro pretende que le agradezcamos esta supuesta honorabilidad en su comportamiento. No hay que congratularle por ello, señor Ministro, esa es su maldita obligación, producto del contrato de todo representante público con la ciudadanía.

Fernández nos relata, tras la insultante perorata explicada anteriormente, que la reunión estuvo motivada por la preocupación del señor Rodrigo Rato sobre su seguridad física y la de sus familiares, habidas cuentas de las amenazas e insultos que recibe a través de las redes sociales. Rato tiene a su disposición un servicio de protección pagado por el Estado (es decir, por todos los ciudadanos españoles), como corresponde a su condición de ex alto cargo del ejecutivo del país. Conocedor de la política de reducción de gastos en este ámbito, Rato concertó la cita con el ministro para saber si se le iba a mantener, reducir o eliminar tal servicio de protección.

De ser cierto este relato, como mínimo habría que preguntarse por qué el señor Rato cuenta con la prerrogativa de ser atendido directamente por el ministro, y cómo es posible que se le otorgue esta distinción a una persona bajo la que recae la acusación de haber estafado a miles de españoles, blanquear dinero y pegarse la vida padre con tarjetas de crédito a cargo del dinero público procedente del rescate a Bankia. En un contexto además de enorme hastío, preocupación e indignación en la ciudadanía por los continuos casos de corrupción que saltan a la palestra pública, mostrándonos la sangrante evidencia del constante robo a cara descubierta al que hemos sido sometidos durante años por parte de un buen número de representantes políticos, muchos de cuyos más destacados representantes pertenecen al partido del gobierno.

El Ministro pretende convencernos que la falta de información inicial sobre esta reunión se debe a la debida reserva que imponía la delicada temática que trataba con Rato, que sólo afectaba al ámbito de su seguridad. La dignidad de los cargos que ostentó Rato en el gobierno es lo que justifica que se reuniera con el Ministro, así como las “fundadas sospechas” de la amenaza para su seguridad y la de sus allegados (400 twits ofensivos). No importa que la Asociación Unificada de la Guardia Civil, que ha mostrado su perplejidad por la deferencia con la que se trata a Rato, haya declarado que no existe constancia de ninguna denuncia interpuesta por Rato a tal efecto. No importa que Rato haya declarado que en la reunión se habló de todo lo suyo. De fábula.

En definitiva, tras la declaración del Ministro, lo que a uno le queda claro es que los ladrones de guante blanco, alcurnia y buenos contactos, los golfos nacidos en las cunas de las élites que llevan mandando y ordenando en España de toda la vida, tienen derecho a un trato preferencial cuando la justicia llama a su puerta.

A uno no le queda más que pensar que en esa reunión se habló de lo que se tenía que hablar. De cuánto sabe Rato, de que armas tiene para poner en aprieto al gobierno, y de que soluciones pueden articularse para pagar su silencio. Estas sospechas siguen ahí, no tendrán ningún efecto político, y el cuento que nos han contado permanecerá flotando en el aire hasta que la próxima polémica genere una nueva fábula, que volverá a indignarnos mientras olvidamos el anterior embuste. Queda claro también que el Ministro no va a dimitir, que Rajoy no va a asumir ningún tipo de responsabilidad política, y que siguen tratándonos como a imbéciles.

Genealogía del Latrocinio en España: Los Rato

Lo de Rodrigo Rato y Figaredo viene de raza, de la España de abolengo, castiza y autoritaria. Esa España que forjó la riqueza de sus élites a base de la falta de libertades y el expolio del prójimo.

Rodrigo Rato debe estar flipando en colores por las acusaciones que recaen sobre él, porque los presuntos delitos de los que se le acusa (alzamiento de bienes, blanqueo de capitales y fraude fiscal) no son ni más ni menos los que se han cometido de toda la vida en España, especialmente entre la gente de su casta, la gente de orden y buen apellido, que son los que pueden. Porque que tienen la ambición, la pasta, los contactos y la impunidad para hacerlo.

La historia familiar de Rodrigo Rato es la historia de ese sector de la clase media del siglo XIX que en España logró medrar en los negocios y la política a la sombra de las élites que finalmente le dieron cobijo. En gran parte, revoloteando en torno a la corona y a los cuantiosos beneficios que reportaba la herencia colonial.

Un bisabuelo de Rodrigo Rato, el bueno de Faustino Rodríguez San Pedro (1833-1925), fue un abogado y empresario asturiano de renombre, que llegó a ser, entre otros cargos políticos, alcalde de Madrid, Ministro de Hacienda y Secretario de Estado del joven Alfonso XIII, formando parte de varios de los gobiernos conservadores de Antonio Maura.  Forjó su riqueza con la industria algodonera y azucarera; si miran las fechas, ya saben ustedes en base al sudor y la libertad de quienes. Sólo diré que llegó a ser diputado en las Cortes Españolas por la circunscripción de Cuba. Los intereses de Faustino en la Isla, antes de la independencia, los representaba su primo, el general Suárez Valdés, que fue gobernador civil y militar en Santiago de Cuba, y tiene en su haber ser otro de esos españoles insignemente destacados por su papel en la lucha contra la libertad. Se enfrentó al ejército mambí en la Guerra de Cuba, y en su biografía se destaca que recomendó en 1895 para la Cruz Roja al Mérito Militar a un joven oficial inglés que perteneció a su Estado Mayor y ejerció funciones de observador militar así como de reportero de la guerra. Sus artículos propagandísticos en favor de España fueron publicados en el Daily Graphic y su nombre era Winston Churchill.

Un apunte más; el bueno de Faustino fue uno de los muñidores de la repatriación de capitales españoles tras la pérdida de Cuba en 1898; con esos mimbres se refundó el Banco Español de Crédito, más conocido por su acronimia: Banesto.

De raza le viene al galgo, y Rato tuvo otro bisabuelo, también asturiano, y también abogado, Apolinar de Rato y Hevía Argüelles  (1830-1894). Con ese apellido, hay enjundia. La casa solariega de los Hevia en Gijón, Asturias, era famosa por haber servido de posada a Carlos I en 1519, a la vuelta de Flandes. Se casó con Ana d´Uquesne, una señorita de bien francesa, también con apellido insigne, con un abuelo que había combatido codo con codo con Lafayette en la independencia norteamericana. Apolinar adquirió gracias este enlace matrimonial el título de Duque de Duquesne. También hizo fortuna con el despojo de Cuba, fue Teniente de Alcalde de La Habana, Secretario del Banco de Comercio, redactor de la Ley Hipotecaria en Cuba y Puerto Rico, además de destacado antimarxista. Desde su folleto La cuestión Social lanzó furibundos ataques a todo lo que oliera a socialismo.

Ya se sabe que Dios los cría y ellos se juntan, así que el hijo de Apolinar se casó con la hija de Faustino, y ahí nació otro futuro insigne español, Jose María de Rato y Duquesne, abuelo de Rodrigo Rato, nacido en Cuba en 1866, que tuvo, como buen cristiano, 10 retoños, prestos a comerse el mundo emprendiendo. Uno de ellos sería Ramón Rato (1907-1998), el padre de nuestro Rodrigo, llamado a ser otro afamado representante  de la cleptocracia.

Ser un Rato a estas alturas significaba dos cosas: ser abogado a la par que un auténtico emprendedor, que es como en España llamamos a los ladrones de guante blanco. No lo digo yo, lo dice Luis Bárcenas de sí mismo: “he sido una persona inquieta, eso que se llama ahora y está tan de moda: un emprendedor” (sic). Viva España y la jeta que tengo que me la piso.

El inquieto Ramón Rato, el padre de Rodrigo, cursó derecho y se doctoró en Múnich, donde se apasionó con Hitler y el nacionalsocialismo. En varios libros relata su apasionamiento por el Führer. En uno de ellos, clamando contra el parlamentarismo liberal, reclamaba, literalmente, que “El Estado y su gobierno vuelvan a ser totalitarios”.

Estaba en Perú cuando estalló la Guerra Civil. Muy valiente y patriota, vino a luchar del lado de los suyos, de los de la jeta emprendedora y el ordeno y mando de toda la vida, y, contando con la confianza del militar coruñés (y auténtico psicópata) Millán Astray, fundador de la Legión, se encargó de poner en marcha las cadenas de radio que estuvieron en el origen de su emporio mediático radiofónico y de la propia Radio Nacional de España, ideada a mayor loor y gloria del Alzamiento Nacional, que es como llamaron los golpistas en España al movimiento militar y civil que acabó con la primera experiencia democrática en la historia del país.

No obstante, el padre de Rodrigo Rato no siempre permaneció atado a las ideas fascistas; con el paso del tiempo fue virando hacia la oposición monárquica en el seno del franquismo, manteniendo buenas relaciones con Don Juan de Borbón. Su instinto de negociante debió advertirle que Europa iba por otro camino y que el franquismo podía ser una rémora.

El patriarca de los Rato se casó con Aurora Figaredo. Un apellido asturiano, otro apellido fundamental para entender el desarrollo del capitalismo en nuestro país. Dios los cría… Los Figaredo hicieron fortuna en la minería de Asturias. La familia, que adoptó el apellido a partir de la parroquia del mismo nombre, se hizo de oro con el auge de la venta de carbón a finales del XIX. Asturias, carbón. Ya saben ustedes en base al sudor y la libertad de quienes.

Fueron precursores del capitalismo asturiano del XIX en el Valle del Turión. Durante la Primera Guerra Mundial multiplicaron su fortuna gracias a la demanda de material para la guerra. Uno de sus miembros, Vicente Figaredo, fue el fundador del Banco de Oviedo. Intervienen también en la gestación del Banco Español de Crédito. Era el padre de Aurora, que se casó con Ramón, y que son los padres de nuestro querido Rodrigo.

En noviembre de 1966, Ramón Rato fue detenido en un lujoso Hotel donde se celebraba el banquete de su hija, María de los Ángeles Rato, con Emilio García Botín (sobrino del famoso banquero recientemente fallecido, todo queda en casa) por orden del juez Antonio Sánchez del Corral. El  día 3 estaba en la cárcel de Carabanchel. El día 28 del mismo mes, quebraban tres bancos españoles: el Banco de Siero, el Banco Murciano y el Banco de Medina, bajo el control de la familia Rato. Ramón Rato y su hijo mayor fueron condenados a penas de cárcel y multas por valor de lo que hoy serían cerca de 36 millones de euros.

Fueron acusados por ser parte instigadora de una trama de evasión de capitales a Suiza y Bélgica, trama en la que se mezclaban maletines repletos de millones, uso ilícito de los fondos de clientes bancarios, negocios inmobiliarios y de medios de comunicación, falsificación documental… ¿les suena? El fallo del Tribunal que le condenó le acusó de haberse embolsado fraudulentamente casi 80 millones de las antiguas pesetas de los antiguos años 60. Un crack del emprendimiento.

La venta de parte del ingente patrimonio de los Rato para pagar estas multas desplazó parte de esta riqueza a otros voraces capitalistas de la época. En particular, hubo un combate de buitres carroñeros por hacerse con el traspaso de los bancos de los Rato. La partida la ganó un holding bancario que desde entonces tomó fuerza, a la cabeza del cual estaba un importante empresario jerezano, opusdeísta hasta la muerte, que jugó con información privilegiada que le cedió otro insigne miembro de la Obra de Dios, el gobernador del Banco de España, Mariano Navarro Rubio. El holding era RUMASA, y el empresario jerezano no era otro que Jose María Ruiz Mateos, que se encargó de humillar a la familia Rato hasta el punto de amenazar con la cárcel a Ana Figaredo, la esposa de Ramón, madre de Rodrigo Rato.

Quizás, quien no lo supiera, entiende ahora porqué Ruiz Mateos lo tuvo crudo con el gobierno del PP para conseguir algún tipo de compensación por la expropiación de la empresa RUMASA que tuvo lugar durante el gobierno del PSOE. Rodrigo se la guardó; la venganza, en frío. Así se las gasta la casta.

El problema principal de Ramón Rato no fue que se dedicara a robar y especular con el dinero de sus clientes y saltarse a la torera las leyes vigentes, sino que en un mundo profundamente autoritario, falto de libertades y corrupto hasta la putrefacción del tuétano, que eso fue el franquismo desarrollista impulsado por los tecnócratas del Opus Dei, los enemigos, dentro de la reducida camada de alimañas que se enriquecieron con la llegada del capitalismo, eran implacables, y había que tener padrinos. Ramón los tenía, ni más ni menos que el hermano mayor del Generalísimo, Nicolás Franco, pero cometió el error, propio de quien tiene abolengo y cree que no debe nada a nadie, de enemistarse con él y exigirle que le pagara una calderilla que le había prestado: 4 millones de pesetas. Ahí se montó el quilombo y por eso fue a parar con sus huesos a la cárcel.

El estallido de otro escándalo de corrupción, el conocido como “Caso Matesa”, en 1969, que fue enorme y tocó a ministros del franquismo, se solventó como se hace entre este tipo de hurtadores de los bienes ajenos, con un indulto generalizado. Obras y gracia de la magnanimidad del Caudillo, y en conmemoración del 35 aniversario del nombramiento de Franco como Jefe de Estado.

De este indulto acabaría beneficiándose el padre de nuestro flamante exdirector gerente del FMI. También se le perdonaron las deudas que aún no había pagado. Ramón Rato recuperó así los derechos sobre parte de su colosal patrimonio, aunque los bancos que le había chirlado Ruiz Mateos ya no volverían a su seno. Ya se sabe, quien roba a un ladrón…

A principios de los 80 los hijos de Rato toman las riendas de los negocios paternos. En éstas, Fraga Iribarne, amigo personal del patriarca de la familia, impulsó la carrera política de Rodrigo Rato al que apadrina en Alianza Popular. Rodrigo Rato sería uno de los fautores del remozamiento de la derecha española que acabaría confluyendo en el Partido Popular.

En el año 96 el PP gana las elecciones. Rodrigo Rato tenía para entonces acciones en un conglomerado empresarial con ramificaciones en la construcción, lo inmobiliario, la explotación agrícola, turismo, alimentación… así como participaciones en numerosos bancos (Banesto, Central Hispano, Banco Popular), el sector petrolero y eléctrico. La herencia del abolengo. Al menos otras 60 empresas estaban gestionadas por su familia. Prácticamente todas las ramas de los negocios importantes del país están relacionadas de una u otra forma con los Rato. Desde el puesto de Ministro de Economía, en una época, el aznarato, fecunda en privatizaciones… ¿alguien pensaba que no se confundirían los intereses privados de Rato con los nacionales? Rato desde luego no se confundió, porque para los de su prole, España son ellos, y punto.

Rodrigo Rato, el hacedor del milagro económico español, esa época dorada en la que España engordaba a base de desayunar cemento, almorzar ladrillo y cenar trabajadores inmigrantes, es el estereotipo perfecto del tipo de capitalismo de amiguetes nacido en España al calor del franquismo, potenciado en los gobiernos del PSOE y pulido durante los gobiernos del Partido Popular. Para ellos, España, que durante buena parte del franquismo fue un cuartel, es ahora un bufete de negocios, una marca, una gran empresa en la que se confunden la política, los negocios y las relaciones familiares y de amistad. Este chiringuito resiste, pero se tambalea con la crisis económica, producto en gran medida de los excesos de la avaricia de este tipo de personajes, que desde el gobierno convirtieron a los ayuntamientos de todo el país en agencias inmobiliarias donde la corrupción, el pago de prebendas y los favores se extendieron hasta formar parte indispensable del engranaje de todo el sistema.

En este mundo, es normal que el mismísimo Ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, distinguido miembro del Opus, en pleno proceso de enjuiciamiento a Rodrigo Rato, se reúna en los despachos de su ministerio hace unos días para hablar de sus cosas. Es la España de siempre, aquella en la que si uno tiene problemas, llama al Ministro pertinente, a tomar unos relaxing cup of café con leche y a ver como arreglamos lo nuestro.

Así las cosas, lo de Rato viene de casta. Es indescriptible la indignación que uno siente al comprobar cómo estos prohombres de los negocios y la política, que es como en España llamamos a las sanguijuelas, se han dedicado al latrocinio de lo público a cara descubierta, con alevosía, impunidad y gastos pagados.

Nuestra capacidad de asombro se renueva y desborda cada día que pasa y un nuevo escándalo asoma para alumbrar nuestras conciencias. El exministro de Educación José Ignacio Wert, sin lugar a dudas el peor ministro del ramo que hemos tenido en la historia de la democracia española, ha sido premiado por su pésima gestión con un exilio dorado en Paris como embajador de la OCDE, donde trabaja precisamente su esposa. Tendrá un piso de 500 metros cuadrados (11.000 euros de nada al mes), un sueldo de 10.000 mensuales, más gastos de representación, dos personas a su servicio y un coche con chófer. Todo a cargo del contribuyente.

Recientemente nos hemos enterado, gracias al diario.es, que Don Wert y el ministro de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, han pasado juntos una semana de vacaciones en Punta Cana, República Dominica, invitados todos ellos por el propietario de la cadena hotelera canaria Grupo Martinón, famosa por poseer un hotel en Lanzarote cuya construcción ha sido declarada ilegal por la justicia española. La herencia de la corrupción del cemento. Capitalismo de amiguetes. Lo más lacerante de todo es que sigan comportándose de la misma manera a pesar de la que está cayendo. Ubicados en la mentalidad de la genealogía española del latrocinio, parecen ciegos ante la indignación ciudadana. O eso, o el nivel de desprecio que sienten por nosotros es inconmensurable.

Nota: Los datos sobre la familia Rato son veraces y están contrastados en la obra de investigación del periodísta Ramón Tijeras titulada “Los Rato”. Pueden encontrar una referencia aquí: http://www.ramontijeras.com/sin-categoria/los-rato-de-nuevo-a-la-venta-en-version-digital-y-en-papel-bajo-demanda/#more-2005. Buena lectura para el verano

Lecturas del CIS: cada cosa en su sitio

La vieja política en España huye de la realidad, estupefacta ante la desvertebración de los usos, costumbres y orden conocidos. Bebe de la cultura política de la dictadura franquista, que, a base de fusil, hambre, represión y hostias, de las consagradas y de las de a mano abierta, alumbró una sociedad marcada por el autoritarismo, lo clientelar, la corrupción, el miedo, la sumisión y el haga usted como yo, no se meta en política (Franco dixit). Con estos mimbres, y con los sables afilados en los cuarteles, se levantó en España el sistema político que llamamos (y es, aunque de pésima calidad) “democracia”, cuyo modelo se forjó durante la Transición. Uno de sus fundamentos fue eso que llamamos bipartidismo o, con mayor precisión, bipartidismo imperfecto. Este mundo es el que está hoy en descomposición anaeróbica, porque le falta oxígeno, es de otra época y no entiende lo que está pasando.

Rajoy huye de lo que acontece en la calle presentando sus presupuestos del País de las Maravillas, ubicándose en un espacio que ya no existe, ese en el que los ciudadanos son imbéciles porque no tienen bastón o mayoría de edad, y nos sigue mintiendo no como a adultos, sino como a niños, porque es por nuestro bien, porque las cosas son así, y los niños no tienen nada que opinar al respecto.

Esperanza Aguirre también huye de todo, de la realidad, de los guardias de tráfico y sobre todo de sí misma, pretendiendo vivir ajena a su espeso y viciado entorno mientras mengua el aire que respira, inundado por el hedor a podredumbre que le rodea. Mientras la investigación judicial del Caso Púnica provoca la caída, como fichas de dominó, de todos aquellos que medraron a su cobijadora sombra (que extraordinaria cazatalentos), ella, que ahora va a ruedas de prensa en bicicleta, como los soviet-populistas, trata de persuadirnos con la tesis de “yo solo pasaba por allí”, y se pregunta por qué le insisten a ella inquiriéndole de estas cosas desagradables. La Espe, con su desparpajo habitual, a otra cosa mariposa.

En el lado izquierdo del sistema, otro buen ejemplo de lamentable espectáculo y distanciamiento de lo que se cuece: el PSOE del Gary Cooper vive su particular noche de los cuchillos largos en Madrid, expulsando de los espacios de poder al fracasado, demagogo y mediático Antonio Miguel Carmona. En sus modos y formas, toda una lección de lo que entienden por renovación y regeneración democrática. Más de lo mismo, maquillaje y a aguantar que pase el chaparrón. Uno piensa que no se puede dar imagen más patética, pero seguro que pueden. Y lo harán.

En este contexto, viene el barómetro del CIS. El revuelo que ha provocado la publicación del barómetro de julio creo que se debe a que se han leído sus datos a través de un prisma muy distorsionador. Casi todos los medios afirman que estamos ante una recuperación del bipartidismo. Algunos lo señalan para lamentarlo, y otros para lanzar campanas al vuelo.

El dato que ha dado el titular en todos los medios es la subida en intención de voto del PP en 3,3 puntos, alcanzando un 28,2%, y una leve subida del PSOE, en torno a un 0,6 % (24,9%). En contraposición, los dos partidos emergentes pierden posiciones. Podemos pierde un 0,8 %, situándose en un 15,7%, y su fotocopia de orden, Ciudadanos, se queda con un 11,1%, perdiendo 2,7 puntos en intención de voto. Todo ello en relación al anterior barómetro del mes de abril de la misma institución.

La alarma o alegría que se ha producido por estos datos es sintomático de un posicionamiento que creo erróneo. Unos, por sus expectativas infladas, otros, porque desean agarrarse a cualquier clavo hirviendo que asome; ambos, porque intuyen con acierto el rol tan relevante que las emociones y las percepciones juegan siempre en política, y la influencia normativizadora de las encuestas, especialmente las del CIS, que, cocinas aparte, son las de mayor calidad y cientificidad de las existentes.

Aquellos que desearían no haber llegado a donde estamos, en el sentido de pérdida de consistencia del bipartidismo, saben del error garrafal que cometió Podemos al leer su enorme e histórica victoria en Andalucía como una derrota, al igual que saben del intenso shock emocional que ha supuesto la operación de castigo impuesta a Grecia, el tábano en la oreja de Bruselas, que ha caído como un jarro de agua fría sobre la inflamada ilusión del 24M y la idea del sí, se puede. Esta encuesta del CIS está siendo instrumentalizada en el mismo sentido, como un cortafuego frente a la oleada de justa indignación y querencia por el cambio.

A su vez, muchos que están con el cambio han leído con una enorme desilusión la publicación de los resultados de esta encuesta. Ya sea porque estaban excesivamente ilusionados, porque mantenían aún unas desproporcionadas expectativas o porque les permite aprovechar para arrimar el ascua a su sardina confluyente, con valiosas intenciones en unos casos, y con otras más espurias, en otros.

La lectura debiera ser otra. La noticia es otra, aunque no sean desdeñables los datos que anuncian que el bipartidismo supera el umbral del 50% en intención de voto. Si no me fallan las cuentas ni me bailan los números, y atendiendo sólo a los resultados de las elecciones generales, la suma del porcentaje de voto de PP y PSOE es la siguiente: en 1993=73,54%, en 1996=76,42%, 2000=78,68%, 2004=80,3%, 2008=83,81%, 2011=73,39%. La estimación del CIS para este julio suma para los dos partidos un 53,1%. Me parece algo aventurado llamar recuperación del bipartidismo a un 53%.

Me sorprende que todavía el debate ronde en torno a si ha muerto o no el bipartidismo, cuando de lo que estamos hablando es de un walking dead. Sigue vivo, pero se arrastra sobre sus propias tripas, inanimado, tratando de devorar lo que puede a su paso. Ahí no queda sangre que corra por las venas ni materia gris funcional que lo oriente. El bipartidismo se comenzó a convertir en zombi en torno al verano del 2010, como resultado de un acumulado de evidencias sobre el modo en el que nos gobiernan, que, cocidos en el caldo de la crisis económica, ha dado como resultado un notable despertar ciudadano en cada vez más amplios sectores. La pimienta la puso Zapatero justo en el momento en el que levantó el teléfono para decirle a Merkel que en España se hacía lo que decidiera Alemania. El toque especial del chef fue la reforma constitucional del artículo 135. A todos nos quedó claro entonces quienes eran de verdad los que gobernaban en España.

En las elecciones generales del 2008, PP y PSOE sumaron, en número de votos, más de 21,5 millones de votos (21.567.345). En las elecciones de 2011 fueron casi 18 (17.870.007). Habían perdido casi 3,7 millones (3.697.268) de votos, y he aquí el dato fundamental: la mayoría de éstos votos se fueron a la abstención, para no volver al redil bipartidista, a la espera de que llegara alguien a quien votar. Y ahí llegó Podemos, y por el butrón que abrió, se coló Ciudadanos. Sin comparamos las europeas de 2009 con las de 2014, se percibe con claridad el desangramiento del walking dead: el PP obtiene 6.670.232 votos, un 42,72%. PSOE consigue 6.141.784 votos, el 39,33 %. Juntos suman en 2009 12.812.016 millones de votantes y un 82,05%. En las europeas de 2014, PP saca 4.098.339 votos, PSOE 3.614.232, un 26,09 % y un 23,01, respectivamente. Hagan cuentas. Suman entre los dos 7.712.562, un 49,1. Pierden por lo tanto la friolera de 5.099.454 millones de votos, ni más ni menos que 32,95 puntos porcentuales. Si tenemos además en cuenta el censo (votaron sólo casi 16 millones de un total de más de 36,5), a PP y PSOE, en realidad, sólo les votó en las últimas europeas un 25%. No se puede extrapolar a las generales el resultado de las europeas, pero esto no es un matiz, esto ha venido para quedarse. Podríamos analizar el 24 M pero no les aburro con más datos, la tendencia es la que es, y el que no quiera verla es porque no quiere. La clave a mi entender es que la traducción de todas estas tendencias, en número de escaños, es que el PP ya ha perdido las elecciones, aunque las gane en votos. Porque no sumará, ni siquiera con Ciudadanos, el número de escaños suficiente y necesario para una mayoría estable. Eso sólo se podrá conseguir si PSOE y PP apuestan por la Gran Coalición (ver notas al final).

En 2011, el 15 M lo marco claro: no somos mercancías en manos de políticos y banqueros. La petición de democracia real estaba develando un acontecimiento fundamental: la extensión de la idea radicalmente democrática de que el sistema representativo no nos estaba representando. Entonces muchos se aprestaron a criticar aquello como algo desorganizado, esencialmente reactivo y poco significativo, pero la realidad es que provocó un vuelco en las conciencias, un giro del que bebe Podemos, las iniciativas municipalistas de confluencia del 24M y, con otra orientación, Ciudadanos, que sirve de amortiguador desnaturalizante de muchas de las reivindicaciones más ambiciosas.

El movimiento de los indignados es un acontecimiento fundamental, de primera magnitud, que cristaliza una etapa de gran densidad histórica, en la que estamos envueltos. Las elecciones de finales de año son sólo una fase más en esta etapa, de inevitables cambios. La cuestión de la profundidad de los mismos es ya harina de otro costal, y es carne de polémica. Apunto una cosa al respecto: el manido debate del gatopardismo, muy caro a la izquierda, que es otra forma de aludir a la vieja discusión de revolución o reforma, nos sitúa en un escenario mental peligroso: tiene el problema de elevar a la insignificancia las luchas sociales sin las cuales hubiera sido imposible construir la democracia, que es un proceso y no sólo unos procedimientos, aunque éstos sean también indispensables. Posee además el problema añadido de no ubicarse en el espacio de las realidades verdaderamente actuantes: la complejidad de los problemas que se abordan y la enorme desigualdad en la correlación de fuerzas. Esto no quiere decir que haya que conformarse con lo que hay, sino que hay que saber valorar los cambios y las conquistas sociales, sin caer tampoco en triunfalismos, pero colocando cada cosa en su sitio. El CIS de Julio simplemente reafirma lo que ya se sabe: que se inaugura en España un nuevo ciclo electoral, fragmentado y pluripartidista.

NOTAS:
La mayoría absoluta en España se consigue con 176 escaños, con los últimos de datos del CIS, y utilizando este maravilloso extrapolador de escaños, que no es perfecto pero se acerca https://docs.google.com/spreadsheets/d/1uaGm8j_Mnd3lZddfxcU2Y1SxsejFh-zn5ZvI-re5TjQ/edit?pli=1#gid=1148032974, el PP podría obtener unos 122 escaños y Ciudadanos unos 25, que suman 147. La hipotética suma de PSOE + Podemos obtiene mejor resultado, pero también se queda corta: 103(PSOE)+58 (Podemos)= 161. Si sumamos a IU, tenemos 2 escaños más, 163. La única manera de alcanzar una mayoría estable es por lo tanto PP+PSOE= 225. También hay otra opción, y es que a PSOE, IU y PODEMOS se sumara Ciudadanos, que aportaría 25 escaños, dando un total de 103+58+2+25= 186.

El sudor y la guerra de Antonio Miguel Carmona

Antonio Miguel Carmona, candidato a la alcaldía de Madrid por el PSOE en las últimas elecciones municipales, ha sido destituido fulminantemente de la portavocía del grupo socialista en el Ayuntamiento. La decisión parte de la nueva Ejecutiva regional madrileña, comandada por Sara Hernández, pero el botón de eyección se pulsó desde Ferraz, obra y gracia del dedo divino del Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez. La dirección nacional del PSOE ha negado con tanta vehemencia que la decisión parta de ellos, que uno no puede más que sospechar todo lo contrario.

La excusa argumentada y proclamada por parte de la nueva dirección de Madrid bebe de la fuente de las evidencias: su catastrófico resultado electoral. Carmona se prodigó con insistencia durante la campaña en actos de un palmario resabio demagógico y oportunista: se sentó en una silla de ruedas, acudió a las mareas ciudadanas por la sanidad y la educación, estuvo con los afectados por la hepatitis C, visitó los parques donde se caían los árboles por falta de cuidado municipal, se hizo fotos con todos y se paseó por todos los barrios; prácticamente sólo le faltó besar a todos los niños, ayudar a todas las ancianas a cruzar la carretera y subirse a los árboles disfrazado del hombre-araña, el intrépido trepamuros, para salvar a todos los gatos.

Que su estrategia podía no ser muy acertada, y que la gente no es imbécil, lo deja claro un video que pulula por la Red, en el que el candidato socialista hubo de hacer mutis por el forro, con el rabo entre las piernas, la cabeza gacha y la mirada clavada en sus propios tobillos, huyendo de un desahucio al que había acudido para mostrar su solidaridad, mientras los vecinos, indignados con que Carmona se acordara de ellos precisamente en campaña electoral, le gritaban “PSOE y PP, la misma mierda es”. Desde luego no sé si la hez es la misma, pues hace falta una cantidad olímpica de tal sustancia para igualar el pozo sin fondo conocido donde la acumula con ahínco el Partido Popular, pero el PSOE hace pocos esfuerzos por demostrar lo contrario, el cabreo de los vecinos es absolutamente comprensible, y un baño de humildad seguro que no le vino mal a quien se presenta en los platós como el sumun del activista de las causas perdidas.

La popularidad de Carmona se aupaba sobre una inédita presencia en los medios para un político en ejercicio (hasta que llegó Pablo Iglesias y cambió todas las reglas), desde cuyo podio reivindicaba la herencia socialista en la construcción del bienestar en España (en honor de la verdad, algo de cierto hay en esto, pero a tenor de cómo estamos hoy, y dado que han gobernado tanto tiempo, no hay tanta plata que reluzca como para sacar tanto pecho) y vendió su condición de outsider e independiente en el seno del partido, aleccionándonos a todos desde el trono de la capacitación para hablar de cualquier cosa como miembro de la casta privilegiada de eso que se llama La Academia y que en España, salvo honrosas excepciones, hace tiempo que dejó de tener algo que decir en política (hasta que llegó Iñigo Errejón y cambió todas las reglas).

A pesar de su denodado, expedito y titánico esfuerzo, ciertamente encomiable si hemos de pensar lo poco que pisan la calle los políticos de toda la vida, la polarización de estas elecciones a la alcaldía de Madrid, reconcentrada en el binomio Manuela Carmena-Esperanza Aguirre, dio como resultado una derrota histórica del PSOE, que sólo logró 9 representantes. En su defensa se puede argumentar, no obstante, como el mismo Carmona se ha encargado de recordar con un cabreo monumental, que los resultados del PSOE en las municipales de las grandes ciudades españolas han sido más o menos similares, hecho que alude a la desafección ciudadana no tanto hacia la persona que se presenta por el PSOE, sino a la marca que representa el PSOE. En su contra estaría el ejemplo del profesor Gabilondo, que consiguió un mucho mejor resultado en la Comunidad, donde no estaba en juego por otra parte la simbólica plaza del ayuntamiento madrileño ni se jugaba la partida frente a Esperanza Aguirre, quien con su desmedido egocentrismo y su agresiva torticera y ruin campaña, allanó el camino para concentrar el voto en la por otra parte intachable Manuela Carmena, cuyo liderazgo honesto y alejado de las estridencias aportó una ingente dosis de ilusión y confianza en la posibilidad de un cambio y otro estilo de gobierno.

Pero la excusa para justificar la expulsión de Antonio Miguel Carmona no es más que eso, una excusa, es decir: un pretexto que se enarbola para justificar una decisión cuyas razones, más prosaicas, no pueden expresarse abiertamente. Desde luego si Carmona hubiese obtenido un mejor resultado, la decisión hubiera sido más difícil, pero el caso es que no fue así, y la explicación dada se convierte en un plausible argumento. Sin embargo, resulta cuanto menos extraño que se haya permitido que Carmona siguiera adelante tras las elecciones dos meses después y que nadie en el PSOE diera síntomas de querer descabezar al fracasado postulante a alcalde.

La verdad que subyace a la excusa no es otra que la lucha de poder en el seno del PSM y del PSOE, en un contexto de inquietud y zozobra con respecto al mantenimiento del poder omnímodo del bipartidismo en España. Algo de eso han reconocido de hecho desde la dirección regional cuando han aportado también como argumento la necesidad de renovación interna del Partido en Madrid tras la destitución de Tomás Gómez.

Madrid está que arde, España está en el infierno de una crisis política inédita en la historia de nuestra democracia, y el PSOE es un organismo colectivo vivo, independiente de sus miembros, que muta y muda la piel cuando su centenario instinto de supervivencia se activa. En el PSM andan a la gresca, y la caída de Tomás Gómez, como corresponde a una estructura partidaria nada democrática, vertical y de obediencia debida al líder, tenía que traer aparejado un cambio en todas las estructuras de poder en su seno, más acorde con los vientos del nuevo poder en Ferraz. No debía parecerles plato de buen gusto tener a ningún outsider en Madrid que les enmiende la plana, menos uno que puso las dos manos en el fuego por Tomás Gómez, que además hace gala de una locuacidad mediática incontenible, y que estaba convirtiendo su derrota en las elecciones en una victoria a través de la proyección que su figura televisiva exuda gracias a su apoyo crítico a Manuela Carmena.

Sinceramente, del PSOE uno no espera más que su disolución, lo mismo da que por implosión o que, mucho mejor, por abandono de sus votantes a otros ámbitos realmente más de izquierda, o de los de abajo, como ustedes quieran, no lastrados por la triste historia de una socialdemocracia que se olvidó de donde venía y a quienes se debían, haciéndole la cama al adversario a través de eufemismos ideológicos como ese engendro llamado la tercera vía.

Sin embargo esto bien puede ser sólo una ilusión, y, teniendo en cuenta la real correlación de fuerzas y los aún fuertes apoyos que tienen los socialistas en la ciudadanía, casi prefiero un partido socialista que gire a la izquierda (quizás esto sólo sea también una ilusión, ciertamente) y promueva políticas sociales con el apoyo y la vigilancia de otros, que uno enfrascado en una eterna crisis motivada por líos de familia y luchas cainitas por el control de los aparatos del poder que reste apoyos al cambio o que, en el peor de los casos, se decida por la vía del harakiri tipo PASOK y acabe promoviendo una Gran Coalición (PP-PSOE+Ciudadanos) con la que ya está salivando con efervescencia el oportunista Albert Rivera; una terrible posibilidad que no es, para nada, descartable.

Me preocupa igualmente que este viraje en la dirección del PSM suponga un debilitamiento en los apoyos más o menos leales que Carmona sostenía con respecto a Ahora Madrid. Hay quienes ya están advirtiendo que se trata de un movimiento en el interior del PSOE pensado también para desgastar al gobierno de Ahora Madrid de cara a la lucha electoral de las generales. Recién leo en el diario El Mundo las siguientes e inquietantes declaraciones de Sara Hernández: “La nueva secretaria general del PSOE de Madrid (PSOE-M), Sara Hernández, ha criticado la “absoluta descoordinación” existente en el Gobierno municipal de Madrid y ha afirmado que las ilusiones que transmitió al principio su alcaldesa, Manuela Carmena, se están “deshaciendo poquito a poquito”. Esto huele muy mal.

El episodio demuestra en todo caso que el PSOE es lo que todos sabemos: una estructura partidaria eminentemente jerárquica, en la que se toman decisiones salomónicas. Carmona era un personaje incómodo, con ambiciones propias, que podía poner en cuestión las directrices tomadas desde la dirección para reafirmar el nuevo liderazgo nacional de cara a las elecciones generales y las decisiones que tendrán que tomarse una vez que se revele, tras el voto popular, cómo queda la configuración del reparto del poder y con quien se establecerán las alianzas. Carmona podía aglutinar en torno suya un tipo de liderazgo diferente al de Pedro Sánchez, y por ahí no se puede pasar. Regla de oro: ante la dificultad, apretar filas, mantener las posiciones, y afirmar bien el terreno que se pisa para tomar impulso. No deben andar muy tranquilos en el PSOE si se ven obligados a tomar estas decisiones. Y algo debía estar haciendo Carmona que les provocaba pavor, pues el personaje es de lo que no se callan, y va a dar batalla, como ya ha demostrado con las durísimas y amenazantes declaraciones que ya está realizando frente a todos los micrófonos que le ponen delante. Como botón, una muestra de sus declaraciones: “prometo usar hasta mi última gota de sudor para cambiar la dirección del PSOE”. Aqui hay guerra.

Mariano y el círculo virtuoso de los imbéciles

El doble proceso electoral que viviremos en lo que queda de año (27-S, Catalunya, finales de año, las generales) obliga a Mariano Rajoy a dar la cara, arremangarse y salir de detrás de la inexpugnable pantalla de plasma tras la que se había fortificado durante toda la legislatura, en un alarde de desprecio a la población española y al concepto democrático de rendición de cuentas que formará ya parte indisoluble de la historia de su presidencia.

En su más reciente rueda de prensa, enfocado en teoría a hacer balance de la labor de gobierno tras el último Consejo de Ministros de la temporada, se ha dedicado sin rubor, pudor o vergüenza, a hacer campaña electoral, demostrando una vez más que el gobierno nos toma por imbéciles. Dado que aún un 30% de españoles, a pesar de todo, sigue demostrando intención de votarlos, deben de pensar en el Partido Popular que no le faltan fundadas razones en las que sustentar ese prejuicio. Error que están pagando muy caro, mientras Albert Rivera, el chico de orden, se frota las manos.

El Presidente ha tenido a bien ilustrarnos durante 30 insufribles minutos con las líneas generales de la estrategia propagandística que viene desarrollando el PP de cara a la contienda electoral. La guinda de esta utilización de una posición institucional de Estado para hacer campaña partidista, lo supone su anuncio, en el mismo discurso, de unos Presupuestos Generales del Estado recubiertos de pátina social, con guiños a pensionistas y funcionarios, cerrando así con un broche de oro un balance que no es otra cosa que una oferta electoral.

Así, Rajoy, el presidente que miente más que balbucea, nos lanza un simple mensaje, falaz, maniqueo y fecundo en ardides, que podríamos resumir en los tres siguientes ejes: 1) España ha salido de la crisis gracias a la labor del gobierno, 2) el gobierno está ahora en disposición de revertir a los ciudadanos parte de los beneficios de esa recuperación y 3) para evitar que se trunque este proceso, hay que votar al PP y alejarse de aventuras que nos lleven de nuevo a un callejón sin salida. En resumen, el discurso de la luz al final del túnel o del País de las Maravillas, salpimentado con un poco de podemización del discurso y un mucho de la tesis del miedo al caos, los tres ingredientes básicos de la propuesta del Partido Popular para afrontar la situación de fin de ciclo del régimen bipartidista que se asoma al final de año.

Como si el PP nunca hubiera roto un plato del Estado del Bienestar, cuando en realidad ha destrozado toda la vajilla mientras los suyos robaban la cubertería de plata y la fundían en lingotes para llevársela a Suiza, el presidente del gobierno nos presenta una realidad alucinante y alucinada, describiendo una España que sólo existe en sus húmedos sueños macroeconómicos, mientras el resto de la sociedad española vive en la cruda pesadilla del avance de la inequidad y desigualdad sociales, la pérdida de poder adquisitivo, el enriquecimiento de las grandes fortunas, la destrucción de la legislación protectora del empleo, la extensión de los contratos-basura y la pérdida de las ilusiones de bienestar y mejora.

Rajoy sigue martilleando con la idea, tan cara a la derecha, de la eficiencia y experticia administrativa de su gobierno, teóricamente ajena a postulados ideológicos. Es la idea de la no existencia de otras posibilidades, de la política como mera gestión y no como confrontación de proyectos y alternativas políticas, como el arte de imaginar y confrontar futuros posibles. Ellos son los expertos, ellos son los que saben, y lo demás son mamandurrias. Esto explica que se atreva el presidente a pedirnos abiertamente que dejemos el cerebro en casa y no perdamos el tiempo en el fútil ejercicio de pensar y opinar críticamente. Nos dice Mariano: “La recuperación está ahí. A esta realidad se le pueden buscar todas las sombras que se quieran, pero estamos ante un cambio de situación indiscutible, que llega a cada vez más gente y eso es algo que nos debe congratular a todos, algo que todos deberíamos celebrar al margen de cualquier otra consideración”.

Al margen de cualquier consideración mínimamente digna de la ciudadanía es donde se ubica nuestro presidente cuando nos habla en estos términos, exigiéndonos un ejercicio de ciega y crédula confianza, es decir, tratándonos como a súbditos y no como a ciudadanos, como a objetos y no como a sujetos políticos. Nos trata exactamente como a imbéciles según su acepción antigua:personas carentes de bastón, símbolo de auctoritas, conocimiento y experiencia, de la capacidad de raciocinio que sólo aporta la mayoría de edad. Para nuestro presidente los españoles somos menores de edad incapaces de comprender los designios de la alta economía y política. Todo ello mientras pasa de puntillas por las últimas polémicas relacionadas con la corrupción política, pues no es relevante en el esquema macroeconómico del País de las Maravillas, cuando es precisamente la corrupción una de las lacras que explican la situación crítica en la que nos encontramos.

Es lógico que don Mariano no se atreva a tocar con profundidad el asunto en su balance-propaganda, pues la corrupción en España es algo extendido, institucionalizado y sancionado por las prácticas de uso, y extirparla del corazón de nuestro sistema político supondría una enorme labor de dignificación de la política para lo cual sería necesaria un generoso ejercicio de honestidad y sentido de servicio público, dos cualidades que, por lo que sabemos y por lo que nos demuestran, no han sido muy valoradas ni desarrolladas en el seno de los grandes partidos políticos de nuestro país. Extirpar la corrupción en España implicaría, de primeras, extirpar al propio Partido Popular, que se ha financiado ilegalmente desde que Fraga era corneta, se ha beneficiado de prebendas, regalos y “donaciones” de grandes empresas privadas, especialmente constructoras, a cambio de concesiones públicas, y ha plagado la política española de personajes infectos, apoltronados como parásitos en los corruptos intestinos de nuestras instituciones. El último de los casos conocidos es el de execrable exalcalde de Valdemoro, Jose Miguel Moreno, conocido últimamente por esas grabaciones en las que viene a reconocer, literalmente, que se había hecho diputado “para tocarse los huevos”.

El hediondo hedor a putrefacción que exuda la política en Madrid y Valencia, por sólo mencionar los dos más evidentes focos de los que ha emanado esta indigna caterva de ladrones que ha cebado su avaricia a costa del erario público, no es un problema de algunas personas; es el perfume natural del sistema, está en sus genes y por eso hay que derribar sus cimientos.

A Rajoy que no le cuenten nada de esto, que él está a otra cosa, y mientras babea palabras edulcoradas con la jerga de la macroeconomía, introduce inteligentemente en su discurso un paquete de medidas de carácter “social”, reconociendo sin hacerlo que los de Podemos han sabido poner el dedo en la llaga, que la agenda, en el fondo, es política y que el problema lo tenemos porque es su proyecto ideológico el que ha sembrado nuestra desgracia.

Hay que reconocer que la estrategia es inteligente: estamos mejor, ha sido gracias a nosotros, y tenemos que seguir en la misma línea para que todo siga por buen camino. Apelar a las emociones, en este caso al miedo, frente a otra emoción, la ilusión por el cambio, que representa Podemos y, en versión conservadora y descafeinada, Ciudadanos, los del cambio sensato, chaqueta sin corbata, modales del yerno o la nuera que quieren todos los abuelos, discurso podemita al lado derecho y un colosal sentido de la oportunidad y del oportunismo.A Inés Arrimadas, uno de sus pesos pesados, candidata de Ciudadanos en Catalunya, muy hábil en las tertulias, capaz e inteligente, lúcida e implacable con el PP (sabe dónde está su caladero de votos) las cosas no le van a salir tan bien como cree, pues el gigante ubicado en el espacio Le Pen (Xavier García Albiol) ha venido a quitarle protagonismo, zarandeando a lo bestia el árbol donde se agazapa el españolismo en Catalunya, a base de escupir palabras preñadas de una xenofobia tras la que se esconde un lúcido instinto de supervivencia.

Este mismo instinto es el que impele a Rajoy a ubicarse en el espacio de la ensoñación paradisíaca para hablarnos de una España plácidamente instalada en un circulo virtuoso (sic), con más competitividad, crecimiento, empleo, ingresos y menos impuestos. No importa donde esté la verdad, Rajoy no la busca ni quiere saber de ella.

En mi opinión son cada vez más españoles los que están hastiados de este conjunto de falsedades que no se corresponden con la realidad en la que se desarrollan sus vidas. Más de 700.000 familias viven sin ingreso en España. 1 de cada 5 españoles vive en riesgo de pobreza y exclusión social y más de 2 millones de niños y niñas están en situación de vulnerabilidad. Frente a los datos de ensueño aportados por Mariano, está la realidad que nos dice que la política de austeridad sólo ha beneficiado a las grandes empresas, y que el aumento de la competitividad se ha basado en lo que eufemísticamente se llama reducción de costes laborales, que es simple y llanamente la drástica disminución de la renta y calidad de vida de los trabajadores. Este es el círculo virtuoso del que nos habla Rajoy, un modelo de crecimiento basado en la precarización del trabajo, el trasvase de renta del trabajo a la del capital, altas cotas de desempleo y el empobrecimiento de los servicios públicos. No es ese el círculo que queremos, don Mariano, y por eso no va a ser usted reelegido como presidente del gobierno. No somos tan imbéciles como ustedes creen.

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