El doble proceso electoral que viviremos en lo que queda de año (27-S, Catalunya, finales de año, las generales) obliga a Mariano Rajoy a dar la cara, arremangarse y salir de detrás de la inexpugnable pantalla de plasma tras la que se había fortificado durante toda la legislatura, en un alarde de desprecio a la población española y al concepto democrático de rendición de cuentas que formará ya parte indisoluble de la historia de su presidencia.

En su más reciente rueda de prensa, enfocado en teoría a hacer balance de la labor de gobierno tras el último Consejo de Ministros de la temporada, se ha dedicado sin rubor, pudor o vergüenza, a hacer campaña electoral, demostrando una vez más que el gobierno nos toma por imbéciles. Dado que aún un 30% de españoles, a pesar de todo, sigue demostrando intención de votarlos, deben de pensar en el Partido Popular que no le faltan fundadas razones en las que sustentar ese prejuicio. Error que están pagando muy caro, mientras Albert Rivera, el chico de orden, se frota las manos.

El Presidente ha tenido a bien ilustrarnos durante 30 insufribles minutos con las líneas generales de la estrategia propagandística que viene desarrollando el PP de cara a la contienda electoral. La guinda de esta utilización de una posición institucional de Estado para hacer campaña partidista, lo supone su anuncio, en el mismo discurso, de unos Presupuestos Generales del Estado recubiertos de pátina social, con guiños a pensionistas y funcionarios, cerrando así con un broche de oro un balance que no es otra cosa que una oferta electoral.

Así, Rajoy, el presidente que miente más que balbucea, nos lanza un simple mensaje, falaz, maniqueo y fecundo en ardides, que podríamos resumir en los tres siguientes ejes: 1) España ha salido de la crisis gracias a la labor del gobierno, 2) el gobierno está ahora en disposición de revertir a los ciudadanos parte de los beneficios de esa recuperación y 3) para evitar que se trunque este proceso, hay que votar al PP y alejarse de aventuras que nos lleven de nuevo a un callejón sin salida. En resumen, el discurso de la luz al final del túnel o del País de las Maravillas, salpimentado con un poco de podemización del discurso y un mucho de la tesis del miedo al caos, los tres ingredientes básicos de la propuesta del Partido Popular para afrontar la situación de fin de ciclo del régimen bipartidista que se asoma al final de año.

Como si el PP nunca hubiera roto un plato del Estado del Bienestar, cuando en realidad ha destrozado toda la vajilla mientras los suyos robaban la cubertería de plata y la fundían en lingotes para llevársela a Suiza, el presidente del gobierno nos presenta una realidad alucinante y alucinada, describiendo una España que sólo existe en sus húmedos sueños macroeconómicos, mientras el resto de la sociedad española vive en la cruda pesadilla del avance de la inequidad y desigualdad sociales, la pérdida de poder adquisitivo, el enriquecimiento de las grandes fortunas, la destrucción de la legislación protectora del empleo, la extensión de los contratos-basura y la pérdida de las ilusiones de bienestar y mejora.

Rajoy sigue martilleando con la idea, tan cara a la derecha, de la eficiencia y experticia administrativa de su gobierno, teóricamente ajena a postulados ideológicos. Es la idea de la no existencia de otras posibilidades, de la política como mera gestión y no como confrontación de proyectos y alternativas políticas, como el arte de imaginar y confrontar futuros posibles. Ellos son los expertos, ellos son los que saben, y lo demás son mamandurrias. Esto explica que se atreva el presidente a pedirnos abiertamente que dejemos el cerebro en casa y no perdamos el tiempo en el fútil ejercicio de pensar y opinar críticamente. Nos dice Mariano: “La recuperación está ahí. A esta realidad se le pueden buscar todas las sombras que se quieran, pero estamos ante un cambio de situación indiscutible, que llega a cada vez más gente y eso es algo que nos debe congratular a todos, algo que todos deberíamos celebrar al margen de cualquier otra consideración”.

Al margen de cualquier consideración mínimamente digna de la ciudadanía es donde se ubica nuestro presidente cuando nos habla en estos términos, exigiéndonos un ejercicio de ciega y crédula confianza, es decir, tratándonos como a súbditos y no como a ciudadanos, como a objetos y no como a sujetos políticos. Nos trata exactamente como a imbéciles según su acepción antigua:personas carentes de bastón, símbolo de auctoritas, conocimiento y experiencia, de la capacidad de raciocinio que sólo aporta la mayoría de edad. Para nuestro presidente los españoles somos menores de edad incapaces de comprender los designios de la alta economía y política. Todo ello mientras pasa de puntillas por las últimas polémicas relacionadas con la corrupción política, pues no es relevante en el esquema macroeconómico del País de las Maravillas, cuando es precisamente la corrupción una de las lacras que explican la situación crítica en la que nos encontramos.

Es lógico que don Mariano no se atreva a tocar con profundidad el asunto en su balance-propaganda, pues la corrupción en España es algo extendido, institucionalizado y sancionado por las prácticas de uso, y extirparla del corazón de nuestro sistema político supondría una enorme labor de dignificación de la política para lo cual sería necesaria un generoso ejercicio de honestidad y sentido de servicio público, dos cualidades que, por lo que sabemos y por lo que nos demuestran, no han sido muy valoradas ni desarrolladas en el seno de los grandes partidos políticos de nuestro país. Extirpar la corrupción en España implicaría, de primeras, extirpar al propio Partido Popular, que se ha financiado ilegalmente desde que Fraga era corneta, se ha beneficiado de prebendas, regalos y “donaciones” de grandes empresas privadas, especialmente constructoras, a cambio de concesiones públicas, y ha plagado la política española de personajes infectos, apoltronados como parásitos en los corruptos intestinos de nuestras instituciones. El último de los casos conocidos es el de execrable exalcalde de Valdemoro, Jose Miguel Moreno, conocido últimamente por esas grabaciones en las que viene a reconocer, literalmente, que se había hecho diputado “para tocarse los huevos”.

El hediondo hedor a putrefacción que exuda la política en Madrid y Valencia, por sólo mencionar los dos más evidentes focos de los que ha emanado esta indigna caterva de ladrones que ha cebado su avaricia a costa del erario público, no es un problema de algunas personas; es el perfume natural del sistema, está en sus genes y por eso hay que derribar sus cimientos.

A Rajoy que no le cuenten nada de esto, que él está a otra cosa, y mientras babea palabras edulcoradas con la jerga de la macroeconomía, introduce inteligentemente en su discurso un paquete de medidas de carácter “social”, reconociendo sin hacerlo que los de Podemos han sabido poner el dedo en la llaga, que la agenda, en el fondo, es política y que el problema lo tenemos porque es su proyecto ideológico el que ha sembrado nuestra desgracia.

Hay que reconocer que la estrategia es inteligente: estamos mejor, ha sido gracias a nosotros, y tenemos que seguir en la misma línea para que todo siga por buen camino. Apelar a las emociones, en este caso al miedo, frente a otra emoción, la ilusión por el cambio, que representa Podemos y, en versión conservadora y descafeinada, Ciudadanos, los del cambio sensato, chaqueta sin corbata, modales del yerno o la nuera que quieren todos los abuelos, discurso podemita al lado derecho y un colosal sentido de la oportunidad y del oportunismo.A Inés Arrimadas, uno de sus pesos pesados, candidata de Ciudadanos en Catalunya, muy hábil en las tertulias, capaz e inteligente, lúcida e implacable con el PP (sabe dónde está su caladero de votos) las cosas no le van a salir tan bien como cree, pues el gigante ubicado en el espacio Le Pen (Xavier García Albiol) ha venido a quitarle protagonismo, zarandeando a lo bestia el árbol donde se agazapa el españolismo en Catalunya, a base de escupir palabras preñadas de una xenofobia tras la que se esconde un lúcido instinto de supervivencia.

Este mismo instinto es el que impele a Rajoy a ubicarse en el espacio de la ensoñación paradisíaca para hablarnos de una España plácidamente instalada en un circulo virtuoso (sic), con más competitividad, crecimiento, empleo, ingresos y menos impuestos. No importa donde esté la verdad, Rajoy no la busca ni quiere saber de ella.

En mi opinión son cada vez más españoles los que están hastiados de este conjunto de falsedades que no se corresponden con la realidad en la que se desarrollan sus vidas. Más de 700.000 familias viven sin ingreso en España. 1 de cada 5 españoles vive en riesgo de pobreza y exclusión social y más de 2 millones de niños y niñas están en situación de vulnerabilidad. Frente a los datos de ensueño aportados por Mariano, está la realidad que nos dice que la política de austeridad sólo ha beneficiado a las grandes empresas, y que el aumento de la competitividad se ha basado en lo que eufemísticamente se llama reducción de costes laborales, que es simple y llanamente la drástica disminución de la renta y calidad de vida de los trabajadores. Este es el círculo virtuoso del que nos habla Rajoy, un modelo de crecimiento basado en la precarización del trabajo, el trasvase de renta del trabajo a la del capital, altas cotas de desempleo y el empobrecimiento de los servicios públicos. No es ese el círculo que queremos, don Mariano, y por eso no va a ser usted reelegido como presidente del gobierno. No somos tan imbéciles como ustedes creen.

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