Antonio Miguel Carmona, candidato a la alcaldía de Madrid por el PSOE en las últimas elecciones municipales, ha sido destituido fulminantemente de la portavocía del grupo socialista en el Ayuntamiento. La decisión parte de la nueva Ejecutiva regional madrileña, comandada por Sara Hernández, pero el botón de eyección se pulsó desde Ferraz, obra y gracia del dedo divino del Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez. La dirección nacional del PSOE ha negado con tanta vehemencia que la decisión parta de ellos, que uno no puede más que sospechar todo lo contrario.

La excusa argumentada y proclamada por parte de la nueva dirección de Madrid bebe de la fuente de las evidencias: su catastrófico resultado electoral. Carmona se prodigó con insistencia durante la campaña en actos de un palmario resabio demagógico y oportunista: se sentó en una silla de ruedas, acudió a las mareas ciudadanas por la sanidad y la educación, estuvo con los afectados por la hepatitis C, visitó los parques donde se caían los árboles por falta de cuidado municipal, se hizo fotos con todos y se paseó por todos los barrios; prácticamente sólo le faltó besar a todos los niños, ayudar a todas las ancianas a cruzar la carretera y subirse a los árboles disfrazado del hombre-araña, el intrépido trepamuros, para salvar a todos los gatos.

Que su estrategia podía no ser muy acertada, y que la gente no es imbécil, lo deja claro un video que pulula por la Red, en el que el candidato socialista hubo de hacer mutis por el forro, con el rabo entre las piernas, la cabeza gacha y la mirada clavada en sus propios tobillos, huyendo de un desahucio al que había acudido para mostrar su solidaridad, mientras los vecinos, indignados con que Carmona se acordara de ellos precisamente en campaña electoral, le gritaban “PSOE y PP, la misma mierda es”. Desde luego no sé si la hez es la misma, pues hace falta una cantidad olímpica de tal sustancia para igualar el pozo sin fondo conocido donde la acumula con ahínco el Partido Popular, pero el PSOE hace pocos esfuerzos por demostrar lo contrario, el cabreo de los vecinos es absolutamente comprensible, y un baño de humildad seguro que no le vino mal a quien se presenta en los platós como el sumun del activista de las causas perdidas.

La popularidad de Carmona se aupaba sobre una inédita presencia en los medios para un político en ejercicio (hasta que llegó Pablo Iglesias y cambió todas las reglas), desde cuyo podio reivindicaba la herencia socialista en la construcción del bienestar en España (en honor de la verdad, algo de cierto hay en esto, pero a tenor de cómo estamos hoy, y dado que han gobernado tanto tiempo, no hay tanta plata que reluzca como para sacar tanto pecho) y vendió su condición de outsider e independiente en el seno del partido, aleccionándonos a todos desde el trono de la capacitación para hablar de cualquier cosa como miembro de la casta privilegiada de eso que se llama La Academia y que en España, salvo honrosas excepciones, hace tiempo que dejó de tener algo que decir en política (hasta que llegó Iñigo Errejón y cambió todas las reglas).

A pesar de su denodado, expedito y titánico esfuerzo, ciertamente encomiable si hemos de pensar lo poco que pisan la calle los políticos de toda la vida, la polarización de estas elecciones a la alcaldía de Madrid, reconcentrada en el binomio Manuela Carmena-Esperanza Aguirre, dio como resultado una derrota histórica del PSOE, que sólo logró 9 representantes. En su defensa se puede argumentar, no obstante, como el mismo Carmona se ha encargado de recordar con un cabreo monumental, que los resultados del PSOE en las municipales de las grandes ciudades españolas han sido más o menos similares, hecho que alude a la desafección ciudadana no tanto hacia la persona que se presenta por el PSOE, sino a la marca que representa el PSOE. En su contra estaría el ejemplo del profesor Gabilondo, que consiguió un mucho mejor resultado en la Comunidad, donde no estaba en juego por otra parte la simbólica plaza del ayuntamiento madrileño ni se jugaba la partida frente a Esperanza Aguirre, quien con su desmedido egocentrismo y su agresiva torticera y ruin campaña, allanó el camino para concentrar el voto en la por otra parte intachable Manuela Carmena, cuyo liderazgo honesto y alejado de las estridencias aportó una ingente dosis de ilusión y confianza en la posibilidad de un cambio y otro estilo de gobierno.

Pero la excusa para justificar la expulsión de Antonio Miguel Carmona no es más que eso, una excusa, es decir: un pretexto que se enarbola para justificar una decisión cuyas razones, más prosaicas, no pueden expresarse abiertamente. Desde luego si Carmona hubiese obtenido un mejor resultado, la decisión hubiera sido más difícil, pero el caso es que no fue así, y la explicación dada se convierte en un plausible argumento. Sin embargo, resulta cuanto menos extraño que se haya permitido que Carmona siguiera adelante tras las elecciones dos meses después y que nadie en el PSOE diera síntomas de querer descabezar al fracasado postulante a alcalde.

La verdad que subyace a la excusa no es otra que la lucha de poder en el seno del PSM y del PSOE, en un contexto de inquietud y zozobra con respecto al mantenimiento del poder omnímodo del bipartidismo en España. Algo de eso han reconocido de hecho desde la dirección regional cuando han aportado también como argumento la necesidad de renovación interna del Partido en Madrid tras la destitución de Tomás Gómez.

Madrid está que arde, España está en el infierno de una crisis política inédita en la historia de nuestra democracia, y el PSOE es un organismo colectivo vivo, independiente de sus miembros, que muta y muda la piel cuando su centenario instinto de supervivencia se activa. En el PSM andan a la gresca, y la caída de Tomás Gómez, como corresponde a una estructura partidaria nada democrática, vertical y de obediencia debida al líder, tenía que traer aparejado un cambio en todas las estructuras de poder en su seno, más acorde con los vientos del nuevo poder en Ferraz. No debía parecerles plato de buen gusto tener a ningún outsider en Madrid que les enmiende la plana, menos uno que puso las dos manos en el fuego por Tomás Gómez, que además hace gala de una locuacidad mediática incontenible, y que estaba convirtiendo su derrota en las elecciones en una victoria a través de la proyección que su figura televisiva exuda gracias a su apoyo crítico a Manuela Carmena.

Sinceramente, del PSOE uno no espera más que su disolución, lo mismo da que por implosión o que, mucho mejor, por abandono de sus votantes a otros ámbitos realmente más de izquierda, o de los de abajo, como ustedes quieran, no lastrados por la triste historia de una socialdemocracia que se olvidó de donde venía y a quienes se debían, haciéndole la cama al adversario a través de eufemismos ideológicos como ese engendro llamado la tercera vía.

Sin embargo esto bien puede ser sólo una ilusión, y, teniendo en cuenta la real correlación de fuerzas y los aún fuertes apoyos que tienen los socialistas en la ciudadanía, casi prefiero un partido socialista que gire a la izquierda (quizás esto sólo sea también una ilusión, ciertamente) y promueva políticas sociales con el apoyo y la vigilancia de otros, que uno enfrascado en una eterna crisis motivada por líos de familia y luchas cainitas por el control de los aparatos del poder que reste apoyos al cambio o que, en el peor de los casos, se decida por la vía del harakiri tipo PASOK y acabe promoviendo una Gran Coalición (PP-PSOE+Ciudadanos) con la que ya está salivando con efervescencia el oportunista Albert Rivera; una terrible posibilidad que no es, para nada, descartable.

Me preocupa igualmente que este viraje en la dirección del PSM suponga un debilitamiento en los apoyos más o menos leales que Carmona sostenía con respecto a Ahora Madrid. Hay quienes ya están advirtiendo que se trata de un movimiento en el interior del PSOE pensado también para desgastar al gobierno de Ahora Madrid de cara a la lucha electoral de las generales. Recién leo en el diario El Mundo las siguientes e inquietantes declaraciones de Sara Hernández: “La nueva secretaria general del PSOE de Madrid (PSOE-M), Sara Hernández, ha criticado la “absoluta descoordinación” existente en el Gobierno municipal de Madrid y ha afirmado que las ilusiones que transmitió al principio su alcaldesa, Manuela Carmena, se están “deshaciendo poquito a poquito”. Esto huele muy mal.

El episodio demuestra en todo caso que el PSOE es lo que todos sabemos: una estructura partidaria eminentemente jerárquica, en la que se toman decisiones salomónicas. Carmona era un personaje incómodo, con ambiciones propias, que podía poner en cuestión las directrices tomadas desde la dirección para reafirmar el nuevo liderazgo nacional de cara a las elecciones generales y las decisiones que tendrán que tomarse una vez que se revele, tras el voto popular, cómo queda la configuración del reparto del poder y con quien se establecerán las alianzas. Carmona podía aglutinar en torno suya un tipo de liderazgo diferente al de Pedro Sánchez, y por ahí no se puede pasar. Regla de oro: ante la dificultad, apretar filas, mantener las posiciones, y afirmar bien el terreno que se pisa para tomar impulso. No deben andar muy tranquilos en el PSOE si se ven obligados a tomar estas decisiones. Y algo debía estar haciendo Carmona que les provocaba pavor, pues el personaje es de lo que no se callan, y va a dar batalla, como ya ha demostrado con las durísimas y amenazantes declaraciones que ya está realizando frente a todos los micrófonos que le ponen delante. Como botón, una muestra de sus declaraciones: “prometo usar hasta mi última gota de sudor para cambiar la dirección del PSOE”. Aqui hay guerra.

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