La vieja política en España huye de la realidad, estupefacta ante la desvertebración de los usos, costumbres y orden conocidos. Bebe de la cultura política de la dictadura franquista, que, a base de fusil, hambre, represión y hostias, de las consagradas y de las de a mano abierta, alumbró una sociedad marcada por el autoritarismo, lo clientelar, la corrupción, el miedo, la sumisión y el haga usted como yo, no se meta en política (Franco dixit). Con estos mimbres, y con los sables afilados en los cuarteles, se levantó en España el sistema político que llamamos (y es, aunque de pésima calidad) “democracia”, cuyo modelo se forjó durante la Transición. Uno de sus fundamentos fue eso que llamamos bipartidismo o, con mayor precisión, bipartidismo imperfecto. Este mundo es el que está hoy en descomposición anaeróbica, porque le falta oxígeno, es de otra época y no entiende lo que está pasando.

Rajoy huye de lo que acontece en la calle presentando sus presupuestos del País de las Maravillas, ubicándose en un espacio que ya no existe, ese en el que los ciudadanos son imbéciles porque no tienen bastón o mayoría de edad, y nos sigue mintiendo no como a adultos, sino como a niños, porque es por nuestro bien, porque las cosas son así, y los niños no tienen nada que opinar al respecto.

Esperanza Aguirre también huye de todo, de la realidad, de los guardias de tráfico y sobre todo de sí misma, pretendiendo vivir ajena a su espeso y viciado entorno mientras mengua el aire que respira, inundado por el hedor a podredumbre que le rodea. Mientras la investigación judicial del Caso Púnica provoca la caída, como fichas de dominó, de todos aquellos que medraron a su cobijadora sombra (que extraordinaria cazatalentos), ella, que ahora va a ruedas de prensa en bicicleta, como los soviet-populistas, trata de persuadirnos con la tesis de “yo solo pasaba por allí”, y se pregunta por qué le insisten a ella inquiriéndole de estas cosas desagradables. La Espe, con su desparpajo habitual, a otra cosa mariposa.

En el lado izquierdo del sistema, otro buen ejemplo de lamentable espectáculo y distanciamiento de lo que se cuece: el PSOE del Gary Cooper vive su particular noche de los cuchillos largos en Madrid, expulsando de los espacios de poder al fracasado, demagogo y mediático Antonio Miguel Carmona. En sus modos y formas, toda una lección de lo que entienden por renovación y regeneración democrática. Más de lo mismo, maquillaje y a aguantar que pase el chaparrón. Uno piensa que no se puede dar imagen más patética, pero seguro que pueden. Y lo harán.

En este contexto, viene el barómetro del CIS. El revuelo que ha provocado la publicación del barómetro de julio creo que se debe a que se han leído sus datos a través de un prisma muy distorsionador. Casi todos los medios afirman que estamos ante una recuperación del bipartidismo. Algunos lo señalan para lamentarlo, y otros para lanzar campanas al vuelo.

El dato que ha dado el titular en todos los medios es la subida en intención de voto del PP en 3,3 puntos, alcanzando un 28,2%, y una leve subida del PSOE, en torno a un 0,6 % (24,9%). En contraposición, los dos partidos emergentes pierden posiciones. Podemos pierde un 0,8 %, situándose en un 15,7%, y su fotocopia de orden, Ciudadanos, se queda con un 11,1%, perdiendo 2,7 puntos en intención de voto. Todo ello en relación al anterior barómetro del mes de abril de la misma institución.

La alarma o alegría que se ha producido por estos datos es sintomático de un posicionamiento que creo erróneo. Unos, por sus expectativas infladas, otros, porque desean agarrarse a cualquier clavo hirviendo que asome; ambos, porque intuyen con acierto el rol tan relevante que las emociones y las percepciones juegan siempre en política, y la influencia normativizadora de las encuestas, especialmente las del CIS, que, cocinas aparte, son las de mayor calidad y cientificidad de las existentes.

Aquellos que desearían no haber llegado a donde estamos, en el sentido de pérdida de consistencia del bipartidismo, saben del error garrafal que cometió Podemos al leer su enorme e histórica victoria en Andalucía como una derrota, al igual que saben del intenso shock emocional que ha supuesto la operación de castigo impuesta a Grecia, el tábano en la oreja de Bruselas, que ha caído como un jarro de agua fría sobre la inflamada ilusión del 24M y la idea del sí, se puede. Esta encuesta del CIS está siendo instrumentalizada en el mismo sentido, como un cortafuego frente a la oleada de justa indignación y querencia por el cambio.

A su vez, muchos que están con el cambio han leído con una enorme desilusión la publicación de los resultados de esta encuesta. Ya sea porque estaban excesivamente ilusionados, porque mantenían aún unas desproporcionadas expectativas o porque les permite aprovechar para arrimar el ascua a su sardina confluyente, con valiosas intenciones en unos casos, y con otras más espurias, en otros.

La lectura debiera ser otra. La noticia es otra, aunque no sean desdeñables los datos que anuncian que el bipartidismo supera el umbral del 50% en intención de voto. Si no me fallan las cuentas ni me bailan los números, y atendiendo sólo a los resultados de las elecciones generales, la suma del porcentaje de voto de PP y PSOE es la siguiente: en 1993=73,54%, en 1996=76,42%, 2000=78,68%, 2004=80,3%, 2008=83,81%, 2011=73,39%. La estimación del CIS para este julio suma para los dos partidos un 53,1%. Me parece algo aventurado llamar recuperación del bipartidismo a un 53%.

Me sorprende que todavía el debate ronde en torno a si ha muerto o no el bipartidismo, cuando de lo que estamos hablando es de un walking dead. Sigue vivo, pero se arrastra sobre sus propias tripas, inanimado, tratando de devorar lo que puede a su paso. Ahí no queda sangre que corra por las venas ni materia gris funcional que lo oriente. El bipartidismo se comenzó a convertir en zombi en torno al verano del 2010, como resultado de un acumulado de evidencias sobre el modo en el que nos gobiernan, que, cocidos en el caldo de la crisis económica, ha dado como resultado un notable despertar ciudadano en cada vez más amplios sectores. La pimienta la puso Zapatero justo en el momento en el que levantó el teléfono para decirle a Merkel que en España se hacía lo que decidiera Alemania. El toque especial del chef fue la reforma constitucional del artículo 135. A todos nos quedó claro entonces quienes eran de verdad los que gobernaban en España.

En las elecciones generales del 2008, PP y PSOE sumaron, en número de votos, más de 21,5 millones de votos (21.567.345). En las elecciones de 2011 fueron casi 18 (17.870.007). Habían perdido casi 3,7 millones (3.697.268) de votos, y he aquí el dato fundamental: la mayoría de éstos votos se fueron a la abstención, para no volver al redil bipartidista, a la espera de que llegara alguien a quien votar. Y ahí llegó Podemos, y por el butrón que abrió, se coló Ciudadanos. Sin comparamos las europeas de 2009 con las de 2014, se percibe con claridad el desangramiento del walking dead: el PP obtiene 6.670.232 votos, un 42,72%. PSOE consigue 6.141.784 votos, el 39,33 %. Juntos suman en 2009 12.812.016 millones de votantes y un 82,05%. En las europeas de 2014, PP saca 4.098.339 votos, PSOE 3.614.232, un 26,09 % y un 23,01, respectivamente. Hagan cuentas. Suman entre los dos 7.712.562, un 49,1. Pierden por lo tanto la friolera de 5.099.454 millones de votos, ni más ni menos que 32,95 puntos porcentuales. Si tenemos además en cuenta el censo (votaron sólo casi 16 millones de un total de más de 36,5), a PP y PSOE, en realidad, sólo les votó en las últimas europeas un 25%. No se puede extrapolar a las generales el resultado de las europeas, pero esto no es un matiz, esto ha venido para quedarse. Podríamos analizar el 24 M pero no les aburro con más datos, la tendencia es la que es, y el que no quiera verla es porque no quiere. La clave a mi entender es que la traducción de todas estas tendencias, en número de escaños, es que el PP ya ha perdido las elecciones, aunque las gane en votos. Porque no sumará, ni siquiera con Ciudadanos, el número de escaños suficiente y necesario para una mayoría estable. Eso sólo se podrá conseguir si PSOE y PP apuestan por la Gran Coalición (ver notas al final).

En 2011, el 15 M lo marco claro: no somos mercancías en manos de políticos y banqueros. La petición de democracia real estaba develando un acontecimiento fundamental: la extensión de la idea radicalmente democrática de que el sistema representativo no nos estaba representando. Entonces muchos se aprestaron a criticar aquello como algo desorganizado, esencialmente reactivo y poco significativo, pero la realidad es que provocó un vuelco en las conciencias, un giro del que bebe Podemos, las iniciativas municipalistas de confluencia del 24M y, con otra orientación, Ciudadanos, que sirve de amortiguador desnaturalizante de muchas de las reivindicaciones más ambiciosas.

El movimiento de los indignados es un acontecimiento fundamental, de primera magnitud, que cristaliza una etapa de gran densidad histórica, en la que estamos envueltos. Las elecciones de finales de año son sólo una fase más en esta etapa, de inevitables cambios. La cuestión de la profundidad de los mismos es ya harina de otro costal, y es carne de polémica. Apunto una cosa al respecto: el manido debate del gatopardismo, muy caro a la izquierda, que es otra forma de aludir a la vieja discusión de revolución o reforma, nos sitúa en un escenario mental peligroso: tiene el problema de elevar a la insignificancia las luchas sociales sin las cuales hubiera sido imposible construir la democracia, que es un proceso y no sólo unos procedimientos, aunque éstos sean también indispensables. Posee además el problema añadido de no ubicarse en el espacio de las realidades verdaderamente actuantes: la complejidad de los problemas que se abordan y la enorme desigualdad en la correlación de fuerzas. Esto no quiere decir que haya que conformarse con lo que hay, sino que hay que saber valorar los cambios y las conquistas sociales, sin caer tampoco en triunfalismos, pero colocando cada cosa en su sitio. El CIS de Julio simplemente reafirma lo que ya se sabe: que se inaugura en España un nuevo ciclo electoral, fragmentado y pluripartidista.

NOTAS:
La mayoría absoluta en España se consigue con 176 escaños, con los últimos de datos del CIS, y utilizando este maravilloso extrapolador de escaños, que no es perfecto pero se acerca https://docs.google.com/spreadsheets/d/1uaGm8j_Mnd3lZddfxcU2Y1SxsejFh-zn5ZvI-re5TjQ/edit?pli=1#gid=1148032974, el PP podría obtener unos 122 escaños y Ciudadanos unos 25, que suman 147. La hipotética suma de PSOE + Podemos obtiene mejor resultado, pero también se queda corta: 103(PSOE)+58 (Podemos)= 161. Si sumamos a IU, tenemos 2 escaños más, 163. La única manera de alcanzar una mayoría estable es por lo tanto PP+PSOE= 225. También hay otra opción, y es que a PSOE, IU y PODEMOS se sumara Ciudadanos, que aportaría 25 escaños, dando un total de 103+58+2+25= 186.

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