El Partido Popular, además de una kilométrica rémora apoltronada en los intestinos de nuestra democracia, de la que se alimenta parasitariamente con una ansiedad tal que corremos el riesgo de que la adelgace hasta convertirla en una mera sombra de sí misma, es también una sólida y compacta maquinaria electoral. Conoce al milímetro todos los recovecos y trucos, cada una de las triquiñuelas y juegos de trilero que forman parte del mercado de los votos.

Una de las técnicas que mejor conoce, e implementa con conocida eficiencia y eficacia, es el recurso al miedo. El miedo a ETA, el miedo a la ruptura de España, el miedo a los irresponsables que no saben gestionar, el miedo al no-pueblo que constituyen las hordas de inmigrantes que nos invaden, el miedo al populismo

Como un resorte, en cada momento concreto, los líderes del Partido cacarean determinadas consignas bien aprendidas que activan un imaginario determinado en el subconsciente más atávico de una sociedad, la española, que aún sufre los estragos de la cultura posfranquista nacida de la dictadura y que educó a tres generaciones en el temor, la sumisión y el alejamiento de la política.

El refinamiento de esta técnica les ha llevado a apostar decididamente por un discurso que en todos sus matices hace referencia al miedo al caos. Es el único recurso que les queda ante el profundo descrédito que sufre el sistema bipartidista en España, como consecuencia no sólo de la crisis económica, sino de la propia política austericida impuesta por el PSOE y el PP, que ha minado las bases de la hegemonía sobre la que se aupaba el régimen político del 78: la capacidad de producir consenso social, a través de un sistema de protección, derechos y seguridades que permitían al español medio cierto nivel de esperanza en un futuro de mejora de sus condiciones de vida. Han destruido por lo tanto el consenso social que aunaba en un mismo paquete la tríada Democracia-Unión Europea-Estado del Bienestar.

El asalto al Estado del Bienestar, fruto de un determinado proyecto ideológico que supone en la práctica un gran negocio para unos pocos a costa de los muchos, pero que venden como el único remedio responsable, pensable y posible, ha destruido los horizontes de futuro de amplios sectores de la ciudadanía española.

La conciencia de este no futuro ha animado a una parte significativa de la población, aún más ante la evidencia del enriquecimiento descarnado y descarado fruto de la corrupción que han practicado y del que se han beneficiado muchos de los más eximios representantes de la clase política, a abandonar el espacio de voto del bipartidismo y apostar por nuevas opciones políticas emergentes que están reivindicando la necesidad de una profunda transformación de nuestro modelo político, institucional, de convivencia y desarrollo.

El PP ha entendido perfectamente que frente a la activación de una emoción, esa que llamamos indignación, que ha arrojado luces muy reveladoras sobre el tipo de sistema político que tenemos, y que se conecta con el raciocinio al develar quienes son los verdaderos responsables de la situación en la que nos encontramos, tiene que activar otras emociones que la contrarresten, y de entre ellas, ha elegido el miedo al cambio como elemento fundamental con los que contener la sangría de votos que están sufriendo ante la evidencia de su responsabilidad en el pésimo estado actual de las cosas

.Hace unos días, el Ministro de Exteriores, Jose María Margallo, declaró que un pacto Podemos-PSOE después de las elecciones generales sería una catástrofe de dimensiones bíblicas. Osea, saben que el panorama poselectoral será de un multipartidismo prácticamente inédito en el país (salvo un primer período en la Transición), con un parlamento fragmentado en el que será muy difícil configurar mayorías. Para ubicarse en este escenario con el mayor apoyo electoral posible, recurren al pavor a las 7 Plagas de Egipto. Es decir, que si el Coletas forma gobierno con el Gary Cooper, el agua se transformaría en sangre, España se vería inundada por una horda de ranas, la arena se convertiría en miríadas de piojos, las moscas atacarían a personas y animales, el ganado moriría resultado de la peste, una urticaria ulcerosa se extendería por toda la población, llovería granizo y fuego, las langostas asediarían los cultivos, las tinieblas recorrerían el globo durante tres días y, finalmente, morirían todos los primogénitos de España.

El anuncio de la dimisión de Tsipras en el gobierno de Grecia y la convocatoria de nuevas elecciones ha venido como anillo al dedo para seguir propagando el terror entre la población española. Tanto da si Tsipras hubiera anunciado cualquier otra cosa, lo importante es embestir, ladrar, confundir y enfangar, algo en lo que el Partido Popular es el más sutil de los especialistas.

Todas las personalidades relevantes del PP, al unísono, sin excepción, con la armonía de un único cuerpo que responde de manera orgánica a los impulsos neuronales que se les envía desde el hipotálamo ubicado en la calle Génova, se han lanzado en tropel ante la noticia de la dimisión de Tsipras para ofrecernos un pedazo de su bien articulada y estudiada mentira.

Fátima Báñez, la Ministra de Empleo que escupió a la cara a todos los que nos hemos tenido que ir de España por falta de oportunidades al decir que nuestra marcha era por impulso aventurero, ha asegurado que “los populismos son todo lo contrario a la estabilidad dentro y fuera de España”; Andrea Levy, una de las más jóvenes promesas del Partido, la segunda de a bordo de Xabier García Albiol, el dirigente populista antinmigración que el PP ha colocado en Cataluña para ver los réditos electorales que tiene situarse sin complejos en el espacio Le Pen, ha asegurado que “hay que tener mucho cuidado con los amigos de Tsipras”. La guinda la aporta Pablo Casado, la otra joven promesa del partido del gobierno.

Este chico de bien, experto tertuliano, carita de no haber roto un plato, versión pepera del encantador de serpientes Albert Rivera, se hizo famoso por llamar imbécil y subnormal al actor Javier Bardem; definió la revuelta de mayo del 68 como la de unos jóvenes que, aburridos, se dedicaron a destrozar Paris para instaurar el socialismo. En un alarde de soberbia, se incluyó él mismo entre los que derribaron el muro de Berlín, o se pusieron delante de los tanques en Tiananmen. Este luchador infatigable por la libertad fue el mismo que ejerció de intermediario en los negocios de Aznar en la Libia de Gadafi, uno de los mayores demócratas de la historia, como todo el mundo sabe. También se ha destacado por sus ofensas a las víctimas del franquismo. Éste es el mismo que ha escrito en twitter: “el populismo causa paro, pobreza y frustración. El fracaso de Tsipras es el fracaso de Podemos”.

Todo esto no son más que leves retazos de una articulación narrativa bien trabajada y aquilatada. Sus dos premisas básicas son el falseamiento de la realidad y la expansión de la incertidumbre. La situación de Grecia es según este discurso responsabilidad del gobierno de Syriza y de los cantos de sirena del populismo. La realidad es, y esto no se le escapa al más recalcitrante de todos los peperos, ni siquiera a Marhuenda con su pavor a las alpargatas, que la situación de Grecia es producto de un modelo económico-político que se sustenta en el mismo proyecto ideológico que el PP tiene para España. Y que domina en la Unión Europea. El pecado de Syriza ha sido tratar de subvertirlo.

Nada de esto importa entre las huestes del PP, habría que decir que también del PSOE y Ciudadanos, que juegan a la misma ruleta rusa, cada uno con sus matices. Para ellos, lo importante es la asociación que entre Syriza y Podemos se ha establecido en el imaginario popular. Ese nexo es real, se llama ilusión por cambiar las cosas, y eso es lo que desean destruir. Los mismos que critican a Syriza por haber llevado a Grecia al Caos, ocultan que el caos de Grecia ha sido provocado precisamente por sus correligionarios, por los defensores de un modelo europeo basado en la acumulación, el despojo del Estado y la desprotección de los sectores más vulnerables de la sociedad. Ocultan que el fracaso de Tsipras ha sido producto de una maniobra política a escala europea para castigar a Grecia, impedir que se active la soberanía popular, que cunda el ejemplo en otros países del Sur de Europa, y presentar como imposible lo que ellos precisamente han logrado hacer imposible.

Las mentiras del PP son una artimaña para enmascarar sus propias faltas. Y revelan que el miedo también anida en su seno. Los responsables del crecimiento del desempleo, de la desarticulación de las medidas sociales impulsadas por el Estado, del anquilosamiento de las instituciones de la democracia, de la extensión como una metástasis de la corrupción, de la perversión de los mecanismos que consagran la separación de poderes, de la manipulación de los medios de comunicación públicos, de la quiebra de la confianza ciudadana en las instituciones políticas, la justicia y el Estado, de la devaluación de los derechos de los trabajadores, de la privatización y reducción de los sectores estratégicos del bienestar, de la extensión de las desigualdades, la pobreza y la falta de expectativas de futuro, tratan de convencernos que ellos no tiene nada que ver, que sólo pasaban por allí, que sus años de gobierno no tienen nada que ver con la situación, que los responsables son los otros. Esos otros que nunca han detentado el poder y que están denunciando con el dedo, directamente, a los verdaderos responsables de la situación.

Hablando en plata, los que han creado el problema pretenden hacernos creer que son la solución, y cuando aparece alguien a recordarles evidencia tan manifiesta, le acusan de querer traer el infierno a la Tierra.

Es impresionante la falta de ética y responsabilidad que les caracterizan. Es inagotable la capacidad que tienen para mentirnos, para tratarnos como a menores de edad, para despreciarnos. Es imposible describir el terrible daño que están haciendo a nuestra sociedad, a nuestra tierra, a las generaciones actuales y a las venideras. Es muy doloroso ver cómo están destruyendo con menosprecio, suficiencia y soberbia el futuro del país al que dicen representar.

Todas las mañanas, casi sin excepción, uno puede acudir a los medios de comunicación y quedarse anonadado por una nueva demostración de la insondable desconsideración con la que el PP trata a la ciudadanía. Todavía no nos habíamos recuperado de la fábula que nos cuenta el Ministro de Interior con respecto a su reunión con el pluri-imputado Rato, para recibir otro golpe al enterarnos que el mismo Rato se reunió con Cristóbal Montoro, Ministro de Hacienda, para que le asesorara para limpiar, aprovechando la amnistía fiscal que Montoro puso en marcha en 2012, 5 millones de euros no regularizados que su familia, al parecer una de las más patriotas de España, escondía en Suiza. Es decir, Rato, que ya estaba implicado por el caso Bankia, llamó al Ministro de Hacienda para que le explicara como regularizar un dinero que mantenía fuera del país de manera ilegal. Impresionante.

Les apuesto la yema de un ojo a que Montoro tendrá que dar explicaciones, dirá que no hay nada extraño, que gracias a esa regularización Hacienda investigó finalmente a Rato, y santas pascuas, hasta la próxima, que tengo un arsenal inagotable de excusas y falacias en mi saco de “respuestas para imbéciles”.

No, señor Margallo, la catástrofe bíblica no ha de venir, la catástrofe bíblica ya está aquí, entre nosotros, porque la catástrofe sois vosotros. Vosotros sois la plaga. Y la medicina se llama más democracia. Y a eso es a lo que tenéis tanto miedo.

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