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Zona de Ruptura

mes

septiembre 2015

7 notas sobre las elecciones catalanas

1.- El exceso ha campado a sus anchas en estas elecciones catalanas. El Partido Popular ha elevado a la enésima potencia su desprecio hacia el legítimo sentido de pertenencia nacionalista de un más que significativo sector de la sociedad catalana. En el reverso de la moneda, los partidos que defienden la independencia han hecho lo propio frente al sector contrario. La cerrazón del gobierno, y el maniqueísmo de todos, han llevado a una situación límite. Los líderes de las dos opciones enfrentadas han jugado al choque de trenes, han cargado de leña la máquina, han optado por el desenfreno. Se han regocijado metiendo el dedo en la llaga y han abierto heridas que tardarán en cicatrizar.

2.- De fondo, una situación social cada vez más insostenible y una corrupción galopante, que muestra ante el mundo, por mucho que les duela a algunos, que la clase política catalana de toda la vida es eminentemente tipical spanish; capitalismo corsario, reparto bajo cuerda, y la plata, a Suiza, que la patria es la patria, y la pela es otra cosa.

3.- La campaña catalana ha dado gráficas imágenes del nivel de la cosa. Felipe González, orondo de autocomplacencia, rueda sobre su propia sombra mostrándonos a todos que hace tiempo que murió por indigestión de sí mismo. Pedro Sánchez, muy lindo, desaparecido en combate. Mejor no meterse en el barro, que mancha. Iceta cayendo bien a todos con su baile de la oca. El xenófobo Xavier García Albiol dando muestras de sagacidad (“lo del Estatuto fue un error”), a buenas horas, mangas verdes. Mariano Rajoy balbuceando, para variar, hasta en las entrevistas en territorio amigo (una magnífica entrevista, por cierto). Infantil y patética guerra de banderas en los palcos y Artur Mas, que de tanto huir hacia adelante, se cree que vuela y que proviene de Kripton. La CUP, siempre honesta y maximalista, haciendo encaje de bolillos entre su alma social y su corazón nacionalista. Pablo Iglesias recurriendo al látigo, al cuero y al espíritu charnego, sin lucidez y con bastante falta de respeto. Las cancillerías europeas vendiendo unidad de España a cambio de cuotas de refugiados sirios. Mientras tanto, Albert Rivera, todo dientes, look informal y haciendo caja. Su discurso de la victoria, impecable, citando a Lola Flores. Un crack, este oportunista. Solo le ha faltado gritar puño en alto “sí, se puede”, y lo ha hecho, con otras palabras, y con la cartera de Podemos en la mano derecha.

4.- Se clarifica el escenario de los apoyos al independentismo. Casi la mitad de los votos. Mayoría absoluta en escaños. Con estos mimbres, el cesto de la independencia se queda sin asas. Pero hay cesto, está lleno de manzanas y se pueden vender a un alto precio en el mercado de la reforma constitucional. Que es lo que acabarán haciendo, porque otra cosa no se puede. Artur Mas lo sabe, los de ERC lo saben, y también Mariano, que hasta diciembre tratará de sacar petróleo del pozo del anticatalanismo, porque es lo que sabe hacer y porque otra no le queda. Pero ya veremos que hacen después, porque por el mismo camino todo lleva a Albert Rivera.

5.- Formar gobierno a los vencedores va a costar sangre, sudor y lágrimas. Y a uno que yo me sé le van a dar kryptonita de la buena, especialmente si la CUP hace honor a su fama de coherencia. La enorme heterogeneidad de la coalición independentista, conforme vaya desapareciendo la argamasa de la ilusión de la autodeterminación, mostrará su verdadero rostro. Puede haber implosión.

6.- Podemos se queda tocado. Su interesante, ilusionante y sensato discurso en pos de una tercera vía no ha logrado, a pesar del impulso inicial, erosionar suficientemente la polarización extrema del escenario catalán. En cierta medida, han tomado de su propio aceite de ricino. Artur Mas les ha adelantado en populismo. Ha construido su pueblo y su frontera en base a una sólida tradición preexistente, y les ha ganado la mano del discurso. Algo más de materialismo hace más efectiva la tesis de Laclau.

7.- Catalunya demuestra lo que es en estas elecciones. Una sociedad democrática y muy plural, que quiere decidir, que tiene mucho que decir, que empuja, como siempre, en la dirección de los inevitables cambios que han de venir. Habrá cambios en la relación de España con Catalunya, si no quieren en Madrid seguir con su irresponsable juego de suma cero que no lleva más que al precipicio.

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Víktor Orbán, subproducto de la Europa que no queremos

Víktor Orbán es el primer ministro húngaro. Ante el drama de los refugiados sirios, está adquiriendo fama internacional, ganándose a pulso un espacio privilegiado en el henchido mausoleo de los desalmados. Muros, policía antidisturbios, alambradas, gases lacrimógenos y palos sobre una población de refugiados que huye de las bombas en su tierra. Si esto no es motivo para al menos una amonestación de los socios europeos, paren el tren, que este vagón apesta a muerto y yo me bajo.

Mientras la UE hace la vista gorda sobre estas menudencias que nada más atañen al respeto de esa fruslería que llamamos “Derechos Humanos”, las instituciones comunitarias siguen con su repugnante mercadeo en torno a las cifras de acogida de refugiados que debe aceptar cada país-miembro, mostrando una vez más la evidencia de la incapacidad congénita de esta Europa para articular políticas coherentes, con visión a largo plazo y un mínimo de acuerdo en torno a los valores democráticos que tanta sangre y represión costó a la sociedad europea elevar a cuestión de Estado.

Afortunadamente aún hay materia viva en la conciencia de un sector importante de la ciudadanía, y sus muestras de solidaridad al menos permiten mantener la esperanza en la dignidad del género humano. Junto a la capacidad infinita para el egoísmo, siempre late el impulso de la solidaridad, que jamás podrá ser extirpado de nuestro ADN, al menos mientras sigamos siendo miembros de la misma especie.

Mientras tanto, el negocio de la muerte sigue su curso, dejando tras de sí una línea férrea de alta velocidad cargada de cadáveres que conecta directamente a las grandes capitales del mundo con el epicentro de la guerra, el auténtico nudo gordiano que explica la afluencia de refugiados.

Moscú, el gran valedor de la Siria de Bachar Al-Asad, el único aliado fiel junto a Irán que mantenía en la zona, herencia del mundo bipolar de la Guerra Fría, ha impedido desde el inicio de la conflagración, usando su poder de veto en la ONU, una acción conjunta contra un régimen dictatorial que respondió con una brutal represión a las iniciales reivindicaciones democráticas de la población siria, animadas por la ya fracasada primavera árabe. Rusia, como todo país que tiene algo que decir en la arena internacional, piensa en sus “intereses” por encima de cualquier otra consideración humanista, y no quiere renunciar a su posicionamiento geoestratégico en Siria. De paso, se está poniendo las botas vendiendo material bélico. Lo último es un sistema de defensa anti-aéreo que ha desatado las críticas de Israel.

Tel Aviv también tiene lo suyo. Por todos es conocido que Israel es uno de los Estados que más respeta el derecho internacional del mundo. Nunca desoyen una petición de la ONU, nunca recurrirían a enviar cuerpos de élite a practicar terrorismo de Estado en otros países, nunca se involucran en los conflictos de sus vecinos: la democracia más perfecta, limpia y pura es la que guía sus pasos desde los tiempos de la fundación del país en 1948. Este Estado maravilloso, cuyos cimientos se asientan en ese cementerio en el que han convertido Palestina y cuya argamasa es un gran esputo lanzado literalmente sobre la memoria de los millones de judíos asesinados por la intolerancia salvaje, industrializada e institucionaliza del régimen nazi, está implicado hasta las cejas en la guerra desatada en Siria, y ha armado hasta los dientes a todos aquellos, sin importar su nivel de fanatismo, que se han opuesto con las armas al deleznable tirano sirio. Israel, impregnado de un insondable odio y un profundo temor de corte mesiánico-militarista hacia todo lo árabe, lleva décadas haciendo y deshaciendo a su antojo en la región, con una más que notable habilidad para desatender cualquier tipo de remordimiento ético. Como es conocido, todo ello con el apoyo de Europa y Estados Unidos, que no saben ya cómo desembarazarse de la gangrena que supone su alianza, otra herencia de los años de la confrontación Este-Oeste, con Israel y Arabia Saudí.

Por lo que sabemos, Washington también está haciendo caja con la necrosis en Oriente, especialmente mediante la venta de armas a los sauditas, responsables directos a su vez de la capacitación técnica y el suministro de panoplia militar a muchos de los grupos yihadistas que en Iraq y Siria se encargan de propagar la guerra en nombre de una versión retrógrada y enfebrecida del Islam, que no sólo no se corresponde con la práctica pacífica de la gran mayoría de los musulmanes, sino que sirve de acicate en occidente para alimentar el temor y el desconocimiento sobre una religión que, por otra parte, tiene exactamente las mismas virtudes y defectos que cualquiera de las otras religiones del mundo; no en vano, son producto de las grandezas y las miserias de las que somos capaces las mujeres y los hombres de este mundo.

En suma, con una falta de memoria absolutamente sorprendente, la gran potencia mundial, “líder del mundo libre”, sigue alimentando engendros, entre los cuales está en buena medida el Daesh, en aras de una proyección geoestratégica que nos lleva, a todos, directamente, y de cabeza, al abismo.

Estos países y otros, como Turquía, Irán, China, Reino Unido, Francia, Alemania, todos los que pintan algo en el cuadro de esa batalla a cara de perro que supone la competencia internacional en la región, articulan discursos fecundos en buenas intenciones y apretones de manos que apenas logran velar la más prosaica realidad de un combate abierto entre todos, con las uñas afiladas y ponzoñosas, sonrisas llenas de incisivos y una fábrica de amenazas nacientes trabajando a destajo en las gargantas. La cuestión es no ceder ni un ápice en la propia posición, ganada, literalmente, a sangre y fuego. Mientras, miles de Aylan Kurdi que no salen en la foto sufren las consecuencias de tan nefasto posicionamiento, recordándonos una vez más a todos que en política internacional la barbarie se ve recompensada.

Volvamos ahora al ínclito Víktor Orbán. Probablemente en Europa occidental pocas personas sabían de su existencia. El desconocimiento mutuo entre las dos Europas que estuvieron separadas por el telón de acero durante la Guerra Fría es una muestra más de los límites de los que adolece el proyecto comunitario.

Entre el caso de Petra Lazlo, periodista mundialmente conocida gracias a unos vigorosos cuádriceps alimentados con la proteína de la xenofobia, y el ejemplo de Orbán, Hungría está transmitiendo una imagen meridianamente clara de todo aquello que representa la Unión Europea que no queremos. Porque precisamente Víktor Orbán es, por muchos motivos, un subproducto de este tipo de Europa que están construyendo, y que hoy cabalga con brida de hierro Ángela Merkel, con la ayuda de palafreneros como Mariano Rajoy.

La integración de Hungría en la UE se realizó en base a instaurar un sistema democrático que lleva en su seno la simiente del fracaso, dado que lo principal siempre fue, por encima de cualquier otra consideración y circunstancia, la integración a través del mercado.

Tras 20 años de experiencia democrática, en 2010, la crisis asolaba la tierra de los magiares. Eso redundó, como ha acontecido en otras partes del mundo donde el neoliberalismo ha hecho de su capa un sayo, en una profunda crisis institucional, política y de confianza de los húngaros en las instituciones democráticas vigentes.

La irrupción de la crisis financiera global produjo en el país, endeudado hasta el 80% de su PIB, el consabido círculo vicioso de retirada de la confianza de los mercados, depreciación de la moneda nacional, paro, pobreza, descenso de la actividad económica… Las cosas de la mano invisible del mercado, que es lo mismo que decir la mano de los que tienen, desean tener a toda costa o de los que nunca tienen bastante, que se mete en nuestro bolsillos, una vez conquistada nuestra alma a base de repetirnos que las matemáticas no fallan y el mercado tiene sus leyes.

El Partido Socialista húngaro, como todos los partidos socialdemócratas europeos que se vendieron a las exigencias, con los brazos abiertos, las mentas vacías y la cuenta corriente dispuesta, del proyecto político de la derecha liberal, pagó las consecuencias en 2010. Este PSOE a la húngara tenía los días contados en el gobierno por las políticas que implementó, pero también por las polémicas palabras pronunciadas por el líder del partido Ferenc Gyurcsány (líder socialista y magnate empresarial, todo un símbolo) pronunciadas en secreto pero que fueron filtradas a la opinión pública, en las que se reconocía que habían mentido como bellacos al prometer a su población políticas sociales y al asegurarles la solidez de la economía patria, cuando lo que tocaba era plan de ajuste de esos que conocen bien en América Latina y del que ahora en España estamos recibiendo doble ración con extra de recortes.

Esta es una de las frases de la polémica, ahí las dejo para que disfruten y tiemblen al pensar de qué hablan los políticos europeos de toda la vida cuando creen que nadie les escucha: “La providencia divina, la abundancia de dinero en la economía mundial y centenares de trucos, de los que ustedes no tienen por qué enterarse, nos han permitido sobrevivir. No se puede seguir así. (…) Hemos mentido por la mañana, por la tarde y por la noche”. Desde luego Hungría no es España, pero nosotros también tenemos un corolario de representantes en el gobierno que básicamente podrían suscribir estas palabras.

Esta Europa se ha asolado a sí misma, y ha generado el terreno propicio para la extensión de la maleza que se expande como una infección, y que en Hungría se llama Víktor Orbán. En 2010 el partido de Víktor Orbán, Fidesz-Unión Cívica Húngara, arrasó en las elecciones, desbancando a los partidos tradicionales que habían realizado la transición a la democracia desde el comunismo. Un nuevo partido en el poder, claramente populista de derechas, cuyo líder se distinguió en campaña electoral por un discurso anti-establishment pero también antisemita, anti-gitano y xenófobo. A la derecha del partido de Orbán hay una agrupación todavía más reaccionaria, llamada Jobbik (acrónimo de “Movimiento por una Hungría Mejor”), más abiertamente racista, más claramente populista de derechas, más de todo, y que empieza a despuntar en el país. Por lo pronto ya tienen 3 parlamentarios en Europa, infectando con su discurso las instituciones comunitarias.

Ya escucho a algunos comentaristas, tertulianos y periodistas en España hablar de la herencia del comunismo como explicación a este fenómeno en Europa del Este. Se equivocan. Éste no es un fenómeno de Europa del Este, es un fenómeno de Europa en su conjunto, y si bien en los países anteriormente soviéticos están subiendo como la espuma, es más bien por las propias condiciones de especial degradación de las condiciones de vida que han vivido como resultado de la implementación de las políticas de ajuste neoliberales, que han desvertebrado lo que había de social en las políticas de Estado de las dictaduras comunistas y que se alimentan además de la tabula rasa que los regímenes del llamado “socialismo real” provocaron en la llamada sociedad civil, a la que prácticamente desvertebró. Pero atentos porque en toda la Europa occidental nórdica este tipo organizaciones políticas está tomando posiciones, como bien saben en Francia.

Víktor Orbán no es (sólo) producto del tipo de sociedad generada en Europa del Este como resultado del régimen comunista. Europa del Este es Europa, sus procesos se insertan en los mismos que en los de Europa occidental. Las divergencias son muchas, pero no se pueden obviar las similitudes. Somos producto de la misma historia. A pesar de los muros, de los años de separación, de las distancias y los pesares, todos somos Europa. Esta Unión Europea que no queremos es la que ha generado a Víktor Orbán. Es su subproducto. En nuestra mano, en las urnas y en la calle, está impedir que personajes y discursos como éstos se sigan propagando como la peste.

Zancadillas

Soy incapaz de comprender qué tipo de emoción ha impelido a esa periodista propinar, mientras grababa cámara en mano, patadas y zancadillas a un grupo de refugiados que trataban de romper un cordón policial en Hungría. En todo caso, ha logrado obtener su minuto de gloria global gracias a una actitud merecedora de ser recordada, para la posteridad, como paradigma de la ruindad.

De gente despreciable está el género humano bien servido, así que no merece la señora más mención que esta condena ética, recomendarle que se haga mirar por un especialista los niveles de mezquindad, y desearle que se reponga lo más rápido posible de su enfermedad, si tal cosa es posible y si su sistema inmunológico no está ya tan ahíto de vileza que es imposible la recuperación.

Quiero decir que la zancadilla de la periodista húngara es indignante, pero hay otras que son aún peores. Me refiero al otro tipo de zancadillas, esas que están articulándose de la mano de un número considerable de líderes europeos. Sus zancadillas a los refugiados, a los inmigrantes, y en suma, a todos nosotros, son cualitativa y cuantitativamente mucho más abyectas y preocupantes, porque son ejecutadas por aquellos en cuyas manos están las herramientas políticas que gestionan nuestra coexistencia y convivencia como colectividad.

Creo que merece la pena que nos detengamos en reconocer a estas personas que dirigen parte de nuestros destinos, porque son infinitamente más dañinos y perjudiciales para la salud de nuestra sociedad y de nuestras democracias que la actitud de esa periodista que expresa a través de sus extremidades su hediondo universo ideológico.

Hay que saber quiénes son, qué es lo que defienden, qué ideas e intenciones subyacen bajo su comportamiento. Porque son el adversario. Son aquellos a los que tenemos que desbancar del lugar de responsabilidad pública que ocupan. Su actividad política y pública nos afecta a todos. Porque defienden un modelo de sociedad determinado, y su proyecto es que todos vivamos bajo la égida de un sistema excluyente que a duras penas puede ser considerado una democracia digna de tal nombre.

Podríamos empezar con el polaco Janusz Ryszard Korwin-Mikke, JKM, para abreviar. Este hombre, además de profesional del ajedrez y el bridge, actividades a las que bien podría haberse dedicado en exclusiva, es diputado en el Parlamento Europeo. Su partido, Congreso de Nueva Derecha (KNP), obtuvo cuatro diputados, pero no pertenece a ningún partido político europeo, por lo que engrosa las filas de los “no inscritos”. Se destacó durante la campaña electoral europea en su país por unas declaraciones en las que defendía la instauración en Polonia de la Monarquía y la supresión del sufragio universal, dado que considera que las mujeres, adolecidas de una genética inferioridad intelectual con respecto al hombre, no debieran ejercer el derecho al voto.

Ahora que sabemos que la naturaleza se equivocó de siglo cuando lo trajo al mundo, no debería de sorprendemos el tipo de zancadilla que puso a los refugiados desde la tribuna del mismísimo Parlamento europeo. Estas fueron sus palabras, pronunciadas hace unos días y referidas a la política de acogida de refugiados en Europa: “Esta es una política ridícula que provoca que Europa termine inundada con basura humana. Digámoslo claro: basura humana que no quiere trabajar“.

El pozo de inmundicia que constituyen sus palabras y su pensamiento no merecería mayor atención si el hedor que transmiten no fuera exudado desde el Parlamento de la UE y si no contara con el respaldo del 7,2 % de los polacos que votaron en las europeas de 2014.

No es un tema baladí, la extrema derecha y el populismo de derechas están asomando las orejas en el Norte y Este de Europa con una potencia que debe de hacernos reflexionar. El chivo expiatorio preferido de estos grupos, su no pueblo particular, son los inmigrantes, pero no lo duden, detrás vamos el resto de los que no piensan como ellos.

Más madera. El flamante Nikel Farage. Mucho más inteligente, sutil y probablemente menos cavernícola que JKM, pero muchísimo más peligroso. Su partido, el UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido), tiene 24 diputados en el Parlamento Europeo y se está configurando como una de las fuerzas relevantes (aún muy lejos del laborismo y los conservadores) en el Reino Unido. Farage percibe, como buen populista de derechas, cuáles son las emociones del pueblo británico. Sabe que puede hacer mella arrastrando su discurso xenofóbico por los rastreros caminos del miedo al diferente, y a la vez huele, con la habilidad, certeza y ansiedad de un sabueso hambriento, que algunos límites no pueden traspasarse.

Farage ha percibido el sólido impacto que han provocado las imágenes de los refugiados que huyen de la guerra en Siria en la opinión pública británica, abriendo llagas en su persistente conciencia democrática, si bien ajada y envilecida por sus responsables políticos, pero presente, y no se atreve menospreciar esta pulsión solidaria, latente por otra parte, y por fortuna, en buena parte de la mentalidad ciudadana más digna de Europa.

Por eso el UKIP comienza a establecer, con perspicacia bizantina, una hábil distinción entre migrantes económicos y “auténticos” refugiados. Estas declaraciones de Farage son una muestra: “Durante años hemos dicho que una política sin fronteras es irresponsable y en efecto se traduce en 640.000 personas que se asentaron en el Reino Unido en el pasado año. Este argumento difiere al de los migrantes del mediterráneo, pero mi argumento real es que si tuviéramos la inmigración bajo control, nos sería más fácil hacer más por los auténticos refugiados”.

Esto es poner el huevo de la serpiente en el nido de la solidaridad. Sobre la base de la compasión con los refugiados, el UKIP prepara el terreno para el rechazo al migrante económico, escenario en el que se mueve como pez en el agua desde hace años. Está tratando de vacunar a la sociedad británica de la posibilidad de contagio del sentimiento de solidaridad con los refugiados hacia otros ámbitos.

Mirando a España, este discurso está bien presente entre nuestros gobernantes. El Partido Popular lleva décadas, como buen y experimentado hortelano de la demagogia, cultivando y recogiendo cosecha del abonado campo del miedo al terrorismo. Décadas de horribles asesinatos de ETA y, más recientemente, del fundamentalismo yihadista, han servido históricamente de pretexto al partido actualmente en el gobierno para hacer política partidista, de manera evidente y con un descaro que sólo pueden permitirse aquellos que saben que tienen la jeta de cemento y la sartén por el mango. Cuando le mencionas a los miembros del PP o a sus simpatizantes esta palpable evidencia, rápidamente adoptan una postura de enervada indignación, mencionan a sus muertos, las violencias y la persecusión de las que han sido objeto en los años más duros de la actividad terrorista, sectaria y homicida de ETA. Precisamente porque todo ello es cierto, es aún más envilecedor el uso torticero, interesado y repugnante con el que nos vienen ilustrando durante años.

Con estas alforjas, es lógico que el PP haya reaccionado, exactamente en la misma fracción de segundo en el que comprendieron que era inevitable cambiar el discurso con respecto al drama de los refugiados, dando rienda suelta al discurso del miedo al terrorismo. La ministra de trabajo, la vicepresidenta del gobierno, el ministro del interior y el de exteriores, todos, al unísono, cantando el mismo palo: pobres refugiados, hay que acogerlos, pero ojo, que entre sus filas pueden colarse milicianos del Daesh (El Estado Islámico).

Todo esto ha sido expresado también por el que manda, que es Rajoy, que no es estúpido ni un pusilánime, aunque muchos lo crean, y, como buen gallego, sabe perfectamente si sube o baja una escalera, aunque los demás no lo percibamos. Rajoy tiene su código, como magistralmente nos cuenta Antón Losada en su librito, Código Mariano, lectura muy recomendable para aquellos que quieran conocer cuáles son las claves en las que se maneja nuestro presidente.

A Rajoy lo que le importa es su 30 por ciento de voto. Su partido, sus militantes y sus simpatizantes, en ese estricto orden y mientras no se salga del guión, con eso le sobra y le basta. En ese ámbito, el miedo funciona, y con la constancia del aplicado opositor, el Presidente se pone a ello, llueva o truene, le toque la casta el Coletas, los nervios el Bárcenas o le salga rana la tesis de la recuperación económica del País de las Maravillas. En esta tramoya Rajoy se las sabe todas; no en vano ha dedicado su vida a ello, con una ambición basada precisamente en aparentar con esmero su ausencia.

Y en éstas, precisamente en presencia del gigante lepenista Xavier García Albiol, el más avanzado y avezado de los populistas de derecha en el PP, hábil en hacer y deshacer en torno a la tesis del chivo expiatorio inmigrante, Rajoy nos anuncia que España va a ser solidaria con los refugiados sirios y que no va a “discutir sobre cifras”, dado que es el deber moral de una “democracia avanzada, moderna y civilizada como la nuestra”. Que es lo mismo que decir que anteayer no éramos ni avanzados ni civilizados ni modernos, apenas demócratas, pues España se estaba destacando por su cicaterismo, precisamente con las cifras, en las discusiones sobre la acogida de refugiados en el seno de la UE.

Pero Rajoy, como Farage, huele las tendencias, y anuncia que el gobierno cede en sus posiciones “porque ese es el sentir mayoritario del pueblo español”. Embalado, el Presidente se ha puesto en plan Churchill, y habla de solventar el problema en origen no sólo en Siria, sino también en Libia, donde “no puede ser que haya un país con dos gobiernos, dos parlamentos y una interlocución imposible, donde ya se está instalando Daesh, una de las mayores amenazas que tiene la humanidad”. ¿Ven? Ya ha puesto el huevo. Días antes, Rajoy había anunciado que había que diferenciar entre los que solicitan asilo político de los migrantes económicos. Y aún dijo más: “Europa es tierra de derechos, pero esos derechos deben ser garantizados de forma ordenada”.

No sé a ustedes, pero yo, que entiendo que efectivamente no es exactamente lo mismo un refugiado político que un inmigrante, cuando escucho hablar de derechos garantizados de forma ordenada a lo que me huele es a jerarquización en la aplicación de derechos, es decir, personas de primera y segunda categoría en la percepción de derechos.

Es una buena noticia que España haya decidido acoger a más de 15.000 refugiados. Es buena noticia que en gran parte ésto sea resultado de la reacción ciudadana. Es lógico que aquellos que sean acogidos tengan un estatus acorde con su situación particular tal y como reflejan la legislación internacional. Pero la zancadilla está ahí. Que no se extienda la solidaridad, que no se extienda la sensación de la incapacidad y falta de reacción de la que ha hecho gala el gobierno. Que no cunda el ejemplo de una ciudadanía (y ayuntamientos de nuevo cuño) que se auto-organiza y se indigna frente a la incompetencia de nuestros máximos dirigentes. Las zancadillas de estos líderes europeos son un atentado premeditado, con la vista puesta en el largo plazo, contra la democratización de nuestras sociedades y frente a los posibles procesos de cambio político que se perciben en el ambiente indignado del momento.

Seres Humanos

Siempre he pensado que el programa El Intermedio, del imprescindible cómico “Gran Wyoming”, es el mejor informativo, siendo un programa de humor, que hay hoy en día en los canales de televisión españoles.

El primer programa de la temporada colmó con creces todas las buenas expectativas que uno pueda tener. Dedicado al problema de los refugiados, mandaron a uno de sus reporteros, Gonzo, a acompañar a las miles de personas que huyen de la guerra en Siria en su periplo, una vez sorteada la enorme tumba a cielo abierto en la que se ha convertido el Mediterráneo, desde Grecia hasta Austria y Alemania, cruzando los Balcanes. No tengo palabras para mostrar el agradecimiento que uno siente al ver la humanidad, la sensibilidad y la profesionalidad con la que han tratado la cuestión en “El intermedio”. El reportaje es a la vez desolador y esperanzador.

Desolador por el drama humano, las vidas rotas y la desesperación de los que huyen de una tierra azotada por la plaga de la guerra. También por las declaraciones de algunos de los máximos dirigentes políticos europeos y algunos mal llamados periodistas, que ensucian con sus palabras, preñadas de un insultante desprecio y una profunda ignorancia xenofóbica, todo lo que de hermoso es capaz de albergar el corazón de los seres humanos por sus semejantes.

Esperanza al percibir como miles de europeos, mostrando una dignidad y una altura ética muy por encima de la de nuestros gobernantes, establecen redes de solidaridad para atender, recibir y ayudar a estos hermanos nuestros que han tenido la desgracia de nacer en un lugar donde se concentran todas las miserias de la geopolítica. Esta actitud, probable y lamentablemente desatada por la imagen desgarradora del pequeño Aylan Kurdi, ha obligado a ir matizando sobre la marcha las impresentables declaraciones de los actuales gobernantes europeos.

Es el caso de nuestra muy sobradamente preparada vicepresidenta, ministra de la Presidencia y portavoz del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría. La fontanera mayor del Reino de Rajoy. Si hace unos días afirmó que en España “la capacidad de acogida está muy saturada” y que había que “poner límites a la solidaridad”, pocos días después hubo de retractarse, asegurando que España asumirá “sin reticencias” la cifra de acogida que decidan en Bruselas. En declaraciones a un programa de debates de la Sexta, con la cara compungida proclamando su encogimiento de corazón ante las imágenes de la desgracia de los refugiados, anuncia sin empacho que hay que tratar el problema en origen.

En el origen del problema está tú partido, señora Sáenz, que no sólo ha propiciado enormes recortes en cooperación internacional para atender a las causas de la miseria y la pobreza que hacen gran parte de los conflictos que asolan Oriente Medio y África, sino que además apostó por situar de nuevo a España en el mapa apoyando la infame Guerra de Iraq en 2003, y de aquel desastre tu corazón encogido no recuerda nada, pero algo tiene que ver con lo que está pasando ahora. Sobre el erial de muerte y destrucción que sembraron las tropas de la coalición liderada por EEUU, el Daesh (El Estado Islámico) ha florecido como la mala yerba. Pero sólo te interesa mencionar a este grupo de fundamentalistas embrutecidos que ensucian el nombre del Islam para mostrar tu preocupación en la lucha contra el terrorismo, idea que sutilmente, como una sombra ponzoñosa que se alimenta de los prejuicios anidados en el fondo de tu discurso, deslizas en el debate con la manifiesta intención de asociar a los refugiados con el terrorismo integrista.

Tenemos más ejemplos, que este gobierno y esta derecha que tenemos dan para tres Quijotes.

El Ministro del Interior, ese de las concertinas que acarician, las fronteras que se mueven con la guardia civil y las reuniones en el despacho con respetables cleptócratas amantes del dinero público, como el que habla de un mueble y no de miles de personas en una situación desesperada, declaró al referirse a la distribución por Europa de los refugiados: “Es como si tuviéramos una casa, con muchas goteras, que están inundando diversas habitaciones y en lugar de taponar esas goteras lo que hacemos es distribuir el agua que cae entre distintas habitaciones“. Entonces se mostraba “muy crítico con el programa de reubicación (de los refugiados), porque va a generar un efecto llamada”. Este distinguido descendiente de los cenutrios dijo también este martes en Paris que no se podía descartar que entre los refugiados hubieran… ¿adivinan? Si, “infiltrados del Daesh”. La consigna corre ya como reguero de pólvora, buscando con inquina yesca con la que arder en la hoguera de la más inflamable de las emociones: el miedo.

La verdadera infiltración y el verdadero efecto llamada se llama Ángela Merkel, que tiene el problema de verdad en sus fronteras y no tiene más que darle al celular para que todos se pongan firmes y cambien de opinión, de camisa y de cerebro, si es menester, que aquí manda el Bundestag, que es el que tiene en sus manos la deuda, la plata y una panoplia de amenazas financieras que harían temblar al más aguerrido de los espartanos de las Termópilas. Si no que le pregunten al pobre de Tsipras.

No se vayan todavía, aún hay más. El Ministro de Exteriores, el señor Margallo, hijo de una familia de militares que hicieron fortuna exprimiendo a los marroquíes en la época colonial, en una declaraciones al diario alemán Die Welt, se quedó más agusto que un arbusto diciendo: “si el paro es tan alto como en España, del 22%, yo no puedo ofrecer a la gente una oportunidad de integración”. Y yo que pensaba, escuchando a nuestro Presidente, que ha sacado últimamente la pezuña por debajo del plasma tras el que se escuda habitualmente para no responder a ninguna pregunta incómoda, que en España ya no había ni paro, ni crisis, y que llovían prosperidades y luces al final de los túneles traídas por las dadivosas gaviotas de Génova.

Los sirios entrevistados por Gonzo en “El Intermedio” aparecen como lo que son. Ni infiltrados del Daesh, ni perros sarnosos que vienen a comer de nuestro plato. Son simplemente prójimo que huye de la guerra. Su miseria es la nuestra, su dolor es el nuestro, sus esperanzas son las nuestras. Sus niños son nuestros hijos, sus hermanos son de nuestra sangre, sus abuelos, sus madres, sus amigos. Todos somos nosotros. La Unión Europea invierte 13.000 millones de euros al año en el control de fronteras. Ese dinero no se está utilizando para protegernos de nada. Se está utilizando para construir un enorme muro de indiferencia que nos separa de precisamente aquello que nos hace verdaderamente humanos, junto a la columna erecta, la mano prensil, el pulgar oponible, un tipo de cerebro y un aparato fonador: la solidaridad.

Uno de los chicos sirios entrevistados es preguntado sobre las declaraciones de los políticos que rechazan la llegada de refugiados “por poner en peligro el estilo de vida europeo”; su respuesta, que debiera retumbar como el rayo en la enferma conciencia de gris cemento de todos aquellos servidores públicos irresponsables que azuzan los más bajos instintos de la ciudadanía europea con sus podridos mensajes rebosantes de miedo e intolerancia, contiene un argumento absolutamente irrefutable, digno de ser inscrito con cincel y martillo en todos los umbrales de frío mármol de todos los parlamentos democráticos del mundo: “ya no nos respetan en nuestro país como seres humanos, alguien debería respetarnos, al menos porque somos seres humanos”.

La irrupción de los populismos en Europa

Este mismo agosto, el periodista y escritor británico Jhon Carlin publicó un pequeño relato de ciencia ficción en el diario El País en el que pretendía alertar de los peligros que acechan al mundo de seguir extendiéndose el fantasma del populismo.

En su narración, ubicada en agosto de 2020, Donald Trump es presidente de Estados Unidos, Vladimir Putin sigue gobernando los destinos de Rusia, Yanis Varoufakis es presidente de Grecia, Marine Le Pen gobierna los destinos de Francia y Jeremy Corbyn, del ala izquierda del laborismo británico, está al frente del gobierno del Reino Unido. En una España republicana, que ha recuperado Gibraltar y en la que se ha concedido la independencia a Catalunya, existe una tasa del 70% de paro por la masiva afluencia de migrantes como resultado de una política de puertas abiertas articulada por Podemos; en el gobierno, Pablo Iglesias ejerce de presidente e Iñigo Errejón Ministro de Defensa.

No me extiendo mucho más. En la historia que imagina Carlin hay una crisis internacional como resultado de la invasión de México por Estados Unidos, se reúne la alianza putiniana (España, Rusia, UK y Grecia), y finalmente los destinos del mundo los deciden Trump y Putin, que acuerdan dividirse América Latina (para los gringos) y Europa (para los rusos).

Esta pequeña fábula moralizante que supone el artículo de Carlin es en realidad una imagen perfecta del tipo de farsa a través de la cual discurre la discusión en Europa cuando se habla de populismo.

Volviendo a la realidad, este debate en Europa estuvo marcado, hasta que se encendieron todas las alarmas en 2002, cuando Jean Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta frente a Chirac en las presidenciales francesas (con 5 millones de votos, un 18%), por la utilización del sustantivo populismo como un insulto, para referirse a algo marginal ubicado en el espacio de la extrema derecha, producto de una falla del sistema o de reminiscencias de un pasado ya superado. Tangencialmente, aunque con importancia creciente, cada vez se venía usando más el término para referirse a algunas de las experiencias de gobierno de eso que se ha dado en llamar en Latinoamérica el Giro a la Izquierda, iniciado en 1998 con el ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela. En todo caso, para el escenario exclusivamente europeo, la palabra venía a designar a la extrema derecha, cuyo avance electoral en el norte de Europa en los ámbitos locales nunca era más que merecedor de una necesaria pero insuficiente condena moral. Nunca de un análisis político.

Esta es la situación que denunció Chantal Mouffe en su artículo titulado “El fin de la política y el desafío de la extrema derecha populista en Europa”. Resumiendo mucho, Mouffe venía a denunciar que la teoría política al uso adolecía de serios problemas, una especie de incapacidad congénita, para entender el fenómeno de la extensión del populismo de derechas en Europa, resultado de la aversión teórica a aceptar el rol de las pasiones en la política y entender su carácter conflictivo, antagónico. En suma, la propuesta de Mouffe era que el ascenso de la extrema derecha populista era resultado de la imposibilidad de abrir un debate democrático “abierto y efectivo” sobre posibles alternativas al modelo de consenso pospolítico del neoliberalismo.

Creo que ésa es una buena base para empezar a hablar de la irrupción del populismo en Europa. Antes, dos pequeñas aclaraciones para que se entienda de a qué me estoy refiriendo.

En primer lugar, me parece útil gran parte de la propuesta de Mouffe y Laclau en su conceptualización sobre el “populismo”. Me refiero a la idea de concebirlo como un discurso político, una forma de entender en que consiste la política, marcando fronteras a través de la construcción de un “pueblo”, entendiendo su carácter antagónico y el rol de las emociones. No comparto todas las propuestas de estos dos autores, quizás no conozco bien su obra completa, pero me parece que todo es demasiado contingente, demasiado alejado de las realidades materiales extradiscursivas, de las condiciones concretas y materiales de variabilidad. En todo caso, la idea del populismo como discurso me parece muy fértil y sobre ella me apoyo para lo que voy a contar.

La segunda aclaración es que cuando hablo de populismo en Europa solo me voy a referir a algunos casos en la Europa occidental, más que nada por desconocimiento de las realidades de la Europa del Este. Además, cuando digo “irrupción” no me refiero a que sea algo totalmente novedoso, sino al hecho de que se ha convertido en una realidad de actualidad y con una significación mucho mayor de la que tenía, al menos, desde 1945.

En mi opinión, existen en Europa toda una serie de organizaciones y partidos políticos que pueden encajar en esa idea del populismo como un tipo de discurso. Y dado que ese discurso puede dotarse de unas propuestas y alternativas políticas muy diversas, podemos establecer una dicotomía (simplificadora pero útil para el análisis), entre un populismo conservador o de derechas y un populismo progresista o de izquierdas.

El bloque del populismo de derechas es potente en Europa del Norte. Ésta es la zona de Europa que por su propia potencia económica y la fortaleza de sus instituciones de bienestar, mejor ha resistido, por ahora, el desafío que han supuesto las políticas de austeridad impuestas desde la UE como respuesta a la crisis económica. Estas medidas básicamente suponen el asalto, para hacer negocio, al Estado y a lo público. Es decir, la ruptura del consenso social de posguerra en el cual se sustentaba el proyecto de la Unión Europea, que aunaba democracia a capitalismo con protección social. Era el pacto fraguado por socialdemócratas y socialcristianos de Europa occidental, que dotaba así de legitimidad ante el conjunto de la población al nuevo modelo de sociedad, nacida de los aprendizajes de las terribles tendencias tanáticas que nos llevaban a la destrucción mútua y cuyo corolario final fue la Segunda Guerra Mundial.

En Europa del Norte, en este contexto de asalto al régimen de bienestar, están adquiriendo relevancia el Frente Nacional en Francia, el Partido de la Libertad en Austria, El Partido Popular Danés, el Partido de los Demócratas Suecos, el partido Interés Flamenco, el UKIP británico, Alternativa Alemana y el movimiento Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA) en Alemania, por nombrar sólo algunos significativos. Casi todos ellos han ido escalando posiciones electorales locales, en algunas ocasiones a nivel gubernamental y tienen presencia en el Parlamento Europeo. En el Sur tenemos el único caso significativo del directamente filo-nazi Aurora Dorada, en Grecia.

Precisamente el Parlamento Europeo es una buena imagen de la posible nueva correlación de fuerzas que parece estar configurándose en Europa. En primer lugar hay que constatar que los partidos tradicionales siguen siendo la fuerza hegemónica: el grupo de partidos socialdemócratas tiene 191 escaños y el socialcristiano 221, de los 751 posibles.

Luego tenemos dos grupos parlamentarios pertenecientes a este eje de populismo de derechas; el UKIP de Nikel Farage encabeza a uno de ellos, con 48 escaños. Cuenta con el (no tan) sorprendente apoyo del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, y responde al nombre de “Europa de la Libertad y la Democracia Directa”.

Otro grupo parlamentario en el que gran parte de sus miembros pueden ser considerados populistas de derechas es el llamado “Europa de las Libertades y las Naciones”, encabezado por el Frente Nacional de Marine Le Pen, con 38 escaños.

En el espacio del populismo de izquierdas, podríamos ubicar a Podemos, Syriza y el Front de Gauche de Melenchon, que junto a otros partidos de corte más izquierdista tradicional, forman un grupo parlamentario con 55 escaños.

El imaginario del populismo de derecha comparte una serie de ideas-fuerza básicas: eurofobia, nacionalismo de corte étnico, reivindicación de la soberanía nacional, tendencia a la xenofobia, especialmente dirigida contra los migrantes de confesión musulmana.

Lo relevante es el tipo de pueblo que construyen estas opciones políticas. De un lado el auténtico pueblo, construido por los nativos “nacionales”, y por otro, el chivo expiatorio del no pueblo, los inmigrantes. Este no pueblo es el responsable en su discurso de la disgregación nacional, la ruptura de la cohesión y las tradiciones culturales, y los que absorben recursos del Estado que debieran corresponder a la población digamos “autóctona”.

Este tipo de racismo poco o nada encubierto se complementa con un discurso anti-establishment, de crítica a las élites tradicionales, a las que responsabilizan de la falta de democracia, de la cesión de soberanía a la UE y de permitir la presencia del cuerpo extraño que suponen los inmigrantes.

Lo que podríamos llamar populismo de izquierdas sin embargo construye un pueblo integrador de los inmigrantes, en el que de un lado están todos aquellos que son víctimas de las políticas de las élites y de otro lado esas élites que no gobiernan para los muchos, sino para los intereses de los pocos, en connivencia con los poderes financieros y económicos. La propuesta de estos grupos no es la exclusión, sino la inclusión a través de un proceso de radicalización de la democracia.

Esta situación es la que ha permitido a algunos argumentar, siguiendo a Laclau y Mouffe, entre ellos a algunos de los líderes del grupo promotor de Podemos, que se dan las condiciones para un momento o ruptura populista, dada la incapacidad de las instituciones del Estado y los partidos políticos para absorber las demandas insatisfechas y crecientes de cada vez más amplios sectores de la ciudadanía y ante la erosión de su hegemonía como resultado de la crisis económica y del tipo de respuestas austericidas implementadas. En síntesis, el propio sistema habría erosionado uno de los fundamentos principales de la hegemonía: el consenso social.

En otro universo ideológico, muy centrado en lo electoral, hay analistas, como es el caso del sociólogo Jaime Miquel, que hablan de la gestación de un espacio ciudadano de ruptura, para referirse al sur de Europa, en el que un creciente número de votantes ha abandonado el espacio del bipartidismo para no volver, a la espera de votar a partidos que se sitúen no a izquierda o derecha sino enfrente del sistema.

Esta es la situación, en general, en la que nos encontramos en Europa.

Por un lado, hay elementos esperanzadores, como es la presencia de Podemos y Syriza, y su propuesta democratizadora.

Por otro, hay elementos para preocuparse muy en serio. No sólo porque el adversario es inflexible, duro y temible, como ha podido comprobar Tsipras en Grecia, que ha sido castigada duramente por atreverse a recordar eso que se llama soberanía popular y que el neoliberalismo ha enterrado en el basurero de la historia.

Además, el avance del populismo de derechas es más amplio que el de izquierdas en países importantísimos para hacer un bloque en el Sur, como es el caso de Francia. El discurso del no pueblo inmigrante tiene fuerza en el Norte y tanto la socialdemocracia como especialmente los socialcristianos del Norte se están impregnando de este discurso. Más en un contexto en el que la terrible situación generada en Oriente Próximo y el Magreb, (Siria, Iraq, Libia), está provocando la llegada constante de inmigrantes, en realidad refugiados políticos, que pueden estar exacerbando el racismo en algunos lugares.

El drama humano es de proporciones enormes. Hace unos días han muerto unos 70 refugiados, asfixiados en un camión, tratando de cruzar la frontera entre Hungría y Austria. Merkel visitó en un pueblo rural alemán cerca de Dresde, en la Alemania Oriental, un centro de refugiados que ha recibido ataques racistas, y van más de 200 de este tipo en Alemania, de grupos neonazis. La gente del pueblo recibió a Merkel gritándole “ocúpate primero de tu gente”.

Un ejemplo más, en el caso español. El PP, que siempre ha utilizado la tesis del chivo expiatorio, aunque con cierta prudencia, ha colocado como cabeza de lista para las elecciones catalanas a un candidato, Xavier García Albiol, que arrasa en votos en la tercera ciudad de Cataluña, y que se destaca por un discurso abiertamente populista de derechas que tiene en el ataque a la población migrante uno de sus ejes fundamentales. Recientemente se le preguntó si era populista y dijo: «Lo soy, pero no veo en el populismo nada peyorativo. El mío carece de demagogia».

En definitiva, la crisis económica desatada a nivel global en 2008, y el tipo de políticas puestas en marcha como receta para confrontarla, han generado en Europa un nuevo escenario político, caracterizado por el desmantelamiento a marchas forzadas del régimen de bienestar del que nos dotamos los Europeos occidentales en el contexto de la Guerra Fría, fruto de la atroz experiencia de la guerra y de la necesidad de atenuar la conflictividad social en un mundo en el que el comunismo acechaba a las puertas de Europa con un modelo alternativo.

La ruptura de este pacto social de posguerra, a través de la terapia de shock que han supuesto las medidas de austeridad articuladas contumazmente como respuesta a la crisis, han erosionado la legitimidad de los partidos políticos tradicionales y han abierto el melón de una renovada conflictividad política; sobre la escena irrumpe con relativa fuerza el populismo en versiones conservadora y progresista, que comparten la reclamación del ámbito de la política como un espacio de construcción de fronteras (creación de un pueblo) y de lucha entre alternativas políticas confrontadas, pero que defienden alternativas concretas que son en esencia irreconciliables (un modelo excluyente y des-democratizante en el caso del populismo de derechas y un modelo incluyente y de radicalización de la democracia en el caso del populismo de izquierdas).

El foco del problema no está donde lo ubica Jhon Carlin y todos aquellos que temen la llegada de nuevos actores a la contienda política. La cuestión está en que el propio sistema de posguerra impuso mil cerrojos a la profundización democrática, está fagocitando sus propias fórmulas de consenso social y sobre ésta situación de quiebra emergen nuevas alternativas. La cuestión está ahora en saber si se lograrán hacer saltar por los aires esos cerrojos que ahogan la posibilidad de un proceso que permita una mayor apertura democrática o si, por el contrario, se impondrán las fuerzas que abogan por una aún mayor des-democratización de nuestro sistema de convivencia.


			

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