Este mismo agosto, el periodista y escritor británico Jhon Carlin publicó un pequeño relato de ciencia ficción en el diario El País en el que pretendía alertar de los peligros que acechan al mundo de seguir extendiéndose el fantasma del populismo.

En su narración, ubicada en agosto de 2020, Donald Trump es presidente de Estados Unidos, Vladimir Putin sigue gobernando los destinos de Rusia, Yanis Varoufakis es presidente de Grecia, Marine Le Pen gobierna los destinos de Francia y Jeremy Corbyn, del ala izquierda del laborismo británico, está al frente del gobierno del Reino Unido. En una España republicana, que ha recuperado Gibraltar y en la que se ha concedido la independencia a Catalunya, existe una tasa del 70% de paro por la masiva afluencia de migrantes como resultado de una política de puertas abiertas articulada por Podemos; en el gobierno, Pablo Iglesias ejerce de presidente e Iñigo Errejón Ministro de Defensa.

No me extiendo mucho más. En la historia que imagina Carlin hay una crisis internacional como resultado de la invasión de México por Estados Unidos, se reúne la alianza putiniana (España, Rusia, UK y Grecia), y finalmente los destinos del mundo los deciden Trump y Putin, que acuerdan dividirse América Latina (para los gringos) y Europa (para los rusos).

Esta pequeña fábula moralizante que supone el artículo de Carlin es en realidad una imagen perfecta del tipo de farsa a través de la cual discurre la discusión en Europa cuando se habla de populismo.

Volviendo a la realidad, este debate en Europa estuvo marcado, hasta que se encendieron todas las alarmas en 2002, cuando Jean Marie Le Pen llegó a la segunda vuelta frente a Chirac en las presidenciales francesas (con 5 millones de votos, un 18%), por la utilización del sustantivo populismo como un insulto, para referirse a algo marginal ubicado en el espacio de la extrema derecha, producto de una falla del sistema o de reminiscencias de un pasado ya superado. Tangencialmente, aunque con importancia creciente, cada vez se venía usando más el término para referirse a algunas de las experiencias de gobierno de eso que se ha dado en llamar en Latinoamérica el Giro a la Izquierda, iniciado en 1998 con el ascenso de Hugo Chávez al poder en Venezuela. En todo caso, para el escenario exclusivamente europeo, la palabra venía a designar a la extrema derecha, cuyo avance electoral en el norte de Europa en los ámbitos locales nunca era más que merecedor de una necesaria pero insuficiente condena moral. Nunca de un análisis político.

Esta es la situación que denunció Chantal Mouffe en su artículo titulado “El fin de la política y el desafío de la extrema derecha populista en Europa”. Resumiendo mucho, Mouffe venía a denunciar que la teoría política al uso adolecía de serios problemas, una especie de incapacidad congénita, para entender el fenómeno de la extensión del populismo de derechas en Europa, resultado de la aversión teórica a aceptar el rol de las pasiones en la política y entender su carácter conflictivo, antagónico. En suma, la propuesta de Mouffe era que el ascenso de la extrema derecha populista era resultado de la imposibilidad de abrir un debate democrático “abierto y efectivo” sobre posibles alternativas al modelo de consenso pospolítico del neoliberalismo.

Creo que ésa es una buena base para empezar a hablar de la irrupción del populismo en Europa. Antes, dos pequeñas aclaraciones para que se entienda de a qué me estoy refiriendo.

En primer lugar, me parece útil gran parte de la propuesta de Mouffe y Laclau en su conceptualización sobre el “populismo”. Me refiero a la idea de concebirlo como un discurso político, una forma de entender en que consiste la política, marcando fronteras a través de la construcción de un “pueblo”, entendiendo su carácter antagónico y el rol de las emociones. No comparto todas las propuestas de estos dos autores, quizás no conozco bien su obra completa, pero me parece que todo es demasiado contingente, demasiado alejado de las realidades materiales extradiscursivas, de las condiciones concretas y materiales de variabilidad. En todo caso, la idea del populismo como discurso me parece muy fértil y sobre ella me apoyo para lo que voy a contar.

La segunda aclaración es que cuando hablo de populismo en Europa solo me voy a referir a algunos casos en la Europa occidental, más que nada por desconocimiento de las realidades de la Europa del Este. Además, cuando digo “irrupción” no me refiero a que sea algo totalmente novedoso, sino al hecho de que se ha convertido en una realidad de actualidad y con una significación mucho mayor de la que tenía, al menos, desde 1945.

En mi opinión, existen en Europa toda una serie de organizaciones y partidos políticos que pueden encajar en esa idea del populismo como un tipo de discurso. Y dado que ese discurso puede dotarse de unas propuestas y alternativas políticas muy diversas, podemos establecer una dicotomía (simplificadora pero útil para el análisis), entre un populismo conservador o de derechas y un populismo progresista o de izquierdas.

El bloque del populismo de derechas es potente en Europa del Norte. Ésta es la zona de Europa que por su propia potencia económica y la fortaleza de sus instituciones de bienestar, mejor ha resistido, por ahora, el desafío que han supuesto las políticas de austeridad impuestas desde la UE como respuesta a la crisis económica. Estas medidas básicamente suponen el asalto, para hacer negocio, al Estado y a lo público. Es decir, la ruptura del consenso social de posguerra en el cual se sustentaba el proyecto de la Unión Europea, que aunaba democracia a capitalismo con protección social. Era el pacto fraguado por socialdemócratas y socialcristianos de Europa occidental, que dotaba así de legitimidad ante el conjunto de la población al nuevo modelo de sociedad, nacida de los aprendizajes de las terribles tendencias tanáticas que nos llevaban a la destrucción mútua y cuyo corolario final fue la Segunda Guerra Mundial.

En Europa del Norte, en este contexto de asalto al régimen de bienestar, están adquiriendo relevancia el Frente Nacional en Francia, el Partido de la Libertad en Austria, El Partido Popular Danés, el Partido de los Demócratas Suecos, el partido Interés Flamenco, el UKIP británico, Alternativa Alemana y el movimiento Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA) en Alemania, por nombrar sólo algunos significativos. Casi todos ellos han ido escalando posiciones electorales locales, en algunas ocasiones a nivel gubernamental y tienen presencia en el Parlamento Europeo. En el Sur tenemos el único caso significativo del directamente filo-nazi Aurora Dorada, en Grecia.

Precisamente el Parlamento Europeo es una buena imagen de la posible nueva correlación de fuerzas que parece estar configurándose en Europa. En primer lugar hay que constatar que los partidos tradicionales siguen siendo la fuerza hegemónica: el grupo de partidos socialdemócratas tiene 191 escaños y el socialcristiano 221, de los 751 posibles.

Luego tenemos dos grupos parlamentarios pertenecientes a este eje de populismo de derechas; el UKIP de Nikel Farage encabeza a uno de ellos, con 48 escaños. Cuenta con el (no tan) sorprendente apoyo del Movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, y responde al nombre de “Europa de la Libertad y la Democracia Directa”.

Otro grupo parlamentario en el que gran parte de sus miembros pueden ser considerados populistas de derechas es el llamado “Europa de las Libertades y las Naciones”, encabezado por el Frente Nacional de Marine Le Pen, con 38 escaños.

En el espacio del populismo de izquierdas, podríamos ubicar a Podemos, Syriza y el Front de Gauche de Melenchon, que junto a otros partidos de corte más izquierdista tradicional, forman un grupo parlamentario con 55 escaños.

El imaginario del populismo de derecha comparte una serie de ideas-fuerza básicas: eurofobia, nacionalismo de corte étnico, reivindicación de la soberanía nacional, tendencia a la xenofobia, especialmente dirigida contra los migrantes de confesión musulmana.

Lo relevante es el tipo de pueblo que construyen estas opciones políticas. De un lado el auténtico pueblo, construido por los nativos “nacionales”, y por otro, el chivo expiatorio del no pueblo, los inmigrantes. Este no pueblo es el responsable en su discurso de la disgregación nacional, la ruptura de la cohesión y las tradiciones culturales, y los que absorben recursos del Estado que debieran corresponder a la población digamos “autóctona”.

Este tipo de racismo poco o nada encubierto se complementa con un discurso anti-establishment, de crítica a las élites tradicionales, a las que responsabilizan de la falta de democracia, de la cesión de soberanía a la UE y de permitir la presencia del cuerpo extraño que suponen los inmigrantes.

Lo que podríamos llamar populismo de izquierdas sin embargo construye un pueblo integrador de los inmigrantes, en el que de un lado están todos aquellos que son víctimas de las políticas de las élites y de otro lado esas élites que no gobiernan para los muchos, sino para los intereses de los pocos, en connivencia con los poderes financieros y económicos. La propuesta de estos grupos no es la exclusión, sino la inclusión a través de un proceso de radicalización de la democracia.

Esta situación es la que ha permitido a algunos argumentar, siguiendo a Laclau y Mouffe, entre ellos a algunos de los líderes del grupo promotor de Podemos, que se dan las condiciones para un momento o ruptura populista, dada la incapacidad de las instituciones del Estado y los partidos políticos para absorber las demandas insatisfechas y crecientes de cada vez más amplios sectores de la ciudadanía y ante la erosión de su hegemonía como resultado de la crisis económica y del tipo de respuestas austericidas implementadas. En síntesis, el propio sistema habría erosionado uno de los fundamentos principales de la hegemonía: el consenso social.

En otro universo ideológico, muy centrado en lo electoral, hay analistas, como es el caso del sociólogo Jaime Miquel, que hablan de la gestación de un espacio ciudadano de ruptura, para referirse al sur de Europa, en el que un creciente número de votantes ha abandonado el espacio del bipartidismo para no volver, a la espera de votar a partidos que se sitúen no a izquierda o derecha sino enfrente del sistema.

Esta es la situación, en general, en la que nos encontramos en Europa.

Por un lado, hay elementos esperanzadores, como es la presencia de Podemos y Syriza, y su propuesta democratizadora.

Por otro, hay elementos para preocuparse muy en serio. No sólo porque el adversario es inflexible, duro y temible, como ha podido comprobar Tsipras en Grecia, que ha sido castigada duramente por atreverse a recordar eso que se llama soberanía popular y que el neoliberalismo ha enterrado en el basurero de la historia.

Además, el avance del populismo de derechas es más amplio que el de izquierdas en países importantísimos para hacer un bloque en el Sur, como es el caso de Francia. El discurso del no pueblo inmigrante tiene fuerza en el Norte y tanto la socialdemocracia como especialmente los socialcristianos del Norte se están impregnando de este discurso. Más en un contexto en el que la terrible situación generada en Oriente Próximo y el Magreb, (Siria, Iraq, Libia), está provocando la llegada constante de inmigrantes, en realidad refugiados políticos, que pueden estar exacerbando el racismo en algunos lugares.

El drama humano es de proporciones enormes. Hace unos días han muerto unos 70 refugiados, asfixiados en un camión, tratando de cruzar la frontera entre Hungría y Austria. Merkel visitó en un pueblo rural alemán cerca de Dresde, en la Alemania Oriental, un centro de refugiados que ha recibido ataques racistas, y van más de 200 de este tipo en Alemania, de grupos neonazis. La gente del pueblo recibió a Merkel gritándole “ocúpate primero de tu gente”.

Un ejemplo más, en el caso español. El PP, que siempre ha utilizado la tesis del chivo expiatorio, aunque con cierta prudencia, ha colocado como cabeza de lista para las elecciones catalanas a un candidato, Xavier García Albiol, que arrasa en votos en la tercera ciudad de Cataluña, y que se destaca por un discurso abiertamente populista de derechas que tiene en el ataque a la población migrante uno de sus ejes fundamentales. Recientemente se le preguntó si era populista y dijo: «Lo soy, pero no veo en el populismo nada peyorativo. El mío carece de demagogia».

En definitiva, la crisis económica desatada a nivel global en 2008, y el tipo de políticas puestas en marcha como receta para confrontarla, han generado en Europa un nuevo escenario político, caracterizado por el desmantelamiento a marchas forzadas del régimen de bienestar del que nos dotamos los Europeos occidentales en el contexto de la Guerra Fría, fruto de la atroz experiencia de la guerra y de la necesidad de atenuar la conflictividad social en un mundo en el que el comunismo acechaba a las puertas de Europa con un modelo alternativo.

La ruptura de este pacto social de posguerra, a través de la terapia de shock que han supuesto las medidas de austeridad articuladas contumazmente como respuesta a la crisis, han erosionado la legitimidad de los partidos políticos tradicionales y han abierto el melón de una renovada conflictividad política; sobre la escena irrumpe con relativa fuerza el populismo en versiones conservadora y progresista, que comparten la reclamación del ámbito de la política como un espacio de construcción de fronteras (creación de un pueblo) y de lucha entre alternativas políticas confrontadas, pero que defienden alternativas concretas que son en esencia irreconciliables (un modelo excluyente y des-democratizante en el caso del populismo de derechas y un modelo incluyente y de radicalización de la democracia en el caso del populismo de izquierdas).

El foco del problema no está donde lo ubica Jhon Carlin y todos aquellos que temen la llegada de nuevos actores a la contienda política. La cuestión está en que el propio sistema de posguerra impuso mil cerrojos a la profundización democrática, está fagocitando sus propias fórmulas de consenso social y sobre ésta situación de quiebra emergen nuevas alternativas. La cuestión está ahora en saber si se lograrán hacer saltar por los aires esos cerrojos que ahogan la posibilidad de un proceso que permita una mayor apertura democrática o si, por el contrario, se impondrán las fuerzas que abogan por una aún mayor des-democratización de nuestro sistema de convivencia.


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