Soy incapaz de comprender qué tipo de emoción ha impelido a esa periodista propinar, mientras grababa cámara en mano, patadas y zancadillas a un grupo de refugiados que trataban de romper un cordón policial en Hungría. En todo caso, ha logrado obtener su minuto de gloria global gracias a una actitud merecedora de ser recordada, para la posteridad, como paradigma de la ruindad.

De gente despreciable está el género humano bien servido, así que no merece la señora más mención que esta condena ética, recomendarle que se haga mirar por un especialista los niveles de mezquindad, y desearle que se reponga lo más rápido posible de su enfermedad, si tal cosa es posible y si su sistema inmunológico no está ya tan ahíto de vileza que es imposible la recuperación.

Quiero decir que la zancadilla de la periodista húngara es indignante, pero hay otras que son aún peores. Me refiero al otro tipo de zancadillas, esas que están articulándose de la mano de un número considerable de líderes europeos. Sus zancadillas a los refugiados, a los inmigrantes, y en suma, a todos nosotros, son cualitativa y cuantitativamente mucho más abyectas y preocupantes, porque son ejecutadas por aquellos en cuyas manos están las herramientas políticas que gestionan nuestra coexistencia y convivencia como colectividad.

Creo que merece la pena que nos detengamos en reconocer a estas personas que dirigen parte de nuestros destinos, porque son infinitamente más dañinos y perjudiciales para la salud de nuestra sociedad y de nuestras democracias que la actitud de esa periodista que expresa a través de sus extremidades su hediondo universo ideológico.

Hay que saber quiénes son, qué es lo que defienden, qué ideas e intenciones subyacen bajo su comportamiento. Porque son el adversario. Son aquellos a los que tenemos que desbancar del lugar de responsabilidad pública que ocupan. Su actividad política y pública nos afecta a todos. Porque defienden un modelo de sociedad determinado, y su proyecto es que todos vivamos bajo la égida de un sistema excluyente que a duras penas puede ser considerado una democracia digna de tal nombre.

Podríamos empezar con el polaco Janusz Ryszard Korwin-Mikke, JKM, para abreviar. Este hombre, además de profesional del ajedrez y el bridge, actividades a las que bien podría haberse dedicado en exclusiva, es diputado en el Parlamento Europeo. Su partido, Congreso de Nueva Derecha (KNP), obtuvo cuatro diputados, pero no pertenece a ningún partido político europeo, por lo que engrosa las filas de los “no inscritos”. Se destacó durante la campaña electoral europea en su país por unas declaraciones en las que defendía la instauración en Polonia de la Monarquía y la supresión del sufragio universal, dado que considera que las mujeres, adolecidas de una genética inferioridad intelectual con respecto al hombre, no debieran ejercer el derecho al voto.

Ahora que sabemos que la naturaleza se equivocó de siglo cuando lo trajo al mundo, no debería de sorprendemos el tipo de zancadilla que puso a los refugiados desde la tribuna del mismísimo Parlamento europeo. Estas fueron sus palabras, pronunciadas hace unos días y referidas a la política de acogida de refugiados en Europa: “Esta es una política ridícula que provoca que Europa termine inundada con basura humana. Digámoslo claro: basura humana que no quiere trabajar“.

El pozo de inmundicia que constituyen sus palabras y su pensamiento no merecería mayor atención si el hedor que transmiten no fuera exudado desde el Parlamento de la UE y si no contara con el respaldo del 7,2 % de los polacos que votaron en las europeas de 2014.

No es un tema baladí, la extrema derecha y el populismo de derechas están asomando las orejas en el Norte y Este de Europa con una potencia que debe de hacernos reflexionar. El chivo expiatorio preferido de estos grupos, su no pueblo particular, son los inmigrantes, pero no lo duden, detrás vamos el resto de los que no piensan como ellos.

Más madera. El flamante Nikel Farage. Mucho más inteligente, sutil y probablemente menos cavernícola que JKM, pero muchísimo más peligroso. Su partido, el UKIP (Partido por la Independencia del Reino Unido), tiene 24 diputados en el Parlamento Europeo y se está configurando como una de las fuerzas relevantes (aún muy lejos del laborismo y los conservadores) en el Reino Unido. Farage percibe, como buen populista de derechas, cuáles son las emociones del pueblo británico. Sabe que puede hacer mella arrastrando su discurso xenofóbico por los rastreros caminos del miedo al diferente, y a la vez huele, con la habilidad, certeza y ansiedad de un sabueso hambriento, que algunos límites no pueden traspasarse.

Farage ha percibido el sólido impacto que han provocado las imágenes de los refugiados que huyen de la guerra en Siria en la opinión pública británica, abriendo llagas en su persistente conciencia democrática, si bien ajada y envilecida por sus responsables políticos, pero presente, y no se atreve menospreciar esta pulsión solidaria, latente por otra parte, y por fortuna, en buena parte de la mentalidad ciudadana más digna de Europa.

Por eso el UKIP comienza a establecer, con perspicacia bizantina, una hábil distinción entre migrantes económicos y “auténticos” refugiados. Estas declaraciones de Farage son una muestra: “Durante años hemos dicho que una política sin fronteras es irresponsable y en efecto se traduce en 640.000 personas que se asentaron en el Reino Unido en el pasado año. Este argumento difiere al de los migrantes del mediterráneo, pero mi argumento real es que si tuviéramos la inmigración bajo control, nos sería más fácil hacer más por los auténticos refugiados”.

Esto es poner el huevo de la serpiente en el nido de la solidaridad. Sobre la base de la compasión con los refugiados, el UKIP prepara el terreno para el rechazo al migrante económico, escenario en el que se mueve como pez en el agua desde hace años. Está tratando de vacunar a la sociedad británica de la posibilidad de contagio del sentimiento de solidaridad con los refugiados hacia otros ámbitos.

Mirando a España, este discurso está bien presente entre nuestros gobernantes. El Partido Popular lleva décadas, como buen y experimentado hortelano de la demagogia, cultivando y recogiendo cosecha del abonado campo del miedo al terrorismo. Décadas de horribles asesinatos de ETA y, más recientemente, del fundamentalismo yihadista, han servido históricamente de pretexto al partido actualmente en el gobierno para hacer política partidista, de manera evidente y con un descaro que sólo pueden permitirse aquellos que saben que tienen la jeta de cemento y la sartén por el mango. Cuando le mencionas a los miembros del PP o a sus simpatizantes esta palpable evidencia, rápidamente adoptan una postura de enervada indignación, mencionan a sus muertos, las violencias y la persecusión de las que han sido objeto en los años más duros de la actividad terrorista, sectaria y homicida de ETA. Precisamente porque todo ello es cierto, es aún más envilecedor el uso torticero, interesado y repugnante con el que nos vienen ilustrando durante años.

Con estas alforjas, es lógico que el PP haya reaccionado, exactamente en la misma fracción de segundo en el que comprendieron que era inevitable cambiar el discurso con respecto al drama de los refugiados, dando rienda suelta al discurso del miedo al terrorismo. La ministra de trabajo, la vicepresidenta del gobierno, el ministro del interior y el de exteriores, todos, al unísono, cantando el mismo palo: pobres refugiados, hay que acogerlos, pero ojo, que entre sus filas pueden colarse milicianos del Daesh (El Estado Islámico).

Todo esto ha sido expresado también por el que manda, que es Rajoy, que no es estúpido ni un pusilánime, aunque muchos lo crean, y, como buen gallego, sabe perfectamente si sube o baja una escalera, aunque los demás no lo percibamos. Rajoy tiene su código, como magistralmente nos cuenta Antón Losada en su librito, Código Mariano, lectura muy recomendable para aquellos que quieran conocer cuáles son las claves en las que se maneja nuestro presidente.

A Rajoy lo que le importa es su 30 por ciento de voto. Su partido, sus militantes y sus simpatizantes, en ese estricto orden y mientras no se salga del guión, con eso le sobra y le basta. En ese ámbito, el miedo funciona, y con la constancia del aplicado opositor, el Presidente se pone a ello, llueva o truene, le toque la casta el Coletas, los nervios el Bárcenas o le salga rana la tesis de la recuperación económica del País de las Maravillas. En esta tramoya Rajoy se las sabe todas; no en vano ha dedicado su vida a ello, con una ambición basada precisamente en aparentar con esmero su ausencia.

Y en éstas, precisamente en presencia del gigante lepenista Xavier García Albiol, el más avanzado y avezado de los populistas de derecha en el PP, hábil en hacer y deshacer en torno a la tesis del chivo expiatorio inmigrante, Rajoy nos anuncia que España va a ser solidaria con los refugiados sirios y que no va a “discutir sobre cifras”, dado que es el deber moral de una “democracia avanzada, moderna y civilizada como la nuestra”. Que es lo mismo que decir que anteayer no éramos ni avanzados ni civilizados ni modernos, apenas demócratas, pues España se estaba destacando por su cicaterismo, precisamente con las cifras, en las discusiones sobre la acogida de refugiados en el seno de la UE.

Pero Rajoy, como Farage, huele las tendencias, y anuncia que el gobierno cede en sus posiciones “porque ese es el sentir mayoritario del pueblo español”. Embalado, el Presidente se ha puesto en plan Churchill, y habla de solventar el problema en origen no sólo en Siria, sino también en Libia, donde “no puede ser que haya un país con dos gobiernos, dos parlamentos y una interlocución imposible, donde ya se está instalando Daesh, una de las mayores amenazas que tiene la humanidad”. ¿Ven? Ya ha puesto el huevo. Días antes, Rajoy había anunciado que había que diferenciar entre los que solicitan asilo político de los migrantes económicos. Y aún dijo más: “Europa es tierra de derechos, pero esos derechos deben ser garantizados de forma ordenada”.

No sé a ustedes, pero yo, que entiendo que efectivamente no es exactamente lo mismo un refugiado político que un inmigrante, cuando escucho hablar de derechos garantizados de forma ordenada a lo que me huele es a jerarquización en la aplicación de derechos, es decir, personas de primera y segunda categoría en la percepción de derechos.

Es una buena noticia que España haya decidido acoger a más de 15.000 refugiados. Es buena noticia que en gran parte ésto sea resultado de la reacción ciudadana. Es lógico que aquellos que sean acogidos tengan un estatus acorde con su situación particular tal y como reflejan la legislación internacional. Pero la zancadilla está ahí. Que no se extienda la solidaridad, que no se extienda la sensación de la incapacidad y falta de reacción de la que ha hecho gala el gobierno. Que no cunda el ejemplo de una ciudadanía (y ayuntamientos de nuevo cuño) que se auto-organiza y se indigna frente a la incompetencia de nuestros máximos dirigentes. Las zancadillas de estos líderes europeos son un atentado premeditado, con la vista puesta en el largo plazo, contra la democratización de nuestras sociedades y frente a los posibles procesos de cambio político que se perciben en el ambiente indignado del momento.

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