Víktor Orbán es el primer ministro húngaro. Ante el drama de los refugiados sirios, está adquiriendo fama internacional, ganándose a pulso un espacio privilegiado en el henchido mausoleo de los desalmados. Muros, policía antidisturbios, alambradas, gases lacrimógenos y palos sobre una población de refugiados que huye de las bombas en su tierra. Si esto no es motivo para al menos una amonestación de los socios europeos, paren el tren, que este vagón apesta a muerto y yo me bajo.

Mientras la UE hace la vista gorda sobre estas menudencias que nada más atañen al respeto de esa fruslería que llamamos “Derechos Humanos”, las instituciones comunitarias siguen con su repugnante mercadeo en torno a las cifras de acogida de refugiados que debe aceptar cada país-miembro, mostrando una vez más la evidencia de la incapacidad congénita de esta Europa para articular políticas coherentes, con visión a largo plazo y un mínimo de acuerdo en torno a los valores democráticos que tanta sangre y represión costó a la sociedad europea elevar a cuestión de Estado.

Afortunadamente aún hay materia viva en la conciencia de un sector importante de la ciudadanía, y sus muestras de solidaridad al menos permiten mantener la esperanza en la dignidad del género humano. Junto a la capacidad infinita para el egoísmo, siempre late el impulso de la solidaridad, que jamás podrá ser extirpado de nuestro ADN, al menos mientras sigamos siendo miembros de la misma especie.

Mientras tanto, el negocio de la muerte sigue su curso, dejando tras de sí una línea férrea de alta velocidad cargada de cadáveres que conecta directamente a las grandes capitales del mundo con el epicentro de la guerra, el auténtico nudo gordiano que explica la afluencia de refugiados.

Moscú, el gran valedor de la Siria de Bachar Al-Asad, el único aliado fiel junto a Irán que mantenía en la zona, herencia del mundo bipolar de la Guerra Fría, ha impedido desde el inicio de la conflagración, usando su poder de veto en la ONU, una acción conjunta contra un régimen dictatorial que respondió con una brutal represión a las iniciales reivindicaciones democráticas de la población siria, animadas por la ya fracasada primavera árabe. Rusia, como todo país que tiene algo que decir en la arena internacional, piensa en sus “intereses” por encima de cualquier otra consideración humanista, y no quiere renunciar a su posicionamiento geoestratégico en Siria. De paso, se está poniendo las botas vendiendo material bélico. Lo último es un sistema de defensa anti-aéreo que ha desatado las críticas de Israel.

Tel Aviv también tiene lo suyo. Por todos es conocido que Israel es uno de los Estados que más respeta el derecho internacional del mundo. Nunca desoyen una petición de la ONU, nunca recurrirían a enviar cuerpos de élite a practicar terrorismo de Estado en otros países, nunca se involucran en los conflictos de sus vecinos: la democracia más perfecta, limpia y pura es la que guía sus pasos desde los tiempos de la fundación del país en 1948. Este Estado maravilloso, cuyos cimientos se asientan en ese cementerio en el que han convertido Palestina y cuya argamasa es un gran esputo lanzado literalmente sobre la memoria de los millones de judíos asesinados por la intolerancia salvaje, industrializada e institucionaliza del régimen nazi, está implicado hasta las cejas en la guerra desatada en Siria, y ha armado hasta los dientes a todos aquellos, sin importar su nivel de fanatismo, que se han opuesto con las armas al deleznable tirano sirio. Israel, impregnado de un insondable odio y un profundo temor de corte mesiánico-militarista hacia todo lo árabe, lleva décadas haciendo y deshaciendo a su antojo en la región, con una más que notable habilidad para desatender cualquier tipo de remordimiento ético. Como es conocido, todo ello con el apoyo de Europa y Estados Unidos, que no saben ya cómo desembarazarse de la gangrena que supone su alianza, otra herencia de los años de la confrontación Este-Oeste, con Israel y Arabia Saudí.

Por lo que sabemos, Washington también está haciendo caja con la necrosis en Oriente, especialmente mediante la venta de armas a los sauditas, responsables directos a su vez de la capacitación técnica y el suministro de panoplia militar a muchos de los grupos yihadistas que en Iraq y Siria se encargan de propagar la guerra en nombre de una versión retrógrada y enfebrecida del Islam, que no sólo no se corresponde con la práctica pacífica de la gran mayoría de los musulmanes, sino que sirve de acicate en occidente para alimentar el temor y el desconocimiento sobre una religión que, por otra parte, tiene exactamente las mismas virtudes y defectos que cualquiera de las otras religiones del mundo; no en vano, son producto de las grandezas y las miserias de las que somos capaces las mujeres y los hombres de este mundo.

En suma, con una falta de memoria absolutamente sorprendente, la gran potencia mundial, “líder del mundo libre”, sigue alimentando engendros, entre los cuales está en buena medida el Daesh, en aras de una proyección geoestratégica que nos lleva, a todos, directamente, y de cabeza, al abismo.

Estos países y otros, como Turquía, Irán, China, Reino Unido, Francia, Alemania, todos los que pintan algo en el cuadro de esa batalla a cara de perro que supone la competencia internacional en la región, articulan discursos fecundos en buenas intenciones y apretones de manos que apenas logran velar la más prosaica realidad de un combate abierto entre todos, con las uñas afiladas y ponzoñosas, sonrisas llenas de incisivos y una fábrica de amenazas nacientes trabajando a destajo en las gargantas. La cuestión es no ceder ni un ápice en la propia posición, ganada, literalmente, a sangre y fuego. Mientras, miles de Aylan Kurdi que no salen en la foto sufren las consecuencias de tan nefasto posicionamiento, recordándonos una vez más a todos que en política internacional la barbarie se ve recompensada.

Volvamos ahora al ínclito Víktor Orbán. Probablemente en Europa occidental pocas personas sabían de su existencia. El desconocimiento mutuo entre las dos Europas que estuvieron separadas por el telón de acero durante la Guerra Fría es una muestra más de los límites de los que adolece el proyecto comunitario.

Entre el caso de Petra Lazlo, periodista mundialmente conocida gracias a unos vigorosos cuádriceps alimentados con la proteína de la xenofobia, y el ejemplo de Orbán, Hungría está transmitiendo una imagen meridianamente clara de todo aquello que representa la Unión Europea que no queremos. Porque precisamente Víktor Orbán es, por muchos motivos, un subproducto de este tipo de Europa que están construyendo, y que hoy cabalga con brida de hierro Ángela Merkel, con la ayuda de palafreneros como Mariano Rajoy.

La integración de Hungría en la UE se realizó en base a instaurar un sistema democrático que lleva en su seno la simiente del fracaso, dado que lo principal siempre fue, por encima de cualquier otra consideración y circunstancia, la integración a través del mercado.

Tras 20 años de experiencia democrática, en 2010, la crisis asolaba la tierra de los magiares. Eso redundó, como ha acontecido en otras partes del mundo donde el neoliberalismo ha hecho de su capa un sayo, en una profunda crisis institucional, política y de confianza de los húngaros en las instituciones democráticas vigentes.

La irrupción de la crisis financiera global produjo en el país, endeudado hasta el 80% de su PIB, el consabido círculo vicioso de retirada de la confianza de los mercados, depreciación de la moneda nacional, paro, pobreza, descenso de la actividad económica… Las cosas de la mano invisible del mercado, que es lo mismo que decir la mano de los que tienen, desean tener a toda costa o de los que nunca tienen bastante, que se mete en nuestro bolsillos, una vez conquistada nuestra alma a base de repetirnos que las matemáticas no fallan y el mercado tiene sus leyes.

El Partido Socialista húngaro, como todos los partidos socialdemócratas europeos que se vendieron a las exigencias, con los brazos abiertos, las mentas vacías y la cuenta corriente dispuesta, del proyecto político de la derecha liberal, pagó las consecuencias en 2010. Este PSOE a la húngara tenía los días contados en el gobierno por las políticas que implementó, pero también por las polémicas palabras pronunciadas por el líder del partido Ferenc Gyurcsány (líder socialista y magnate empresarial, todo un símbolo) pronunciadas en secreto pero que fueron filtradas a la opinión pública, en las que se reconocía que habían mentido como bellacos al prometer a su población políticas sociales y al asegurarles la solidez de la economía patria, cuando lo que tocaba era plan de ajuste de esos que conocen bien en América Latina y del que ahora en España estamos recibiendo doble ración con extra de recortes.

Esta es una de las frases de la polémica, ahí las dejo para que disfruten y tiemblen al pensar de qué hablan los políticos europeos de toda la vida cuando creen que nadie les escucha: “La providencia divina, la abundancia de dinero en la economía mundial y centenares de trucos, de los que ustedes no tienen por qué enterarse, nos han permitido sobrevivir. No se puede seguir así. (…) Hemos mentido por la mañana, por la tarde y por la noche”. Desde luego Hungría no es España, pero nosotros también tenemos un corolario de representantes en el gobierno que básicamente podrían suscribir estas palabras.

Esta Europa se ha asolado a sí misma, y ha generado el terreno propicio para la extensión de la maleza que se expande como una infección, y que en Hungría se llama Víktor Orbán. En 2010 el partido de Víktor Orbán, Fidesz-Unión Cívica Húngara, arrasó en las elecciones, desbancando a los partidos tradicionales que habían realizado la transición a la democracia desde el comunismo. Un nuevo partido en el poder, claramente populista de derechas, cuyo líder se distinguió en campaña electoral por un discurso anti-establishment pero también antisemita, anti-gitano y xenófobo. A la derecha del partido de Orbán hay una agrupación todavía más reaccionaria, llamada Jobbik (acrónimo de “Movimiento por una Hungría Mejor”), más abiertamente racista, más claramente populista de derechas, más de todo, y que empieza a despuntar en el país. Por lo pronto ya tienen 3 parlamentarios en Europa, infectando con su discurso las instituciones comunitarias.

Ya escucho a algunos comentaristas, tertulianos y periodistas en España hablar de la herencia del comunismo como explicación a este fenómeno en Europa del Este. Se equivocan. Éste no es un fenómeno de Europa del Este, es un fenómeno de Europa en su conjunto, y si bien en los países anteriormente soviéticos están subiendo como la espuma, es más bien por las propias condiciones de especial degradación de las condiciones de vida que han vivido como resultado de la implementación de las políticas de ajuste neoliberales, que han desvertebrado lo que había de social en las políticas de Estado de las dictaduras comunistas y que se alimentan además de la tabula rasa que los regímenes del llamado “socialismo real” provocaron en la llamada sociedad civil, a la que prácticamente desvertebró. Pero atentos porque en toda la Europa occidental nórdica este tipo organizaciones políticas está tomando posiciones, como bien saben en Francia.

Víktor Orbán no es (sólo) producto del tipo de sociedad generada en Europa del Este como resultado del régimen comunista. Europa del Este es Europa, sus procesos se insertan en los mismos que en los de Europa occidental. Las divergencias son muchas, pero no se pueden obviar las similitudes. Somos producto de la misma historia. A pesar de los muros, de los años de separación, de las distancias y los pesares, todos somos Europa. Esta Unión Europea que no queremos es la que ha generado a Víktor Orbán. Es su subproducto. En nuestra mano, en las urnas y en la calle, está impedir que personajes y discursos como éstos se sigan propagando como la peste.

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