1.- El exceso ha campado a sus anchas en estas elecciones catalanas. El Partido Popular ha elevado a la enésima potencia su desprecio hacia el legítimo sentido de pertenencia nacionalista de un más que significativo sector de la sociedad catalana. En el reverso de la moneda, los partidos que defienden la independencia han hecho lo propio frente al sector contrario. La cerrazón del gobierno, y el maniqueísmo de todos, han llevado a una situación límite. Los líderes de las dos opciones enfrentadas han jugado al choque de trenes, han cargado de leña la máquina, han optado por el desenfreno. Se han regocijado metiendo el dedo en la llaga y han abierto heridas que tardarán en cicatrizar.

2.- De fondo, una situación social cada vez más insostenible y una corrupción galopante, que muestra ante el mundo, por mucho que les duela a algunos, que la clase política catalana de toda la vida es eminentemente tipical spanish; capitalismo corsario, reparto bajo cuerda, y la plata, a Suiza, que la patria es la patria, y la pela es otra cosa.

3.- La campaña catalana ha dado gráficas imágenes del nivel de la cosa. Felipe González, orondo de autocomplacencia, rueda sobre su propia sombra mostrándonos a todos que hace tiempo que murió por indigestión de sí mismo. Pedro Sánchez, muy lindo, desaparecido en combate. Mejor no meterse en el barro, que mancha. Iceta cayendo bien a todos con su baile de la oca. El xenófobo Xavier García Albiol dando muestras de sagacidad (“lo del Estatuto fue un error”), a buenas horas, mangas verdes. Mariano Rajoy balbuceando, para variar, hasta en las entrevistas en territorio amigo (una magnífica entrevista, por cierto). Infantil y patética guerra de banderas en los palcos y Artur Mas, que de tanto huir hacia adelante, se cree que vuela y que proviene de Kripton. La CUP, siempre honesta y maximalista, haciendo encaje de bolillos entre su alma social y su corazón nacionalista. Pablo Iglesias recurriendo al látigo, al cuero y al espíritu charnego, sin lucidez y con bastante falta de respeto. Las cancillerías europeas vendiendo unidad de España a cambio de cuotas de refugiados sirios. Mientras tanto, Albert Rivera, todo dientes, look informal y haciendo caja. Su discurso de la victoria, impecable, citando a Lola Flores. Un crack, este oportunista. Solo le ha faltado gritar puño en alto “sí, se puede”, y lo ha hecho, con otras palabras, y con la cartera de Podemos en la mano derecha.

4.- Se clarifica el escenario de los apoyos al independentismo. Casi la mitad de los votos. Mayoría absoluta en escaños. Con estos mimbres, el cesto de la independencia se queda sin asas. Pero hay cesto, está lleno de manzanas y se pueden vender a un alto precio en el mercado de la reforma constitucional. Que es lo que acabarán haciendo, porque otra cosa no se puede. Artur Mas lo sabe, los de ERC lo saben, y también Mariano, que hasta diciembre tratará de sacar petróleo del pozo del anticatalanismo, porque es lo que sabe hacer y porque otra no le queda. Pero ya veremos que hacen después, porque por el mismo camino todo lleva a Albert Rivera.

5.- Formar gobierno a los vencedores va a costar sangre, sudor y lágrimas. Y a uno que yo me sé le van a dar kryptonita de la buena, especialmente si la CUP hace honor a su fama de coherencia. La enorme heterogeneidad de la coalición independentista, conforme vaya desapareciendo la argamasa de la ilusión de la autodeterminación, mostrará su verdadero rostro. Puede haber implosión.

6.- Podemos se queda tocado. Su interesante, ilusionante y sensato discurso en pos de una tercera vía no ha logrado, a pesar del impulso inicial, erosionar suficientemente la polarización extrema del escenario catalán. En cierta medida, han tomado de su propio aceite de ricino. Artur Mas les ha adelantado en populismo. Ha construido su pueblo y su frontera en base a una sólida tradición preexistente, y les ha ganado la mano del discurso. Algo más de materialismo hace más efectiva la tesis de Laclau.

7.- Catalunya demuestra lo que es en estas elecciones. Una sociedad democrática y muy plural, que quiere decidir, que tiene mucho que decir, que empuja, como siempre, en la dirección de los inevitables cambios que han de venir. Habrá cambios en la relación de España con Catalunya, si no quieren en Madrid seguir con su irresponsable juego de suma cero que no lleva más que al precipicio.

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