La política española por fin fluye. El problema es hacia dónde.Tras décadas de estancamiento en las anegadas aguas nacidas de la antaño caudalosa fuente de La Transición, la crisis económica mundial, la política austericida de los gobiernos de la UE, el desmantelamiento paulatino del pacto social de posguerra como consecuencia, el descubrimiento por parte de la ciudadanía española de la Gran Fiesta Padre que una parte significativa de los servidores públicos se estaban pegando a costa del erario público y la irrupción de nuevas opciones políticas que flotan alimentando la ilusión de la posibilidad de volver a soñar con alternativas, han provocado fisuras en los diques que sostenían nuestro sistema político en sus estrechos márgenes. Por esas fracturas comienza a fluir la cosa, especialmente cuando una nueva piedra cae sobre las aguas y anima la circulación de corriente.

Las elecciones catalanas han sido en este sentido un enorme peñasco caído en el centro del cenagal; ha revuelto los fondos, ha provocado que emerja algo de cieno a la superficie, y emite ondas en varias direcciones, algunas de las cuales atacan directamente a las fisuras de la presa posfranquista que sigue sosteniendo el pantano de nuestro sistema político. Por ejemplo sobre nuestra ordenación territorial, un modelo caduco que tendrá que cambiar.

La primera onda envía una clara señal centrífuga a Madrid. El independentismo tiene un enorme apoyo popular, casi la mitad de los votos. No es suficiente para provocar la ruptura que algunos desean, pero ofrece una clara imagen de la enorme potencia del nacionalismo catalán, que se nutre tanto de un hondo e histórico sentimiento anidado en el corazón de un sector relevante de la sociedad catalana como de la experiencia y enseñanzas nacidas tras décadas de control de las instituciones autonómicas, por no hablar del ensimismamiento obtuso y mendaz del nacionalismo españolista, que de tanto perseverar en su irreal ideario unitarista, insultante y excluyente, ha logrado convertirse en una eficiente maquinaria para generar desafección hacia España, que como proyecto en común navega, lamentablemente, sin rumbo hacia el abismo.

La segunda onda afecta a los propios vencedores, pues su órdago no se ha saldado con una victoria aplastante y revela abiertamente las disensiones internas entre los partidarios de la autodeterminación. Reflejo de esto es que no han sabido vender su victoria: desde el minuto uno se han dedicado a poner sobre la mesa las enormes diferencias que les separan. Empezando por quien debe encabezar el nuevo gobierno de la Generalitat. El pegamento de la independencia es más débil de lo que muchos creían.

Aprovechando esta disputa interna del independentismo catalán, el españolismo, con los diarios impresos de mayor tirada nacional a la cabeza, ha convertido el avance importantísimo de Ciudadanos en Catalunya en una victoria indiscutible, aupándolos de paso en una ola que bien pudiera irrumpir con fuerza en las elecciones generales de diciembre.

Más ondas. La “tercera vía” de Podemos para Catalunya no logra el apoyo suficiente. La dicotomización de la arena política catalana entre partidarios de la independencia y sus detractores ha ubicado el discurso del partido morado en tierra de nadie. Algunos errores añadidos (candidato poco conocido, exabruptos varios, indefinición calculada en el tema de la soberanía, decidirse por la confluencia con aquellos que en el resto de España son pitufos gruñones según Pablo Iglesias…) se han sumado para rebajar las enormes expectativas que Podemos tenía en estas elecciones. Una lástima, porque a pesar de los errores, la propuesta de Podemos es probablemente la más honesta, realista y democrática de cuantas están en disputa.

En mi opinión, la onda más preocupante provocada por las elecciones catalanas es esa que ha elevado las expectativas de los oportunistas de Albert Rivera de cara a las elecciones generales.

La actual configuración del sistema político español está en quiebra porque se han erosionado poderosamente los fundamentos sobre los que se sustentaba su legitimidad. Sobre este terreno, la hipótesis Podemos ofrecía una especie de refundación que bien podría traer valiosos cambios a nuestro modelo político, en aras de una mayor democratización. La apuesta de la dirigencia actual de Podemos de crear un bulldozer electoral enfocado a ganar las elecciones, por encima de otros elementos que caracterizaban al partido en sus inicios, era muy arriesgada. Todo parece indicar que en el final del camino de esta apuesta no habrá un asalto a los cielos, aunque si una notable conquista de posiciones en un Parlamento en el que el bipartidismo imperfecto que nos venía caracterizando tendrá que aprender a convivir con nuevos actores que tendrán posibilidad de marcar agendas.

Sin embargo, el procaz ataque frontal que ha recibido Podemos desde todos los flancos posibles, el uso del pueblo griego como chivo expiatorio para demostrar que no se puede, y los errores cometidos por los siempre audaces pero no siempre certeros líderes de Podemos, no sólo han rebajado las excesivamente infladas expectativas electorales de los de Iglesias, sino que ha abierto un butrón por el que se ha colado Ciudadanos, en cierto sentido el lado oscuro de la fuerza de Podemos, su espejo en negativo, que es a la vez novedad y más de lo mismo y reconfigura el escenario del centro-derecha español. Esto último lo ha señalado con acierto y preocupación el mismísimo Jose María Aznar, que no pierde una ocasión para desatar su lengua viperina contra Mariano Rajoy, creando de paso una polémica que aleja el foco de la realidad del fétido pozo de corrupción que fue su etapa de gobierno.

Este “nuevo” Ciudadanos supermusculado, atiborrado de anabolizantes suministrados por un tubo, sin receta y a velocidad de vértigo por los sectores que en España defienden el statu quo hasta donde se pueda y temen como una vara verde que los inevitables cambios que han de producirse escapen a sus capacidades de control, ha nacido para verter tierra a mansalva sobre la hoguera del ánimo indignado y transformador de una parte de la sociedad española. Toca la píldora opiácea del cambio sensato.

Ciudadanos tiene un proyecto político que en nada se diferencia del capitalismo desembridado que nos ha llevado a este galope desbocado hacia ninguna parte. En todo caso viene a vendernos el mismo producto en un envoltorio diferente, más limpio, menos ajado por los años, con apariencia de novedad. Pero el sabor, la textura y los efectos son los mismos. Albert Rivera es un impostor. Ha seducido a una parte importante del electorado haciéndoles creer que representa la solución frente al radicalismo de Podemos y al inmovilismo del resto. Pero forman parte de la misma especie política que nos ha traído hasta aquí. Más jóvenes, guapos e inteligentes, con mayor capacidad para interpretar la cartografía actual de la política española, pero absolutamente peligrosos desde el punto de vista de la cohesión social, las políticas sociales y la recuperación de derechos. Ellos no vienen a combatir la enfermedad de nuestra democracia, vienen a cronificarla.

Las ondas de las elecciones del 27-S han empujado al cubo de la basura todas las prospecciones electorales basadas en encuestas que venían realizándose desde principios de año. Por primera vez Ciudadanos podría estar por encima de Podemos en unas elecciones generales, y en caso de un pacto con el PP, podrían sumar juntos la friolera de 11 millones de votos. Por ello, Ciudadanos es un enorme problema para aquellos que anhelamos una transformación sustancial del esquema político y económico de nuestro país en el sentido de una mayor apertura democrática, de recuperación y profundización en derechos sociales. Los intrépidos, inteligentes, oportunistas y embaucadores del partido de Rivera están manoseando las ansias de cambio para transformarlas en otra cosa. Si se llevan el gato al agua, perderemos una oportunidad que intuyo tardará mucho tiempo en volver a repetirse.

Hay que desenmascarar y combatir a Ciudadanos, no sólo porque las políticas públicas que defienden no harán sino recetarnos las mismas medidas suicidas implementadas por Mariano Rajoy, sino porque suponen la pérdida de una ocasión irrepetible para poder insuflar algo de renovación a nuestra democracia.

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