19 meses. Desde la irrupción de Podemos en mayo del 2014 a las elecciones generales de diciembre habrán transcurrido 19 meses. Un intenso período en el que han cuajado toda una serie de tendencias que venían desatándose desde mucho tiempo atrás.

Un tiempo, por lo tanto, de concentrada densidad históricopolítica en el que se solidifican algunos procesos (crisis de la cultura política de la Transición, gestación de nuevas opciones políticas, hartazgo en la población de los altísimos niveles de corrupción, pérdida de centralidad del sistema bipartidista, etc), se diluyen o pierden fuerza otros (posibilidad de articular un modelo de partido más horizontal, de gestar una opción política desde abajo, de unificar diversas opciones en modelos amplios de confluencia, gestación de un polo anti-austeridad en Europa germinado en Grecia) y se desarrollan los principios elementales de nuevos elementos que habrán de desarrollarse (proceso de reformas constitucionales, impulso de procesos municipalistas, consolidación de partidos de nuevo cuño que poco a poco irán adquiriendo posiciones institucionales de poder, debate sobre la Constitución y el modelo territorial, sobre las políticas de austeridad, el modelo de Unión Europea que queremos, etc) y cuyo destino nunca estará predeterminado, aunque si condicionado por el dictado de las sólidas estructuras que prevalecen y, como siempre en las cosas humanas, por los hilos que teja y desteja sin posibilidad de control el azar y la incertidumbre.

En este ciclo político apasionante, se han vivido en España acontecimientos fundamentales que muestran la evidente necesidad de recomposición y encaje de nuestro sistema político a las nuevas realidades. La crisis económica ha servido de precipitante de un compuesto químico en ebullición que, fabricado en los laboratorios de 1978, se ha mostrado absolutamente inestable a la altura de 2015.

La irrupción de Podemos y, aprovechando oportunistamente su estela, de Ciudadanos, ha convulsionado definitivamente la situación. El fluido se decanta por fuera del vaso en varias direcciones. Las elecciones generales del 20 diciembre serán un principio del nuevo ordenamiento y signarán algunos de los nuevos caminos que habrán de empezar a construirse.

Una de las marcas de identidad de este proceso ha sido el desencadenamiento de una potentísima ilusión por el cambio en un importante y creciente sector de la ciudadanía. Creo que puedo decir sin temor a equivocarme que nunca jamás las generaciones nacidas a partir de los años 70 en España habían vivido con tanta fuerza, y de manera tan masiva, la creencia en la posibilidad de un cambio de gobierno que realmente provocara transformaciones fundamentales en nuestro modelo de convivencia como país.

En España ya se había configurado una zona de ruptura en el espacio electoral a la espera de nuevas opciones que hablaran de lo que de verdad piensa la gente, y en 2014, con las elecciones europeas, se abrió la caja de Pandora que contenía estas fuerzas del cambio. Entonces, la frescura, ambición, audacia y sentido común de los líderes de Podemos sorprendieron e ilusionaron a muchos. Ese empuje provocó una enorme oleada de apoyo al partido de los Círculos, en militancia, colaboración, apoyo económico ciudadano, intención de voto…

Esta ilusión parece estar ahora en horas bajas. Me refiero evidentemente a aquellos que no ven a Ciudadanos como opción electoral, porque es evidente que el partido de Rivera ha sabido maniobrar con habilidad para colocarse bajo el aura generada por Podemos, adelantando por la derecha al que iba a la cabeza del pelotón cuando le ha atenazado el cansancio.

Un desgaste que en mi opinión se ha traslucido abiertamente en la impagable entrevista que Jordi Évole ha realizado a Rivera e Iglesias en su programa Salvados de este pasado domingo. Un cara a cara que pasará a la historia como uno de los más interesantes debates entre representantes políticos, quizás más en la forma que en el contenido, de nuestra historia democrática y que ha puesto sobre el tapete de manera clarividente las debilidades y fortalezas de los dos líderes de los partidos emergentes en la arena política española.

El retroceso de esta ilusión tiene muchas causas. Por un lado, los tiempos no han beneficiado a la hipótesis Podemos; ha dado lugar a que se desaten disensiones internas, contradicciones en el discurso, errores en la estrategia y en la comunicación, y, muy especialmente, a que se recompongan las fuerzas del statu quo en España, que tras una primera sensación de alarma, han sabido maniobrar con potencia para articular toda una serie de estrategias que han debilitado la nueva alternativa política.

Precisamente porque saben que esa ilusión era el enemigo a batir, además de la campaña de difamación que han sabido desarrollar desde todas las palestras posibles, han coordinado esfuerzos para combatir la ilusión del sí, se puede aplastando sin miramientos el foco irradiador de Grecia, el tábano en la oreja de las políticas de la Troika.

Pero el otro lugar desde el que la ilusión se ha erosionado es interno. Está ubicado en el espacio de las expectativas. Las expectativas son ese ámbito difuso desde donde se engrasa y toma fuerza la máquina. Son el combustible irremplazable que mueve todo el engranaje. Este combustible necesita la combinación, siempre contradictoria, de medidas dosis de realismo e idealismo: un exceso de una de las dos partes puede dar al traste con toda la mezcla. En mi opinión, las expectativas estuvieron siempre infladas de un exceso de idealismo.

Quizás en algún momento se pudo soñar con que Podemos alcanzará el nivel de voto suficiente para lograr unos 80 escaños, algo que sería un hito sin parangón. Pero alcanzar la presidencia siempre fue algo bastante más difícil. Ahora sabemos que las expectativas deberían cifrarse en no algo más de 40-50 escaños. No es poca cosa. Y habría que considerarlo como algo excepcional digno de ser ensalzado.

Sinceramente, aunque no sea la panacea que deseamos, hay motivos para considerar lo que está ocurriendo como una pequeña victoria y un avance significativo. El Parlamento español, tras el 20-D ya no será el espacio de hegemonía absoluta del bipartidismo. De hecho, puede proclamarse sin temor a equivocarse que el modelo de bipartidismo imperfecto que teníamos está en estado comatoso.

El bipartidismo español es un enorme y poderoso Polifemo, el Cíclope de un solo ojo que protege con celo su redil y su rebaño. Pero está desvencijado por los años y se ha quedado ciego del tremendo golpe de honda que la sociedad española le ha propinado, especialmente desde el 15M, y fundamentalmente por las propias acciones articuladas por el coloso, empeñado en minar las bases del consenso social en el que se sustenta su legitimidad.

Es cierto que Albert Rivera puede ser el Lazarillo que guíe los pasos de este gigante ciego para mantener las cosas en orden, pero la propia existencia de Ciudadanos es una prueba de lo incurable de su enfermedad. Rivera, si consigue lo que pretende, llevará de la mano al Cíclope, mientras pisotea con fuerza la ilusión de los que deseamos un cambio más profundo, hasta su cama, para que descanse plácidamente mientras le aplica una lenta eutanasia. El bipartidismo es un walking dead.

Más buenas noticias. El enroque inmovilista toca a su fin. Nuestro sistema constitucional precisa cambios, y se harán. Un proceso constituyente sería lo ideal, pero de nuevo, hay que ser realistas y contar con la correlación de fuerzas. Una de las tareas más arduas será el problema del ordenamiento territorial. Ahí veremos a cada uno barrer pro domo sua, la batalla será sin cuartel, y en el centro del huracán va a estar sin lugar a dudas el régimen fiscal, con Euskadi y Navarra a la cabeza, Catalunya dando guerra, para acabar negociando, y todos los tópicos florecidos tras años de resentimiento entre las distintas comunidades irresponsablemente teledirigido por los líderes políticos de los grandes partidos; pero inevitablemente habrá un reencaje. Esto es una clara oportunidad, no escrita en su destino, pero ilusionante.

Que haya más presencia de diputados progresistas en un Parlamento sin mayorías absolutas en medio de este proceso no puede ser sino un elemento a celebrar. No quiero decir que inevitablemente todo vaya a mejor, la experiencia demuestra que, si algo está mal siempre puede ir a peor, pero al menos contamos con algunos nuevos mimbres que pueden introducir elementos de lucidez, honestidad y responsabilidad en la disputa.

Aún tenemos el problema de la tenaz mendacidad del Partido Popular, el Partido que en 2011 acumuló más poder que cualquier otro en la historia de la democracia. Este poder omnímodo también toca a su fin. No volveremos a ver una mayoría absoluta de estas características en mucho tiempo. El Partido Popular mantiene casi sin tacha unos 7 millones de votantes, pero con eso no tiene para hegemonizar de nuevo el arco parlamentario. Sus disputas internas son una muestra de que el barco se hunde, y ya se sabe que las ratas son las primeras que abandonan el barco.

No veo a Mariano Rajoy repitiendo como presidente en ninguna de las cábalas. Eso es también una buena noticia, aunque sólo sea por demostrar que no se puede gobernar como lo ha hecho, con un absoluto desprecio a la ciudadanía, sin rendir cuentas, ocultándose tras el plasma, mintiendo constantemente, manipulando la justicia, utilizando su rodillo parlamentario como método para legislar sin consenso, protegiendo a los corruptos hasta que la sangre llega al río, y el largo etcétera que todos sabemos, sin que tenga un precio al menos en la persona que representa ese insensato modo de actuar que ha precipitado a nuestro país a una situación límite.

La izquierda, o los de abajo, como lo quieran llamar, van a tocar más poder. Esto es también un motivo para mantener la ilusión. Además el cataclismo que ha provocado Podemos en el seno de la bien acomodada izquierda española puede provocar cambios inéditos, nuevas reconfiguraciones; ya tenemos a líderes como Alberto Garzón, solvente, inteligente y lamentablemente llegado demasiado tarde, que son un ejemplo para las nuevas generaciones; quizás esto anime a una cultura política menos sectaria y más abierta en el seno de la izquierda. Recalco, “quizás”. Pero la posibilidad está ahí. Podemos llama la atención también sobre una infértil tendencia en parte de la izquierda española más radical, aquella que asegura que no se puede llegar al poder o que desde él no puede hacerse nada valioso. A la inversa, nos mantiene en alerta sobre la excesiva confianza en el institucionalismo como única vía para lograr transformaciones de calado. Las conquistas sociales se dirimen en esa tensión entre movimiento-instituciones en la cual los dos polos son irrenunciables.

Han cambiado muchas cosas en este intenso tempo que acaba en diciembre. Se inicia un nuevo ciclo. La ilusión no debe desfallecer. Tenemos a gente muy digna y honesta en ayuntamientos que hasta ahora eran un pozo de nepotismo y corrupción. El propio sistema corrupto que henchía nuestro modelo político y de desarrollo tiene ahora un enemigo feroz: la desafección ciudadana. Las políticas de austeridad, hasta hace poco consideradas el único camino posible, están recibiendo un ataque frontal que comienza incluso a anidar en el ámbito vital de las mentalidades colectivas, el espacio donde se gesta la posibilidad de un nuevo sentido común.

Los pies en la tierra y la mirada en el Olimpo. Estamos inmersos en la vorágine de un período de cambios inevitables que nos hacen perder perspectiva. Podemos no es la solución a todos los problemas, pero es parte de la solución de algunos de los más graves y ya ha provocado ciertos y profundos seísmos que debemos agradecer, independientemente de que consigan o no su ansiado asalto al poder.

Han sabido leer con acierto aquello que late en la parte de la sociedad española más hastiada con la situación, y nos han hecho ver que es posible el cambio. Pero las luchas son también a largo plazo, y eternas. Que no desfallezca la ilusión, porque lo que está aconteciendo es una muestra más de la inconmensurable fortaleza del adversario, pero también de su punto flaco: en democracia necesitan del consenso de la gente para mantenerse en la cima de su poder. Nos necesitan. Necesitan convencernos. No lo olvidemos. Porque en el camino siempre podremos imponer algunas de nuestras reivindicaciones, lograr conquistas.

Esa es la historia de la democracia, la historia de las luchas sociales, de la incontenible capacidad del ser humano para luchar por mayores cuotas de justicia e igualdad social; la democracia no son solo determinados procedimientos, es un proceso sin solución de continuidad, sujeto a avances y retrocesos.

Mantener viva la ilusión en una mejora del mundo en el que nos ha tocado vivir, guiarnos por un análisis racional y honesto de la situación, y no desfallecer en la práctica de la lucha social es la responsabilidad de aquellos que soñamos con un mundo más justo. Hay razones para mantener la ilusión.

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