A pocas semanas de las elecciones generales, la arena política española se asemeja a un avispero a punto de reventar, agitado por la potencia de las fuerzas centrífugas que se desatan en su seno. Las avispas alfa llevan meses puliendo las alas, afilando el aguijón, perfeccionando los efectos nocivos de su ponzoña, y, muy especialmente, perfeccionando la sutileza de sus imposturas.

Están sometiendo a la población a un constante bombardeo de maniqueísmo de un calibre tal, que uno no sabe ya si hay marcha atrás. Algunos, en su teatralidad, se han acabado creyendo tan profundamente su papel que la máscara se le fundió con la piel y no saben ya desembarazarse de la costra de deshonestidad ética e intelectual que les imprime la escena.

Están destacando en esto por mérito propio los irresponsables componentes de ese monstruo de desorientación masiva que constituye Junts pel Sí, y por asociación utilitarista, la CUP. La huida hacia adelante del sector independentista del soberanismo catalán está tan alucinada por sobredosis de irrealismo, que han decidido tirar para el abismo con alegría, marchando al ritmo del himno de la patria y envueltos en una estelada perfumada para que no se huela el muerto. Que no es sólo Pujol, Mas y el capitalismo de amiguetes tipical spanish de la élite política y económica catalana, sino el propio enfebrecido proyecto de una República catalana impuesta por cullons.

A nadie se le escapa que CDC ha optado por esta vía porque suda por los poros como un cochino frente al matadero ante dos problemas de calado y difícil solución: uno, la resistencia de la CUP a aceptar a Artur Mas como presidente de la Generalitat, hecho que muestra entre otras cosas que el cemento de la autodeterminación no es consistente; y dos, frente al acoso judicial, que destapa el sumidero de podredumbre corrupta que unifica en una única y exclusiva casta hedionda a los más excelsos representantes de la política española y catalana, con PP, CIU y PSOE como estrellas estelares de una cosa llamada capitalismo corsario, que no sólo es tipical spanish, sino lo propio de un sistema económico que, sin ningún tipo de brida, nos lleva a todos a la pesadilla lupina de Hobbes. Ni eficiencia racionalista del sector privado ni perro muerto; ahí tenemos a la Volkswagen para demostrarnos una vez más que el cuento del paraíso del mercado autorregulado no vale ni para los teutones, a los que se les presupone un espíritu de trabajo, sacrificio y honestidad (la ética protestante dirán algunos) sin parangón.

El regalo que le han hecho los independentistas a Rajoy, perito en el discurso del miedo, es tan evidente que uno no puede más que tener la sospecha de que la tesis del cuanto peor mejor anima sus pasos. A lo mejor lo que desean es un españolismo cada vez más recalcitrante en Madrid y la aplicación de mil artículos 155 para poder así rubricar ante sus fieles la congénita perfidia del enemigo. Al final del camino pagarán esta decisión, porque la desconexión de Catalunya de España, con la mitad de la población en contra, no se la va a comprar ni William Wallace. Mientras tanto, todos los demás pagaremos las consecuencias de esta actitud incomprensible que lleva a una vía muerta, precisamente en un momento en el que los cerrojos impuestos al cambio en la Transición se quiebran y tenemos la oportunidad de volver a reescribir al menos algunos párrafos importantes de nuestra Historia.

Mientras unos vuelan al infinito y más allá, otros siguen a lo suyo. Albert Rivera, el yerno de España, camina impasible camino a la gloria, sin despeinarse, y prácticamente sin hacer nada: no tiene más que dejar que los errores de los otros hagan el resto, copiar el modelo confrontativo de su reverso, que es Podemos, y dejarse llevar por la ola de apoyos que recaba entre el sector de los de siempre que es lo suficiente avezado para saber que algo tiene que cambiar para que la situación no les estalle en el rostro. Ciudadanos será nuestra nueva rémora, por su obra y gracia se pondrán frenos a posibles soluciones que estaban gestándose. Quizás dentro de 30 años la cuestión rondará en torno a romper los cerrojos que los embaucadores de Ciudadanos ayudarán a colocar tras el 20-D.

El PP de Mariano, el que Balbucea, se acaba de encontrar como decíamos con un regalo inesperado y lo va a aprovechar como sólo los peperos saben hacer, desatando todo su arsenal discursivo en torno a la unidad de España, el miedo al caos, la responsabilidad gestora de la derecha y todas las zarandajas que llevan repitiendo como un mantra durante años, por encima de la realidad, las evidencias y del hecho insoslayable de que la ruptura de España, el caos y la crisis económica nunca camparon de manera más rampante que desde que ellos son el auriga. Todos los males contra los que clama el PP son en realidad la herencia de su proyecto para España, que encamina al país a un túnel sin salida del que solo saldremos derribando los muros del apoyo electoral en el que se sostienen.

El avispero España está que trina, y el 20 de diciembre nos jugamos mucho. De esta votación decisiva saldrán los senderos por los que caminaremos durante las siguientes décadas.

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