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Zona de Ruptura

mes

diciembre 2015

Ni histórico ni esencial

María Dolores de Cospedal, Doña Finiquito, un personaje que en sí mismo representa el mísero nivel de la clase política española que nos ha gobernado hasta ahora, ha calificado el discurso navideño de Felipe VI de histórico y esencial. Entiendo se refiere a que la alocución del monarca es digna de encomio por tener una enorme trascendencia de acuerdo a los tiempos en los que estamos y que lo dicho es además imprescindible o necesario.

No puedo estar más en desacuerdo con tal aseveración, porque, a mi entender, el contenido de las palabras del rey rezumaban caspa y naftalina. La misma escenificación es en sí misma un gran desacierto para aquellos que pretenden dar una imagen de modernidad y adaptación de la monarquía a los nuevos escenarios políticos que se abren. Un gran error de los estrategas de palacio, pues imagino que serán conscientes de que la única manera de sostener con vida una institución que constituye, en sí misma, un insulto a la democracia, es que cumpla alguna función que sea reconocida por una mayoría significativa de los españoles. Dado que esta creencia (la idea de que la monarquía cumple un papel fundamental) está aún muy extendida, al menos debieran tratar de no perder este capital político gestado en la Transición, recordémoslo una vez más, bajo la batuta del miedo y los fusiles.

En su discurso, a pesar de los llamamientos de Felipe VI a la unidad y el consenso, se hizo exactamente lo contrario, pues el soberano se posicionó de manera clara y sin ambigüedades en el polo del inmovilismo en lo referente al problema territorial. Además, apenas hubo mención de la situación de penuria económica y social en la que se encuentran una gran parte de españoles, apenas una palabra de reconocimiento a las necesidades reales de la gente, y sí mucho “España y españoles” dos palabras vacías que habría que cargar de contenido, social a ser posible.

Desde luego, a aquellos que deseamos que el país tenga un proyecto común en el que las diferentes partes se encuentren medianamente satisfechas, el discurso del Jefe del Estado no sólo no nos dice nada nuevo, sino que está en las antípodas de lo necesario para comenzar a caminar por la difícil y tortuosa senda del diálogo.

La rápida maniobra de la abdicación tras las elecciones europeas fue de una sutileza política impresionante, ahí sí estuvieron finos. El discurso de navidad del Rey ha sido un gran error; ni hay sentido de Estado ni táctica para profundizar en la legitimidad de la monarquía. Por mi parte, aplaudo que sigan así de ineptos. Quizás poco a poco nos podamos acercar a la posibilidad de poder decidir, de una vez por todas, de manera abierta y democrática, quien nos representa como Jefe de Estado.

Mientras el Rey masticaba las palabras en el mismo tono bobalicón, insufrible y soporífero de su antecesor en el cargo, el debate en la calle es bien otro. Unos se lamentan porque el cambio no ha sido suficientemente profundo, y otros suspiran aliviados precisamente por eso. Sin embargo, la realidad es tozuda: se ha abierto paso un nuevo panorama, el del fin del bipartidismo y las mayorías absolutas y la cristalización del inicio de una nueva cultura política que exige responsabilidades a sus gobernantes y que enterrará el modo de gobernar del posfranquismo. Con seguridad, en el ojo del huracán se pondrán en primer lugar cuestiones relativas al cambio de la ley electoral y reformas contra la corrupción. La madre del cordero estará en el melón constitucional y la reforma del Estado de las Autonomías.

Por otra parte, Pablo Iglesias acaba además de demostrar con su última propuesta la enorme calidad e inteligencia política de los dirigentes de Podemos al arrojar con sutileza sobre la arena política, en un momento clave en el que todos discuten de incertidumbre política, pactos y presidentes del gobierno, la cuestión de la necesidad de una Ley de Emergencia Social. Ese es el camino, esa es la forma de atender a las necesidades reales, y esa es la vereda para mantener la iniciativa. Mientras tanto, PP y PSOE están atentos a lo que les importa de verdad: cómo recuperar la hegemonía absoluta perdida. El espectáculo deplorable del PSOE es impresionante. Desde luego Susana Díaz acierta al pedir que PSOE no pacte con Podemos ni con el PP: las dos opciones son perjudiciales para sus intereses partidarios, otra cosa es lo que le interese al país, pero ellos no están en eso. Se equivocan sin embargo los que plantean que sea ella, Susana Díaz, la nueva candidata del PSOE. Susana Díaz, de Despeñaperros para arriba, no se comerá una rosca (salvando Badajoz). Es tan evidente, con sólo mirar los resultados, los números y los datos, que impresiona que un partido con el poder, la influencia y la experiencia del PSOE no se haya percatado. Al PSOE aún lo salva su enorme poder, la base de su electorado rural y mayor, además de la existencia de un potente desprecio al PP, que supera al que muchos sienten por el PSOE: lo que se llama el voto útil.

Da la sensación de que por el mismo enorme agujero por el que escapan a mansalva buscando oxígeno los votos socialistas, ya sea para aterrizar en Ciudadanos o en Podemos, se filtra y pierde también la materia gris del PSOE, cada vez más alejado de lo que se cuece en la realidad, y, por lo tanto, cada vez más prescindibles.

Como prescindible fue el discurso del Rey, que no tuvo nada de histórico ni de esencial, y sí mucho del miedo del status quo a perder las riendas del inevitable cambio que ya está articulándose en sistema político.

 

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La mañana después del 20-D

1.- Tras el 20 D comienza una nueva etapa. La irrupción de los nuevos partidos emergentes en el Parlamento español significará la decisiva carta de defunción del bipartidismo, el hachazo definitivo en el cerebro a ese walking dead que lleva vegetando en nuestro sistema político desde al menos el año 2010, cuando las decisiones económicas tomadas por Zapatero, su sometimiento descarnado a los poderes económicos financieros, mostraron abiertamente a la parte de la ciudadanía española más consciente de qué significa lo público que nuestras élites nos consideran imbéciles, desechables y sin derecho a decidir y opinar; es decir, un sujeto sin soberanía. Las siguientes políticas de austeridad del Partido Popular han ejercido un papel doblemente erosionador: de un lado, han desgastado sistemáticamente el ya de por sí debilitado sistema de bienestar del que disfrutábamos en España, y, por otro, y directamente relacionado con lo anterior, han mermado la propia legitimidad del sistema, que precisamente se fundamentaba en el pacto de la Transición, una edición tardía, por las circunstancias especiales por las que atravesó nuestro país (40 años de dictadura), de aquello que llamamos pacto de posguerra en Europa, y que consistió en una promesa de paz social y bienestar asentado en el trinomio desarrollo-democracia-Unión Europea.

2.- El fin del bipartidismo no significa el fin del PSOE y el PP. Significa el fin del modo de gobernar gestado durante el proceso de la Transición. Este proceso fue comandado por las élites reformistas del franquismo, auténticos directores de orquesta de todo el modelo, y las élites de la oposición democrática (fundamentalmente el PSOE de González y PCE de Carrillo), que se constituyeron como actor indispensable para la legitimación y el triunfo definitivo de este proyecto ideado por las élites menos recalcitrantes del régimen dictatorial. La Transición inauguró la etapa de bienestar social y extensión de derechos y libertades más importante en la historia de España. Junto a estas indudables virtudes, se inoculó en la savia de la cultura política española el virus degradador y degradante, desde un punto de vista democrático, de aquello que se llama posfranquismo. Dado que el proceso de Transición a la democracia se realizó a través de una reforma del propio régimen franquista y no de una ruptura, fueron trasladadas en bloque a las siguientes generaciones toda una serie de supuestos que han constituido hasta nuestros días el paradigma ontológico de la cultura política española. Este paradigma consistía en una concepción de la política basada en la jerarquía, el clientelismo y la corrupción, en el que dos partidos políticos, fundamentalmente, se reparten el pastel del poder, que es a su vez entendido como carta blanca para hacer y deshacer al propio antojo, en función de los propios intereses y el de los clientes. El que manda tiene licencia para machacar al adversario, concebido como enemigo, imponer su criterio sin ningún tipo de diálogo y menospreciar a la ciudadanía, que es considerada imbécil y ajena a lo público.

3.- Esta es la cultura política que los españoles heredamos del régimen de Francisco Franco. El tirano murió en la cama en 1975 pero su espíritu autoritario, antidemocrático, cuartelario y antipluralista ha estado parasitando a nuestra sociedad, galvanizándola. Ésta es una de las tesis del analista electoral Jaime Miquel, reflejadas en su magnífico libro La Perestroika de Felipe VI, opinión que suscribo y comparto. Esta decrépita sombra del posfranquismo comenzará a disolverse tras el 20 D definitivamente, porque con la muerte del bipartidismo muere también el alma que lo sustenta. Tras el 20 D por fin enterraremos al dictador que logró imponer durante 70 años (en vida y tras su muerte) una cultura política del miedo y la mansedumbre en tres generaciones de españoles. Tras el 20 D se cierra el ciclo de tragedia que quedó impresa en nuestra memoria y experiencia histórica como resultado de la Guerra Civil y la cruenta represión que vino después. Tras el 20 D, nace algo distinto al posfranquismo.

4.- Con esto no quiero decir desde luego que estos 30 años de democracia hayan sido lo mismo que la dictadura franquista. Eso sería un insulto a la inteligencia y a la realidad histórica, y una falta de respeto al sufrimiento de aquellos que sostuvieron sobre sus hombros el peso del Leviatán tiránico de Franco. Sobre lo que pretendo llamar la atención es que el tipo de herencias que el franquismo nos legó están en descomposición. En la Transición hubo un evidente componente de farsa, pero también de real transformación, asentamiento de libertades y bienestar. Pero este modelo está caduco, se fundamenta en cimientos económicos de barro y toca a su fin. Tras el 20-D podrá comenzarse a hablar en serio de algunas cuestiones que hace años tendríamos que haber atendido, y que la inercia posfranquista nos impedía discutir atendiendo a sus raíces. Ahí están cuestiones como la corrupción, la ley electoral, la reforma constitucional, el orden territorial del Estado y su plurinacionalidad, así como el tipo de clase política que tenemos. Sobre esta realidad pesarán otras que orientaran las posibilidades de cambio real. La opa hostil que las élites económicas y políticas han lanzado sobre lo público a nivel europeo es una de esas realidades. La dificultad para articular políticas sociales y económicas estatales autónomas está a su vez mermada por la enorme cesión de soberanía a una UE dominada por fuerzas conservadoras. El éxito de Ciudadanos, a nivel local, es otra de esas realidades limitantes, pues este partido ejercerá un papel de contención de los cambios, reflejo a la vez de la persistencia de un determinado tipo de conservadurismo en parte de la población española que inevitablemente hay que tener en cuenta.

5.- En el seno de lo más valioso de la experiencia política que está desenvolviéndose en España, esto es, esa población indignada que bebe de la herencia de los movimientos de resistencia popular anteriores, pero que tiene en el 15M un momento de ruptura, fundador de un nuevo tipo de cultura política, se están desatando dos fuerzas centrífugas que marcarán, con mucho, el discurrir de los acontecimientos. A falta de una definición mejor, me refiero a aquellos sectores movimentistas que, parafraseando a John Holloway, están en la idea de cambiar el mundo sin tomar el poder, y aquellos que, provenientes en gran parte de ese universo de experiencias, percepciones y conceptos, pero también generaciones que nada tienen que ver con esta historia de resistencias, han decidido apostar por el asalto a las instituciones como una estrategia para impulsar los cambios. En adición, está el problema de la confrontación de la izquierda de corte más “tradicional”, representada fundamentalmente por IU y el tipo de izquierda representada por Podemos. Y otro combate interno más, el que puede desatarse entre las distintas tendencias presentes en el partido de Iglesias. En la tensión entre todos estos polos, y en el cómo se solvente, nos jugamos una parte significativa de la partida. En mi opinión lo ideal sería poder encontrar un equilibrio, que no podrá ser más que inestable, entre las tendencias que aluden a la necesidad de reforzar la lucha desde abajo y la necesidad de estar en las instituciones para lograr cambios efectivos, directos e inmediatos, sobre las políticas públicas, además de no menospreciar los aportes de la gente de IU, especialmente si se impone en su seno la apuesta de gente tan interesante como Alberto Garzón. Ardua tarea sin duda.

6.- El sábado los españoles votaremos insertos en este contexto, que combina componentes locales, regionales y globales. Las encuestas vienen insistiendo persistentemente en dos pronósticos fundamentales: en primer lugar, ganará el PP, pero sin mayoría suficiente (sin ni siquiera la mayoría estable que proporcionarían 155 escaños; su horquilla parece estar en los 120-130). Se disputarán la segunda, tercera y cuarta posición PSOE, Ciudadanos y Podemos, en este orden, pero con posibilidad de sorpresas. En segundo lugar, será difícil conformar una mayoría estable de gobierno, augurándose en el horizonte una posible legislatura corta. Sobre este escenario de incertidumbre, como jamás hemos vivido en la España post-78, se desatará el combate por el cambio. Hay razones para mantener la ilusión.

La España que se muere

     Pedro Sánchez iba a degüello. No tenía otra alternativa y ha aprovechado la oportunidad. Las encuestas han azuzado la agresividad del candidato del PSOE, que tenía además la impagable oportunidad de ser el único de los contendientes en la campaña electoral que podrá decirle a Rajoy en un cara a cara aquello que piensan la mayoría de españoles. Sánchez ve perfectamente por el rabillo de un ojo la Espada de Damocles que pende de un hilo sobre su cabeza. Con el otro ojo ve al tiburón Susana Díaz, que no tendrá remilgos a la hora de cortar ese hilo y usarlo para afilarse los dientes tras la posible debacle del PSOE pos-20 D.

       Sánchez arrancó su minuto inicial mostrando desafiante los nudillos, denunciando la renuencia del presidente a celebrar debates con otros candidatos. Manuel Campo Vidal, el moderador, en sí mismo imagen paradigmática de la esclerótica España que se muere, corrió presto a interrumpirlo, pero la piedra estaba lanzada. Pedro Sánchez dejó ayer al muerto en vida en el que se está convirtiendo colgado del armario y se atavió con sus mejores galas: coleta, perilla y el compungido rostro del indignado. Tiene jeta para eso, y más. Lo que no tiene es credibilidad. El Gary Cooper del PSOE ha sacado a relucir personalidad al final de la campaña. Ha sido un acierto, veremos si la estratagema a la desesperada surte efecto. En todo caso el hombre tiene sus límites, y a pesar de los ataques certeros, todo sonaba a argumentario, a impostura, a desgana en la defensa en la protección de los desfavorecidos. Sánchez está ubicado en el paradigma del ayer.

       Lo de Rajoy es sorprendente. Iba al debate con la esperanza de encontrarse a un Sánchez cordial, como si fuera un pelele. No se esperaba un gato panzarriba. Una ilustrativa evidencia del tiempo que hace que el Presidente se fue con Alicia a tomar el té. Allí se quedó y de ahí no quiere volver. La cara de póquer de Mariano iba in crescendo, y los ojos parecían crecerle a la vez que el sonrojo asomaba por esas enormes orejas que hace tiempo dejaron de cumplir su función básica. Balbuceaba en los arranques de las frases al mejor Rajoy Style, marca España de la casa, y pretendía lanzar golpes sacando el ventilador de la inmundicia, sin percibir que estaba escupiendo con el viento en contra. El moderador, ausente, cada vez cabía menos en la chaqueta. Este será con seguridad el último debate que modere el veterano periodista, todo un símbolo. Miraba de lado a lado como si estuviera en un partido de tenis regido por reglas de boxeo. No entendía nada.

         Rajoy tampoco se entera de lo que está pasando. Cada vez que Sánchez le lanzaba una pulla, el posfranquismo que lleva en las entrañas emergía como un resorte, instintivamente, asomando por la comisura de los labios para anunciarnos a todos que aquí el gobierno es él, y el que manda es el que otorga, en su infinita sabiduría, la palabra, la razón y los tiempos del discurso. “Le voy a decir una cosa señor Sánchez, usted es joven y va a perder las elecciones”. Soberbia de la España que hace de su capa un sayo, que nos persigue por impregnación tras 40 años bajo la sombra del espíritu de Franco y que comenzó a disiparse por agotamiento cuando el 15M dió en la clave al señalar con el dedo a los responsables directos de nuestro sufrimiento, gritando abiertamente: que se vayan todos.

        El debate ha consistido en lanzarse improperios, el manido “y tú más”. El punto álgido llegó con la corrupción, cuando Pedro Sánchez se ha enfundado directamente la careta de Pablo Iglesias, que guardaba en el bolsillo como si fuera una bomba atómica, y le ha soltado, para nueva sopresa de Rajoy, que no es un presidente decente. Rajoy responde visiblemente nervioso, gargajeando la palabra “ruin” tan atropelladamente que le salió inicialmente un “ruiz”. Todo un espectáculo de la calidad del pelaje de la clase política que nos gobierna.

      El debate de ayer ejerció una función fundamental: sirvió de escaparate. En ese espacio blanco e impoluto franqueado por las dos figuras señeras del bipartidismo, estaba la España que se muere, la que se aferra con uñas y dientes a los asideros de la permanencia, pero que desaparecerá, inevitablemente, como consecuencia de la única certeza que nos otorga esta vida llena de incertidumbres: nada es eterno.

El Debate y lo maravilloso

      Mariano Rajoy estaba allí. Su ausencia se tornó invisible presencia, una espesa sombra que podía masticarse y saborearse, dejando en el fondo del paladar ese conocido regusto a displicencia con el que nos ha obsequiado el Presidente durante toda la legislatura. Este gesto de indiferencia y desprecio, al que por otra parte nos tienen sobradamente acostumbrados, le pasará cierta factura al Partido Popular durante la campaña. Pero acertaron con el cálculo los estrategas del PP. Es evidente que la comparecencia de Rajoy en el debate a cuatro organizado por Atresmedia les suponía más pérdidas que ganancias. Su ausencia no tiene nada que ver con la cobardía sino con la inteligencia política. Mariano Rajoy no fue al debate porque sabe perfectamente quién es, para lo que sirve y, muy especialmente, qué es lo que está en juego.

      Rajoy no es un cualquiera. Esa cultivada imagen de imbécil balbuceante que proyecta no es más que taimada estrategia. Ha medrado con perseverancia a través de todas las escalas y jerarquías del Partido Popular. Eso no lo ha conseguido sacando pecho y debatiendo. Lo ha conseguido comiéndose marrones (de los gordos, como El Prestige), cobijándose bajo el ala del que tiene más poder, mostrando su lealtad incólume al Partido y haciendo pasar por anodina su enorme ambición. Cuentan las malas lenguas que, cuando el PP perdió las elecciones en marzo de 2004, en el terrible contexto de los atentados terroristas en Madrid y de la torticera y repugnante manipulación informativa que el PP puso en marcha para convencernos de la autoría de ETA en la masacre, Rajoy acudió al despacho de Aznar y le espetó en todo el bigote: “tú y tu maldita guerra”. Rajoy no tiene un pelo de tonto. Sabe lo que se cuece.

       Lo que sabía Rajoy era que en el debate se lo iban a merendar. Iglesias porque puede, tiene las tablas y los argumentos, y Rivera, que tablas no le faltan, porque tiene una insaciable gula desde que descubrió que el banquete de Podemos era de bufé libre. De Pedro Sánchez casi mejor no hablo, porque los muertos no tienen apetito. Sánchez ya no llega ni a walking dead; el día que fue a la Moncloa a pactar sobre el terrorismo yihadista le pegaron un tiro en el cerebro. Ahora deambula por los platós del “Hormiguero” anunciando el “que vienen los rojos”, un cartucho de muy baja estofa que, de quemado, ya ni huele a pólvora. Tras el 20-D, desde Andalucía, su propio partido le lanzará el definitivo carnívoro cuchillo. Rodarán cabezas, la del guapo, la primera. Pero los problemas del PSOE no se arreglan con la fontanera Susana Díaz, que es caudillaje y soberbia felipista (que es lo mismo que decir aznarista o, en suma, posfranquista) de la de siempre, precisamente el tipo de cultura política que pareciera que ya no da más de sí en España. El PSOE es un barco que se hunde a lo PASOK. Pero el PSOE es mucho PSOE, también se las saben todas, y tienen poder, mucho poder, y redes. En el naufragio puede además quedarle aún una tabla de salvación: el profundo hastío que millones de españoles sienten por el PP. El voto útil y de castigo aún pudiera darle algunos réditos.

      En suma, Rajoy no fue al debate no porque no sepa hablar, aunque a veces lo parezca, sino porque no tiene nada que decir. Las cartas están echadas y Mariano sólo va a jugársela en terreno ventajoso, donde tenga algo que ganar o muy poco que perder. Por eso si va a debatir con Pedro Sánchez, que cada vez pinta menos.

     Para Rajoy, España son los suyos: el Partido, sus militantes y sus votantes. Eso es lo que le importa. Su estrategia es conservar. Conservar su 27-30% de intención de voto. Sus miras están en los 7 millones y pico de votos, y los 120 escaños. Está contento con eso, y, con la que está cayendo, sabe que es para darse con un canto en los dientes. El presidente sabe que la España que le apoya es la vieja España, la que teme el cambio, la posfranquista, la educada en confiar en los líderes autoritarios del ordeno y mando, aquella donde el clientelismo y la corrupción son la norma. La suya es la España que se muere, pero que todavía tiene larga esperanza de vida. La que constituye, generacionalmente, la mayoría de la población. De ahí no se va a mover, porque es su terreno firme. Lo demás, para él, son zarandajas. Rajoy acertó al no ir al debate.

        Por lo demás, aparte de mencionar el ninguneo a Alberto Garzón, imperdonable, el debate no tuvo mucha enjundia en contenido. Con ello no quiero decir que no tuviera importancia. 9,5 millones de personas vieron el programa, y eso es para alegrarse, porque nos habla de la España a la que se le despertó el gusanillo por la política.

      Escuchamos los discursos que llevan un año repitiéndose. Cada uno dijo lo suyo, y salvo alguna que otra curiosa pulla, no había mucho que rascar. Fue interesante ver a Rivera nervioso, mirando, significativamente, a derecha e izquierda, decidiendo en cada ocasión en que plato meter la mano. Tres meses más de campaña y su impostura le pasaría mucha más factura.

      Fue revelador también observar la sonrisa torcida de Soraya. El pago por pasar el mal trago será inmenso. Puede ser la próxima candidata del PP. Pablo Iglesias estuvo fino, salvo alguna que otra metedura de pata. Dejar Bruselas le ha venido como anillo al dedo; ahora está en buena forma y podría arañar algunos votos; y me alegro, porque más Podemos en el Parlamento, es más y mejor democracia para España.

    Hace poco tiempo un debate de este calibre sería impensable. Es emocionante observar cómo tantas cosas han pasado en tan poco tiempo en nuestro país. Y todo es gracias, en gran parte, a la persistente insistencia de la población resistente, la que protesta y no se conforma. Desde la resistencia antifranquista a la Transición, desde las manifestaciones en contra de la OTAN hasta la Campaña 0,7 % y sus en cierta forma herederas, La Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa y la Campaña Pobreza Cero; desde las movilizaciones en solidaridad con Palestina a las campañas de solidaridad con Yugoslavia; gracias a los pacifistas, a los ecologistas y al feminismo, gracias a las manifestaciones de repulsa contra el terrorismo, gracias a los voluntarios por el desastre del Prestige, a las maravillosas y masivas manifestaciones contra la invasión de Iraq en 2003, gracias a las Plataformas Anti-Desahucios , al 15M, el auténtico percutor, condensador y generador de rupturas; gracias a las mareas ciudadanas… Gracias, en definitiva, a la acción colectiva y, lamentablemente, a las desastrosas consecuencias sociales de unas políticas de austeridad que han horadado la legitimidad de las élites que nos han gobernado hasta ahora, España, tras el 20-D, será otra cosa. No la panacea, pero si un soplo de aire fresco. Y eso es maravilloso.

Votar el 20 D

1.- El derecho al voto no es un regalo, es una conquista. Es producto de la resistencia y el combate. Como todos los derechos, es un producto de la historia. Un producto derivado de la lucha social que logró arrancar a las élites dirigentes la imposición de controles al poder arbitrario del Estado. Los derechos existen porque sectores importantes de la población se organizaron y enfrentaron durante siglos al poder omnímodo de los que mandaban de toda la vida. La acción colectiva tuvo por lo tanto que ver en la transformación del Estado en un sentido democrático (no fue el único factor pero sí uno relevante) y, en ese sentido, la democracia, tal y como la conocemos hoy en día, es en sí misma una conquista social, posible más a pesar del capitalismo que gracias a una supuesta tendencia inherente en el sistema a caminar por esta vereda, como muchos quieren hacernos pensar. Los derechos son por ello resultado de una contingencia histórica y no hay nada que nos garantice su permanencia en el tiempo. No hay nada inmanente en la humanidad que nos lleve a postular la existencia de un proceso de desarrollo ininterrumpido y creciente de la libertad y el bienestar social como resultado de una especie de “ley” del progreso. Hay que mantener una labor activa y vigilante para impedir retrocesos. Hoy en España estamos en una evidente situación de degeneración del bienestar y de reflujo de los derechos sociales y cívicos. Hoy, el voto puede servir para defender nuestros derechos expulsando del poder, o limitándolo, a quien se ha encargado sistemáticamente de mermarlos.

2.- Voy a decirlo muy claro: dado que el PSOE es parte del problema, que Ciudadanos es el recambio de la derecha que nos ha llevado a esta situación en los últimos cuatro años y que Izquierda Unida, a pesar de su impecable candidato y sus muy honorables bases sociales, no logra renovarse ni tocar la fibra sensible que late en el pulso de la parte de la sociedad española más indignada y hastiada con la situación, la opción de voto que defiendo es la de Podemos.

3.- Las elecciones las ganará el PP, pero perderá muchísimo poder. Puede que Rajoy no gobierne, si necesita el apoyo de Ciudadanos, que pueden presionar para que otro tome el testigo, por eso de guardar las formas. Últimamente suena el nombre de Soraya Sáenz de Santamaría. Esta mujer, desde luego capaz e inteligente, es el paradigma de esas grandes rémoras que la política española produce en cada generación. Todo en ella huele a ambición, burocracia y ansia de poder. Es una de esas personas que podrían estar en el PSOE, pero se apuntó al caballo ganador. Lo mismo le da ocho que ochenta. Lo suyo es regir. Soraya es tecnocracia. Con la perseverancia, el cinismo y la obstinación del que se ha dedicado años a aislarse de su propia vida para poder decidir sobre la de los demás, Soraya lo mismo llora por los desahuciados que se emociona con los refugiados o baila con desparpajo en un infumable programa de variedades. Soraya se almuerza a sus contrincantes en los debates parlamentarios y se merienda al que le hace sombra en su partido. Soraya es poder. Gobierne ella o Rajoy, en todo caso, puede ser una legislatura corta. Es período de incertidumbre; la democracia construida en el 78 se erigió pensando en el bipartito. Tocan nuevas fórmulas.

4.- Ciudadanos va a arrasar. Puede superan los 60 diputados. Esos eran los números de Podemos hasta que el statu quo se puso firme y aplastó a Grecia, el tábano en la oreja, para castigar y advertir a la indignación en España. La presencia de los de Rivera en el parlamento ejercerá un lamentable papel de contención de los cambios, que son inevitables, y que ahora serán más templados. Albert Rivera representa a la nueva derecha sin complejos, sin resabios posfranquistas, que reclama su sitio. Neoliberalismo sin tapujos, eficiencia de libre empresa y el cuento del alfajor de siempre con nuevo envoltorio. Ellos son el nuevo adversario del futuro para los que ansiamos un país más justo, menos desigual, con más protección de los desfavorecidos. Algunas cábalas apuntan a que puede superar al PSOE e incluso gobernar con su apoyo. No lo veo claro, pero de ser así, le veremos las orejas al lobo.

5.- El PSOE huele a chamusquina, con Pedro Sánchez a las puertas del Averno tras el 20-D. Susana Díaz se prepara para el asalto, con su falsa sonrisa sardónica y su prepotencia felipista, otro bicho político de tomo y lomo, que es vieja guardia pero en Andalucía todavía mantiene firmes sus posiciones frente a lo nuevo. El PSOE andaluz jugará un papel profundamente distorsionador en el debate territorial que vendrá. El “café para todosdebiera tocar a su fin, pero Susana pedirá, que ya lo ha hecho, más café y mejor para todos (sic), que es lo mismo que pedir que nada cambie, y que sigamos con el problema en los hombros. Otra vez la peineta pa Andalucía, que diría Carlos Cano. Sevillanas y folklor, y caña al catalán que sólo quiere la pela. Demagogia en estado puro, en nombre de mi amada, siempre sufriente y manipulada Andalucía, que se siente discriminada por ser el Sur, con razón, pero sin percibir que hay otro Sur en España, y está en el Noroeste. Allí el PSOE, porque no puede, no atenaza las entrañas revolviendo estereotipos.

6.- Podemos llegará mermado al Parlamento, pero llegará. Y esto es una buena noticia, se mire por donde se mire. Representan de lo mejor que hay en la política española en este momento. Ahí hay honestidad, indignación en estado puro, de izquierdas aunque su estrategia lo niegue, y sin las mochilas cargadas de las piedras de las esencias. Hay voluntad de poder y de cambio. Mientras no demuestren lo contrario, no sólo es lo más digno que hoy se puede votar, sino que es lo más cercano a una posible renovación y refundación democrática que tenemos al alcance. Un Podemos hacía falta en España, y ya ha llegado. Tras el 20-D veremos si se cumplen las expectativas.

7.- Y vuelvo al principio. El derecho al voto. El derecho al voto es un valor en sí mismo, porque es resultado de una conquista, y porque marca ciertos límites a nuestros dirigentes. Eso no quiere decir que ejercer el derecho al voto sea una obligación absoluta, que haya que votar siempre, en cualquier circunstancia. La abstención es también una opción, especialmente en períodos en los que las opciones en liza apenas nos ofrecen nada. Creo que no me equivoco si afirmo que mi generación, y las que vinieron después, jamás se habían enfrentado al voto con tanta ilusión como ahora. Esto es un mérito a sumar en las alforjas de Podemos. Lamentablemente Ciudadanos ha metido la mano en el saco y se va a llevar su premio. Aun así, este es un momento clave en la historia de España, un período bisagra. Que estará en los libros de Historia. Lo digo por tercera vez, por si no había quedado claro: hay que votar a Podemos el 20-D. A partir del 21, estaremos para vigilar que no conviertan nuestro voto en un cheque en blanco y para que hagan honor a la ilusión que han sabido generar.

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