Mariano Rajoy estaba allí. Su ausencia se tornó invisible presencia, una espesa sombra que podía masticarse y saborearse, dejando en el fondo del paladar ese conocido regusto a displicencia con el que nos ha obsequiado el Presidente durante toda la legislatura. Este gesto de indiferencia y desprecio, al que por otra parte nos tienen sobradamente acostumbrados, le pasará cierta factura al Partido Popular durante la campaña. Pero acertaron con el cálculo los estrategas del PP. Es evidente que la comparecencia de Rajoy en el debate a cuatro organizado por Atresmedia les suponía más pérdidas que ganancias. Su ausencia no tiene nada que ver con la cobardía sino con la inteligencia política. Mariano Rajoy no fue al debate porque sabe perfectamente quién es, para lo que sirve y, muy especialmente, qué es lo que está en juego.

      Rajoy no es un cualquiera. Esa cultivada imagen de imbécil balbuceante que proyecta no es más que taimada estrategia. Ha medrado con perseverancia a través de todas las escalas y jerarquías del Partido Popular. Eso no lo ha conseguido sacando pecho y debatiendo. Lo ha conseguido comiéndose marrones (de los gordos, como El Prestige), cobijándose bajo el ala del que tiene más poder, mostrando su lealtad incólume al Partido y haciendo pasar por anodina su enorme ambición. Cuentan las malas lenguas que, cuando el PP perdió las elecciones en marzo de 2004, en el terrible contexto de los atentados terroristas en Madrid y de la torticera y repugnante manipulación informativa que el PP puso en marcha para convencernos de la autoría de ETA en la masacre, Rajoy acudió al despacho de Aznar y le espetó en todo el bigote: “tú y tu maldita guerra”. Rajoy no tiene un pelo de tonto. Sabe lo que se cuece.

       Lo que sabía Rajoy era que en el debate se lo iban a merendar. Iglesias porque puede, tiene las tablas y los argumentos, y Rivera, que tablas no le faltan, porque tiene una insaciable gula desde que descubrió que el banquete de Podemos era de bufé libre. De Pedro Sánchez casi mejor no hablo, porque los muertos no tienen apetito. Sánchez ya no llega ni a walking dead; el día que fue a la Moncloa a pactar sobre el terrorismo yihadista le pegaron un tiro en el cerebro. Ahora deambula por los platós del “Hormiguero” anunciando el “que vienen los rojos”, un cartucho de muy baja estofa que, de quemado, ya ni huele a pólvora. Tras el 20-D, desde Andalucía, su propio partido le lanzará el definitivo carnívoro cuchillo. Rodarán cabezas, la del guapo, la primera. Pero los problemas del PSOE no se arreglan con la fontanera Susana Díaz, que es caudillaje y soberbia felipista (que es lo mismo que decir aznarista o, en suma, posfranquista) de la de siempre, precisamente el tipo de cultura política que pareciera que ya no da más de sí en España. El PSOE es un barco que se hunde a lo PASOK. Pero el PSOE es mucho PSOE, también se las saben todas, y tienen poder, mucho poder, y redes. En el naufragio puede además quedarle aún una tabla de salvación: el profundo hastío que millones de españoles sienten por el PP. El voto útil y de castigo aún pudiera darle algunos réditos.

      En suma, Rajoy no fue al debate no porque no sepa hablar, aunque a veces lo parezca, sino porque no tiene nada que decir. Las cartas están echadas y Mariano sólo va a jugársela en terreno ventajoso, donde tenga algo que ganar o muy poco que perder. Por eso si va a debatir con Pedro Sánchez, que cada vez pinta menos.

     Para Rajoy, España son los suyos: el Partido, sus militantes y sus votantes. Eso es lo que le importa. Su estrategia es conservar. Conservar su 27-30% de intención de voto. Sus miras están en los 7 millones y pico de votos, y los 120 escaños. Está contento con eso, y, con la que está cayendo, sabe que es para darse con un canto en los dientes. El presidente sabe que la España que le apoya es la vieja España, la que teme el cambio, la posfranquista, la educada en confiar en los líderes autoritarios del ordeno y mando, aquella donde el clientelismo y la corrupción son la norma. La suya es la España que se muere, pero que todavía tiene larga esperanza de vida. La que constituye, generacionalmente, la mayoría de la población. De ahí no se va a mover, porque es su terreno firme. Lo demás, para él, son zarandajas. Rajoy acertó al no ir al debate.

        Por lo demás, aparte de mencionar el ninguneo a Alberto Garzón, imperdonable, el debate no tuvo mucha enjundia en contenido. Con ello no quiero decir que no tuviera importancia. 9,5 millones de personas vieron el programa, y eso es para alegrarse, porque nos habla de la España a la que se le despertó el gusanillo por la política.

      Escuchamos los discursos que llevan un año repitiéndose. Cada uno dijo lo suyo, y salvo alguna que otra curiosa pulla, no había mucho que rascar. Fue interesante ver a Rivera nervioso, mirando, significativamente, a derecha e izquierda, decidiendo en cada ocasión en que plato meter la mano. Tres meses más de campaña y su impostura le pasaría mucha más factura.

      Fue revelador también observar la sonrisa torcida de Soraya. El pago por pasar el mal trago será inmenso. Puede ser la próxima candidata del PP. Pablo Iglesias estuvo fino, salvo alguna que otra metedura de pata. Dejar Bruselas le ha venido como anillo al dedo; ahora está en buena forma y podría arañar algunos votos; y me alegro, porque más Podemos en el Parlamento, es más y mejor democracia para España.

    Hace poco tiempo un debate de este calibre sería impensable. Es emocionante observar cómo tantas cosas han pasado en tan poco tiempo en nuestro país. Y todo es gracias, en gran parte, a la persistente insistencia de la población resistente, la que protesta y no se conforma. Desde la resistencia antifranquista a la Transición, desde las manifestaciones en contra de la OTAN hasta la Campaña 0,7 % y sus en cierta forma herederas, La Red Ciudadana por la Abolición de la Deuda Externa y la Campaña Pobreza Cero; desde las movilizaciones en solidaridad con Palestina a las campañas de solidaridad con Yugoslavia; gracias a los pacifistas, a los ecologistas y al feminismo, gracias a las manifestaciones de repulsa contra el terrorismo, gracias a los voluntarios por el desastre del Prestige, a las maravillosas y masivas manifestaciones contra la invasión de Iraq en 2003, gracias a las Plataformas Anti-Desahucios , al 15M, el auténtico percutor, condensador y generador de rupturas; gracias a las mareas ciudadanas… Gracias, en definitiva, a la acción colectiva y, lamentablemente, a las desastrosas consecuencias sociales de unas políticas de austeridad que han horadado la legitimidad de las élites que nos han gobernado hasta ahora, España, tras el 20-D, será otra cosa. No la panacea, pero si un soplo de aire fresco. Y eso es maravilloso.

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