Pedro Sánchez iba a degüello. No tenía otra alternativa y ha aprovechado la oportunidad. Las encuestas han azuzado la agresividad del candidato del PSOE, que tenía además la impagable oportunidad de ser el único de los contendientes en la campaña electoral que podrá decirle a Rajoy en un cara a cara aquello que piensan la mayoría de españoles. Sánchez ve perfectamente por el rabillo de un ojo la Espada de Damocles que pende de un hilo sobre su cabeza. Con el otro ojo ve al tiburón Susana Díaz, que no tendrá remilgos a la hora de cortar ese hilo y usarlo para afilarse los dientes tras la posible debacle del PSOE pos-20 D.

       Sánchez arrancó su minuto inicial mostrando desafiante los nudillos, denunciando la renuencia del presidente a celebrar debates con otros candidatos. Manuel Campo Vidal, el moderador, en sí mismo imagen paradigmática de la esclerótica España que se muere, corrió presto a interrumpirlo, pero la piedra estaba lanzada. Pedro Sánchez dejó ayer al muerto en vida en el que se está convirtiendo colgado del armario y se atavió con sus mejores galas: coleta, perilla y el compungido rostro del indignado. Tiene jeta para eso, y más. Lo que no tiene es credibilidad. El Gary Cooper del PSOE ha sacado a relucir personalidad al final de la campaña. Ha sido un acierto, veremos si la estratagema a la desesperada surte efecto. En todo caso el hombre tiene sus límites, y a pesar de los ataques certeros, todo sonaba a argumentario, a impostura, a desgana en la defensa en la protección de los desfavorecidos. Sánchez está ubicado en el paradigma del ayer.

       Lo de Rajoy es sorprendente. Iba al debate con la esperanza de encontrarse a un Sánchez cordial, como si fuera un pelele. No se esperaba un gato panzarriba. Una ilustrativa evidencia del tiempo que hace que el Presidente se fue con Alicia a tomar el té. Allí se quedó y de ahí no quiere volver. La cara de póquer de Mariano iba in crescendo, y los ojos parecían crecerle a la vez que el sonrojo asomaba por esas enormes orejas que hace tiempo dejaron de cumplir su función básica. Balbuceaba en los arranques de las frases al mejor Rajoy Style, marca España de la casa, y pretendía lanzar golpes sacando el ventilador de la inmundicia, sin percibir que estaba escupiendo con el viento en contra. El moderador, ausente, cada vez cabía menos en la chaqueta. Este será con seguridad el último debate que modere el veterano periodista, todo un símbolo. Miraba de lado a lado como si estuviera en un partido de tenis regido por reglas de boxeo. No entendía nada.

         Rajoy tampoco se entera de lo que está pasando. Cada vez que Sánchez le lanzaba una pulla, el posfranquismo que lleva en las entrañas emergía como un resorte, instintivamente, asomando por la comisura de los labios para anunciarnos a todos que aquí el gobierno es él, y el que manda es el que otorga, en su infinita sabiduría, la palabra, la razón y los tiempos del discurso. “Le voy a decir una cosa señor Sánchez, usted es joven y va a perder las elecciones”. Soberbia de la España que hace de su capa un sayo, que nos persigue por impregnación tras 40 años bajo la sombra del espíritu de Franco y que comenzó a disiparse por agotamiento cuando el 15M dió en la clave al señalar con el dedo a los responsables directos de nuestro sufrimiento, gritando abiertamente: que se vayan todos.

        El debate ha consistido en lanzarse improperios, el manido “y tú más”. El punto álgido llegó con la corrupción, cuando Pedro Sánchez se ha enfundado directamente la careta de Pablo Iglesias, que guardaba en el bolsillo como si fuera una bomba atómica, y le ha soltado, para nueva sopresa de Rajoy, que no es un presidente decente. Rajoy responde visiblemente nervioso, gargajeando la palabra “ruin” tan atropelladamente que le salió inicialmente un “ruiz”. Todo un espectáculo de la calidad del pelaje de la clase política que nos gobierna.

      El debate de ayer ejerció una función fundamental: sirvió de escaparate. En ese espacio blanco e impoluto franqueado por las dos figuras señeras del bipartidismo, estaba la España que se muere, la que se aferra con uñas y dientes a los asideros de la permanencia, pero que desaparecerá, inevitablemente, como consecuencia de la única certeza que nos otorga esta vida llena de incertidumbres: nada es eterno.

Anuncios