1.- Tras el 20 D comienza una nueva etapa. La irrupción de los nuevos partidos emergentes en el Parlamento español significará la decisiva carta de defunción del bipartidismo, el hachazo definitivo en el cerebro a ese walking dead que lleva vegetando en nuestro sistema político desde al menos el año 2010, cuando las decisiones económicas tomadas por Zapatero, su sometimiento descarnado a los poderes económicos financieros, mostraron abiertamente a la parte de la ciudadanía española más consciente de qué significa lo público que nuestras élites nos consideran imbéciles, desechables y sin derecho a decidir y opinar; es decir, un sujeto sin soberanía. Las siguientes políticas de austeridad del Partido Popular han ejercido un papel doblemente erosionador: de un lado, han desgastado sistemáticamente el ya de por sí debilitado sistema de bienestar del que disfrutábamos en España, y, por otro, y directamente relacionado con lo anterior, han mermado la propia legitimidad del sistema, que precisamente se fundamentaba en el pacto de la Transición, una edición tardía, por las circunstancias especiales por las que atravesó nuestro país (40 años de dictadura), de aquello que llamamos pacto de posguerra en Europa, y que consistió en una promesa de paz social y bienestar asentado en el trinomio desarrollo-democracia-Unión Europea.

2.- El fin del bipartidismo no significa el fin del PSOE y el PP. Significa el fin del modo de gobernar gestado durante el proceso de la Transición. Este proceso fue comandado por las élites reformistas del franquismo, auténticos directores de orquesta de todo el modelo, y las élites de la oposición democrática (fundamentalmente el PSOE de González y PCE de Carrillo), que se constituyeron como actor indispensable para la legitimación y el triunfo definitivo de este proyecto ideado por las élites menos recalcitrantes del régimen dictatorial. La Transición inauguró la etapa de bienestar social y extensión de derechos y libertades más importante en la historia de España. Junto a estas indudables virtudes, se inoculó en la savia de la cultura política española el virus degradador y degradante, desde un punto de vista democrático, de aquello que se llama posfranquismo. Dado que el proceso de Transición a la democracia se realizó a través de una reforma del propio régimen franquista y no de una ruptura, fueron trasladadas en bloque a las siguientes generaciones toda una serie de supuestos que han constituido hasta nuestros días el paradigma ontológico de la cultura política española. Este paradigma consistía en una concepción de la política basada en la jerarquía, el clientelismo y la corrupción, en el que dos partidos políticos, fundamentalmente, se reparten el pastel del poder, que es a su vez entendido como carta blanca para hacer y deshacer al propio antojo, en función de los propios intereses y el de los clientes. El que manda tiene licencia para machacar al adversario, concebido como enemigo, imponer su criterio sin ningún tipo de diálogo y menospreciar a la ciudadanía, que es considerada imbécil y ajena a lo público.

3.- Esta es la cultura política que los españoles heredamos del régimen de Francisco Franco. El tirano murió en la cama en 1975 pero su espíritu autoritario, antidemocrático, cuartelario y antipluralista ha estado parasitando a nuestra sociedad, galvanizándola. Ésta es una de las tesis del analista electoral Jaime Miquel, reflejadas en su magnífico libro La Perestroika de Felipe VI, opinión que suscribo y comparto. Esta decrépita sombra del posfranquismo comenzará a disolverse tras el 20 D definitivamente, porque con la muerte del bipartidismo muere también el alma que lo sustenta. Tras el 20 D por fin enterraremos al dictador que logró imponer durante 70 años (en vida y tras su muerte) una cultura política del miedo y la mansedumbre en tres generaciones de españoles. Tras el 20 D se cierra el ciclo de tragedia que quedó impresa en nuestra memoria y experiencia histórica como resultado de la Guerra Civil y la cruenta represión que vino después. Tras el 20 D, nace algo distinto al posfranquismo.

4.- Con esto no quiero decir desde luego que estos 30 años de democracia hayan sido lo mismo que la dictadura franquista. Eso sería un insulto a la inteligencia y a la realidad histórica, y una falta de respeto al sufrimiento de aquellos que sostuvieron sobre sus hombros el peso del Leviatán tiránico de Franco. Sobre lo que pretendo llamar la atención es que el tipo de herencias que el franquismo nos legó están en descomposición. En la Transición hubo un evidente componente de farsa, pero también de real transformación, asentamiento de libertades y bienestar. Pero este modelo está caduco, se fundamenta en cimientos económicos de barro y toca a su fin. Tras el 20-D podrá comenzarse a hablar en serio de algunas cuestiones que hace años tendríamos que haber atendido, y que la inercia posfranquista nos impedía discutir atendiendo a sus raíces. Ahí están cuestiones como la corrupción, la ley electoral, la reforma constitucional, el orden territorial del Estado y su plurinacionalidad, así como el tipo de clase política que tenemos. Sobre esta realidad pesarán otras que orientaran las posibilidades de cambio real. La opa hostil que las élites económicas y políticas han lanzado sobre lo público a nivel europeo es una de esas realidades. La dificultad para articular políticas sociales y económicas estatales autónomas está a su vez mermada por la enorme cesión de soberanía a una UE dominada por fuerzas conservadoras. El éxito de Ciudadanos, a nivel local, es otra de esas realidades limitantes, pues este partido ejercerá un papel de contención de los cambios, reflejo a la vez de la persistencia de un determinado tipo de conservadurismo en parte de la población española que inevitablemente hay que tener en cuenta.

5.- En el seno de lo más valioso de la experiencia política que está desenvolviéndose en España, esto es, esa población indignada que bebe de la herencia de los movimientos de resistencia popular anteriores, pero que tiene en el 15M un momento de ruptura, fundador de un nuevo tipo de cultura política, se están desatando dos fuerzas centrífugas que marcarán, con mucho, el discurrir de los acontecimientos. A falta de una definición mejor, me refiero a aquellos sectores movimentistas que, parafraseando a John Holloway, están en la idea de cambiar el mundo sin tomar el poder, y aquellos que, provenientes en gran parte de ese universo de experiencias, percepciones y conceptos, pero también generaciones que nada tienen que ver con esta historia de resistencias, han decidido apostar por el asalto a las instituciones como una estrategia para impulsar los cambios. En adición, está el problema de la confrontación de la izquierda de corte más “tradicional”, representada fundamentalmente por IU y el tipo de izquierda representada por Podemos. Y otro combate interno más, el que puede desatarse entre las distintas tendencias presentes en el partido de Iglesias. En la tensión entre todos estos polos, y en el cómo se solvente, nos jugamos una parte significativa de la partida. En mi opinión lo ideal sería poder encontrar un equilibrio, que no podrá ser más que inestable, entre las tendencias que aluden a la necesidad de reforzar la lucha desde abajo y la necesidad de estar en las instituciones para lograr cambios efectivos, directos e inmediatos, sobre las políticas públicas, además de no menospreciar los aportes de la gente de IU, especialmente si se impone en su seno la apuesta de gente tan interesante como Alberto Garzón. Ardua tarea sin duda.

6.- El sábado los españoles votaremos insertos en este contexto, que combina componentes locales, regionales y globales. Las encuestas vienen insistiendo persistentemente en dos pronósticos fundamentales: en primer lugar, ganará el PP, pero sin mayoría suficiente (sin ni siquiera la mayoría estable que proporcionarían 155 escaños; su horquilla parece estar en los 120-130). Se disputarán la segunda, tercera y cuarta posición PSOE, Ciudadanos y Podemos, en este orden, pero con posibilidad de sorpresas. En segundo lugar, será difícil conformar una mayoría estable de gobierno, augurándose en el horizonte una posible legislatura corta. Sobre este escenario de incertidumbre, como jamás hemos vivido en la España post-78, se desatará el combate por el cambio. Hay razones para mantener la ilusión.

Anuncios