María Dolores de Cospedal, Doña Finiquito, un personaje que en sí mismo representa el mísero nivel de la clase política española que nos ha gobernado hasta ahora, ha calificado el discurso navideño de Felipe VI de histórico y esencial. Entiendo se refiere a que la alocución del monarca es digna de encomio por tener una enorme trascendencia de acuerdo a los tiempos en los que estamos y que lo dicho es además imprescindible o necesario.

No puedo estar más en desacuerdo con tal aseveración, porque, a mi entender, el contenido de las palabras del rey rezumaban caspa y naftalina. La misma escenificación es en sí misma un gran desacierto para aquellos que pretenden dar una imagen de modernidad y adaptación de la monarquía a los nuevos escenarios políticos que se abren. Un gran error de los estrategas de palacio, pues imagino que serán conscientes de que la única manera de sostener con vida una institución que constituye, en sí misma, un insulto a la democracia, es que cumpla alguna función que sea reconocida por una mayoría significativa de los españoles. Dado que esta creencia (la idea de que la monarquía cumple un papel fundamental) está aún muy extendida, al menos debieran tratar de no perder este capital político gestado en la Transición, recordémoslo una vez más, bajo la batuta del miedo y los fusiles.

En su discurso, a pesar de los llamamientos de Felipe VI a la unidad y el consenso, se hizo exactamente lo contrario, pues el soberano se posicionó de manera clara y sin ambigüedades en el polo del inmovilismo en lo referente al problema territorial. Además, apenas hubo mención de la situación de penuria económica y social en la que se encuentran una gran parte de españoles, apenas una palabra de reconocimiento a las necesidades reales de la gente, y sí mucho “España y españoles” dos palabras vacías que habría que cargar de contenido, social a ser posible.

Desde luego, a aquellos que deseamos que el país tenga un proyecto común en el que las diferentes partes se encuentren medianamente satisfechas, el discurso del Jefe del Estado no sólo no nos dice nada nuevo, sino que está en las antípodas de lo necesario para comenzar a caminar por la difícil y tortuosa senda del diálogo.

La rápida maniobra de la abdicación tras las elecciones europeas fue de una sutileza política impresionante, ahí sí estuvieron finos. El discurso de navidad del Rey ha sido un gran error; ni hay sentido de Estado ni táctica para profundizar en la legitimidad de la monarquía. Por mi parte, aplaudo que sigan así de ineptos. Quizás poco a poco nos podamos acercar a la posibilidad de poder decidir, de una vez por todas, de manera abierta y democrática, quien nos representa como Jefe de Estado.

Mientras el Rey masticaba las palabras en el mismo tono bobalicón, insufrible y soporífero de su antecesor en el cargo, el debate en la calle es bien otro. Unos se lamentan porque el cambio no ha sido suficientemente profundo, y otros suspiran aliviados precisamente por eso. Sin embargo, la realidad es tozuda: se ha abierto paso un nuevo panorama, el del fin del bipartidismo y las mayorías absolutas y la cristalización del inicio de una nueva cultura política que exige responsabilidades a sus gobernantes y que enterrará el modo de gobernar del posfranquismo. Con seguridad, en el ojo del huracán se pondrán en primer lugar cuestiones relativas al cambio de la ley electoral y reformas contra la corrupción. La madre del cordero estará en el melón constitucional y la reforma del Estado de las Autonomías.

Por otra parte, Pablo Iglesias acaba además de demostrar con su última propuesta la enorme calidad e inteligencia política de los dirigentes de Podemos al arrojar con sutileza sobre la arena política, en un momento clave en el que todos discuten de incertidumbre política, pactos y presidentes del gobierno, la cuestión de la necesidad de una Ley de Emergencia Social. Ese es el camino, esa es la forma de atender a las necesidades reales, y esa es la vereda para mantener la iniciativa. Mientras tanto, PP y PSOE están atentos a lo que les importa de verdad: cómo recuperar la hegemonía absoluta perdida. El espectáculo deplorable del PSOE es impresionante. Desde luego Susana Díaz acierta al pedir que PSOE no pacte con Podemos ni con el PP: las dos opciones son perjudiciales para sus intereses partidarios, otra cosa es lo que le interese al país, pero ellos no están en eso. Se equivocan sin embargo los que plantean que sea ella, Susana Díaz, la nueva candidata del PSOE. Susana Díaz, de Despeñaperros para arriba, no se comerá una rosca (salvando Badajoz). Es tan evidente, con sólo mirar los resultados, los números y los datos, que impresiona que un partido con el poder, la influencia y la experiencia del PSOE no se haya percatado. Al PSOE aún lo salva su enorme poder, la base de su electorado rural y mayor, además de la existencia de un potente desprecio al PP, que supera al que muchos sienten por el PSOE: lo que se llama el voto útil.

Da la sensación de que por el mismo enorme agujero por el que escapan a mansalva buscando oxígeno los votos socialistas, ya sea para aterrizar en Ciudadanos o en Podemos, se filtra y pierde también la materia gris del PSOE, cada vez más alejado de lo que se cuece en la realidad, y, por lo tanto, cada vez más prescindibles.

Como prescindible fue el discurso del Rey, que no tuvo nada de histórico ni de esencial, y sí mucho del miedo del status quo a perder las riendas del inevitable cambio que ya está articulándose en sistema político.

 

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