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Zona de Ruptura

mes

enero 2016

Socialistas, radicales y separatistas

La derecha española en bloque anda estos días pregonando, desde todos los púlpitos posibles, el sermón del miedo a una conjunción de gobierno compuesta por socialistas, radicales y separatistas. Cuentan para esta labor pastoral con el apoyo inestimable de sectores muy relevantes de la esclerótica progresía del bipartidismo, con el diario El País y sus embaucadoras editoriales a la cabeza, además de importantes y poderosas figuras del Partido Socialista.

La más lozana angustia de estos sectores es por lo tanto un pacto a la portuguesa para configurar gobierno. Ahora resulta que Portugal existe, y es ese lugar donde socialistas, comunistas y la versión lusa de los podemitas han logrado forjar un gobierno contra todo pronóstico.

En medio de esta vorágine de declaraciones en torno al Advenimiento de la Gran Catástrofe si se consuma esa temida coalición, nos encontramos con la renuncia de Rajoy a presentarse a la investidura como presidente. La intención parece clara: no someterse a la ignominia pública de un Congreso votando en contra, pasar la pelota a Pedro Sánchez y no darle ni un minuto de tiempo para fraguar pactos, además de continuar azuzando a esa jauría de líderes socialistas llamada barones territoriales, la mayoría de los cuales, comandados por Susana Díaz, parecen más interesados en la caída de su Secretario General que en la formación de un gobierno de izquierdas orientado al desmantelamiento de las políticas de dieta anoréxica que se vienen aplicando a nuestro ya de por sí desnutrido sistema de bienestar social.

Hay otras lecturas que podrían explicar por qué el presidente optó por no presentarse. Pedro J. Ramírez insinúa desde las páginas de su diario on line El Español que Rajoy conocía de antemano la redada que se preparaba contra los dirigentes del PP valenciano y que es esta circunstancia la que le movió a no arriesgarse a una investidura que se preveía durísima con este nuevo escándalo de corrupción en marcha. La hipótesis es desde luego verosímil, y dice mucho de la separación de poderes en nuestro país.

En este contexto, los más avezados arúspices del conservadurismo español han puesto ya en marcha sus excelsas aptitudes para el vaticinio, leyendo en las entrañas del sacrificado animal del bipartidismo aquello que puede depararnos el futuro. Pongamos unos ilustrativos ejemplos:

Primer apunte: Edurne Iriarte. Politóloga y periodista, Catedrática de Ciencia Política, tertuliana, asidua en la COPE y en ese infumable crisol de nostálgicos del franquismo que supone el programa El Gato al Agua. Esta antigua militante socialista, pasada a la derecha sin muchos miramientos, y probablemente radicalizada en su conservadurismo por culpa de un deleznable intento de asesinato por parte de ETA, en su columna habitual en ABC, juega a rizar el rizo al comparar a Donald Trump y a Pedro Sánchez. La carambola la consigue a través de este argumento: Trump ha caído en el populismo y la extrema derecha y el PSOE de Sánchez en el populismo y la extrema izquierda. Su breve artículo se titula La Hora de una Conjura Socialista, y se trata ni más ni menos, que de una petición abierta al PSOE de conjurarse contra Pedro Sánchez, desbancarlo, evitar que consuma el pacto que romperá a España. La oreja derecha de Susana Díaz está que arde.

Segundo apunte: Francisco Marhuenda. El más ubicuo y pertinaz de los almuédanos oficiosos del gobierno, en el videoblog de su periódico, La Razón, advertía sin ninguna clase de rodeos que se avecina la posibilidad del “comienzo del fin de España” (sic). La propuesta de Podemos de crear un grupo parlamentario confederal es para Marhuenda el Apocalipsis mismo, pero sin parusía.

En opinión de este portento del periodismo, uno de los responsables, con permiso de Eduardo Inda, de haber elevado a esta digna profesión a sus más altas cotas de decadencia, servilismo y falta absoluta de ética profesional, la propuesta de Pablo Iglesias debe alumbrarnos a todos acerca de cuál es el proyecto para España de los 69 piojosos: destruirla. Según Marhuenda, “el proyecto de Pablo Iglesias dejaría a nuestro país vacío de contenido en sus organismos estatales”. Tras pintar al diablo de morado, con cuernos, rabo y coleta, devorando la piel de toro con saña, nos advierte del gran peligro: un pacto de Podemos con el PSOE y la aquiescencia del PNV. La sutileza de Marhuenda, la finura de sus análisis, la calidad y profesionalidad de este gran estadista, es un gran regalo para toda España. Gracias, Marhuenda, por develarnos la verdad que se oculta tras los oscuros designios del Satán irano-venezolano. Vas a pasar a los libros de Historia.

En la misma onda van las declaraciones recientes de Aznar en el Diario Las Américas, un periódico nacido en Miami a principios de los 50, infectado hasta la médula de fundamentalismo neoliberal y caracterizado por su apoyo incondicional a los sectores más recalcitrantes de la derecha norteamericana.

Aznar, vestido de un blanco impoluto que le mimetiza simbólicamente con el escenario de un medio de comunicación con el que comulga genéticamente, después de soltar que Ecuador y Bolivia son dictaduras, así, a lo loco, demostrando una vez más que el análisis concienzudo, el rigor y la honestidad intelectual no están entre las virtudes de este autoconsiderado campeón de la democracia, nos dice:

“Podemos es una amenaza para nuestro sistema democrático y nuestras libertades. Esas personas no creen en un sistema democrático y quieren subvertirlo; no creen en el Estado de derecho; no creen en la independencia judicial; no creen en un sistema democrático libre ni en la economía de mercado, ni en las libertades de las personas y, de ahí su carácter chavista-comunista. Podemos es un riesgo político y, si tiene alguna posibilidad de llegar al Gobierno, mucho más todavía”.

Esto lo dice el Presidente de Honor de un partido que desde el gobierno se ha dedicado, sistemáticamente, a erosionar la calidad democrática de nuestras instituciones de gobierno. Un partido que interfiere en la justicia a todos los niveles, desde la colocación de jueces afines en los puestos de la más alta responsabilidad, hasta concertando reuniones entre un Ministro de Interior y un imputado por corrupción de alta alcurnia; que articula todo tipo de artimañas legales para impedir el desarrollo de investigaciones policiales y judiciales que afectan al Partido Popular; que destruye discos duros a martillazos para ocultar información, que cambia leyes a su antojo, por decreto presidencial o haciendo uso de su mayoría parlamentaria, para entorpecer procesos judiciales. Lo dice el máximo referente de un partido que ha extendido las redes de la corrupción al nivel de metástasis por todo nuestro sistema institucional; que tiene a todos sus tesoreros acusados por delitos de corrupción, que ha malversado caudales públicos a mansalva, a manos llenas y a plena luz del día, de manera tan impune y naturalizada que algunos hasta se olvidaron de mantener un mínimo prurito de precaución. Un partido que ha mantenido entre sus huestes a sinvergüenzas que roban dinero público “porque no es de nadie” de todos los espacios imaginables: desde la visita del Papa a Valencia a los fondos destinados a la Ayuda del Desarrollo (el dinero a “negrolandia” según uno de los imputados). Un partido, en fin, que ha reducido los derechos laborales, de asociación y reunión, que ha colocado la desigualdad y la pobreza de España (si, si, la igualdad y la redistribución de la riqueza también tienen algo que ver con la democracia) en los más altos rankings del panorama europeo… En fin, paro de contar, que todo es de sobras conocido, y ya sólo lo niegan aquellos que desean continuar abusando de los privilegios que les reporta la ignorancia ajena.

En resumen, Aznar tiene desde luego toda la legitimidad del mundo para decir estas cosas que dice en el Diario de las Américas, pues de amenazas al sistema democrático sabe lo suyo. Eso es lo que pasa cuando se confunde libertad de mercado con sistema democrático. Desde luego la democracia contiene en su seno la posibilidad del libre mercado, pero lo excede, y con creces. Precisamente la democracia se construyó en tensión con las pretensiones omniabarcadoras de los defensores y beneficiarios a ultranza del libre-mercado, al que ya sabemos hay que imponerle límites y controles para que no nos lleve de cabeza hacia el abismo. Dos guerras mundiales debieran ya habernos aleccionado sobre esta cuestión.

Parece que en España los expresidentes suelen desarrollar una extraña tendencia a la fascinación por la opinión propia. Se tienen a sí mismos en tan alta consideración que se sienten obligados a expresar su sabiduría de grandes hombres de Estado en momentos críticos, para ilustrarnos a todos, desde su atalaya divina, con la voz de la experiencia. De paso suelen recordarnos lo importantes que han sido para la historia del Universo. Primero fue el big bang, y luego vinieron ellos.

Como Aznar, Felipe González está aquejado de este cegador autodeslumbramiento, y, en estos días de incertidumbre política, no ha podido contenerse. Desde las páginas de El País Felipe viene a aconsejarnos básicamente lo mismo que Aznar. Hay una diferencia, claro está, y es que Aznar nunca le llegó, en términos políticos, a la suela de los zapatos a González, y de ahí que este último sea capaz de análisis políticos de mayor profundidad. El buque insignia del socialismo español llama la atención sobre algunas cuestiones que el bipartidismo tiene que afrontar indiscutiblemente si quiere seguir pintando algo en el panorama político y contener eficazmente la oleada de cambio que se les viene encima: reforma constitucional, de la ley electoral, regeneración del sistema contra la corrupción. Luego está el mensaje básico de baja estofa: Podemos es Leninismo 3.0, y su proyecto, “desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados” es “liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia”. Como pueden observar, exactamente el mismo discurso del miedo.

En todo caso, a mi todo esto de las 7 plagas de Egipto y el anuncio de La Madre de Todas las Catástrofes me suena a lo de siempre: pamplinas, que sólo se creen los más fanáticos de entre los que las vocean.

Tras el ruido, se esconde la advertencia de que nos preparemos, que llega de nuevo la crispación que la derecha pone en juego cada vez que no están satisfechos con los resultados que arroja el juego democrático.

Bajo el anuncio de la hecatombe, parece esconderse además el hecho de la inevitabilidad de unas nuevas elecciones ante la imposibilidad de establecer un pacto estable de gobierno. Todo esto es para poder culpar a unos u a otros de la convocatoria de nuevas elecciones. Unas elecciones que pueden favorecer al PP en detrimento de Ciudadanos y a Podemos en perjuicio del PSOE. Tras el mensaje del cataclismo lo que parece estar en juego es el pavor que les produce no estar en una posición de mayor fuerza para acometer la tarea inevitable de un gobierno que tendrá que lidiar con un proyecto de reformas en el que muchas de las líneas rojas que hoy se siguen trazando (la cuestión territorial por ejemplo) van a tener que saltar por los aires.

El fin de la civilización occidental y la ruptura de España: la catástrofe que el pensamiento conservador español lleva anunciando desde hace al menos 200 años. Si siguen así otros 1000 años, y dado que nada es eterno, puede que finalmente acierten. Pero por lo pronto, lo único que parece divisarse en el horizonte es la quiebra de su modelo de España. Un modelo que ellos forjaron, del que se han beneficiado a espuertas y que ellos mismos se han encargado de colapsar. Y ya era hora.

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El Tiempo de Rajoy

Mariano Rajoy no da más de sí. Su última neurona expiró por extenuación tras mandar la orden de pronunciar la palabra “ruiz” en el debate previo a las elecciones con Pedro Sánchez. Ahí cortocircuitó definitivamente su capacidad de percibir la realidad y empatizar con el entorno, si es que alguna vez la tuvo.

El movimiento táctico de los últimos días (me refiero a su no presentación a la investidura), contiene sin duda mucho de astucia política, a pesar del colapso de su sistema neuronal. Sin embargo, sólo es un acto reflejo, el sistema de autodefensa del funcionario anodino y gris cargado de inquina y mala leche, que cree sinceramente (porque es lo único que saber hacer) que la política es mera administración y gestión de recursos, cosa de “expertos” y “técnicos”. Que no venga nadie a enmendarle la plana porque la lía parda con el papeleo. Esta idea la llevaba barajando semanas, pero no se ha atrevido a dar el paso, como él mismo ha reconocido, hasta que Pablo Iglesias ha lanzado el órdago del posible pacto con el PSOE.

Rajoy conoce cómo funciona el sistema; de lo único que sabe es de procedimientos. No se presentará a la investidura porque se niega a pasar el trago de una visible derrota, pública y televisada, y prefiere pasarle la pelota al PSOE, pretendiendo de paso tumbar a Sánchez a través de la presión del tiempo y de la puñalada por la espalda que espera le aseste Susana Díaz. Desde luego los cuchillos los tiene, y afilados, pero últimamente pareciera que espera mejor momento. El instinto político de la Cacique del Sur es sútil y contiene ciertas dosis de refinamiento. Veremos si cae en la trampa.

El más húmedo sueño de Rajoy es una Gran Coalición, con un PSOE sin Sánchez y Ciudadanos como mascota solícita, para traerle las zapatillas y El Marca. Su sueño, nuestra pesadilla, es compartido por la Troika. Y eso son palabras mayores, porque éstos sí que saben convertir ideología en realidades. Las señales que mandan son evidentes. De hecho, nos están advirtiendo cada vez más abiertamente que del insecticida que le rociaron al tábano griego le quedan toneladas, que no se nos ocurra pensar en nociones anticuadas como eso de la “soberanía popular”. Y que pasemos otra vez por caja, que van a cobrarnos un poco más en recortes. El Sur es el Sur y el Norte es el Norte, cada uno en su sitio, y sin rechistar, que los menores de edad ni opinan ni tienen derecho a ello. Así nos ven, así nos venden, y así nos tratan. Con un insondable desprecio.

Por otra parte, nuestro sagaz presidente, que sabe mejor que nadie que España está llena de españoles (y mucho) siempre jugó magistralmente con los tiempos. Esto hay que reconocérselo. Sabe mantener la compostura en la parálisis mientras los demás sudan como cochinos en el matadero. De hecho, Rajoy no suda, se extirpó las glándulas dedicadas a eso el día que se comió el marrón del Prestige.

Pero su estrategia, consistente en dejar pasar las horas, no comparecer, interponer a otros entre su figura y el conflicto, aparentar que no se entera de nada, balbucear simplezas y recurrir a frases tan sólidas intelectualmente como “es que esto es de sentido común” o “lo que Dios manda”, ya no puede reportarle los réditos a los que estaba acostumbrado. La política en España está cambiado, se está produciendo una mutación simbólica en la cultura política, y en ella los tiempos se han acelerado. Rajoy no parece comprender que esto ocurrió en el preciso instante en el que el gobierno decidió quemar los barcos de su legitimidad social.

A esos barcos el PP les metió fuego al continuar con paso firme, asfaltándola de paso, por la senda que abrió Zapatero cuando le dijo a Merkel que en España se hacía lo que dijera el Bundestag. Con esto han provocado una ruptura radical del consenso en el que se sustentaba el pacto entre la socialdemocracia y el conservadurismo español. Bipartidismo, corrupción y enajenación de la soberanía y participación popular, pero algo (bastante en comparación con la pasada y trágica historia de España) de bienestar social. Tras la crisis, nos quedamos con todo lo primero, pero nos quitaron lo último. Y ahí PP y PSOE, que hace tiempo abandonaron cualquier indicio de entender qué significa pensar políticamente, comenzaron a sembrar la mala yerba que alimentó a los 69 odiosos que ahora inundan el Parlamento, con sus rastas y sus piojos, sus camisetas reivindicativas y sus alpargatas. Y el respaldo de más de 5 millones de ciudadanos.

Imagino que Celia Villalobos, que de tonta no tiene un pelo pero de demagoga los tiene todos, al volver todos los días del trabajo y acudir presta a ducharse para eliminar de su cuerpo la infecta peste a plebe, llegará a la conclusión a la que ha llegado toda España: se pasaron exprimiendo la gallina.

El juego de Rajoy no da más de sí. La detención de 24 dirigentes del PP valenciano, acusados en una trama de corrupción que operó hasta las elecciones autonómicas del año pasado, y que ya ha supuesto el desmantelamiento de toda la cúpula del PP de esa comunidad autónoma y la puesta en marcha de una gestora, le pone difícil hasta su idilio natural con Albert Rivera. Éste, tras el desinfle de sus expectativas en las elecciones del 20-D, espera su turno para coger de nuevo oxígeno. El astuto líder de Ciudadanos no quiere repetición de elecciones, ahora que cada vez más españoles perciben que su partido es la misma hez de siempre con mucho papel celofán envolviendo, y pretende para evitarlo jugar el rol del hombre de Estado que busca un acuerdo por el bien de España. A ver como lidia este salvapatrias moderno con la respuesta de Rajoy a los nuevos casos de corrupción, que demuestran que en las oquedades interiores del cráneo del presidente no quedan ya ni telarañas. A una pregunta al respecto en el programa de Ana Rosa, esa gran politóloga de sobremesa, sobre la posible imputación de Rita Barberá y Camps, los grandes capos valencianos, vuelve a repetir la misma burda e ineficaz excusa de siempre: mientras no se demuestre lo contrario, son inocentes. Se demostrará Rajoy, y te quedarás sin tiempo.

Santuario violado

Mientras millones de españoles, al ver entrar en el Congreso a los 69 diputados de Podemos, veíamos a más gente joven y a más mujeres, entre ellas, por primera vez en un Parlamento español, a una mujer negra y a una mujer árabe; mientras muchos veíamos a una madre con su hijo, a un rastas, un coletas, profesores, estudiantes, currelas, o sea, la España viva, la del presente y el futuro, la España que ya no es posfranquista y tiene la firme voluntad de lograr que las instituciones reflejen con mayor dignidad y fidelidad a la sociedad a la que dicen representar; mientras millones, insisto, veíamos eso, los diputados de PP y PSOE sólo veían a 69 odiosos. Siguen sin enterarse de qué va la Historia.

Piojosos, sucios, inexpertos, radicales irrespetuosos que vienen a violar su santuario. Los desaharrapados, los de la alpargata, las sandalias y las camisetas con lemas reivindicativos, los que protestan en las calles, los que no se conforman, los que sueñan con romper los lazos de esta asfixiante servidumbre de lo pospolítico, se han atrevido a poner sus sucios pies en su casa. Que Celia Villalobos haga chistes sobre la higiene no es insólito, extraño o excepcional, es simplemente la expresión de un paradigma.

Celia Villalobos es la representación más fidedigna y descarnada de lo que realmente piensan los que ya no tienen nada que decir, salvo exabruptos, porque de tanto falsear la realidad, de tanto mentir mientras se llenaban los bolsillos, ellos o los suyos, de tanto insultar a la ciudadanía en toda la cara, sin tapujos ni medias tintas, ya no les creen ni sus más fanáticos adeptos, muchos de los cuales se están pasando en masa a Ciudadanos, el partido cuya máxima pretensión no es otra que aglutinar a toda la caterva de impostores necesitados de nuevas ilusiones para seguir incurriendo en las mismas mendacidades.

Villalobos es un auténtico icono, la vívida y absolutamente transparente imagen de aquellos que ya sólo se ocupan de mantenerse firme en su posición, aferrándose a ella con las uñas, los dientes y los párpados, si es posible. Lo que a Villalobos y a su gente les molesta es el olor a plebe. Es decir, a soberanía popular. Lo que les molesta a todos ellos es que el Congreso apeste a Democracia.

Este es el pavor al cambio, el desprecio a lo plebeyo, que viene afectando a las élites dirigentes desde al menos el siglo XIX. Es la idea de la existencia de una dicotomía radical entre orden y caos; la creencia, firmemente asentada en las élites españolas, y transmitida durante generaciones a la ciudadanía, a través del control que ejercen sobre los dispositivos de creación y difusión de cultura, de que la sociedad es algo frágil, refractaria al cambio, necesitada de control y dirigencia, es decir; del control y la dirigencia que sólo ellos saben ejercer.

La actitud de los diputados del PP, vociferando, berreando y profiriendo improperios, cortando el sonido del micrófono para que no se oyeran las declaraciones de los diputados de Podemos mientras juraban su cargo y la Constitución, ha sido un vano intento por evitar que el Congreso se convirtiera en espacio de representación simbólico-política, precisamente una de las funciones básicas para el cual fue concebido el sistema de representación parlamentaria. Precisamente la función que estaba siendo relegada a la más absoluta e insípida intrascendencia.

Esa actitud de los parlamentarios del PP demuestra al menos tres cosas:

Por un lado, la falta de respeto por los más de 5 millones de votantes de Podemos. Es decir, la falta de respeto que sienten por España. Por su pluralidad, por las transformaciones que se han vivido en su seno. Por su futuro.

En segundo lugar es la maravillosa constatación de un hecho irreductible: tienen miedo. Por primera vez en su vida están sintiendo la zozobra de la incertidumbre. Ya era hora. Hoy publicaba Intermón Oxfam que sólo un 1% de la población española amasa en sus manos más riqueza que 35 millones de españoles, y que el desvío de inversión española a paraísos fiscales se ha incrementado un 2000% (si, si, dos mil por ciento) en 2014. Copio y pego del informe:

En 2015, mientras el patrimonio de las 20 personas más ricas del país se incrementó un 15%, la riqueza del 99% restante de la población cayó un 15%. Los presidentes de las empresas del IBEX35 cobran ya 158 veces más que el salario de un trabajador medio. El incremento de la desigualdad en nuestro país se debe principalmente a la combinación de una enorme brecha salarial con una un sistema fiscal regresivo que grava poco a los que más tienen”.

Creo que no cuesta mucho trabajo intuir a quienes votan esas 20 personas que se lo llevan crudito cuando el resto peor lo pasa. Creo que no hace falta mucha inteligencia para comprender por qué el IBEX35 suspira y saliva con Ciudadanos. Creo que no es difícil percibir que es lo que realmente apesta a podrido en el Parlamento, quienes son esas personas concretas, con nombres y apellidos, que han permitido, desde el apoltronamiento en su sillón del Congreso, que se produzca esa enorme brecha salarial combinado con ese sistema fiscal regresivo que está enriqueciendo a los pocos y perjudicando a los muchos. La desigualdad es su negocio. Y la entrada de los sucios piojosos plebeyos de Podemos puede ser el final de su chiringuito. Por eso ladran.

En tercer lugar, la actitud de los diputados del PP es una demostración de que saben quiénes son y el lugar que ocupan. Saben cómo usar el espacio político para enfangar, se saben todas las artimañas, los golpes bajos, las técnicas de guerra encubierta. No van a ceder terreno fácilmente. Y nos están avisando. Tenemos las espadas, los escudos y las armaduras. Toda la panoplia, y lo vamos a usar todo contra los intrusos que vienen a joder la fiesta. La Troika va soltando sus pildoritas en dosis cada vez más copiosas, al estilo de: “oye, españoles, que no queremos meternos, pero esto de la incertidumbre del gobierno, me lo arreglas ya o te vas a enterar de lo que es una “recuperación económica” sin el apoyo del Banco Central Europeo”. Perdonen la expresión, pero esto es pasarse por el forro el respeto a la soberanía nacional y popular, lo votado por los españoles el 20 de diciembre y las mínimas reglas y procedimientos del funcionamiento interno de nuestras instituciones democráticas. No tienen pudor, ya lo hicieron al rociarle toneladas de insecticida al tábano en la oreja, la Grecia de Tsipras. Ahora nos toca a nosotros. Pues que se anden con cuidado, porque ahora tenemos a 69 piojosos apestando a plebe en el Parlamento (71 contando al digno Alberto Garzón y a Sol Sánchez), y os están señalando con su dedo sucio. Vosotros, traidores, sois los puñeteros responsables. No están violando vuestro santuario, esa es nuestra casa, la de todos, y sois vosotros los que la estáis mancillando.

2016: El Año de lo Nuevo

Este año que entra será apasionante desde el punto de vista político, quizás aún más que el trepidante 2015 que ya nos ha dejado. Las elecciones del 20-D marcan un antes y un después sin precedentes en la historia de la democracia nacida tras la muerte del tirano y el periodo de Transición.

El vencedor moral de las elecciones es, a mi juicio, Podemos, que ha alcanzado la friolera de 69 diputados, articulando, contra viento y marea, una inteligente campaña centrada en el efectivo lema de la “remontada”. Pablo Iglesias, tras la pifia en el vis a vis con Rivera, ha estado fino como la tela de una araña, y ha sabido tejer una red discursiva que ha demostrado ser rocosa a la vez que flexible, resistiendo con soltura el terrible embate que el partido morado ha venido sufriendo desde que dio la campanada en las elecciones europeas del 2014.

La España que se muere, esa que chapotea sin aire en la ciénaga del exhausto posfranquismo, ha puesto en el asador todo su arsenal contra los de Iglesias: les ha lanzado los misiles del miedo al caos, los cartuchos con pólvora seca del miedo al comunismo, las balas del desprecio a lo latinoamericano, además del arma atómica contra Grecia, ahíta de radioactividad frente a la ilusión del cambio. Bombas sucias, de racimo, napalm ardiente desde Bruselas; todo ha valido para tratar de destruir, contener, machacar, desprestigiar, insultar y pisotear a Podemos y al impulso democrático que representa.

Esta estrategia de acoso y derribo ha tenido éxito en algunos campos, ha alumbrado la excesivamente inflada expectativa electoral de los impostores de Albert Rivera, y se ha cobrado sus víctimas, especialmente en intención de voto, pero no han logrado su principal objetivo: permitir que nada cambie.

Del otro lado, el gran perdedor moral debiera haber sido Mariano Rajoy. El PP ha perdido 63 escaños y más de 3,6 millones de votos. Sin embargo, esta sangría ha quedado oculta tras el velo que ha impuesto la supina imbecilidad política del PSOE, que, aún con los peores resultados de su historia reciente, podía haber jugado un papel central en el tablero político. Sin embargo, en vez de jugar el as en la manga de sus 90 escaños, se han dedicado a la refriega cainita. Los barones territoriales han sacado los puñales mientras la caciquil Susana Díaz, desde su bastión sevillano, ha repartido piedras de afilar y ponzoña para untar a destajo. El esperpéntico espectáculo de un partido socialista dedicado a la escupir en su propia sombra es una muestra palpable de la situación de zozobra en la que se encuentra el sistema bipartidista español, incapaz de aceptar que el cambio ya se ha iniciado, y de activar algún tipo de actividad neuronal que les lleve a articular estrategias de profundidad política a largo plazo.

Mientras todo esto sucede, la CUP, finalmente, tras la carambola subrrealista del empate a 1515 en torno a la aceptación de la candidatura de Artur Más a la Generalitat, que muestra a las claras que la dirección tenía una hoja de ruta que no han logrado imponer a sus bases, ha optado por no aceptar a Más como presidente. Este cumplimiento, aunque algo tardío, de su promesa electoral inicial, supone un auténtico respiro para los que deseamos un cambio real en la política española, puesto que la opción contraria hubiera significado una mayor legitimidad para que el PSOE se embarcara en la Gran Coalición por la que claman desde Bruselas, que ya está dando señales, interfiriendo una vez más en la soberanía de un Estado miembro de la UE, de que no desea un gobierno “inestable”, entendiendo claro está por “inestable” cualquier coalición de gobierno que se atreva poner en cuestión alguna de las directrices que se cocinan desde Berlín. Sobre Portugal se puede mantener e imponer el silencio informativo; en España la cosa sería harina de otro costal.

El año 2016 es por lo tanto el Año de lo Nuevo, y el primer round va a ser las nuevas elecciones catalanas, preludio, quizás, de la repetición de las elecciones en España.

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