Este año que entra será apasionante desde el punto de vista político, quizás aún más que el trepidante 2015 que ya nos ha dejado. Las elecciones del 20-D marcan un antes y un después sin precedentes en la historia de la democracia nacida tras la muerte del tirano y el periodo de Transición.

El vencedor moral de las elecciones es, a mi juicio, Podemos, que ha alcanzado la friolera de 69 diputados, articulando, contra viento y marea, una inteligente campaña centrada en el efectivo lema de la “remontada”. Pablo Iglesias, tras la pifia en el vis a vis con Rivera, ha estado fino como la tela de una araña, y ha sabido tejer una red discursiva que ha demostrado ser rocosa a la vez que flexible, resistiendo con soltura el terrible embate que el partido morado ha venido sufriendo desde que dio la campanada en las elecciones europeas del 2014.

La España que se muere, esa que chapotea sin aire en la ciénaga del exhausto posfranquismo, ha puesto en el asador todo su arsenal contra los de Iglesias: les ha lanzado los misiles del miedo al caos, los cartuchos con pólvora seca del miedo al comunismo, las balas del desprecio a lo latinoamericano, además del arma atómica contra Grecia, ahíta de radioactividad frente a la ilusión del cambio. Bombas sucias, de racimo, napalm ardiente desde Bruselas; todo ha valido para tratar de destruir, contener, machacar, desprestigiar, insultar y pisotear a Podemos y al impulso democrático que representa.

Esta estrategia de acoso y derribo ha tenido éxito en algunos campos, ha alumbrado la excesivamente inflada expectativa electoral de los impostores de Albert Rivera, y se ha cobrado sus víctimas, especialmente en intención de voto, pero no han logrado su principal objetivo: permitir que nada cambie.

Del otro lado, el gran perdedor moral debiera haber sido Mariano Rajoy. El PP ha perdido 63 escaños y más de 3,6 millones de votos. Sin embargo, esta sangría ha quedado oculta tras el velo que ha impuesto la supina imbecilidad política del PSOE, que, aún con los peores resultados de su historia reciente, podía haber jugado un papel central en el tablero político. Sin embargo, en vez de jugar el as en la manga de sus 90 escaños, se han dedicado a la refriega cainita. Los barones territoriales han sacado los puñales mientras la caciquil Susana Díaz, desde su bastión sevillano, ha repartido piedras de afilar y ponzoña para untar a destajo. El esperpéntico espectáculo de un partido socialista dedicado a la escupir en su propia sombra es una muestra palpable de la situación de zozobra en la que se encuentra el sistema bipartidista español, incapaz de aceptar que el cambio ya se ha iniciado, y de activar algún tipo de actividad neuronal que les lleve a articular estrategias de profundidad política a largo plazo.

Mientras todo esto sucede, la CUP, finalmente, tras la carambola subrrealista del empate a 1515 en torno a la aceptación de la candidatura de Artur Más a la Generalitat, que muestra a las claras que la dirección tenía una hoja de ruta que no han logrado imponer a sus bases, ha optado por no aceptar a Más como presidente. Este cumplimiento, aunque algo tardío, de su promesa electoral inicial, supone un auténtico respiro para los que deseamos un cambio real en la política española, puesto que la opción contraria hubiera significado una mayor legitimidad para que el PSOE se embarcara en la Gran Coalición por la que claman desde Bruselas, que ya está dando señales, interfiriendo una vez más en la soberanía de un Estado miembro de la UE, de que no desea un gobierno “inestable”, entendiendo claro está por “inestable” cualquier coalición de gobierno que se atreva poner en cuestión alguna de las directrices que se cocinan desde Berlín. Sobre Portugal se puede mantener e imponer el silencio informativo; en España la cosa sería harina de otro costal.

El año 2016 es por lo tanto el Año de lo Nuevo, y el primer round va a ser las nuevas elecciones catalanas, preludio, quizás, de la repetición de las elecciones en España.

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