Mariano Rajoy no da más de sí. Su última neurona expiró por extenuación tras mandar la orden de pronunciar la palabra “ruiz” en el debate previo a las elecciones con Pedro Sánchez. Ahí cortocircuitó definitivamente su capacidad de percibir la realidad y empatizar con el entorno, si es que alguna vez la tuvo.

El movimiento táctico de los últimos días (me refiero a su no presentación a la investidura), contiene sin duda mucho de astucia política, a pesar del colapso de su sistema neuronal. Sin embargo, sólo es un acto reflejo, el sistema de autodefensa del funcionario anodino y gris cargado de inquina y mala leche, que cree sinceramente (porque es lo único que saber hacer) que la política es mera administración y gestión de recursos, cosa de “expertos” y “técnicos”. Que no venga nadie a enmendarle la plana porque la lía parda con el papeleo. Esta idea la llevaba barajando semanas, pero no se ha atrevido a dar el paso, como él mismo ha reconocido, hasta que Pablo Iglesias ha lanzado el órdago del posible pacto con el PSOE.

Rajoy conoce cómo funciona el sistema; de lo único que sabe es de procedimientos. No se presentará a la investidura porque se niega a pasar el trago de una visible derrota, pública y televisada, y prefiere pasarle la pelota al PSOE, pretendiendo de paso tumbar a Sánchez a través de la presión del tiempo y de la puñalada por la espalda que espera le aseste Susana Díaz. Desde luego los cuchillos los tiene, y afilados, pero últimamente pareciera que espera mejor momento. El instinto político de la Cacique del Sur es sútil y contiene ciertas dosis de refinamiento. Veremos si cae en la trampa.

El más húmedo sueño de Rajoy es una Gran Coalición, con un PSOE sin Sánchez y Ciudadanos como mascota solícita, para traerle las zapatillas y El Marca. Su sueño, nuestra pesadilla, es compartido por la Troika. Y eso son palabras mayores, porque éstos sí que saben convertir ideología en realidades. Las señales que mandan son evidentes. De hecho, nos están advirtiendo cada vez más abiertamente que del insecticida que le rociaron al tábano griego le quedan toneladas, que no se nos ocurra pensar en nociones anticuadas como eso de la “soberanía popular”. Y que pasemos otra vez por caja, que van a cobrarnos un poco más en recortes. El Sur es el Sur y el Norte es el Norte, cada uno en su sitio, y sin rechistar, que los menores de edad ni opinan ni tienen derecho a ello. Así nos ven, así nos venden, y así nos tratan. Con un insondable desprecio.

Por otra parte, nuestro sagaz presidente, que sabe mejor que nadie que España está llena de españoles (y mucho) siempre jugó magistralmente con los tiempos. Esto hay que reconocérselo. Sabe mantener la compostura en la parálisis mientras los demás sudan como cochinos en el matadero. De hecho, Rajoy no suda, se extirpó las glándulas dedicadas a eso el día que se comió el marrón del Prestige.

Pero su estrategia, consistente en dejar pasar las horas, no comparecer, interponer a otros entre su figura y el conflicto, aparentar que no se entera de nada, balbucear simplezas y recurrir a frases tan sólidas intelectualmente como “es que esto es de sentido común” o “lo que Dios manda”, ya no puede reportarle los réditos a los que estaba acostumbrado. La política en España está cambiado, se está produciendo una mutación simbólica en la cultura política, y en ella los tiempos se han acelerado. Rajoy no parece comprender que esto ocurrió en el preciso instante en el que el gobierno decidió quemar los barcos de su legitimidad social.

A esos barcos el PP les metió fuego al continuar con paso firme, asfaltándola de paso, por la senda que abrió Zapatero cuando le dijo a Merkel que en España se hacía lo que dijera el Bundestag. Con esto han provocado una ruptura radical del consenso en el que se sustentaba el pacto entre la socialdemocracia y el conservadurismo español. Bipartidismo, corrupción y enajenación de la soberanía y participación popular, pero algo (bastante en comparación con la pasada y trágica historia de España) de bienestar social. Tras la crisis, nos quedamos con todo lo primero, pero nos quitaron lo último. Y ahí PP y PSOE, que hace tiempo abandonaron cualquier indicio de entender qué significa pensar políticamente, comenzaron a sembrar la mala yerba que alimentó a los 69 odiosos que ahora inundan el Parlamento, con sus rastas y sus piojos, sus camisetas reivindicativas y sus alpargatas. Y el respaldo de más de 5 millones de ciudadanos.

Imagino que Celia Villalobos, que de tonta no tiene un pelo pero de demagoga los tiene todos, al volver todos los días del trabajo y acudir presta a ducharse para eliminar de su cuerpo la infecta peste a plebe, llegará a la conclusión a la que ha llegado toda España: se pasaron exprimiendo la gallina.

El juego de Rajoy no da más de sí. La detención de 24 dirigentes del PP valenciano, acusados en una trama de corrupción que operó hasta las elecciones autonómicas del año pasado, y que ya ha supuesto el desmantelamiento de toda la cúpula del PP de esa comunidad autónoma y la puesta en marcha de una gestora, le pone difícil hasta su idilio natural con Albert Rivera. Éste, tras el desinfle de sus expectativas en las elecciones del 20-D, espera su turno para coger de nuevo oxígeno. El astuto líder de Ciudadanos no quiere repetición de elecciones, ahora que cada vez más españoles perciben que su partido es la misma hez de siempre con mucho papel celofán envolviendo, y pretende para evitarlo jugar el rol del hombre de Estado que busca un acuerdo por el bien de España. A ver como lidia este salvapatrias moderno con la respuesta de Rajoy a los nuevos casos de corrupción, que demuestran que en las oquedades interiores del cráneo del presidente no quedan ya ni telarañas. A una pregunta al respecto en el programa de Ana Rosa, esa gran politóloga de sobremesa, sobre la posible imputación de Rita Barberá y Camps, los grandes capos valencianos, vuelve a repetir la misma burda e ineficaz excusa de siempre: mientras no se demuestre lo contrario, son inocentes. Se demostrará Rajoy, y te quedarás sin tiempo.

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