La derecha española en bloque anda estos días pregonando, desde todos los púlpitos posibles, el sermón del miedo a una conjunción de gobierno compuesta por socialistas, radicales y separatistas. Cuentan para esta labor pastoral con el apoyo inestimable de sectores muy relevantes de la esclerótica progresía del bipartidismo, con el diario El País y sus embaucadoras editoriales a la cabeza, además de importantes y poderosas figuras del Partido Socialista.

La más lozana angustia de estos sectores es por lo tanto un pacto a la portuguesa para configurar gobierno. Ahora resulta que Portugal existe, y es ese lugar donde socialistas, comunistas y la versión lusa de los podemitas han logrado forjar un gobierno contra todo pronóstico.

En medio de esta vorágine de declaraciones en torno al Advenimiento de la Gran Catástrofe si se consuma esa temida coalición, nos encontramos con la renuncia de Rajoy a presentarse a la investidura como presidente. La intención parece clara: no someterse a la ignominia pública de un Congreso votando en contra, pasar la pelota a Pedro Sánchez y no darle ni un minuto de tiempo para fraguar pactos, además de continuar azuzando a esa jauría de líderes socialistas llamada barones territoriales, la mayoría de los cuales, comandados por Susana Díaz, parecen más interesados en la caída de su Secretario General que en la formación de un gobierno de izquierdas orientado al desmantelamiento de las políticas de dieta anoréxica que se vienen aplicando a nuestro ya de por sí desnutrido sistema de bienestar social.

Hay otras lecturas que podrían explicar por qué el presidente optó por no presentarse. Pedro J. Ramírez insinúa desde las páginas de su diario on line El Español que Rajoy conocía de antemano la redada que se preparaba contra los dirigentes del PP valenciano y que es esta circunstancia la que le movió a no arriesgarse a una investidura que se preveía durísima con este nuevo escándalo de corrupción en marcha. La hipótesis es desde luego verosímil, y dice mucho de la separación de poderes en nuestro país.

En este contexto, los más avezados arúspices del conservadurismo español han puesto ya en marcha sus excelsas aptitudes para el vaticinio, leyendo en las entrañas del sacrificado animal del bipartidismo aquello que puede depararnos el futuro. Pongamos unos ilustrativos ejemplos:

Primer apunte: Edurne Iriarte. Politóloga y periodista, Catedrática de Ciencia Política, tertuliana, asidua en la COPE y en ese infumable crisol de nostálgicos del franquismo que supone el programa El Gato al Agua. Esta antigua militante socialista, pasada a la derecha sin muchos miramientos, y probablemente radicalizada en su conservadurismo por culpa de un deleznable intento de asesinato por parte de ETA, en su columna habitual en ABC, juega a rizar el rizo al comparar a Donald Trump y a Pedro Sánchez. La carambola la consigue a través de este argumento: Trump ha caído en el populismo y la extrema derecha y el PSOE de Sánchez en el populismo y la extrema izquierda. Su breve artículo se titula La Hora de una Conjura Socialista, y se trata ni más ni menos, que de una petición abierta al PSOE de conjurarse contra Pedro Sánchez, desbancarlo, evitar que consuma el pacto que romperá a España. La oreja derecha de Susana Díaz está que arde.

Segundo apunte: Francisco Marhuenda. El más ubicuo y pertinaz de los almuédanos oficiosos del gobierno, en el videoblog de su periódico, La Razón, advertía sin ninguna clase de rodeos que se avecina la posibilidad del “comienzo del fin de España” (sic). La propuesta de Podemos de crear un grupo parlamentario confederal es para Marhuenda el Apocalipsis mismo, pero sin parusía.

En opinión de este portento del periodismo, uno de los responsables, con permiso de Eduardo Inda, de haber elevado a esta digna profesión a sus más altas cotas de decadencia, servilismo y falta absoluta de ética profesional, la propuesta de Pablo Iglesias debe alumbrarnos a todos acerca de cuál es el proyecto para España de los 69 piojosos: destruirla. Según Marhuenda, “el proyecto de Pablo Iglesias dejaría a nuestro país vacío de contenido en sus organismos estatales”. Tras pintar al diablo de morado, con cuernos, rabo y coleta, devorando la piel de toro con saña, nos advierte del gran peligro: un pacto de Podemos con el PSOE y la aquiescencia del PNV. La sutileza de Marhuenda, la finura de sus análisis, la calidad y profesionalidad de este gran estadista, es un gran regalo para toda España. Gracias, Marhuenda, por develarnos la verdad que se oculta tras los oscuros designios del Satán irano-venezolano. Vas a pasar a los libros de Historia.

En la misma onda van las declaraciones recientes de Aznar en el Diario Las Américas, un periódico nacido en Miami a principios de los 50, infectado hasta la médula de fundamentalismo neoliberal y caracterizado por su apoyo incondicional a los sectores más recalcitrantes de la derecha norteamericana.

Aznar, vestido de un blanco impoluto que le mimetiza simbólicamente con el escenario de un medio de comunicación con el que comulga genéticamente, después de soltar que Ecuador y Bolivia son dictaduras, así, a lo loco, demostrando una vez más que el análisis concienzudo, el rigor y la honestidad intelectual no están entre las virtudes de este autoconsiderado campeón de la democracia, nos dice:

“Podemos es una amenaza para nuestro sistema democrático y nuestras libertades. Esas personas no creen en un sistema democrático y quieren subvertirlo; no creen en el Estado de derecho; no creen en la independencia judicial; no creen en un sistema democrático libre ni en la economía de mercado, ni en las libertades de las personas y, de ahí su carácter chavista-comunista. Podemos es un riesgo político y, si tiene alguna posibilidad de llegar al Gobierno, mucho más todavía”.

Esto lo dice el Presidente de Honor de un partido que desde el gobierno se ha dedicado, sistemáticamente, a erosionar la calidad democrática de nuestras instituciones de gobierno. Un partido que interfiere en la justicia a todos los niveles, desde la colocación de jueces afines en los puestos de la más alta responsabilidad, hasta concertando reuniones entre un Ministro de Interior y un imputado por corrupción de alta alcurnia; que articula todo tipo de artimañas legales para impedir el desarrollo de investigaciones policiales y judiciales que afectan al Partido Popular; que destruye discos duros a martillazos para ocultar información, que cambia leyes a su antojo, por decreto presidencial o haciendo uso de su mayoría parlamentaria, para entorpecer procesos judiciales. Lo dice el máximo referente de un partido que ha extendido las redes de la corrupción al nivel de metástasis por todo nuestro sistema institucional; que tiene a todos sus tesoreros acusados por delitos de corrupción, que ha malversado caudales públicos a mansalva, a manos llenas y a plena luz del día, de manera tan impune y naturalizada que algunos hasta se olvidaron de mantener un mínimo prurito de precaución. Un partido que ha mantenido entre sus huestes a sinvergüenzas que roban dinero público “porque no es de nadie” de todos los espacios imaginables: desde la visita del Papa a Valencia a los fondos destinados a la Ayuda del Desarrollo (el dinero a “negrolandia” según uno de los imputados). Un partido, en fin, que ha reducido los derechos laborales, de asociación y reunión, que ha colocado la desigualdad y la pobreza de España (si, si, la igualdad y la redistribución de la riqueza también tienen algo que ver con la democracia) en los más altos rankings del panorama europeo… En fin, paro de contar, que todo es de sobras conocido, y ya sólo lo niegan aquellos que desean continuar abusando de los privilegios que les reporta la ignorancia ajena.

En resumen, Aznar tiene desde luego toda la legitimidad del mundo para decir estas cosas que dice en el Diario de las Américas, pues de amenazas al sistema democrático sabe lo suyo. Eso es lo que pasa cuando se confunde libertad de mercado con sistema democrático. Desde luego la democracia contiene en su seno la posibilidad del libre mercado, pero lo excede, y con creces. Precisamente la democracia se construyó en tensión con las pretensiones omniabarcadoras de los defensores y beneficiarios a ultranza del libre-mercado, al que ya sabemos hay que imponerle límites y controles para que no nos lleve de cabeza hacia el abismo. Dos guerras mundiales debieran ya habernos aleccionado sobre esta cuestión.

Parece que en España los expresidentes suelen desarrollar una extraña tendencia a la fascinación por la opinión propia. Se tienen a sí mismos en tan alta consideración que se sienten obligados a expresar su sabiduría de grandes hombres de Estado en momentos críticos, para ilustrarnos a todos, desde su atalaya divina, con la voz de la experiencia. De paso suelen recordarnos lo importantes que han sido para la historia del Universo. Primero fue el big bang, y luego vinieron ellos.

Como Aznar, Felipe González está aquejado de este cegador autodeslumbramiento, y, en estos días de incertidumbre política, no ha podido contenerse. Desde las páginas de El País Felipe viene a aconsejarnos básicamente lo mismo que Aznar. Hay una diferencia, claro está, y es que Aznar nunca le llegó, en términos políticos, a la suela de los zapatos a González, y de ahí que este último sea capaz de análisis políticos de mayor profundidad. El buque insignia del socialismo español llama la atención sobre algunas cuestiones que el bipartidismo tiene que afrontar indiscutiblemente si quiere seguir pintando algo en el panorama político y contener eficazmente la oleada de cambio que se les viene encima: reforma constitucional, de la ley electoral, regeneración del sistema contra la corrupción. Luego está el mensaje básico de baja estofa: Podemos es Leninismo 3.0, y su proyecto, “desde posiciones parecidas a las que han practicado en Venezuela sus aliados” es “liquidar, no reformar, el marco democrático de convivencia”. Como pueden observar, exactamente el mismo discurso del miedo.

En todo caso, a mi todo esto de las 7 plagas de Egipto y el anuncio de La Madre de Todas las Catástrofes me suena a lo de siempre: pamplinas, que sólo se creen los más fanáticos de entre los que las vocean.

Tras el ruido, se esconde la advertencia de que nos preparemos, que llega de nuevo la crispación que la derecha pone en juego cada vez que no están satisfechos con los resultados que arroja el juego democrático.

Bajo el anuncio de la hecatombe, parece esconderse además el hecho de la inevitabilidad de unas nuevas elecciones ante la imposibilidad de establecer un pacto estable de gobierno. Todo esto es para poder culpar a unos u a otros de la convocatoria de nuevas elecciones. Unas elecciones que pueden favorecer al PP en detrimento de Ciudadanos y a Podemos en perjuicio del PSOE. Tras el mensaje del cataclismo lo que parece estar en juego es el pavor que les produce no estar en una posición de mayor fuerza para acometer la tarea inevitable de un gobierno que tendrá que lidiar con un proyecto de reformas en el que muchas de las líneas rojas que hoy se siguen trazando (la cuestión territorial por ejemplo) van a tener que saltar por los aires.

El fin de la civilización occidental y la ruptura de España: la catástrofe que el pensamiento conservador español lleva anunciando desde hace al menos 200 años. Si siguen así otros 1000 años, y dado que nada es eterno, puede que finalmente acierten. Pero por lo pronto, lo único que parece divisarse en el horizonte es la quiebra de su modelo de España. Un modelo que ellos forjaron, del que se han beneficiado a espuertas y que ellos mismos se han encargado de colapsar. Y ya era hora.

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