Dado que la arena política en democracia supone, en gran parte, un escenario de guerra, en el que los diversos contendientes miden sus fuerzas, confrontan sus argumentos, proyectos políticos y voluntad de poder, y, por otro lado, supone un escenario de dramatización e institucionalización del conflicto, entiendo perfectamente que, en la situación en la que nos encontramos actualmente en España, los principales dirigentes políticos, más que nunca, opten por no exhibir abiertamente todas sus armas y oculten sus intenciones con el espeso velo de las medias verdades. El combate es despiadado porque todos se juegan mucho, y es comprensible que no se revelen todas las cartas para no debilitar la propia posición y fortalecer la del adversario.

Lo que ya no me parece comprensible es la falta de consideración absoluta por la ciudadanía, a la que siguen tratando como a imbéciles. Esto revela una cuestión importante: la inexistencia de una auténtica voluntad de servicio público y el abandono irresponsable a la racionalidad más instrumental y prosaica de todas las posibles.

Mariano Rajoy, para evitar el descrédito de presentarse a una investidura que no puede ganar, pone en práctica su más reconocida competencia: desaparecer. Hay quien dice que incluso a costa de erosionar la legitimidad del nuevo monarca, al que parece ser que se presionó para que no propusiera la investidura al líder del PP. La jugada iba orientada, como todos pudimos observar, a pasar la patata caliente a las manos de Pedro Sánchez. Éste acaba de fraguar un pacto con los impostores de Albert Rivera, y a todos nos cuentan que se trata de algo histórico, un hito sin parangón, muestra de la responsabilidad y sentido de Estado del PSOE y Ciudadanos. Podemos, como no podía ser de otra forma, ha roto las conversaciones para un acuerdo de legislatura con los socialistas ante este pacto, tras meses de imponer una serie de precondiciones al PSOE que todos sabemos que jamás podrían aceptar. Izquierda Unida por su parte, es un barco que se hunde ante el tremendo embate sufrido por la irrupción de Podemos, y al que sus propios tripulantes le han metido fuego. Mientras, el timonel Alberto Garzón alucina viendo tierra donde sólo hay una espesa y venenosa niebla. En esta tesitura, asustada ante la posibilidad de una nueva convocatoria electoral, IU se apresuró a agarrarse al madero flotante del acuerdo con el PSOE. Izquierda Unida lleva toda la vida agarrado a esa madera, porque hace años que saben que no podían aspirar a otra cosa. Mientras tanto, los condotieros de la independencia en Catalunya han enfundado sus sables y rebajado los decibelios de sus altavoces, a la espera del momento más propicio para salir del agujero profundo, sin luz ni salida, en el que se han metido ellos solitos con la inestimable ayuda del españolismo más recalcitrante.

En fin, que la ciudadanía, que está más despierta que nunca, está observando un lamentable espectáculo, un juego de máscaras en el que los discursos de los diversos contendientes no explican sino que camuflan. Sin embargo, la experiencia ya pesa en el sentido común de la sociedad española; son tan evidentes las falacias que se han vuelto transparentes. Habrá nuevas elecciones, y todos juegan a posicionarse lo mejor posible. Esto desde luego no quiere decir que todos sean iguales, no se puede comparar la esperanza de refundación democrática que representan unos con la persistencia en lo de siempre que representan otros, pero sí que juegan al mismo juego. Quizás no pueda ser de otra forma, pero ya cansa. Y el cansancio es una poderosa herramienta en manos del status quo. Por eso Albert Rivera ya no le tiene miedo a una nueva convocatoria electoral, y se frota las manos con el desgaste mediático que sufre el PP ante los nuevos casos de corrupción.

Mientras todo esto ocurre, el proceso de agotamiento de la España que se muere sigue su curso. El poder judicial y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, que en momentos de crisis asoman la patita de la independencia por debajo de la puerta, han aprovechado para cumplir su trabajo, y de paso legitimarse de cara a la galería de cambios que se avecinan. Por eso han pisado el acelerador de la lucha contra la corrupción, y la inmundicia que anida en el corazón del partido popular aflora ya de manera incontrolable, a borbotones y a corazón abierto, salpicando incluso a los que habían demostrado una capacidad extraordinaria y sorpresiva para caminar sobre un mar de heces sin mancharse: léase doña Espe, la Condesa Liberal, o doña Rita Barberá, la Corleone de Valencia.

Dado que el PP es en el fondo una organización nacida con la pretensión de tomar el poder para llevarse la pasta, es decir, usar lo público para hacer negocio, pues eso y no otra cosa es el modelo de sociedad empresarial que nos venden, la corrupción no es que les azote, es que les instituye. El clientelismo, el reparto de prebendas, la malversación, la defraudación, los gastos suntuosos a costa del erario público, y todo ese largo etcétera consistente en la exacción de lo que es de todos, lo que en mi tierra se dice llevárselo calentito, no es un problema de “personas” en el PP, es una cuestión de estructura genética. El PP es un partido podrido y eso no hay quien lo arregle. Sólo les queda retirarse a la oposición, lanzarse a degüello y despedazarse unos contra otros y ver que puede salir de la carroña que quede. De esa carne podrida bien podría salir un nuevo partido lepenizado.

Cuando la selva arde, las fieras muestran su verdadera naturaleza. Rita Barberá amenazó recientemente a sus compañeros de partido en Valencia que le pedían explicaciones, advirtiéndoles: cuidado con lo que decís. Al estilo cosa nostra. Rajoy ha debido captar el mensaje, porque no ha tardado en declarar: “he hablado con Rita y dice que es inocente”. En una reciente comparecencia, la Corleone Valenciana ha agradecido el apoyo a su “buen amigo” Rajoy. Pues eso, señor Rajoy, cuidado con lo que decís, porque lo único inocente en tu partido es la noción que tenéis de lo que está aconteciendo en España.

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