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Zona de Ruptura

mes

abril 2016

La paz y el olvido

El problema de hablar de ETA en España es que las posiciones están tan extremadamente polarizadas que es difícil oir las voces alejadas de los maximalismos. Dado que hay muertos en juego, es lógico que esto pase. El nivel de los decibelios se ha reducido porque, afortunadamente, ETA ha dejado de asesinar, pero la entrevista de Évole a Otegi en su programa Salvados ha puesto en evidencia que sigue ahí la chispa de la crispación. Las redes sociales han sido un buen espejo de todo esto.

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Anomalía y Avaricia

No importa si eres comunista o capitalista, primer ministro de una autocracia socialista o presidente de una república democrática; da lo mismo si eres actor o director de cine, ministro de Industria o premio nobel de literatura. Puedes ser también hermana y tía de reyes, deportista de éxito, fiscal general del Estado o íntimo amigo del presidente de una superpotencia en horas bajas. Incluso puedes ser miembro de una monarquía petrolera. O traficante de armas. No importa lo que seas, ni de donde vengas. Puedes ser judío, cristiano o musulmán, incluso las tres cosas a la vez. Da igual si eres árabe, europeo o americano, africano o asiático. Aquí no hay alambres de espino con concertinas. Si tienes la plata, eres de la cofradía de la santa rapiña. Si tienes el dinero, y no quieres pagar impuestos, perteneces al selecto grupo de aquellos que pueden defraudar a las haciendas públicas.

Por decirlo clarito, para que lo entienda Bertín Osborne, “el campechano”: el que tiene una fortuna y no paga los impuestos que le corresponden es un ladrón. Y de los peores, porque nos roba a todos. Y además dos veces. Cuando se tiene una fortuna de la proporción que manejan estos personajes, por regla general tiene poco que ver con el sudor de la propia frente, y mucho con el sudor ajeno. Si encima esas fortunas, producto de la explotación y el latrocinio, no pasan el filtro del fisco, para que caigan algunas de sus migajas a través de los sistemas de redistribución del Estado, el robo es a dos manos, en dos tiempos y de una deleznable catadura moral.

Ahora  se escuchan declaraciones indignadas de representantes políticos de todo el espectro con respecto a este escándalo de los Panama papers. La hipocresía de algunos es sublime. Se muestran abiertamente indignados por la inmoralidad en el comportamiento de algunos próceres de los negocios, la farándula y la política, que depositaron su dinero en paraísos fiscales para evitar cumplir con sus obligaciones a Hacienda. ¿Cómo es posible que se muestren indignados, si esto no es más que producto del modelo económico que ellos mismos defienden?

En España, Partido Popular y Ciudadanos coinciden en lo fundamental: defienden un modelo de sistema económico basado en la creencia (defendida con la vehemencia de los fundamentalistas religiosos) en la existencia de unas leyes naturales intrínsecas a la economía de mercado. Unas leyes con capacidad de auto-regulación, en las que el Estado o las organizaciones internacionales no deben intervenir más que para garantizar el cumplimiento de las reglas del juego. Ya en sí es una contradicción irresoluble el hecho de defender que existen normas que deben seguirse (“reglas del juego”) en un sistema que considera que existen leyes (las económicas) por encima de las convenciones humanas. O una cosa o la otra, listillos, que las dos no pueden ser.

La clave de esta contradicción está por supuesto en que no existe tal cosa denominada “mercado autorregulado”. No se puede separar economía y sociedad. Están íntimamente imbricadas. La economía, por ello, está siempre subordinada a la política. Pero eso no se puede decir en voz alta, no vaya a ser que la gente se dé cuenta de que las cosas funcionan como funcionan no porque lo dicte la naturaleza (que es lo mismo que decir el destino, Zeus o los extraterrestres), sino porque determinados grupos están tomando las decisiones que permiten que el mundo dance según el ritmo que marcan sus intereses.

Esta creencia en que la economía puede y debe organizarse mediante el mercado auto-regulado ha mostrado con creces su potencial destructivo. Está más que comprobado, desde el siglo XIX, que la libertad de mercado desencadenada nos lleva a un lugar muy concreto: al infierno de la desintegración social, de la desigualdad galopante, de la xenofobia, del racismo y la guerra. Es lo que pasa cuando triunfa un proyecto político que entiende que todo es susceptible de convertirse en mercancía. Si junto a las patatas, los tomates y la carne de res, si junto a los frigoríficos, los celulares y la ropa, se pueden comprar y vender relaciones sociales, el trabajo de las personas, sus angustias y esperanzas, además de su medio ambiente, su entorno y los fundamentos materiales y espirituales de su propia existencia, entonces, el camino no es otro que el abismo.

Ahora quieren vendernos que lo de Panamá es producto de quienes se saltan las reglas del mercado. Digámoslo abiertamente: dejad de engañarnos. El mercado no se autorregula, sois vosotros los que instauráis las reglas. Los paraísos fiscales y la actitud de los que evaden impuestos no son ajenas al modelo económico: son parte indispensable del mismo.

Como botón, una muestra: la Directiva de Protección de Datos Comerciales aprobada este Jueves en la UE, en plena polémica por los Panama Papers, con 503 votos a favor y 131 en contra. En teoría, la directiva es para evitar la revelación de secretos frente al espionaje industrial. En la práctica, es una ley europea que fomenta la opacidad absoluta de las empresas, para evitar filtraciones, aunque éstas tengan que ver con corrupción, evasión de impuestos e incumplimiento de legislaciones nacionales e internacionales. Todos los conservadores y liberales de la cámara han votado a favor de esta Ley (incluye a Partido Popular y Ciudadanos). También los socialdemócratas (incluye a PSOE). Es decir, de cara a la galería, todos los líderes conservadores, liberales y socialdemócratas realizan compungidas e indignadas declaraciones por los datos revelados en el caso de los Panama Papers. Mientras tanto, aprueban leyes para dificultar no que existan defraudadores, sino que la ciudadanía pueda enterarse de su existencia. Los Panama Papers no son una anomalía: es representación fidedigna del motor que mueve este mundo: la avaricia.

Las máscaras y el rostro

Tengo que reconocer que este baile de sombras en torno a la investidura me tiene bastante preocupado. Pareciera que todos danzan en una especie de carnaval de disfraces donde sus participantes creen tener bien resguardadas sus intenciones. Se equivocan. Las máscaras son transparentes y puede percibirse perfectamente el rictus facial que trata de velarse. A base de tanto trabajo precario, tanto robo a cara descubierta, tanto insulto a la inteligencia y tanta erosión de la inflada y falaz burbuja de las expectativas con las que fuimos educados, una parte muy significativa de la sociedad española es capaz de ver con claridad meridiana la realidad que ocultan las poses. Las ajenas y las propias.

No creo que los votantes del PP sean imbéciles. Esos algo más de 7 millones de españoles que votaron a Rajoy el 20-D ven perfectamente el rostro que hay tras la máscara. Cualquiera que mire, por ejemplo, la cara de Rita Barberá, puede ver perfectamente el halo de inmundicia que le rodea. Se huele el hedor en cada una de sus amenazantes palabras. Las sonrisas a media luna de Esperanza Aguirre, el temblor en los ojos del Presidente, la forma de tragar saliva y quina de jóvenes cachorros como Pedro Casado o Andrea Levy, las imposturas indignadas de Maroto, las falacias envueltas en mandorla mística de nuestro Ministro de Interior, el resplandor de alimaña esquiva en los ojos de Montoro… Todo brilla anunciando su presencia. Todos pueden verlo. El Emperador está desnudo.

El rostro del PP es el rostro de la podredumbre, del enriquecerse con el dinero de todos, de la falta de respeto a los conciudadanos, del ordeno y mando, de la España Una y del me lo llevo calentito. Es absolutamente evidente. No da lugar a confusión. El problema de los votantes del Partido Popular no es que estén engañados, es que todo eso no les importa, o al menos no lo suficiente. Saben perfectamente qué es lo que están votando, pero creen o bien que todos son lo mismo o que el resto es aún peor, que el mundo es así y no tiene solución, pero al menos, estos son los suyos.

El rostro de Mariano Rajoy en la entrevista de Jordi Évole del pasado domingo es un buen ejemplo de la transparencia de las máscaras. Nuestro presidente del gobierno en funciones trata de contrarrestar la andanada de incómodas preguntas de Évole reivindicándole que en España también hay cosas buenas. La máscara es transparente: primero porque confunde España con su gobierno: hacer críticas a su gestión es hablar mal de España. Alucinante. Segundo porque cuando el presidente tiene que hablar de las cosas buenas de España, aparte del turismo, de lo que nos habla es, ni más ni menos, de la calidad de nuestro sistema de sanidad pública, precisamente uno de los sectores a cuyo desgaste sistemático se ha dedicado con más encono la labor de gobierno del Partido Popular. Hay que tener un rostro enorme para decir esto y quedarse tan agusto. No hay ya máscara que oculte tremenda jeta de cemento. Las cosas están muy claritas. Son unos sinvergüenzas.

Este tipo de votante del partido popular, que no es ignorante del olor a muerto, pero que tiene un gran resistencia olfativa,  es en gran parte similar a un porcentaje significativo del voto PSOE, y ambos comparten una realidad sociodemográfica incuestionable: están en peligro de extinción, pero resisten.

Lo veremos en las elecciones que están por venir si todos siguen danzando en este absurdo juego de máscaras transparentes. El PP perderá al menos un millón de votos, la mayoría de los cuales irán a parar a Ciudadanos y el PSOE no logrará mejorar sus resultados. La sangría de los socialistas será menor, pero no por méritos propios, sino porque vienen donando votantes a espuertas desde que Zapatero decidió que España era una filial del Deutsche Bank. No se puede perder la savia que no se tiene.

La danza entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es también desesperante. Todo  parece indicar que cada cual juega a dar quiebros para la galería, aparentando que se desea una noche larga de bailar pegaditos, pero en el fondo se está mirando por el rabillo del ojo la puerta de la discoteca. Mañana hay que volver, y se quiere estar de los primeros en la fila. El espectáculo es cansino, y duele en el corazón a aquellos que han depositado, entre los que me encuentro, su confianza en el partido morado.

Lo relevante es que un nuevo escenario electoral arrojará resultados similares, con una diferencia significativa: el hastío alimentará una alta abstención. Una abstención que ya sabemos a quién beneficiará. A los de siempre. El PP perderá votos pero podrá sumar con Ciudadanos, los mercados se calmarán y podremos entrar en una nueva y maravillosa senda de recortes en el gasto público, mientras seguimos cavando la tumba de nuestro raquítico Estado del Bienestar para que los ladrones de lo público se lo sigan montando de maravilla a nuestra costa.

Todos los que juegan a la danza de las máscaras transparentes saben que éste será el resultado, y que tendremos una legislatura, en el caso de nuevas elecciones, de corta duración, quizás dos años, para dar lugar a las mínimas reformas necesarias para lavarle la cara al niño muerto, a ver qué pasa después.

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