Tengo que reconocer que este baile de sombras en torno a la investidura me tiene bastante preocupado. Pareciera que todos danzan en una especie de carnaval de disfraces donde sus participantes creen tener bien resguardadas sus intenciones. Se equivocan. Las máscaras son transparentes y puede percibirse perfectamente el rictus facial que trata de velarse. A base de tanto trabajo precario, tanto robo a cara descubierta, tanto insulto a la inteligencia y tanta erosión de la inflada y falaz burbuja de las expectativas con las que fuimos educados, una parte muy significativa de la sociedad española es capaz de ver con claridad meridiana la realidad que ocultan las poses. Las ajenas y las propias.

No creo que los votantes del PP sean imbéciles. Esos algo más de 7 millones de españoles que votaron a Rajoy el 20-D ven perfectamente el rostro que hay tras la máscara. Cualquiera que mire, por ejemplo, la cara de Rita Barberá, puede ver perfectamente el halo de inmundicia que le rodea. Se huele el hedor en cada una de sus amenazantes palabras. Las sonrisas a media luna de Esperanza Aguirre, el temblor en los ojos del Presidente, la forma de tragar saliva y quina de jóvenes cachorros como Pedro Casado o Andrea Levy, las imposturas indignadas de Maroto, las falacias envueltas en mandorla mística de nuestro Ministro de Interior, el resplandor de alimaña esquiva en los ojos de Montoro… Todo brilla anunciando su presencia. Todos pueden verlo. El Emperador está desnudo.

El rostro del PP es el rostro de la podredumbre, del enriquecerse con el dinero de todos, de la falta de respeto a los conciudadanos, del ordeno y mando, de la España Una y del me lo llevo calentito. Es absolutamente evidente. No da lugar a confusión. El problema de los votantes del Partido Popular no es que estén engañados, es que todo eso no les importa, o al menos no lo suficiente. Saben perfectamente qué es lo que están votando, pero creen o bien que todos son lo mismo o que el resto es aún peor, que el mundo es así y no tiene solución, pero al menos, estos son los suyos.

El rostro de Mariano Rajoy en la entrevista de Jordi Évole del pasado domingo es un buen ejemplo de la transparencia de las máscaras. Nuestro presidente del gobierno en funciones trata de contrarrestar la andanada de incómodas preguntas de Évole reivindicándole que en España también hay cosas buenas. La máscara es transparente: primero porque confunde España con su gobierno: hacer críticas a su gestión es hablar mal de España. Alucinante. Segundo porque cuando el presidente tiene que hablar de las cosas buenas de España, aparte del turismo, de lo que nos habla es, ni más ni menos, de la calidad de nuestro sistema de sanidad pública, precisamente uno de los sectores a cuyo desgaste sistemático se ha dedicado con más encono la labor de gobierno del Partido Popular. Hay que tener un rostro enorme para decir esto y quedarse tan agusto. No hay ya máscara que oculte tremenda jeta de cemento. Las cosas están muy claritas. Son unos sinvergüenzas.

Este tipo de votante del partido popular, que no es ignorante del olor a muerto, pero que tiene un gran resistencia olfativa,  es en gran parte similar a un porcentaje significativo del voto PSOE, y ambos comparten una realidad sociodemográfica incuestionable: están en peligro de extinción, pero resisten.

Lo veremos en las elecciones que están por venir si todos siguen danzando en este absurdo juego de máscaras transparentes. El PP perderá al menos un millón de votos, la mayoría de los cuales irán a parar a Ciudadanos y el PSOE no logrará mejorar sus resultados. La sangría de los socialistas será menor, pero no por méritos propios, sino porque vienen donando votantes a espuertas desde que Zapatero decidió que España era una filial del Deutsche Bank. No se puede perder la savia que no se tiene.

La danza entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es también desesperante. Todo  parece indicar que cada cual juega a dar quiebros para la galería, aparentando que se desea una noche larga de bailar pegaditos, pero en el fondo se está mirando por el rabillo del ojo la puerta de la discoteca. Mañana hay que volver, y se quiere estar de los primeros en la fila. El espectáculo es cansino, y duele en el corazón a aquellos que han depositado, entre los que me encuentro, su confianza en el partido morado.

Lo relevante es que un nuevo escenario electoral arrojará resultados similares, con una diferencia significativa: el hastío alimentará una alta abstención. Una abstención que ya sabemos a quién beneficiará. A los de siempre. El PP perderá votos pero podrá sumar con Ciudadanos, los mercados se calmarán y podremos entrar en una nueva y maravillosa senda de recortes en el gasto público, mientras seguimos cavando la tumba de nuestro raquítico Estado del Bienestar para que los ladrones de lo público se lo sigan montando de maravilla a nuestra costa.

Todos los que juegan a la danza de las máscaras transparentes saben que éste será el resultado, y que tendremos una legislatura, en el caso de nuevas elecciones, de corta duración, quizás dos años, para dar lugar a las mínimas reformas necesarias para lavarle la cara al niño muerto, a ver qué pasa después.

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