No importa si eres comunista o capitalista, primer ministro de una autocracia socialista o presidente de una república democrática; da lo mismo si eres actor o director de cine, ministro de Industria o premio nobel de literatura. Puedes ser también hermana y tía de reyes, deportista de éxito, fiscal general del Estado o íntimo amigo del presidente de una superpotencia en horas bajas. Incluso puedes ser miembro de una monarquía petrolera. O traficante de armas. No importa lo que seas, ni de donde vengas. Puedes ser judío, cristiano o musulmán, incluso las tres cosas a la vez. Da igual si eres árabe, europeo o americano, africano o asiático. Aquí no hay alambres de espino con concertinas. Si tienes la plata, eres de la cofradía de la santa rapiña. Si tienes el dinero, y no quieres pagar impuestos, perteneces al selecto grupo de aquellos que pueden defraudar a las haciendas públicas.

Por decirlo clarito, para que lo entienda Bertín Osborne, “el campechano”: el que tiene una fortuna y no paga los impuestos que le corresponden es un ladrón. Y de los peores, porque nos roba a todos. Y además dos veces. Cuando se tiene una fortuna de la proporción que manejan estos personajes, por regla general tiene poco que ver con el sudor de la propia frente, y mucho con el sudor ajeno. Si encima esas fortunas, producto de la explotación y el latrocinio, no pasan el filtro del fisco, para que caigan algunas de sus migajas a través de los sistemas de redistribución del Estado, el robo es a dos manos, en dos tiempos y de una deleznable catadura moral.

Ahora  se escuchan declaraciones indignadas de representantes políticos de todo el espectro con respecto a este escándalo de los Panama papers. La hipocresía de algunos es sublime. Se muestran abiertamente indignados por la inmoralidad en el comportamiento de algunos próceres de los negocios, la farándula y la política, que depositaron su dinero en paraísos fiscales para evitar cumplir con sus obligaciones a Hacienda. ¿Cómo es posible que se muestren indignados, si esto no es más que producto del modelo económico que ellos mismos defienden?

En España, Partido Popular y Ciudadanos coinciden en lo fundamental: defienden un modelo de sistema económico basado en la creencia (defendida con la vehemencia de los fundamentalistas religiosos) en la existencia de unas leyes naturales intrínsecas a la economía de mercado. Unas leyes con capacidad de auto-regulación, en las que el Estado o las organizaciones internacionales no deben intervenir más que para garantizar el cumplimiento de las reglas del juego. Ya en sí es una contradicción irresoluble el hecho de defender que existen normas que deben seguirse (“reglas del juego”) en un sistema que considera que existen leyes (las económicas) por encima de las convenciones humanas. O una cosa o la otra, listillos, que las dos no pueden ser.

La clave de esta contradicción está por supuesto en que no existe tal cosa denominada “mercado autorregulado”. No se puede separar economía y sociedad. Están íntimamente imbricadas. La economía, por ello, está siempre subordinada a la política. Pero eso no se puede decir en voz alta, no vaya a ser que la gente se dé cuenta de que las cosas funcionan como funcionan no porque lo dicte la naturaleza (que es lo mismo que decir el destino, Zeus o los extraterrestres), sino porque determinados grupos están tomando las decisiones que permiten que el mundo dance según el ritmo que marcan sus intereses.

Esta creencia en que la economía puede y debe organizarse mediante el mercado auto-regulado ha mostrado con creces su potencial destructivo. Está más que comprobado, desde el siglo XIX, que la libertad de mercado desencadenada nos lleva a un lugar muy concreto: al infierno de la desintegración social, de la desigualdad galopante, de la xenofobia, del racismo y la guerra. Es lo que pasa cuando triunfa un proyecto político que entiende que todo es susceptible de convertirse en mercancía. Si junto a las patatas, los tomates y la carne de res, si junto a los frigoríficos, los celulares y la ropa, se pueden comprar y vender relaciones sociales, el trabajo de las personas, sus angustias y esperanzas, además de su medio ambiente, su entorno y los fundamentos materiales y espirituales de su propia existencia, entonces, el camino no es otro que el abismo.

Ahora quieren vendernos que lo de Panamá es producto de quienes se saltan las reglas del mercado. Digámoslo abiertamente: dejad de engañarnos. El mercado no se autorregula, sois vosotros los que instauráis las reglas. Los paraísos fiscales y la actitud de los que evaden impuestos no son ajenas al modelo económico: son parte indispensable del mismo.

Como botón, una muestra: la Directiva de Protección de Datos Comerciales aprobada este Jueves en la UE, en plena polémica por los Panama Papers, con 503 votos a favor y 131 en contra. En teoría, la directiva es para evitar la revelación de secretos frente al espionaje industrial. En la práctica, es una ley europea que fomenta la opacidad absoluta de las empresas, para evitar filtraciones, aunque éstas tengan que ver con corrupción, evasión de impuestos e incumplimiento de legislaciones nacionales e internacionales. Todos los conservadores y liberales de la cámara han votado a favor de esta Ley (incluye a Partido Popular y Ciudadanos). También los socialdemócratas (incluye a PSOE). Es decir, de cara a la galería, todos los líderes conservadores, liberales y socialdemócratas realizan compungidas e indignadas declaraciones por los datos revelados en el caso de los Panama Papers. Mientras tanto, aprueban leyes para dificultar no que existan defraudadores, sino que la ciudadanía pueda enterarse de su existencia. Los Panama Papers no son una anomalía: es representación fidedigna del motor que mueve este mundo: la avaricia.

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