El problema de hablar de ETA en España es que las posiciones están tan extremadamente polarizadas que es difícil oir las voces alejadas de los maximalismos. Dado que hay muertos en juego, es lógico que esto pase. El nivel de los decibelios se ha reducido porque, afortunadamente, ETA ha dejado de asesinar, pero la entrevista de Évole a Otegi en su programa Salvados ha puesto en evidencia que sigue ahí la chispa de la crispación. Las redes sociales han sido un buen espejo de todo esto.

Esta infértil polarización provoca que, si haces referencia a la existencia indudable de torturas por parte de las fuerzas de seguridad del Estado, si denuncias el retorcimiento de las leyes hasta límites de vulneración de derechos humanos bajo la excusa de la lucha contra el terrorismo, si recuerdas los años de plomo del terrorismo de Estado y los GAL durante el gobierno del PSOE y evidencias  la inhumana política penitenciaria con los presos de ETA, o, por poner otro ejemplo, te refieres al uso torticero del terrorismo por parte de determinados sectores de la derecha española, jugando con los muertos para hacer prevalecer sus argumentos, inmediatamente se te coloca el sambenito de “cómplice de ETA”, justificador de sus asesinatos o “amigo de los terroristas”.

Esta acusación se extiende a posicionamientos políticos. Si defiendes como legítima, la compartas o no, la aspiración de los sectores de la sociedad vasca que son partidarios de la independencia, incluyendo en tal aspiración legítima la defensa de la pertinencia de algún tipo de consulta que permita conocer la opinión mayoritaria de los vascos, en muchas ocasiones esto te convierte en sospechoso de apoyar a ETA.

En la otra orilla ocurre lo mismo. Si denuncias el salvajismo practicado por ETA en la defensa de sus posicionamientos políticos, si te repugna la lógica terrorista de su estrategia militar, consistente en poner muertos sobre la mesa de negociación, si criticas a los que sin ser de ETA justifican la violencia que ésta ejerce, puedes sufrir el riesgo de ser acusado de “amigo de los fascistas” o “españolista”, se te señala como ignorante de la realidad, como imbécil manipulado por los medios de comunicación, sumiso al relato del Estado, y un sinfín de apreciaciones similares.

Este juego de posicionamientos dicotómicos pone de relieve, entre otras cosas, hasta dónde llegan las cosas cuando la violencia se convierte en una de las matrices fundamentales en el seno de un conflicto político.

La opción de la lucha armada, como recuerda Otegui en la entrevista, era prácticamente “sentido común” en gran parte de la izquierda radical revolucionaria mundial en los años 70. En el caso que nos ocupa, a este contexto general de aceptación de la violencia como un medio legítimo para alcanzar fines políticos, habría que añadir una particularidad española que explica la génesis de ETA: el franquismo.

Que ETA es un producto del franquismo es una evidencia, y lo es en dos sentidos. Nace como fruto de una situación de extrema represión ejercida por el Estado franquista, y nace imbuida precisamente de la cultura jerárquica, violenta e intolerante que Franco y su régimen infundieron en toda la sociedad española. Incluyendo a Euskal-Herria. ETA, como hija de Franco, compartía mucho con su odiado progenitor. Entre otras cosas, la idea de que es legítimo acabar físicamente con el adversario político. La existencia de ETA era un doloroso recuerdo de que Franco aún anidaba entre nosotros.

No es fácil la discusión en torno a la legitimidad o no del uso de la violencia frente a un Estado tiránico. Entre otras cosas porque siempre se puede estirar el concepto de aquello que se considera un Estado no democrático, y, aún más importante, porque cuando uno escoge la vía de las armas se ve inserto en unas lógicas que no tienen marcha atrás, donde el juego de suma cero y la justificación de los medios en aras del fin “último y legítimo” se tornan en la guía fundamental del pensamiento y la acción. Las trampas de este mundo son insalvables. Y las consecuencias son evidentemente dramáticas.

Parto de la base de que fue una auténtica barbaridad el encarcelamiento de Arnaldo Otegi. Era evidente que estaba poniendo toda la carne en el asador en favor de una solución pacífica al conflicto de ETA con el Estado y que abogaba (como aún hace), por las vías de la conflictividad democrática no violenta. La entrevista de Évole ha dejado esto bien claro. El encarcelamiento de Otegui da pábulo además a esa idea que defienden algunos, como hace el propio Otegui, de la existencia de sectores conservadores no interesados en que se acabe la actividad terrorista de ETA. Es curioso que se defienda esto, porque si se sigue la lógica de este argumento, se infiere, aunque esto no lo diga Otegui, que efectivamente la existencia de ETA favorece a los sectores más reaccionarios en el seno de la sociedad española.

La entrevista, además de la clara apuesta de Arnaldo Otegui por el abandono de la lucha armada, deja bastante claro la parálisis intelectual de la que adolece, extensible probablemente a parte del mundo al que pertenece. Su pensamiento parece congelado en el tiempo. Es sorprendente escucharle decir que ETA “no tenía intención de matar” cuando puso la bomba en Hipercor. Es patético su argumento en torno a no condenar la violencia para no soliviantar a los sectores “duros” que se oponen a la vía pacífica que él defiende. Ahí hay un problema ético de calado. Y no sirve decir que en “el otro lado” también hay una falta de reconocimiento. No debiera haber contradicción en expresar el mismo profundo desprecio por quienes torturaron y asesinaron a Lasa y Zabala como por quienes asesinaron de un cobarde tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco.

En medios de comunicación afines a la izquierda abertzale puede leerse que la entrevista de Évole es a lo máximo que puede aspirar una entrevista “española”. Parece que no acaban de asimilarse toda una serie de cuestiones básicas, la primera de las cuales es evidentemente difícil de asumir: estaban equivocados.  Y la persistencia en el error ha provocado cientos de muertos, ha destrozado la vida de familias enteras, ha azuzado las tendencias más represivas y antidemocráticas del Estado, ha alimentado los argumentos de la derecha más recalcitrantemente españolista, ha generado un clima cultural de violencia irrespirable en Euskadi.

Para estos sectores efectivamente no debe ser fácil asimilar todo esto, como no es fácil asimilar la derrota. ETA ha sido derrotada, pero, frente al argumento de los sectores “españolistas” que aluden exclusivamente a la “victoria” de las fuerzas de seguridad del Estado, o la idea expresada por Otegui en Salvados, que habla de una victoria de las posiciones democráticas en contra de la violencia al interior de la izquierda abertzale, creo que lo justo sería añadir un factor importante: ETA ha sido derrotada por ella misma.

Su actividad criminal durante décadas ha acabado segando bajo sus pies el trigo que le alimentaba: la aquiescencia cómplice de parte de la sociedad vasca (y de parte de la izquierda española). La sociedad, especialmente la vasca, logró pensarse a sí misma de otra manera y acabó entendiendo como intolerable el mantenimiento de la lucha armada. El tiro en la nuca a Miguel Ángel Blanco fue el definitivo tiro de gracia que ETA se dio a sí misma. Perdida la legitimidad que pudiera tener como consecuencia de su actividad armada de resistencia al régimen dictatorial de Franco, sus acciones terroristas a partir de los años 80 fueron crecientemente incomprensibles para cada vez más amplios sectores de la parte de la sociedad española que comprendió la lucha armada antifranquista. El terrorismo de Estado durante el gobierno de Felipe González probablemente ayudó a paliar su pérdida de legitimidad, pero el proceso era imparable.

 La entrevista de Jordi Évole quizás estuvo demasiado escorada en insistir en la cuestión de la condena de la violencia, acaso era esto inevitable, pero desde luego tuvo el valor de poner en evidencia todas estas cuestiones. Otegi aparece como lo que es, un militante independentista que ha sido defensor de la lucha armada, y es consciente de la ineficacia de esta estrategia, del dolor causado y de la necesidad de cambiar la orientación de la lucha política en los marcos estrictos del combate político no violento. No queda claro hasta qué punto su apuesta por “la vía política” frente a la “vía armada” es producto de una conciencia clara en torno al daño causado por los asesinatos de ETA, pero desde luego uno no puede más que alegrarse de que efectivamente ETA haya dejado las armas y de que al interior de la izquierda abertzale se haya por fin llegado a la conclusión de la necesidad de defender sus posiciones desde vías exclusivamente “políticas”, sin recurrir a la violencia.

Una de las cuestiones más lamentables reflejadas en la entrevista es la pretensión de Otegi de dejar de hablar del pasado. Como bien le recuerda Évole, este argumento es el mismo que utiliza por ejemplo la derecha española (y parte de la socialdemocracia) para obviar un debate profundo sobre las consecuencias de la guerra civil y los 40 años de dictadura. Queda absolutamente claro que hay un abierto combate por el relato y es curioso que se defienda desde la izquierda nacionalista vasca la necesidad de hacer borrón y cuenta nueva.

Si algo ha demostrado el olvido consciente que sobre nuestro pasado se articuló desde la Transición, es que aquello que no se restituye con dignidad y justicia se convierte en un problema histórico que entorpece la posibilidad de mirar hacia el futuro. El “olvido” de la Transición sobre el terrorismo ejercido por el Estado franquista ha sido uno de los caldos de cultivo que explican la persistencia de ETA, la existencia de torturadores en la policía, la guardia civil y el ejército, la pervivencia de actores y valores antidemocráticos en las instituciones del Estado. Parece que Otegi, como nos decían Felipe González, Adolfo Suárez y Santiago Carrillo durante la Transición, nos está diciendo que por el bien del proceso, es necesario aceptar esta renuncia a la memoria. Más bien pareciera al contrario; por el bien de la paz no debemos olvidar. De lo contrario, aquello que se reconstruya tendrá cimientos de barro que tarde o temprano mostrarán su debilidad estructural, corriéndose el peligro de que se venga abajo todo lo que sobre ellos se haya construido.

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