Mariano Rajoy vuelve a lo suyo y anuncia con trompeta, a bombo y platillo, el Advenimiento del Apocalipsis si llega a la Moncloa la coalición de extremistas que vienen a disolver todo lo que de bueno tiene España.

Osea, que para nuestro ímprobo presidente en funciones, la España de la corrupción, las concesiones públicas a cambio de prebendas, los partidos políticos financiados ilegalmente, las tarjetas blacks, el atraco a mano armada y a cara descubierta del erario público, la España de los recortes sociales, los desahucios, el crecimiento de la desigualdad, el paro y la desesperanza; la España en la que los dirigentes políticos se carcajean en la jeta de la ciudadanía mientras le meten la mano en el bolsillo,  es decir,  su España, la que ellos han construido con tesón, aplicación y eficacia, corre el peligro de disolverse.

Por favor, si eso es así, que vengan ya, a caballo, en tropel y arrasando todo a su paso, los comunistas-bolivarianos-populistas con su ejército de orcos de Mordor. Les estamos esperando con las manos abiertas y el voto bien apretado en la mandíbula.  

Albert Rivera, el yernísimo de España, profundiza en el mismo tema, tira de Guerra Fría y nos habla del peligro de las hoces y martillos, sumándose al mantra del Caos de Rajoy, pero en versión Don Limpio. Rivera se tira al monte, y lanza la caña para pescar en el charco del franquismo sociológico. Un lugar donde aún respiran unos 5 millones de votos, en los que el mensaje del Caos, la ruptura de España, la invasión de los inmigrantes y la intolerancia con el que piensa diferente aún se enseñorea con ojeriza. Es lo que se llama el espacio Le Pen, el posible futuro del PP habidas cuentas de su manifiesta incapacidad para regenerarse.

Durante la campaña, la competición por el mismo espacio entre Ciudadanos y el PP será encarnizada. Tras las elecciones, las aguas volverán a su cauce, y los oportunistas de Rivera pactarán un posible gobierno con el partido de la corrupción. Rivera aún no se ha enterado que el butrón por el que entraron, el abierto por Podemos, es el del hastio y el cabreo, el de las nuevas generaciones frustradas en sus expectativas y de las más antiguas avergonzadas de haber votado durante tanto tiempo a los buitres que se alimentan de la carroña en la que han convertido a sus hijos.

Susana Díaz, desde Andalucía, sigue representando la escena triunfal con la que nos obsequió a todos tras su victoria en las autonómicas del 22 de marzo 2015. Habla como si el aire que expulsa su boca estuviese bendecido por la Virgen del Rocío, se mueve y expresa como la dueña del Cortijo, y se adscribe al concepto de socialista exactamente en el mismo sentido en el que se declara del Betis. Soberbia y mensaje vacío de contenido. Exactamente es lo que parece: se ha tragado a Felipe González y cada vez se parece más a su maestro. Como Felipe, cuando mira de reojo uno sabe que lo que viene son puñales. Uno tiene el nombre de Teresa Rodríguez, a la que pareciera que odia a muerte si se escuchan los rifirrafes que mantienen en el Parlamento Andaluz. El otro tiene inscrito el nombre de Pedro Sánchez, y más que un cuchillo, de evidente, es ya una guillotina. El 26-J caerá la cabeza de Sánchez, y con ella la de su equipo, que por mucho que se afane en culpar a Podemos del desgobierno y la falta de pactos, tiene los días contados. Antonio Hernando podrá por fin quitarse esas horribles gafas azules con las que pretende convencernos de que es un progre.  Y todo porque la alternativa extremista que viene a disolverlo todo lo primero que corroerá es la segunda posición del PSOE. La unión de Podemos, las confluencias e IU es como Aníbal a las puertas de Roma: todos están temblando.

Y si ellos tiemblan, ahí está nuestro voto.

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