Albert Rivera, el Yerno de España, alcanza cotas insuperables de ridículo en su intento, por ahora fallido, de recuperar votos a su derecha. El reciente y estéril pacto con el PSOE para formar gobierno debe haber movido las aguas del odio entre ese sector de votantes de Ciudadanos que, huidos del PP avergonzados de tanto trinque con mofa del erario público, recalaron en el partido de Rivera. Para ellos Rivera representaba lo mismo que el PP, pero sin caspa, con las manos limpias y con el cerebro suficiente como para captar el signo de los tiempos y tratar de aplicar los principios del de Lampedusa.

Sin embargo, para este sector de votantes a los que les molesta tanta evidencia de corrupción, adoctrinados en la crispación anti-PSOE (un curioso y alucinado universo donde Stalin y Zapatero son la misma cosa), no debe haber sido plato de muy buen gusto la escenificación del pacto entre Pedro Sánchez y Albert Rivera.

En estas, ante el nuevo embate electoral, los estrategas de Ciudadanos han debido llegar a la conclusión de que era necesario recuperar ese voto a la derecha. Para ello, nada mejor que recurrir a la táctica discursiva del “O nosotros o el Caos”. Eso ubica a Ciudadanos en el combate por el espacio electoral del PP: los mayores de 65 años. Al sector de éstos que vota al PP, la narrativa del miedo les convence, mentar la palabra “comunista” les sube la tensión hasta el desmayo, y se les puede mezclar en el mismo paquete Venezuela, Cuba, Corea del Norte, la conspiración judeo-masónica-marxista y el Advenimiento del Apocalipsis. Se lo tragan sin complejos, porque fueron educados en eso, y bastante tuvieron con sobrevivirlo.

Pero Rivera ha metido la pata hasta el fondo. El costo electoral de ir a Venezuela a defender los derechos que no le preocupan en su propio país es alto, porque pierde por el lado de las generaciones más jóvenes, que están hartas de que se les trate como a imbéciles, y no gana nada en el sector de gente mayor al que se dirigen. Para defenderse del Caos, ya está Rajoy. Ese es el discurso del PP, y asociarse a él no es una buena estrategia. El último CIS lo confirma: ciudadanos podría perder hasta dos escaños de los 40 que mantiene ahora.

En el debate con Évole en la Sexta, el sudor frío que cae por el cuello de Rivera cuando utiliza a los refugiados sirios como excusa para sus intereses electorales es un buen síntoma de las dificultades que tiene para justificar lo injustificable, por mucho que quieran culpar al aire acondicionado. En este debate Rivera perdió puntos, pero también Iglesias, que lo mezclaba todo (refugiados y migrantes, por ejemplo) con tal de asestar golpes dialécticos a su adversario. La imagen traslucida, en mi opinión, es la de que nada importa, incluyendo a los refugiados sirios, con tal de tumbar al adversario. Entiendo que es necesaria cierta simplificación en un debate de esas características, pero la falta de rigor chirría más en Pablo Iglesias, porque es él, y no el impostor que tenía enfrente, el que representa la esperanza, y ésta no tiene por qué estar reñida con la honestidad intelectual. Lo mismo vale para el patinaje artístico que se marcó Iglesias al decir que Marx y Engels eran “socialdemócratas”. Una cosa es decir que tu programa es socialdemócrata, que defiendes los valores de esa socialdemocracia que entre 1945 y los años 70 logró impulsar un Estado del Bienestar en Europa que llevó a las más altas cotas de expansión de derechos y protección de los sectores populares conocidas hasta el momento, y otra cosa decir que Carlos Marx y Federico Engels eran socialdemócratas. Cierto es que el partido en el que militaban tenía en sus siglas las palabras Social y Demócrata, pero comparar el SPD alemán de mediados y finales del siglo XIX con la socialdemocracia de posguerra es hacer un flaco favor al pensamiento de Marx, a la historia, y al rigor intelectual, que en alguien como Iglesias se presupone, porque sabe perfectamente de qué está hablando, como buen conocedor que es de la teoría política contemporánea y su historia.

En el debate “A Cuatro”, el guión siguió siendo el mismo. Rajoy sigue erre que erre con lo suyo: no estamos para experimentos, el PP es la solvencia demostrada en el gobierno, la corrupción es cosa de otros, y España vive una época dorada gracias al buen hacer y a la responsabilidad de su gobierno. No hay nada más que rascar en el cerebro de Rajoy, pero esto es inteligente, es lo que puede y lo que tiene que decir, porque verdades no puede decir ni una, y no le queda otra que mantenerse firme en su alucinada visión del país de las maravillas, marear con los datos, confiar en ese arco de entre 5 y 6 millones que le seguirán votando aunque le pillen con un cuchillo ensangrentado en la escena de un crimen y ver si Rivera sigue cometiendo errores para recuperar su voto “robado”. En el debate, todos fueron ostensiblemente contra él, no podía ser de otro modo. Pero Rajoy es rocoso, aguantó la tensión, sólo revelada en los tics que le bailan en el rostro cuando le mencionan la corrupción. Significativamente, prácticamente ignoró a Pablo Iglesias. Rajoy lo hizo bien, hizo lo que debía: aguantar el tipo. Él sabe cuál es su apuesta: ganar por la mínima, pactar con Ciudadanos y que el PSOE se abstenga.

Pedro Sánchez está resultando tener más resistencia a la muerte de lo que muchos esperábamos. Es un pez fuera de la pecera, dando bocanadas, aunque a veces pareciera anfibio. Es sorprendente que haya durado tanto al frente de la Secretaria General del PSOE con todo en contra. El peor resultado electoral del PSOE en su historia, las encuestas anunciando el sorpasso, y la Cacique del Sur preparándole la mortaja. En el debate seguía tratándonos como a estúpidos intentando traspasar a Iglesias el fracaso en la formación de gobierno tras el 20-D. Eso no se lo cree nadie. Sánchez no lee o no entiende el CIS. O en realidad sí, pero las armas que tiene son las que le ha dado Susana, y con esas lo único que puede hacer es practicarse el harakiri. No tiene opciones, y es previsible que caiga de un tajo tras las elecciones. Lo único que mantiene en pie a Sánchez es algo que la baronesa del sur advirtió hace unos días en los pasillos del Parlamento andaluz: “el PSOE es mucho PSOE”. Los de Podemos esto ya lo han entendido, y su estrategia, presente en el debate, de recordarle a Sánchez que ellos no son el enemigo y que tarde o temprano tendrán que pactar, nos revela que la materia gris sigue funcionando como una máquina bien engrasada en el partido morado.

El formato del debate “A Cuatro” en todo caso impedía el desarrollo de un combate dialéctico más potente, apenas permitía las contra-réplicas y los periodistas encargados de dirigirlo son de ese tipo que desconocen absolutamente el concepto de re-pregunta. Allí no se iba a exigir coherencia a los políticos ni a palpar sus contradicciones. Fue un debate-propaganda: cada uno va a soltar lo suyo, a repetir consignas y a volver a casa, que al día siguiente les toca afirmar con vehemencia que fueron los que se impusieron en el debate. La verdad es que nadie perdió ni ganó mucho, y las cartas parecen estar ya echadas sobre el tablero en intención de voto.

Frente a los que piensan que después de estas elecciones todo será igual sostengo lo contrario. En primer lugar, habrá pacto de gobierno. Libia está que arde, y precisamente por eso, Obama visitará las bases militares norteamericanas en España este verano: no en vano son la punta de lanza de las fuerzas de intervención en el Norte de África. En Gran Bretaña están decidiendo si se quedan en la UE, y Bruselas está advirtiendo a España que el déficit está por las nubes y tocan nuevos recortes. En Francia tienen una buena tangana liada con La Nuit Debout y la presión de los sindicatos, contra los que la policía se está aplicando con saña, para mayor descrédito del Partido Socialista de Hollande, mientras Marine Le Pen saliva soñando con tomar el Elíseo. Mientras, en Europa del Norte los partidos xenófobos y populistas de derecha continúan engordando. Este escenario internacional pesará. Europa no puede permitirse una España sin gobierno, y presionará, ya lo creo que lo hará, para que esa Grosse Koalition con la que se lleva especulando desde hace tiempo tome forma.

En segundo lugar, Unidos-Podemos va a acariciar su soñado sorpasso. Podríamos decir que simplemente viene la “segunda fase” del sorpasso, porque ya vimos una primera en las grandes concentraciones urbanas. Veremos si consiguen superan en escaños al PSOE, pero en votos todo apunta a que el tándem Iglesias-Garzón logrará lo que nunca logró Julio Anguita. En torno a unas diez circunscripciones donde el último escaño fue muy disputado en las pasadas elecciones del 20-D, pivotará gran parte de esta jugada. En todo caso, veremos también hasta donde llega la capacidad anfibia de Pedro Sánchez, las ansias de poder de Susana Díaz y, lo que es más relevante, en que quedará el combate interno del Partido Socialista, desgarrado entre los sectores que prefieren pactar con el Diablo antes que ceder a una alianza por la izquierda, y aquellos que entienden que sólo se puede dar un vuelco a la situación aceptando la invitación de Iglesias.

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