Hay quien piensa que la decisión de Albert Rivera de iniciar negociaciones con Rajoy para votar a favor de su investidura es un giro de 180º. Pero no. Es un giro de 360º. Simplemente ha girado sobre sí mismo para volver a donde estaba.

No es una gran sorpresa que se haya desdicho de su no rotundo a Rajoy. La rotundidad en las declaraciones es hoy en día una moneda muy usada y que no debiera sorprender a nadie; hace tiempo que nuestros representantes políticos no tienen ningún tipo de empacho en decir una cosa y la contraria sin solución de continuidad. Dice mucho de lo que piensan de nosotros, los ciudadanos electores. Dado que hagan lo que hagan y digan lo que digan muchos les siguen votando, es lógico también que hayan llegado a la conclusión de que gran parte de sus votantes son unos imbéciles políticos.

Lo verdaderamente inusual era que durante tanto tiempo haya mantenido Albert Rivera lo que a todas luces era una falacia electoralista que ya había perdido todo su potencial una vez vistos los resultados del 26-J. Ciudadanos ha sufrido un significativo castigo electoral, corre el peligro de quedar en la irrelevancia y ha hecho lo que todo aquel que busca perdurar en política debe hacer: no perder posiciones y buscar el momento propicio para marcar el paso.

Rivera ha estudiado bien la coreografía: se presenta a bombo y platillo, con letreros de neón y la bandera de España y la UE inscritas en la retaguardia, como el hombre de Estado que, ante la situación de incertidumbre que nos atenaza, mueve ficha, tragándose sus principios “por el bien de España”. De paso, avanza unas casillas de cara a las próximas elecciones en País Vasco y Galicia.

Con sus 6 propuestas al PP, se presenta Rivera como el Don Limpio campeón contra las manchas de la corrupción (cuando en realidad está avalando a un Partido político podrido hasta el tuétano), y como el Churchill Español preocupado por los intereses del país frente a la inactividad y el bloqueo de la “vieja política” (cuando en realidad no ha conseguido ningún tipo de compromiso con respecto a la convocatoria de la investidura de Mariano Rajoy).

Tras la pifia monumental en las elecciones, con algunos grandes errores de bulto, como ir a Venezuela a hacer demagogia con los derechos humanos (ese espacio pertenece al PP y de ahí no lo va a tumbar nadie), Rivera ha tomado la decisión de hacer lo que todos esperaban que hiciera. En mi opinión es una jugada inteligente.

Sin embargo, lo único relevante de sus propuestas es la cuestión de la Comisión de Investigación sobre la corrupción: si el PP acepta eso, a algunos les puede temblar el sillón, como es el caso de Rita Barberá, que posiblemente será imputada en breve. Eso sí abre un par de expectativas curiosas: por un lado, Rita, que no es un corderito sino un león, amenazará con rugir, y entonces a otros les entrará el temblor. Además, una Comisión de Investigación no es otra cosa que una tarima pública y mediática donde los partidos aprovechan para dar candela al adversario, y eso augura una legislatura movida, algo que por otra parte ya era evidente habidas cuentas de la fragmentación inusitada del arco parlamentario. Además no creo que nadie en la oposición desaproveche la ocasión para llamar a declarar a Jose María Aznar y a otros insignes piratas de lo público, y eso sí que será un espectáculo animal, de los de la 2 al mediodía, con manadas de ñus cruzando el rio y cocodrilos esperando al acecho para hincar el diente.

Creo que en todo caso, a pesar del sagaz movimiento táctico de Ciudadanos, el gran beneficiado de la jugada es Mariano Rajoy. Que un tipo responsable de la mayor desestructuración del régimen de bienestar en la historia democrática de España, acuciado por los casos de corrupción sistémica que aquejan a su partido, famoso por su verborrea disléxica, su incapacidad oratoria y unos tics nerviosos que anuncian con claridad meridiana que a continuación nos va a soltar una trola tamaño Valle de los Caídos, siga a cargo del gobierno y controlando con maestría los tiempos, es como mínimo digno de una reflexión. O Rajoy es un estratega impresionante o España tiene un problema de cultura política de dimensiones apocalípticas. Yo particularmente prefiero situarme en un punto intermedio entre esas dos conclusiones. La cultura posfranquista en España (nuestro problema de cultura política) está en decadencia y tarde o temprano será sustituida por una nueva matriz cultural democrática de otro talante. Pero la ciénaga es enorme y espesa. Rajoy no es Maquiavelo, pero no tiene un pelo de tonto, y hace lo que sabe hacer: resistir. En eso no le gana nadie.

La jugada de Rivera le hace la cama a Rajoy, y le coloca en la estela de su estrategia: presionar al PSOE para que se abstenga en la votación de investidura. Rajoy le dice al líder de Ciudadanos que tiene que consultar con sus barones para que se vote la propuesta. Impresionante. ¿Han oído? El PP votando propuestas. En Génova deben estar destornillándose. Una semanita más de tiempo para que le aprieten los tornillos a Sánchez desde su propio partido. Felipe González no ha perdido comba y ha corrido presto a iluminarnos con su sabiduría: “la decisión de Rivera es el principal acto de responsabilidad política desde las elecciones”. Buena jugada la de Rivera: gracias a él aún hay más posibilidades de que siga pilotando el navío España el mismo timonel que nos ha llevado a la deriva.

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