Cutting_the_Stone_(Bosch)La Real Academia de la Lengua Española acepta varias acepciones para la palabra idiota. La primera de ellas, la de uso probablemente más común en la comunidad castellano-hablante, es la de “tonto o corto de entendimiento”. En mi opinión, la polémica en torno a la convocatoria de la investidura es una muestra más de que tanto Partido Popular como Partido Socialista así como los “nuevos” chicos en el barrio, el Partido de la Impostura que lidera Albert Rivera, van más allá en el uso del diccionario, y no solo asocian esa primera acepción de la palabra idiota a la sociedad española en pleno, y especialmente a sus propios votantes, sino que, además, cuando nos caracterizan a todos nosotros con tal apelativo, están haciendo un auténtico ejercicio de erudición etimológica.

La palabra “idiota” se forma en castellano a través del latín, que a su vez tomó la expresión del griego. En la lengua de los antiguos griegos, “idios” se refiere a “lo de uno mismo, lo particular” (de ahí la palabra, por ejemplo, idiosincrasia) e “idiotes”, palabra de la misma raíz, y que está en el origen de nuestro actual “idiota”, es “aquel que sólo se ocupa de sus propios asuntos”, es decir, aquel que no se preocupa de lo público.   Dado que para el mundo griego antiguo, (o más específicamente, para las élites de las comunidades de la Hélade antigua que desarrollaron el modo de organización política denominada polis, que a grandes rasgos podríamos traducir por “Estado”), la participación en la vida pública era lo propio de la condición humana, “idiota” era todo aquel que se veía obligado (es decir, que no era libre) a “dedicarse sólo a sus asuntos”, o lo que es lo mismo: a sobrevivir. La conclusión, que hoy llamaríamos “clasista”, es evidente: los trabajadores y los esclavos son los idiotas, porque no son libres para dedicarse a la única actividad a la que un ser humano debe aspirar en vida: ser ciudadano (polités). Para el griego antiguo, xenófobo hasta la médula, y muy orgulloso de su propia organización política, el paradigma del “idiota”, del no-ciudadano, era el barbaroi (literalmente, “el que balbucea”, de donde deriva nuestra palabra bárbaro), es decir, los extranjeros gobernados por sistemas políticos despóticos donde el pueblo (demos) no tomaba ningún tipo de decisión política en el ágora pública.

Cuando Mariano Rajoy sale a la palestra pública a tratar con menosprecio a los periodistas o a decirnos que la responsabilidad en la tardanza en la convocatoria de la investidura de gobierno es del Partido Socialista, está tratándonos, a todos nosotros, como a no-ciudadanos, como a idiotas que no entienden de cuestiones políticas. Rajoy piensa que puede mentirnos descaradamente porque somos ese tipo de idiotas de lo público. A todas luces es evidente que toda la problemática en torno a la convocatoria de la investidura es una cuestión de táctica política. El objetivo no es otro que presionar al Partido Socialista para que se abstenga en la votación, bajo la pena de que caiga sobre él la responsabilidad de la posible convocatoria de nuevas elecciones. El órdago que ha lanzado Ciudadanos con sus famosas 6 precondiciones para un pacto, le ha servido a Rajoy para apuntalar sus posiciones y añadir unos grados de presión al PSOE. Que se haya elegido el 30 de agosto como fecha de investidura (lo que significa que, de no salir Rajoy victorioso tendríamos elecciones ni más ni menos que en plenas fiestas navideñas) no es sino una vuelta de tuerca más que muestra hasta dónde está dispuesto a llegar nuestro presidente en funciones a la hora de mantenerse firme en sus posiciones de poder, por encima de cualquier otra consideración sobre los efectos que para nuestro país suponga. De rebote, Rajoy quiere la cabeza de Sánchez, porque sabe que una abstención supondría que la Cacique del Sur, Susana Díaz, aprovecharía la ocasión para desbancar al actual Secretario General del PSOE de su cargo. A Mariano no se le olvida lo de “indecente”.

Nuestro presidente es un hábil manipulador de los tiempos y está dispuesto a hacernos pasar por unas terceras elecciones, porque su estrategia parte de una premisa muy concreta: la clave está en provocar el hastío en la población, apagar la llama del interés político y las ansias de cambio, domeñar y domesticar a esa creciente parte de la sociedad que ha llegado a la conclusión, con la irrupción de partidos como Podemos (y, por la derecha, como Ciudadanos), de que es posible pensar en alternativas.

El Partido Socialista no va a la zaga en este menosprecio a los españoles. Ahora nos cuentan con aire indignado que ellos no pueden apoyar, ni absteniéndose, al Partido Popular en la investidura, porque ellos son la oposición, el reverso del Partido Popular y sus políticas. De buenas sabemos todos que el PSOE no es más que el lado izquierdo del mismo sistema corrupto, defectuoso democráticamente y despreciativo con sus ciudadanos. El Partido Socialista puede ser, efectivamente, la oposición al Partido Popular, pero ni mucho menos su reverso antagónico. La razón de la abstención del Partido Socialista es otra, y tiene mucho con ver, con un lado, con la amenaza de desbancar del poder al actual grupo dirigente en Madrid, una amenaza que viene precisamente de su último bastión de votos (Andalucía). Por otro lado, el PSOE lleva desde las elecciones europeas del 2014 mirando por el espejo retrovisor, atemorizado, el avance por la izquierda de los podemitas. Tras la pérdida de energía que han supuesto las pasadas elecciones para Podemos, el más formidable contrincante que ha tenido en el espacio de la izquierda sociológica el PSOE desde su enfrentamiento con el PCE durante los últimos estertores del franquismo, la dirección socialista ha decidido que no pueden desaprovechar la oportunidad para volver a recuperar espacios.

¿Y qué decir de Ciudadanos? “Por España” nos dicen que reniegan de lo que dijeron ayer, “por España” aceptan pactar con el partido más podrido de corrupción que ha parido el sistema democrático del 78, por “España” nos cuentan que van a dejar que siga gobernando el Presidente que dio ánimos a Bárcenas, que mantiene el aforamiento a Rita Barberá, que ha vendido nuestra soberanía, la nacional y la popular, a los intereses de los mercaderes, destruyendo siglos de historia en conquistas sociales. También nos tratan como a idiotas, los de Rivera. Tampoco nos cuentan que las ansias de pintar algo tras el descalabro de sus perspectivas electorales es la principal razón que da pábulo a su falta de coherencia.

El problema que tienen todos estos impresentables es que estamos dejando de ser idiotas. Las generaciones y la cultura política que les sostienen aún prevalecen, pero están en zozobra. Su modelo se resquebraja, y la tensión y la incertidumbre que nos atenaza no es más que una muestra de cómo el edificio amenaza con desmoronarse, aunque probablemente más lentamente de lo que a muchos nos gustaría. Los idiotas no somos nosotros, los idiotas, en el sentido moderno de “cortos de entendimiento” son ellos.

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