James C. Scott, en su obra “Los dominados y el arte de la resistencia” (2000), indaga en torno a la diferencia entre lo que él llama “el guión público” y el “guión oculto”. Con lo primero, simplificando,  se refiere a los discursos, los gestos, las prácticas y modos de comportamiento social hegemónicos expresados en la arena pública. Con la noción de “guión oculto”, en cambio, nos habla de los discursos, prácticas y modos de comportamiento que los subordinados (pero también las élites) expresan “fuera de la escena” del teatro público, que “confirman, contradicen o tergiversan” lo que aparece en el “guión público”.

La pregunta que se hace Scott gira entorno a las relaciones de poder, cómo entenderlas, partiendo de la premisa de que tanto las élites como los subordinados sobreactúan de manera estratégica en los espacios públicos compartidos. Así, “cada grupo subordinado produce, a partir de su sufrimiento, un discurso oculto que representa una crítica del poder a espaldas del dominador. El poderoso, por su lado, también elabora un discurso oculto donde se articulan las prácticas y las exigencias de su poder que no pueden expresarse abiertamente” (Scott 2000,21).

Esta distinción me anima a pensar en la existencia de cogniciones sociales soterradas, mantenidas en el tiempo, que no son expresadas literalmente en el mundo de lo público hasta que emergen en situaciones de crisis, en momentos en los que el discurso hegemónico presenta fisuras por las que escapan a presión otras formas de significación que siempre estuvieron presentes pero permanecían invisibilizadas. En mi opinión, el Movimiento 15-M y más tarde el nuevo partido político “Podemos”, haciéndose en parte eco del juego de resignificaciones de lo político que los indignados habían imprimido en la esfera pública, sirvieron como válvula de escape, como catalizador y expresión de esos “guiones ocultos” presentes, pero hasta entonces no manifestados en término de disputa contra-hegemónica, en parte de la sociedad española.

La crisis económica y el tipo de políticas articuladas para enfrentarlas han servido de vaso comunicante entre la esfera pública y estos discursos subterráneos de los gobernados. Cuestiones que hace apenas unos años apenas podían plantearse, como la necesidad de una reforma de la Ley Electoral, el cuestionamiento de la figura y el relato que se había construido sobre la figura del rey Juan Carlos I, el hartazgo con la corrupción que asola el sistema político, el problema no resuelto de la organización territorial del Estado, la casi indiferenciada política económica de los dos grandes partidos, el alejamiento de las instituciones de la ciudadanía, la angustia vital de unas nuevas generaciones conscientes de la frustración de sus expectativas de movilidad social ascendente; en definitiva, la escasa calidad de nuestro régimen democrático y de bienestar, están ahora situadas no ya en el ámbito de lo público, sino en las propias instituciones, incluyendo el “Templo” privilegiado del juego democrático que recibe el nombre de Parlamento.

La prueba está no sólo en los 71 representantes de Unidos Podemos y “las confluencias”, sino en el hecho de que gran parte de las reivindicaciones que formaban parte de ese guión oculto y que el 15-M puso en escena, forma parte ya del lenguaje de la política española, habiendo sido integrada por el PSOE, el PP y Ciudadanos, reapropiándose de su sentido y modificándolo en función de sus intereses. El caso más evidente es el de Albert Rivera y su tropa de impostores, que se presentan asimismos como adalides de la regeneración de la política mientras pactan sin demasiado remilgo precisamente con aquellos que la han podrido.

Si aceptamos que, siguiendo todavía a Scott, las resistencias ocultas de los dominados permanecen agazapadas detrás de una gruesa máscara de aquiescencias mientras más amenazante es el poder, la quiebra de esta máscara, la salida a la luz del rostro y el gesto de la indignación, supone una expresión de un momento de debilidad de las estructuras de poder.

La cuestión hoy estriba en saber si esas estructuras de poder, que no son sólo personas concretas, sino proyectos, formas de entender el mundo, discursos que orientan prácticas, es decir, una determinada matriz fundamental dentro de una específica cultura política, han sabido reaccionar con inteligencia a esta situación de debilidad, y se han recompuesto en sus posiciones.

Sin duda, la zozobra y la incertidumbre ha atenazado a las élites políticas y económicas españolas enrocadas en el sistema político heredado de la Transición en los primeros momentos de irrupción de la “hipótesis Podemos”.

La situación crítica en la que se encuentra el PSOE es una buena muestra de ello. La desorientación interna de este partido es evidente. Han perdido una parte nada desdeñable de su fuerza electoral. La Secretaría General dirigida por Pedro Sánchez está abiertamente enfrascada en una lucha cainita con poderosos líderes regionales. Todo indica que estos mismos líderes están esperando los resultados electorales en Galicia y País Vasco para ver si pueden dar garrote a su Secretario General. La disputa interna en el PSOE muestra que no acaban de decidirse entre la opción de continuar insuflando aire al desvencijado modelo político o virar a la izquierda para asegurarse un espacio de mayor protagonismo en la dirección del proceso de transformaciones que necesita el país.

Sin embargo, a su vez, el PSOE sigue manteniendo una considerable fuerza electoral y un evidente respaldo social. Su líder, Pedro Sánchez, ha demostrado tener una resistencia a la adversidad mayor de lo que muchos pensábamos. El PSOE sigue sosteniendo con fuerza su poder en bastiones electorales de importancia fundamental como es el caso de Andalucía, la primera Comunidad Autónoma en número de electores (más de 6,5 millones).

Las elecciones han demostrado que el bipartidismo, tal y como lo veníamos conociendo, ha llegado a su fin, pero a su vez han puesto en evidencia las bases de su resistencia. La tan pronosticada pasokización del PSOE, de producirse, va a ser algo más dilatada en el tiempo y el PP, por su parte, mantiene con fuerza la fortaleza de sus 7 millones de votantes educados en el postfranquismo. Una buena muestra de la cultura política posfranquista que asola a las huestes electorales del PP es la figura de Esperanza Aguirre, que acaba de reivindicar la figura de Millán Astray en la polémica suscitada por la decisión del consistorio madrileño de retirar su nombre del callejero. Que en pleno siglo XXI un político español se atreva a reivindicar la figura de un fascista declarado es un buen síntoma del tipo de enfermedades con las que la desmemoria de la Transición infectó a la sociedad española.

Millán Astray, sin duda un sociópata, fue ese tipo de “hombres del momento” (como Hitler, Stalin, Mussolini o Franco), que el siglo XX, arrastrado por el paroxismo de la violencia, encumbró hasta que llegamos a la autodestrucción de la Guerra Mundial. Millán Astray, héroe de guerra al que el régimen franquista llamó “El Glorioso Mutilado”, fue uno de los artífices del ascenso de Francisco Franco en el seno de la oficialidad golpista que provocó la Guerra Civil. Entre otros de sus principales logros figura el haber dado a luz a la  principal herramienta de represión del colonialismo español, La Legión Extranjera. A este cuerpo del ejército Millán Astray le infundió un espíritu de salvajismo brutal, que fue famoso por la práctica de razzias de castigo en los territorios coloniales en Marruecos, que incluían violaciones, torturas y mutilaciones entre la población civil. La Legión de entonces recibía a autoridades con “cabezas de moros” clavadas en las bayonetas y fomentaba entre sus subordinados el embrutecimiento a través de las drogas y la violencia desatada contra la población indígena.

Estas técnicas de guerra, que Millán Astray aprendió de las tácticas de terrorismo practicadas entre la población argelina por la Legión Extranjera Francesa a la que emulaba, serían posteriormente aplicadas con precisión en la Guerra Civil contra los propios españoles. En el famoso incidente con Unamuno en la Universidad de Salamanca llegó a decir que Cataluña y el País Vasco eran dos “cánceres en el cuerpo de la nación” y que el fascismo “remedio de España”, los extirparía con la precisión del bisturí. Esperanza Aguirre dice en defensa de este criminal que realizó en España una importante labor social. No tengo palabras para expresar lo avergonzado que uno se siente como español, como historiador y como ser humano, de tener que escuchar de boca de autoridades públicas semejantes barbaridades.

Volviendo al caso que nos ocupa, habría que concluir además que ha surtido efecto la estrategia articulada por PP y PSOE contra Podemos, con sus apoyos mediáticos, financieros e internacionales, consistente básicamente en tres estrategias de desprestigio:

(1)  Realizando alucinadas comparaciones con Corea del Norte, el terror comunista y la alianza bolivariano-populista de los 7 Jinetes del Apocalipsis (el discurso del miedo)

(2) Atacando directamente a figuras destacadas del partido aprovechándose de ciertas incoherencias (intensificadas y manipuladas, pero reales) entre los discursos y las prácticas (Monedero fue la primera víctima) (el discurso del nadie está libre de pecado)

(3) Y la táctica más efectiva a largo plazo: el ataque directo y con toda la panoplia a la fuerza motriz que impulsa a los de Iglesias: la ilusión por el cambio. Primero de manera indirecta (machacando a Grecia y a su dignidad insurrecta), y luego aprovechando el ritmo de los tiempos para jugar con el hastío de la población (el discurso de no existen alternativas).

A todo esto habría que sumar algunas dificultades que han mostrado los de Podemos a la hora de resistir el duro embate al que se le ha sometido. Ciertamente es David contra Goliath, y a pesar de que la onda ha propinado certeras pedradas en los ojos del gigante,  la pérdida de la iniciativa política, las disputas internas, hábilmente intensificadas y aprovechadas mediáticamente por sus adversarios, la creciente incapacidad para presentarse como “lo radicalmente otro” frente a PP y PSOE, inevitable en parte tras su acceso a las instituciones de gobierno municipal y estatal y algunos errores de bulto en las campañas electores, han pasado factura. Podemos atraviesa, tras la durísima travesía iniciada en 2014, un momento delicado, de necesidad de redefinición de posiciones. Un momento de debilidad que está siendo aprovechado con éxito por Mariano Rajoy.

El presidente en funciones ha logrado no sólo imprimir al resto de partidos su tempus soporífero y mortificador, sino que lo ha extendido al resto de la sociedad española. Rajoy busca abiertamente unas terceras elecciones, hasta que salga el resultado que necesita, jugando con el hastío y la desilusión, dos poderosos ingredientes que pueden actuar de precipitantes de una abstención que sólo puede beneficiarles a ellos, habidas cuentas de lo movilizados que están sus electores como resultado del hábil discurso del miedo al Caos.

Así las cosas, la reflexión invita a concluir que el Partido Popular ha sabido jugar muy bien sus cartas, y ha logrado extender la baza de la desilusión y la desafección políticas, su más potente as en la manga para mantenerse en el poder y lograr contener lo máximo posible los cambios que necesita el país, algunos de los cuales, por fortuna, son ya inevitables. El guión oculto de Rajoy es despolitizar a la sociedad, no permitir que se siga extendiendo la conciencia de la necesidad de una mayor implicación de la gente en la arena pública, tratar de volver a arrastrar la gramática de la indignación al ámbito de lo privado, que los plebeyos vuelvan a su condición de subordinados; es decir,  que sigamos siendo súbditos en lugar de ciudadanos.

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