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Jeremy Corbyn es el actual líder del Partido Laborista británico. Miembro de una familia muy politizada (sus padres se conocieron en una movilización pacifista en favor de la II República Española), es activista desde su juventud, y sobre sus 66 años pesan más de cuarenta participando en movilizaciones y causas sociales (contra la guerra sucia del gobierno británico frente  al IRA, contra el apartheid en Sudáfrica –hecho por el que estuvo incluso en la cárcel-, contra la guerra de Vietnam, contra la Guerra en Afganistán, Siria e Iraq, a favor del sindicalismo, por la defensa de los derechos humanos…) Ha combinado su presencia en movimientos sociales con la institucional desde que a principios de los 80 ganara un escaño como diputado a la Cámara de los Comunes por la circunscripción londinense de Islington North, escaño que ha mantenido elección tras elección durante más de 30 años. No ha sido un impedimento para él esta doble militancia, en las instituciones democráticas representativas y al pie del cañón de la acción colectiva desde abajo. De hecho, han sido numerosas las ocasiones en las que, ante la diatriba de elegir entre la línea oficial del partido o aquello que le dictaba su conciencia de activista, ha elegido lo segundo.

Para hacernos una idea del tipo de persona del que estamos hablando, por si lo anterior no es suficiente, está la anécdota del “cartucho de tinta”. El 8 de mayo de 2009, el diario conservador Daily Telegraph hizo saltar las alarmas de la indignación social cuando publicó los excesivos gastos a cargo del erario público del que hacían gala los diputados del parlamento. Lo más insidioso para la opinión pública británica fue conocer que los diputados utilizaban tramposamente los 27.000 euros al año que la legislación permite gastar para cuestiones relacionadas con la vivienda (por la necesidad de trasladarse a Londres para acudir al Parlamento) para realizar todo tipo de inversiones hipotecarias, amueblarse sus casas y otra serie de lujos a costa del contribuyente. Supimos entonces que el Primer Ministro Gordon Brown pasó factura por más de 6000 libras para que limpiaran la casa de su hermana, que el portavoz de Educación del gobierno, Michael Grove, se gastó más de 20.000 euros en decorar su piso o que el director del programa político de los tories, Oliver Letwin, se gastó más de 2000 euros en arreglar su pista de tenis. Este escándalo motivó que se escrutara minuciosamente la lista de gastos de los parlamentarios a costa de la ciudadanía. Entonces supimos quien había sido el que había pasado facturas al erario público por menos valor: Jeremy Corbyn: 8,95 libras por un cartucho de tinta de impresora.

Pedro Sánchez es el actual líder del PSOE (quizás ya por poco tiempo). Estudió Ciencias Económicas y Empresariales en un centro universitario privado, adscrito a la Complutense. En 1993 se afilió al PSOE, se convirtió en dirigente de las Juventudes Socialistas del barrio madrileño de Tetuán, y desde entonces su vida ha estado apegada al ámbito institucional. Concejal del ayuntamiento de Madrid, Asesor de presupuestos de la diputada europea Barbara Duhrkop, jefe de Gabinete del alto Representante de NNUU durante la Guerra de Kosovo, asesor de Economía de la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE. En 2008 ocupó el puesto 21 de la lista al Parlamento del PSOE por Madrid. No consiguió el escaño, que sólo pudo ocupar en septiembre de 2009 tras la vacante dejada por Pedro Solbes. En 2011, como uno de los hombres de confianza de Rubalcaba, formó parte del comité electoral del PSOE. En noviembre de 2011 volvió a presentarse para el Congreso. No consiguió el escaño, pero accedió, de nuevo, por vacante: esta vez de Cristina Narbona. Ya en 2014, tras la irrupción de Podemos en las europeas, se presentó a candidato a la Secretaría General del partido para suceder a Alfredo Pérez Rubalcaba. Consiguió el 48,6% de los votos. Es conocido porqué determinados caudillos y caudillas del PSOE apoyaron la candidatura de Pedro Sánchez. Como medio para contrarrestar al joven candidato Eduardo Madina, y bajo el acuerdo de convertirse en un hombre de paja de transición, a la espera de poder organizar las filas tras la creciente debacle electoral del PSOE y decidir quién sería candidato de gobierno, con la andaluza Susana Díaz como posible candidata definitiva. Pedro Sánchez les salió rana, y decidió, una vez en el poder del partido, pasarse por el arco del triunfo los pactos con sus poderosos valedores y mantenerse en el cargo a toda costa.

Dos tipos muy diferentes de socialdemócrata. Pedro Sánchez y Jeremy Corbyn evidentemente no son iguales. Pero lo relevante no es la breve semblanza biográfica anterior, incompleta y sesgada, que no es expuesta con una intención moralizante. No estoy diciendo que la vida de Corbyn demuestre por su activismo político que es mejor persona que Sánchez (la historia está llena de activistas deleznables y perjudiciales para la causa que representan, por otra parte). Ignoro quién es mejor persona de los dos, y, de hecho, no me importa en absoluto lo bondadosos que sean. Lo que me importa es que son personajes públicos, cuya actividad tienen influencia sobre la vida de mis semejantes. Lo que me importa es cómo sus posiciones políticas afectan para que este mundo sea más o menos desigual, más o menos redistributivo con los que menos tienen, más o menos positivos para atender a los intereses de los ciudadanos.

Ambos líderes socialistas acceden al poder en sus partidos políticos en un mundo en proceso de cambio. Un mundo en el que el pacto social de postguerra, nacido de la locura de la Segunda Guerra Mundial y del miedo a la alternativa comunista que asomaba por el Este, había alumbrado una serie de regímenes de bienestar en el que, buscándose la anulación de las tensiones sociales que habían llevado a Europa a la autodestrucción, se construyó una sociedad en la cual se logró aminorar el conflicto entre el capital y el trabajo a través de una labor de intermediación de un Estado “benefactor”. Se trataba de embridar a la economía para que sirviera a los intereses de las mayorías sociales sin perjudicar en demasía los intereses de los grandes capitales. Y ciertamente se logró alcanzar las mayores cotas de igualdad social, derechos, niveles de consumo y bienestar social del que nunca habían disfrutado las masas populares en el continente.

Ese pacto social, producto de la alianza de socialdemócratas y de cristiano-demócratas está hoy absolutamente quebrado, y esa quiebra ha afectado inevitablemente, de manera generalizada, a los distintos partidos políticos socialdemócratas europeos. La crisis económica ha puesto la guinda final a la decadencia política de estos partidos. La clave está en que los partidos socialdemócratas han ido paulatinamente perdiendo apoyo electoral. Esa pérdida de apoyo tiene una causa. La gente ha dejado de votar a unos partidos que aluden a su pasado, real y digno, de defensa de los derechos sociales y construcción del Estado del Bienestar, mientras ponen en prácticas políticas económicas que siembran la desgracia de la población a la que dicen defender. No es ni más ni menos que ésto. Los partidos socialdemócratas hace tiempo que abandonaron sus principios, sumándose sin solución de continuidad a las premisas del neoliberalismo: la era de la pospolítica, el discurso de las no alternativas, el paulatino desprecio de los intereses de las mayorías sociales y el beneficio de los grandes poderes económicos. Esta afirmación es desde luego cierta en términos generales, injusta probablemente con la labor de determinados grupos, sectores o individuos que, al interior de la socialdemocracia, han seguido manteniendo un fuerte compromiso social, y a la historia de los matices entre los partidos más estrictamente “liberales” en el sentido económico y las propuestas de sesgo social que efectivamente la socialdemocracia ha seguido manteniendo. En términos más groseros: los partidos “populares” y los partidos “socialistas” en Europa no eran exactamente la misma hez, pero cada vez olían más parecido. La crisis económica sirvió para convertir esta realidad en cruda evidencia a los ojos de cada vez más amplias capas de la población.

Y he aquí la diferencia fundamental entre Corbyn y Sánchez. Mientras que en Inglaterra un sector del laborismo, entre los que destacan gente como Corbyn, es capaz de ver las causas de la debacle de su partido precisamente en el abandono por parte de la socialdemocracia de su vertiente social y en su impúdica recepción de las teorías generales del neoliberalismo, en el PSOE no parece que existan sectores potentes que se hayan apercibido de esta realidad. A lo que estamos asistiendo en el PSOE no es a una confrontación entre proyectos ideológicos. Pedro Sánchez no representa a una corriente izquierdista al interior del PSOE, y sus críticos, con González a la cabeza y su más aventajada alumna, Susana Díaz, como promesa de futuro, tampoco representa algo muy distinto. Se trata simplemente de una lucha por el poder en un estado de incertidumbre de un partido que ha sido incapaz, como fue en otros tiempos, de entender las pulsiones y los guiones ocultos que anidan en las mayorías sociales. Ambos sectores están preocupados por la pérdida de sus posiciones de poder como resultado de la irrupción en el escenario político del más formidable adversario político con el que han tenido que enfrentarse en la izquierda desde que abatieron al Partido Comunista de Carrillo. A su vez, saben de su inmenso poder, del mantenimiento de un capital electoral que, a pesar de su espectacular merma, sigue siendo poderoso. Saben que siguen contando, y no están dispuestos a moverse un ápice. No sirven ya para nada más que para defender sus propios intereses y no parecen estar planteándose que lo que necesitan es un giro a la izquierda que vuelva a cimentar la legitimidad social que ellos mismos se han encargado de carcomer hasta sus entrañas.

No siento, como puede comprobarse, ningún tipo de simpatía por Pedro Sánchez. Creo sin embargo que la treta del sector capitaneado por Díaz ha sido de baja calaña, aunque demostrativo también del tipo de capital político que el PSOE ha sabido fomentar entre sus huestes: el capital para saber cómo mantenerse en el poder y eliminar al adversario. Pedro Sánchez también se ha mostrado un digno heredero de esta tradición felipista. Tiemblo de pensar que gente así vuelva a estar en el poder, a la vez que percibo con claridad meridana que a día de hoy nada puede hacerse sin contar con el apoyo del PSOE. Ojalá entre crisis y crisis algunos a su interior sepan vislumbrar, por el bien del país, el papel histórico que están jugando, y logren transformar al Partido socialista en algo más digno. No tengo mucha esperanza en ello.

Lo más patético de esta situación es que Mariano Rajoy gana. El PP no tiene en su espectro político a nadie de la fuerza de Podemos. Vox es un residuo franquista que apenas tiene relevancia electoral, y Ciudadanos se está limitando a cumplir la función de mayordomo. Todo nos lleva ya a unas terceras elecciones en las que se alumbra una abstención clamorosa que beneficiará a un Partido Popular que mantendrá a su electorado postfranquista activo y se alimentará como un parásito de la desilusión y el hastío generalizado que la estrategia de Rajoy ha sabido extender como una metástasis cancerosa por la sociedad española.

El panorama ciertamente es más desalentador que en vísperas del 20-D. El PP ha sabido reaccionar, sobreponiéndose a la sorpresa inicial, a su corrupción sistémica y a su también considerable merma de apoyo electoral. Sin embargo, el bipartidismo ha muerto, no volverá, al menos en décadas, y siguen abiertas las posibilidades de realizar una labor de acoso y derribo a las políticas del PP a través de una labor de oposición que haga imposible que pongan en marcha al menos las aristas más punzantes de su programa de gobierno. Es hora también de que se reactive la calle. Porque los desafíos son inmensos. Como vengo destacando en estas páginas, lo que está en juego es la intensidad, la orientación y la extensión de unos cambios inevitables que el país tiene que llevar a cabo (el modelo de bienestar, la organización territorial, la defensa de un proyecto europeo más inclusivo socialmente, la puesta en marcha de mecanismos de control de la avaricia destructiva de los mercados, la articulación de un sistema electoral más justo, la puesta en marcha de mecanismos de democratización que animen a la participación de la ciudadanía…)

Si hay que votar otra vez, votemos, aunque sea comiéndonos las uvas. La gente de Podemos sigue siendo nuestra más prometedora baza para lograr que algunos de estos cambios logren implementarse. A pesar de sus errores, de sus inevitables tensiones internas y de su pérdida de atractivo una vez que se han enfangado en la arena política institucional. La calle y las instituciones no están reñidas. Son dos aspectos de una misma realidad. Sin presión social no hay posibilidad de que las reivindicaciones sociales accedan a las instituciones. Sin instituciones no hay posibilidad de poder gestionar las reivindicaciones.

No desfallezcamos. Porque esa es su estrategia.

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