Cuenta la prensa estos días que en el PSOE están barajando la posibilidad de pedir a 11 de sus diputados que se ausenten del hemiciclo el día que se vote la investidura de Rajoy. Así, ésta podría llevarse a acabo con el resto de escaños socialistas votando en contra.

Ésta sería la versión light del apoyo del PSOE a un nuevo gobierno del Partido Popular. Mientras, Paco Correa  nos cuenta en los tribunales lo que ya todos sabíamos: que el partido de Rajoy se ha financiado ilegalmente, que concedió licencias públicas a empresarios y grandes compañías para contar con su apoyo y que han estado por lo tanto participando en procesos electorales con un alto nivel de dopaje financiero, colocándoles en posición de ventaja frente a otros competidores. Ése es el partido popular que va a gobernarnos de nuevo gracias al apoyo de los socialistas.

También hay una opción hardcore de este apoyo socialista a Rajoy. Consiste en que todo el grupo socialista en el Congreso apoye en bloque la investidura. Sin complejos. Es la opción Susana Díaz, la Cacique del Sur. Es una muestra más del enorme caudal político que el PSOE andaluz ha sabido aquilatar a lo largo de los años como resultado del aprendizaje en la cuna de Felipe González, la larga experiencia como detentadores del poder en Andalucía y la pervivencia en ellos de lo que el sociólogo Jaime Miquel llama posfranquismo: la interpretación del poder como licencia para el caudillaje.

“Ahora la autoridad soy yo”, gritó con firmeza Verónica Pérez, el “otro yo” de Susana Díaz, su mano derecha, amiga del arma y compañera de armas, rodeada de periodistas tras el escándalo de las dimisiones en el Comité Federal del PSOE. Ese es el triste legado que dejará esta generación de líderes socialistas andaluces a la historia del PSOE. La voz del ordeno y mando tras una triquiñuela de baja estofa para expulsar del partido a un líder que les había salido díscolo. Y eso que Pedro Sánchez no es, ni por asomo, Jeremy Corbyn.

Susana Díaz, que no tendrá que pasar el mal trago de aparecer en la foto del voto a Rajoy, dado que ella no es diputada, presiona entre bambalinas para que el PSOE se inmole en la hoguera de la investidura apoyando al partido más corrupto de toda la historia de nuestra reciente democracia. Que se quemen los que están, que ya vendrá ella con paso parsimonioso, en alfombra roja, desde Despeñaperros a Moncloa, a salvar al partido y a España.

Susana sabe. Calcula al milímetro. Una buena imagen de qué representa Susana Díaz es su aparición como estrella invitada en la celebración del desfile militar con motivo de la fiesta nacional del 12 de octubre.

Susana no fue a este acto a pasear palmito. Fue a pasear poderío. En todas las fotos aparece en el centro de la imagen, de un intenso rojo, destacando por encima d el resto de eminencias grises, con el escudo de su sonrisa en ristre, dando la mano a diestro y siniestro como un obispo, y con esa gatuna mirada de soslayo que aprendió de su padrino, el Felipe. Susana Díaz ha ido a demostrar con quién tiene que hablar Rajoy y quien manda en el PSOE, por encima de la Gestora, de los deseos de los militantes, de Javier Fernández y del sursuncorda.

Pero el PSOE, este PSOE de la Cacique, las puñaladas en el Comité Federal, los exabruptos soberbios estilo Rey Sol, los tejemanejes por detrás de las cortinas del escenario público, del menosprecio a los votantes y el apego a las poltronas y las covachuelas de los palacios, no se entera de nada. A pesar de su poder y sus enormes recursos, su anquilosamiento ha cercenado su capacidad de análisis crítico de la situación, incluso su habilidad, antaño robusta y fértil, base de sus éxitos durante la Transición, para tomar el pulso a lo que se cuece en los estados de ánimo de la sociedad española.

Lo relevante no son esas 11 ausencias que pueden propiciar en la investidura. Lo relevante es la gran ausencia en el PSOE de un análisis realista y mínimamente objetivo de lo que está sucediendo en España, a su partido y a la opción que representan.

La crisis económica y el tipo de políticas de austeridad implementadas para enfrentarla, puestas en marcha por primera vez por Zapatero en su segunda legislatura, están en la base de una imparable corrosión y erosión del bipartidismo, que ya venía de lejos, pero que la crisis desata con ímpetu avasallador. La venta de España al por mayor en el mercado del desembride y la desregulación ha despedazado el pacto social que venía caracterizando a la sociedad española tras el advenimiento de nuestra segunda experiencia democrática. Las promesas de bienestar, trabajo, expectativas de futuro, pantalla plana, vivienda y final feliz con la casa llena de churumbeles se han ido literalmente al cubo de basura de la historia para las nuevas generaciones, que son las que masivamente están acudiendo con el voto en los dientes a  Podemos, a Ciudadanos (en menor medida) o a la abstención a la espera de que venga alguien que se ponga todavía más enfrente. Porque lo que está en crisis es este modelo político de la Transición.

Este modelo vendió y extendió la idea (que se concretaría en realidades muy palpables) de la asociación inequívoca entre régimen político democrático, bienestar e integración en Europa: venía a ser el cumplimiento del sueño largamente anhelado por la población española de homologación con nuestro entorno más desarrollado. Dejar de ser el norte de África, la Periferia del Centro y el subdesarrollo en el corazón de Europa; dejar de ser pobre, como el moro, nuestro eterno “otro”, e integrarnos en el feliz mundo del consumo y el bienestar del vecino francés, del alemán, del sueco.

Todo esto vino acompañado de un discurso sobre la moderación política y la búsqueda del consenso como elementos claves sin los cuales sería imposible alcanzar ese proyecto de desarrollo, bienestar, democratización e integración europea. Este modelo, fruto de un pacto entre las élites reformistas del franquismo y las élites de la resistencia antifranquista, fundamentalmente PCE y PSOE, supuso la articulación de un modelo político, cultural y económico de desarrollo que tuvo éxito. Nadie puede negar que España, por primera vez en su historia, alcanzó cotas de desarrollo y derechos nunca alcanzados.

Este pacto social forjado en la Transición es la versión española del pacto de posguerra entre socialdemocracia y democristianos que se vivió en Europa tras el holocausto de la guerra. En España tardamos en incorporarnos a este pacto como resultado de nuestra propia Guerra Civil y el triunfo de Franco, que nos sometió, entre 1939-1959 a un modelo de desarrollo autárquico filofascista aislado del mundo, ineficiente y tiránico, que sumió a España en el desastre económico y social. Entre finales de los 50 y los años 60 el modelo vira hacia la construcción de algo similar al pacto de posguerra europeo, (desarrollismo industrial), que nunca llegó a compararse a su entorno y que siempre adoleció de enormes déficits. El final de este camino resultó ser el pacto de la Transición.

Sin embargo, cuando comienza nuestro proceso de refundación democrática, entre 1975-1982, a lo que asistimos es a la decadencia de ese pacto social europeo al que España se asimila. Desde 1971 (fin paridad dólar-oro) y las crisis energéticas de 1973 (crisis del petróleo), el pacto keynesiano está en crisis, y la opción neoliberal avanza lentamente imponiendo sus criterios. Nuestro modelo está atravesado en origen por este proceso de cambio a nivel global, y en nuestra propia Constitución podemos observar la tensión entre esos dos valores en liza (lo más keynesiano y  lo más neoliberal). Nuestro modelo de Estado de bienestar nace pues tocado por esta tensión no resuelta.

En los años de bonanza todas estas contradicciones quedaban oculta bajo el espeso velo del desarrollo y el “milagro económico” español, que se basaba sin embargo en un tipo económico muy particular y asentado sobre cimientos poco sólidos: economía terciarizada, relacionada con el turismo, especulación inmobiliaria, desarrollo de la financiarización económica. La crisis derrumba este modelo y las políticas tomadas a cabo por los gobiernos acentúan los problemas que vemos que se arrastraban desde el propio momento de “refundación democrática”.

Actualmente nos hallamos en un momento de crisis de representación, de puesta en cuestión de la cultura política de la transición. Algunos de los “consensos” vitales gestados en el período transicional están abiertamente quebrados; menciono cuatro muy relevantes:

1).- La cuestión territorial, con el desafío catalán como cráter volcánico en activo con amenaza de erupción pompeyana, que ha tomado dimensiones no pensadas hace algunos años. Se han roto todos los consensos en torno a esta cuestión. La cosa venía de muy atrás: la estrategia del Partido Popular, es decir: hacer política anticatalana para ganar en España, es uno de los caldos de cultivo. La actitud de la ya extinta CIU, su huida hacia delante, su envolvimiento en la bandera de la independencia, su discurso del España nos roba (mientras ellos se llenan los bolsillos y se lo llevan crudito a Suiza) es el otro eje que lleva a la situación actual.

2).- La cuestión del bienestar: el éxito del modelo se basó en que efectivamente hubo desarrollo, bienestar y ampliación de derechos. Si la crisis y las políticas del gobierno provocan el brutal retroceso que han provocado… ¿Qué efectos tiene en el relato del éxito de la transición? La gente es cada vez más consciente de una quiebra en este sentido, especialmente las cohortes educadas en democracia, las nacidas a partir de 1974, educadas en el espíritu de la clase media y la certeza de un futuro de movilidad social ascendente. Los lemas del 15-M lo dejan claro: “yo no soy antisistema, el sistema es anti-yo”. “Que pasa, que pasa, que no tenemos casa”. “Juventud sin futuro”, “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Hay una ruptura clara con el modelo en el que se nos educó y la realidad social que vivimos.

3).- El modelo de representación política: se quiebra el sistema bipartidista. La gente desconfía crecientemente en los dos grandes partidos. Es el lema “PPSOE”, la asociación a un modelo de “turnismo”, la cada vez menos diferenciación entre ambos partidos. Los casos de corrupción, las puertas giratorias, la casi similar política económica… Los partidos de “Estado”, los partidos de la “responsabilidad” que forjaron la democracia ya no son sacrosantos. Como tampoco lo son algunos de sus símbolos: desde la Constitución a la monarquía, pasando por la figura de Felipe González. Algunas líneas rojas de las que no se podía hablar ya son abiertamente traspasadas. Hemos pasado de un 70-80 % de acumulación del voto en los dos partidos a un 55%. No es un dato menor: el bipartidismo ha muerto. No sabemos si resucitará, pero no será mañana.

4).- El problema Europa: aun siendo España uno de los países con más vocación europeísta (precisamente por esa asociación construida en la transición), Europa empieza a ser cuestionada. Bruselas aparece como responsable de la aplicación de las políticas que nos perjudican. Cada vez más se extiende la idea de una Europa que nos asfixia. De la existencia de un lugar donde se toman decisiones sobre el país, sin que pasen por las urnas. También Aznar jugó un papel importante en la ruptura de los consensos con la UE, pues su discurso de la vieja Europa y su sueño (nuestra pesadilla) de la relación de privilegio con los Estados Unidos, de potenciar la relación atlántica para poner a España en el mapa, que nos arrastró a la Guerra de Iraq en 2003, ya supone una ruptura de los consensos en la clase política española en torno a la política exterior, que hasta entonces había sido de concordancia con los consensos Europeos.

Susana Díaz sabe de jugar al poder en el sistema que mamó desde su más tierna infancia, pero esta ciega, sorda y muda, impotente para entender esta realidad. El PSOE actual tiene una profunda ausencia de materia gris que le advierta de cuáles son las tendencias de época sobre las que deben actuar los actores sociales.

El partido socialista es la representación simbólica de la Transición. Su papel en ese proceso fue fundamental, pues representó mejor que nadie la imagen que la sociedad española, mayoritariamente, tenía de sí misma. Su largo período de gobierno lo asimila indefectiblemente al proceso de construcción de este modelo político democrático, y su crisis interna es un reflejo de la crisis del propio sistema. El PSOE es el sistema. El PP es la contraparte necesaria, pero su integración fue más tardía. De hecho, la aceptación definitiva del modelo por parte de la derecha (el logro de Aznar en los 90), está en el origen de la pérdida de apoyo al PSOE: su asociación al proceso de democratización y desarrollo dejó de ser su patrimonio exclusivo del PSOE en cuanto la derecha española decidió asimilarse sin matices al proyecto de la transición.

La crisis del PSOE es también reflejo de la crisis de la socialdemocracia europea, con sus particularidades nacionales. La crisis de la socialdemocracia es producto de su desgaste, del desgaste del modelo keynesiano y de su asimilación al paradigma de las políticas neoliberales. No es una cuestión solo de políticas económicas. Es el lado izquierdo de ese paradigma. No parece que haya corrientes internas del PSOE que estén por la labor de asumir este problema, como parece que hace el sector Corbyn en Reino Unido, y de tomar las medidas pertinentes.

En mi opinión, como ya escribí en un artículo anterior, el asesinato de Sánchez no es la representación del enfrentamiento entre el sector inmovilista y el sector “izquierdista”. Era una cuestión de poder, en un contexto de debacle electoral y de pérdida de apoyo social. El adversario en el PSOE, el verdadero adversario, es su propia deriva, en consonancia con la deriva socialdemócrata general. Pero ellos sólo ven como adversario al intruso Podemos. El PSOE está ciego, y no ha logrado entender que Podemos existe como potencia electoral, en parte, porque el PSOE ha perdido capacidad para entender a la sociedad y para transformarla.

Las ausencias del PSOE son éstas. Ausencia de criterio crítico, ausencia de capacidad de análisis, ausencia de materia gris. Sus actuales dirigentes sólo saben hacer aquello para lo que fueron educados: medrar en un sistema de relaciones de poder en el que las posiciones están fijadas, donde los proyectos e ideas alternativos tienen poca o nula cabida, y donde el hecho fundamental consiste en la reproducción del modelo.

Sólo así puede entenderse que el PSOE esté apostando por una lideresa que basa su poder en la potente estructura institucional, electoral y clientelar andaluza, pero que nada tiene que ver con el carisma, el aprecio de las mayorías sociales o la comprensión de las corrientes telúricas que se mueven al interior de nuestra sociedad.

Que presenten a Susana en las próximas elecciones. Como dicen en mi tierra, de Despeñaperros parriba no la va a votar ni cristo. Quizás lo mejor que puede pasarnos es que el PSOE se hunda definitivamente. El problema es el daño que hará el PP en el camino.

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