Tras 314 días de gobierno interino, Mariano Rajoy ha conseguido imponerse y será presidente del gobierno. Su estrategia ha sido acertada. Ha sabido imponer su ritmo paralizante a toda la sociedad. Ha vuelto a hacerlo. Sabe jugar con los tiempos, y eso hay que reconocerlo. De una situación nada boyante en diciembre del 2015 (con respecto a 2011, perdía casi un 16% del apoyo electoral, más de 3 millones 650.000 votos y 63 escaños) ha pasado a recuperar en junio de 2016 algo de lo perdido (sube 4,32 % en voto, recupera casi 670.000 votantes y gana 14 escaños).

Mirado con perspectiva, la verdad es que las cuentas no son positivas ni para el Partido Popular ni para el bipartidismo, pero lo importante es la sensación que ha logrado transmitirse. Y esa sensación es la de la resistencia del PP y la de las dificultades de las nuevas fuerzas políticas para lograr el cambio. El PP está tratando de cortar el nudo gordiano que constituye la fortaleza de Podemos: la ilusión por el cambio, y ha logrado dar certeros golpes. El apoyo del PSOE a su investidura es un nuevo hachazo a ese nudo. Sin embargo, en el golpe, el PSOE bien pudiera haberse desbaratado así mismo, y, a la larga, si Podemos sabe aprovechar la situación, podria suponer una victoria pírrica de Rajoy, que tendrá que afrontar una legislatura difícil que puede que no dure más de dos años. Hay quien dice incluso que sólo resistirá hasta mayo.

Lo más significativo de todo es sin duda el desgarramiento interno del PSOE. Pedro Sánchez ha sabido escoger una buena puesta en escena para anunciar su renuncia al escaño. Ha sabido medir los tiempos de su silencio para generar expectativas, ha dejado que las tensiones entre los dos sectores en pugna dentro del PSOE se cocieran en su salsa, y ha salido a la palestra pública para reivindicarse a sí mismo y a su propia dignidad como Secretario General defenestrado justo horas antes de que el PSOE pase a la historia por permitir con su abstención que nos siga gobernando la derecha. Con la voz trémula y las lágrimas reivindicando espacio en un rostro surcado por el arado de la frustración, Pedro Sánchez ha advertido a sus adversarios al interior del partido: la guerra aún no ha terminado. Pedro Sánchez ha abandonado el escaño a la vez que ha anunciado subrepticiamente su candidatura para dirigir de nuevo el partido. Las primarias ya han empezado en el PSOE.

No tenía muchas opciones. Él mismo dice: “de las dos opciones que me da la Gestora, no escojo ninguna”. Sánchez ha preferido no dar una imagen de rebeldía frente a las decisiones colegiadas del partido, probablemente porque considera que debilitaría su posición cuando decida presentarse como candidato. Hubiera sido más audaz votar “no” y mantenerse en el escaño, pero ya sabemos todos los límites a los que llega Sánchez, que no es el alfeñique que todos pensaban, pero tampoco el giro a la izquierda que algunos proclaman, y desde luego parece más un walking dead político que una alternativa. En los tiempos de sorpresa e incertidumbre que corren sin embargo, habidas cuentas de la capacidad de resistencia que ha demostrado Sánchez, y ante lo necesitado que está el PSOE de algún tipo nuevo de liderazgo, pudiera ser que aún tenga opciones de sobrevivencia. El guiño de Sánchez a los socialistas catalanes, sus aliados naturales, es claro: “En el PSOE no sobra nadie (…) Sólo el liderazgo compartido del PSOE y el PSC puede construir la solución federal para resolver la crisis en Catalunya”. Parece que habrá guerra por recuperar el poder y la cuestión territorial será una de las claves interpretativas. Es difícil saber cuánto hay de convicción y cuanto de cálculo en Sánchez; en todo caso, parece que Sánchez reconoce la evidencia de un problema en torno a la cuestión de la plurinacionalidad, algo que el sector que capitanea Susana Díaz no parece tener en cuenta. La España que siente, imagina y expresa Susana Díaz no se diferencia en nada de la del Partido Popular. Y la técnica usual en la derecha, esto es, hacer política anticatalana para ganar votos en España y perderlos en Catalunya, parece ser una estrategia del agrado de la Cacique del Sur.

El Partido socialista, sin duda, está roto. Su quiebra es la quiebra de la matriz cultural democrática construida en la Transición. Las decisiones que tomen a partir de ahora serán vitales para el futuro del partido socialista y el rol que jugará en el futuro del país.

Antonio Hernando por su parte, que había sido mano derecha de Sánchez y el más pétreo y vehemente defensor del “no es no” a la investidura de Mariano Rajoy, ha jugado en esta farsa el papel histórico de Judas. Su mantenimiento como portavoz tras el golpe a Sánchez ha supuesto que el propio Hernando haya tenido que verse en la tesitura de defender justo y exactamente lo contrario de aquello que venía apoyando en los últimos meses. Con la misma intensidad. Con la misma convicción. Con el mismo apasionado timbre en la voz, con el mismo fulgor en los ojos y, lo más importante, con las mismas gafa-pasta azules.

Que se haya mantenido a Antonio Hernando como portavoz del grupo parlamentario del PSOE tras la defenestración de Pedro Sánchez constituye una clarividente plasmación simbólica del tipo de cultura política que caracteriza al PSOE. Las baronías socialistas que han propiciado el golpe interno, con este gesto, han mandado un mensaje claro a aquellos que habían apoyado la decisión de Sánchez de mantenerse en ese “no es no” en el que se basó su campaña electoral. Sólo hay un camino para “coser” al PSOE: hincar la rodilla, pedir perdón, y aguardar con esperanza que la mano magnánima del cacique de turno te toque el hombro con benevolencia concediéndote el perdón y manteniéndote el cargo. Es decir, el camino es la penitencia. Muy al estilo del socialismo rociero de Susana Díaz.  

Esto demuestra que el partido lo que premia es la lealtad a ultranza. Pero no la lealtad a unos principios programáticos concretos. Se trata de la lealtad al jefe. A la jerarquía. Una concepción vertical, patrimonial y autoritaria del poder y de la organización interna. Donde no hay activistas, ni bases, ni procedimientos democráticos que valgan (cuando los hay, es por presión externa, y, como hemos visto, si no aportan los resultados previstos, no hay inconveniente en ningunearlos). Ordeno y mando. Prietas las filas, obediencia a la dirección, y a aguantar el chaparrón. La sumisión fulminante y sorprendente de Hernando a estos principios es además muy sintomática del tipo de cuadros que se forjan en el bregado crisol socialista: plúmbeos burócratas que cumplen con eficacia y eficiencia lo que se les manda. El discurso de Hernando defendiendo la abstención ha cumplido por lo tanto tres objetivos: es la imposición de la penitencia al propio Hernando, es el aviso a navegantes de lo que debe hacer el resto, y es la cabeza de turco elegida para defender la vergonzante abstención que nos aboca a un nuevo gobierno de la derecha, salvando así de la quema a otros posibles portavoces.

Esta cultura política del cacicazgo conlleva también una curiosa interpretación de la categoría “ciudadano”. El “ciudadano” es concebido como un ente pasivo, ajeno o idiota de lo público, que deja hacer a los representantes políticos, porque son los que saben y porque otra cosa es considerada no sólo imposible sino contraproducente. Este ciudadano, que en realidad es un súbdito, y que sólo tiene un papel que jugar cuando se le conmina a acudir a las urnas, comenzó a morir en el 15-M. Pero aún prevalece, y PSOE y PP jugarán con eso mientras dure, porque es la base de su poder, porque es lo que conocen y porque todavía no acaban de creerse que se les acabó la fiesta.

Es en este tipo de ciudadano en el que piensa el PSOE cuando nos dice que votar abstención es lo mejor para España. El PSOE nos está diciendo que somos idiotas de lo público cuando afirma que a partir de ahora podrán ejercer una oposición fuerte. Eduardo Madina nos cuenta por ejemplo que es bueno que el PSOE esté a partir de ya en la oposición, desde la cual podrá realizar una labor para acabar con la obra política de Mariano Rajoy durante sus cuatro años de mayoría absoluta. El PSOE va a “crujir vivo a Rajoy” (sic), dice Madina en una entrevista en un conocido programa de La Sexta,  y podrá “derogar la reforma educativa, la reforma laboral o la ley de seguridad ciudadana”. Cuando Eduardo Madina nos dice esto, está pensando que los españoles somos imbéciles. Precisamente él, que una vez pudo significar algo renovador dentro de su partido, y que ya lleva en el rosto, en sus gestos y en su mirada, la sombra indeleble del sometimiento absoluto a la lógica de la lealtad a los jerifaltes, nos está diciendo que el PSOE, después de permitir la investidura de Rajoy, se convertirá en el Aquiles del Parlamento, capitaneando a los mirmidones para hacer añicos el reinado de Mariano Rajoy. Dado que él está muy bregado en el funcionamiento real de la política española y sus instituciones, uno no puede más que inferir que Madina miente a sabiendas. Como hace todo el PSOE. Ellos saben perfectamente que, en nuestro sistema político, el ejecutivo, incluso en situación de minoría parlamentaria para el partido de gobierno, posee atribuciones constitucionales y legales que le dotan de preeminencia sobre el Legislativo. Madina y todos los barones del PSOE que nos venden la tesis de la oposición sin contemplaciones saben además que el Senado ejerce de filtro conservador para la modificación o propuesta de iniciativas legislativas. En fin, por si no estaba claro, el discurso de Rajoy de apertura de esta segunda votación de investidura es muy ilustrativo: Rajoy quiere algo más que el apoyo en la investidura. Rajoy ya pronuncia la palabra “cambio” y conjuga el verbo “dialogar”, pero sigue sin entender que significan. Ha advertido claramente: no se cambiará nada de lo esencial. Ojo al dato: Rajoy tiene en su mano volver a convocar elecciones en mayo. Y esa espada de Damocles la utilizará si la oposición le hace insostenible llevar a cabo su programa de gobierno, en el que se avecinan nuevos recortes impuestos por Bruselas.

La realidad es tozuda por mucha cara de circunstancia que pongan Hernando y Madina: el PSOE ha entregado el gobierno a Rajoy a cambio de nada, y no podrá ejercer la oposición que nos dice que ejercerá, por las razones expresadas y por el importante detalle de que el PSOE está dividido y paralizado ante la evidencia de su pérdida de hegemonía en el sistema político y especialmente en el ámbito de la izquierda; en su desorientacion, concibe a sus posibles aliados (nacionalistas periféricos y Podemos) como el verdadero adversario. Este PSOE por lo tanto  no es la oposición, es simplemente el lado izquierdo de un sistema político anquilosado que se resiste a reconocer que España ha cambiado y que es necesario un nuevo pacto social.

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