El conformismo que, desde el principio, ha encontrado acomodo en la socialdemocracia no solo afecta a su táctica política, sino también a sus ideas económicas. Y es una causa de su posterior debacle

Estas palabras de  Walter Benjamin fueron publicadas por primera vez en 1942 por su amigo Theodor Adorno dos años después de su trágica muerte (decidió quitarse la vida en la frontera entre Francia y España, huyendo de la barbarie nazi). Releídas hoy, y forzando de manera anacrónica algo del sentido con el que fueron escritas (la socialdemocracia de la que habla Benjamin no era exactamente de la que hablamos hoy, y las circunstancias en las que fueron escritas estas palabras, entre 1939-1940, distan mucho de la actualidad que hoy nos atenaza), son en cierta medida proféticas de la situación en la que hoy nos encontramos.

El conformismo del que nos habla Benjamin es la política del consenso liberal de hoy. Una política que pretendió acabar con la dimensión conflictiva fundamental que forma parte instituyente de lo político, y que está en la base del pacto social gestado por la socialdemocracia y los cristiano-demócratas al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Ello permitió iniciar sin duda el período de mayor prosperidad de Europa, aunque a costa de que en otros lugares no pudiera disfrutarse del mismo modelo. Supuso además la mayor integración y expansión de derechos sociales que conoció el continente Europeo en su tensa y sangrienta historia de conflictividad social, una realidad que fue posible gracias al combate insistente de las fuerzas sociales. Permitió por lo tanto alumbrar los famosos “regímenes de bienestar”. Hoy éstos se tambalean ante el embate de un neoliberalismo, que, aprovechando la crisis financiera iniciada en 2007, ha articulado la famosa terapia de shock que definiera Naomi Klein, con la intención, ni más ni menos, de aumentar las tasas de beneficios de los pocos en detrimento del bienestar y de los derechos de los muchos.

Los Trump, Marine Le Pen, Frauke Petry, Nikel Farage, Nikolaos Michaloliakos, y toda esa hueste de populistas de derechas que hoy nos inundan con un infecto torrente de xenofobia y que nos trae inevitablemente a la memoria lo peor de la experiencia política europea, precisamente esa de la que huyó Benjamin en un último ejercicio de libertad, son hijos de esa política del consenso que se niega a entender la dimensión conflictiva, antagónica, de la política. Una concepción errónea de lo político que ha gestado un sentido común corroído por la lógica instrumental del mercado, en el que no es posible pensar en otras alternativas posibles. Ese es el caldo de cultivo en el que ha germinado esta terrible realidad que nos gobierna. La clase política española que bebe con ansiosa mendacidad de la herencia de este mundo, los Mariano Rajoy, las Susana Díaz, los Albert Rivera, siguen persistiendo con insistencia en las mismas claves que nos han arrastrado hacia este insoportable lugar en el que nos encontramos.

Aun así hay esperanza. Porque la lucha por la emancipación que se desató en los albores de la Ilustración es perenne, vino a quedarse, y forma parte indisoluble de lo mejor de la experiencia de la modernidad. No debemos desfallecer, porque nos jugamos mucho.

Dicho esto, no veo con buenos ojos algunas de las evoluciones internas que están desarrollándose en Podemos, en mi opinión el partido que representa más genuinamente la posibilidad de iniciar un necesario proceso de democratización en España.

Creo que está aconteciendo un giro al interior de Podemos que nos retrotrae a la política del lenguaje autorreferencial, a las palabras dirigidas a los convencidos. Que nos conduce a, como dijo alguien, cocernos en determinadas salsas del pasado. Hay quienes se alegran del giro, a la izquierda y derecha del espectro político. Unos porque creen que así se ganará más, otros porque creen que se perderá mucho.

Yo mantengo la esperanza en que Podemos no pierda aquello para lo que nació: ponerse enfrente. Pero no sólo enfrente de la casta que nos ha gobernado hasta ahora. También de la casta de los que se alzan en nombre de los desposeídos a la vez que, en el fondo, los desprecian. Que se llenan la boca de palabras emancipatorias pero que con sus prácticas sectarias nos abocan a la insignificancia. Que hablan de empoderar a la sociedad, pero que saben muy bien como practicar un intrusismo que les coloca con la sartén por el mango. Que propugnan el valor de la Asamblea, pero no tienen empacho en manipular sus decisiones.

Tengo esperanza aún en que se imponga el buen sentido para combatir el sentido común que pone el grito en el cielo por la llegada de Trump, pero permanece inerme, mudo y ajeno a una realidad escalofriante: a España la siguen gobernando las élites cuyas políticas están en la base de la existencia y el éxito de personajes como el nuevo presidente de Estados Unidos.  

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