Si uno entiende el concepto de España que tiene el Partido Popular, entiende muchas cosas. El Partido Popular piensa que España son ellos. Esta concepción de España, heredada del franquismo, ayuda a entender la generalizada corrupción que les vertebra. Dado que España son ellos, el dinero público español también es de ellos. O, en el mejor de los casos, no es de nadie, y por eso ellos pueden utilizarlo a su antojo, no sólo para el enriquecimiento personal, sino para amañar procesos electorales a través de la financiación ilegal del partido. Porque en eso consistía los 1000 euros del pitufeo de Barberá: participar en las elecciones desde posiciones de ventaja. Otro ejemplo que muestra cómo la visión institucionalista de la democracia de la que hacen gala sólo les sirve como discurso, pero no como praxis.

El concepto patrimonial de España que tiene el Partido Popular explica también que tengamos que soportar la exteriorización de su sentimiento de culpa tras la muerte de Rita Barberá. Como España son ellos, si ellos son culpables de haber dado la espalda a la fallecida senadora, la culpa es de España.

Mientras la sociedad española tiene que aguantar éstas y otras psicosis neuróticas que el conservadurismo español constantemente exuda, quizás como síntoma de algo que anida en su más profunda conciencia (la ilegitimidad de su origen como herederos del franquismo, que sólo pudo imponerse en España a costa de un golpe de Estado, una guerra civil y 40 años de dictadura), ellos aprovechan para barrer pro domo sua. A ver si pueden desbaratar algo de la indignación social contra la corrupción (“se presionó injustamente a Rita”, “hay que darle una vuelta al pacto anticorrupción”), y nos obligan a asistir al lamentable espectáculo de sus miserias internas. Me refiero a la opa hostil que la vieja guardia del PP, aprovechando la cortina de humo emitida por el cadáver de Rita Barberá, ha lanzado contra aquellos que, al interior del PP, y como un símbolo de inteligencia política, están procurando que se les deje de asimilar a figuras que, como la de Rita, representan en sí misma la caradura, la baja catadura ética, y la falta de virtud con la que se ha conducido la derecha española en este malhadado país en todas y cada una de las instituciones en las que han tenido oportunidad de ejercer el poder.

Mientras estas cosas acontecen, y caen como el rayo que no cesa desde un cielo encenegado que nos confunde impidiéndonos ver qué se oculta tras las sombras, el PSOE ya está anunciado, solo con la puntita, lo que todos sabíamos: está estudiando cómo justificar apoyar los presupuestos.

Atentos a la negociación sobre el sueldo mínimo, porque lo van a utilizar como una conquista que justifica dar estabilidad al gobierno. Es lo que tiene la Razón de Estado. Sirve lo mismo para abstenerse en una investidura que para renegar de todo lo que has prometido. Entre esas cosas, la “oposición radical” que anunció Eduardo Madina, cada vez más embutido en la sombra de sí mismo, que el PSOE desataría como un infierno sobre el Partido Popular. Porque, mucho me temo, el PSOE en esto, como en otras tantas cosas, coincide con las creencias del PP: España son ellos.

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