Este diciembre, el diario El País publicaba una noticia[1] en la que aseguraba que los grupos CaixaBank, Lazora y Blackstone eran “los mayores caseros de España”. Entidades financieras como CaixaBank-Building Center y el Banco Santander, fondos inmobiliarios como Lazora y fondos de inversión como Blackstone son los grandes tenedores de vivienda en España. Son grupos empresariales que entienden la vivienda como un producto financiero carne de especulación y no como un bien común que debe ser administrado políticamente pensado en el bienestar de los ciudadanos. Si España hubiera estado gobernada por políticos de verdad y no por sumisos corderos, a estas empresas debieran haberle inscrito en los frontispicios de sus sedes en España, para que no lo olvidaran, párrafos como éste:

“Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos

Este párrafo no es producto de una febril ensoñación enajenadora de la propiedad privada nacida en las mentes de una oscura conjura venezolano-cubana-Podemita: es el artículo 47 de la Constitución Española de 1978. No estaría mal que alguno de los presidentes de España se hubiera dedicado a defenderlo. En particular cuando dice: regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”. Quizás la dislexia de Juan Carlos I es contagiosa, y, desde la Transición, los más ínclitos líderes del partido popular y el partido socialista han leído, cuando ven “interés general”, “el interés de las empresas privadas”, y cuando leen “impedir la especulación”, han entendido “fomentarla”.

Pero no, no es dislexia. Es el simple y puro negocio. Es por eso que el Ayuntamiento de Madrid, por poner un ejemplo, cuando gobernaba la relaxing Ana Botella, pagó 2,3 millones de euros de comisión a un intermediario por la venta de viviendas públicas a Blackstone, a través de su filial Fidere. La Empresa Municipal de la Vivienda de Madrid pagó esos dos milloncejos y pico a un intermediario para la adjudicación de 1860 casas protegidas a esta gestora. Lo primero que hizo Fidere-Blackstone, pensado seguramente en el “interés general”, fue subir un 40% el alquiler a los inquilinos. El Ayuntamiento de Madrid justificó este gasto, y la venta de viviendas protegidas, por los 125,5 millones de euros percibidos por la venta. Lo que no dijo es que el precio de venta estuvo por debajo del valor tasado, por lo que el Ayuntamiento perdió más de 30 millones de euros. Osea, nosotros, los españoles, y especialmente los madrileños, no sólo perdimos 18 promociones de vivienda de protección oficial, sino que perdimos 30 millones de euros en la venta. En otras palabras, Ana Botella, durante su período en el consistorio de la capital, puso precio a nuestro derecho consagrado en la Constitución según el artículo 47, y consideró además que ese derecho podía venderse por debajo de su precio de mercado. También consideró la señora Botella que los inquilinos de esa vivienda eran lo suficientemente dignos como para aplicarle el imperativo categórico del Partido Popular: “Miente de tal manera que las falacias se conviertan en ley universal”. Así, sin ningún tipo de pudor, a los inquilinos se les dijo que lo único que notarían sería el cambio en el nombre de la empresa que emitía los recibos.

El diario.es, entre otros medios, reveló en 2015 que la renta anual de estas viviendas había subido un 40%; de este modo, una renta de 4.338 euros se convirtió por arte de la magia de la alcaldesa en 6.183[2]. A la altura de los panes y los peces de Jesucristo. La entonces alcaldesa, que llegó al cargo de rebote y no elegida directamente por los madrileños (que habían votado a Gallardón, que dejó el cargo para irse a Justicia a luchar por los derechos de los no nacidos que no defiende para los que ya están en este mundo), se negó recientemente a comparecer en una Comisión de Investigación. Tampoco lo harán el consejero y viceconsejero de Vivienda en esos años, ni la encargada entonces de Urbanismo. Lo que se dice “ni el apuntador”.

Nadie quiere comparecer para explicarnos porqué se pasaron por el forro nuestros derechos. Para el PP, la comisión no es más que una “cacería”.

Uno no puede zafarse de la sensación de que esta gente, en la intimidad de sus casas, se ríe de toda España. En realidad, la cuestión es que el PP nos trata con este desprecio y displicencia no exactamente por un exceso de soberbia, sino porque sabe que puede hacerlo, porque ya ha comprobado empíricamente que a pesar de la enorme sangría en votos que han sufrido, les siguen votando 7,9 millones de españoles.

Por su parte, la empresa Blackstone, con sede en Nueva York, sabe perfectamente que la España gobernada por el PP es un territorio seguro, dúctil y exprimible. Un maravilloso lugar donde pueden dedicarse a lo que mejor se les da: enriquecerse con la carroña.

El Grupo Blackstone posee la mayor cartera del mundo en activos inmobiliarios. Se define asimismo como una multinacional de private equity (algo así como empresas que invierten en otras empresas privadas con alto potencial de crecimiento a cambio de controlar un porcentaje de sus acciones), de gestión de activos (planificación sistemática de recursos de una empresa) y servicios financieros.

En otras palabras, Blackstone tiene entre sus más lucrativas actividades eso que se llama, sabiamente, fondo buitre. Se dedica básicamente a aprovechar los momentos de crisis e incertidumbres de sus presas, sean éstas otras empresas, regiones o países, para atacar y darse el festín.

Este tipo de fondos, que se suelen llamar también fondos de riesgo o fondos oportunistas, hacen simplemente de la desgracia de los otros su alimento. Comprar al precio más reducido posible para luego vender y conseguir altas plusvalías. Así de simple es el juego. Por el camino, derechos fudnamentales pisoteados, poblaciones enteras ninguneadas y empobrecidas, deshaucios, familias destrozadas, negocios hundidos, proyectos de vida, sueños y anhelos destruidos.

Porque todo vale para alimentar la máquina insaciable de la avaricia que mueve a este maldito mundo. Blackstone llevaba tiempo sobrevolando la economía española tras la crisis inmobiliaria, atraída por el potente olor a putrefacción que emanaba. Una caída radical del precio de la vivienda y un gobierno dócil a los intereses de las aves carroñeras auguraba un banquete al estilo de los grandes fastos de los patricios en la Roma imperial: devorar hasta vomitar para hacer hueco y seguir comiendo. Que el gobierno español era partidario de ponerles la mesa y que la incertidumbre (“volatidad”, en su jerga) es su territorio predilecto de lucro lo dicen ellos mismos. Ignacio Fonseca, director de Blackstone para España, aseguró que las reticencias de otros gobiernos europeos a abrir la veda hizo de nuestro país el lugar predilecto de sus actividades. En sus propias palabras:

El foco en España ha sido muy agresivo ante la falta de oportunidades en otros sitios de Europa (…) Madrid y Barcelona son dos grandes urbes dentro del espectro Europeo. A nivel de valores son relativamente bajos comparados con Londres o Paris, que reciben una fuerte presión de inversores a nivel mundial. Con respecto a ciudades de valores similares como puede ser el mercado alemán, Madrid y Barcelona son relativamente volátiles, lo cual les da su atractivo debido a las potenciales ganancias futuras[3]

Los grandes fondos de inversión como Blackstone tienen a mucha gente con buena materia gris pensando en cómo hacer negocio. Por eso saben de política, la piensan, la discuten y presionan para que sus proyectos se lleven a cabo.

Esto llega hasta tal punto que muchos fondos buitre que operan en España, para proteger sus operaciones, han denominado de manera informal a los contratos de inversión que están articulando como “cláusula antiPodemos”: en los contratos se añade una renuncia de responsabilidad de las empresas, por lo que pudiera pasar si un gobierno democrático que se preocupara de verdad por sus ciudadanos, es decir, un gobierno de o con Podemos, llegara al gobierno en España.

Literalmente, se trata de reservarse “el derecho de renuncia si Podemos entra a formar parte, directa o indirectamente, del futuro Gobierno de la nación”[4]. Pero esto ocurría a la altura de octubre del 2015. Entonces, los grandes despachos de Madrid que se dedican a ejercer de intermediarios en grandes operaciones financieras, de adquisición o fusión de empresas, incluían esta cláusula abiertamente en sus contratos: “La cláusula en cuestión estipula que la operación no se concluirá –incluso en algunos casos se revocará– en el caso de que Podemos forme parte del futuro nuevo Gobierno español. La cláusula preventiva anti Podemos incluye variaciones y matizaciones según el despacho y los intervinientes, pero la música es la misma. Si Podemos gobierna no hay operación”[5]

La situación hoy es distinta. Como bien sabe Byron Wlen, vicepresidente de Blackstone. Wlen tiene por costumbre convocar en verano, desde hace unos 30 años, unas reuniones-almuerzos que llaman en la empresa Benchmark Lunches, de las que suelen publicar un resumen de sus conclusiones. Estas reuniones aglutinan a lo más granado de la élite económica, política y académica estadounidense que veranea en Long Island. Allí discuten de cómo va el mundo, las tendencias futuras, y cuáles son las mejores oportunidades para hacer negocio. En el texto de la última reunión, titulado, significativamente, Adjusting to Disruptive Change[6], Wien, que se congratula con falsa modestia de la capacidad predictiva de anteriores convocatorias (alguien predijo en 2001 que podría haber un atentado terrorista de gran magnitud en los Estados Unidos, alguien llamó también la atención un año antes de su elección como candidato en el partido republicano de que había echarle un ojo a la figura de Donald Trump), reconoce que la economía mundial necesita de lo que llama un vigoroso gasto fiscal para evitar el previsible prolongado período de decrecimiento económico.

El “estímulo a la economía”, nos dice, (léase, la enorme tasa de beneficio que los poderes financieros han acumulado gracias a la crisis) de la política de ajuste se está debilitando, y ello está en la base de nuevas incertidumbres que deben afrontarse (léase, la irrupción de opciones políticas que ponen en solfa el mantra dogmático de esa entelequia llamada “libre mercado”). Dentro de este mundo incierto, uno de los fenómenos que les preocupaba a los reunidos en Long Island era “el factor populismo” (sic), mencionando explícitamente a Donald Trump y Bernie Sanders, así como las elecciones en torno a la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Sin embargo, la conclusión es que todo está bajo control en este aspecto. De hecho, dedica una frase a España, a la que pone como ejemplo para no temer nada de la evolución política en Europa, porque en España “los partidos del establishment han conseguido más escaños” (sic).

De lo que estamos hablando es de que unos 100 magnates se reúnen en Long Island y no sólo hacen certeros análisis sobre lo que está pasando, sino que saben, y se reúnen para discutir orientaciones, que la influencia que ejercen sobre el mundo es ciclópea.

España ya ha cambiado mucho, a nivel político. Los aires del 15 M están en el Parlamento. Los partidos del statu quo se han visto obligados a integrar, al menos en su lenguaje, parte de las demandas más sentidas por la ciudadanía indignada. El PSOE está en la situación más débil de su historia desde 1978. El Partido Popular tiene bajo control la crisis interna porque gana elecciones, y porque la estrategia de Rajoy de hacer a toda España perder el tiempo mientras nos inoculaba la tesis del miedo al caos ha funcionado, pero ningún partido con aspiración hegemónica puede vivir sin crisis la enorme pérdida de capital electoral que ha sufrido. Cuando dejen de estar en la cima, graznarán los cuchillos.

Estamos viviendo acontecimientos nacionales que tienen una potente impronta de carácter global. En el futuro se está dirimiendo la orientación de los cambios del mundo que han de venir, y no solo en España. La solución de los reunidos en Long Island es clara. Hay que seguir por la misma senda, pero controlando sus efectos. Esto significa que en algunos ámbitos dejarán de apretarnos las tuercas. A eso se refiere Wlen cuando nos dice que la política de austeridad ya ha dado todo de sí.

En el caso español, la alianza tácita entre PSOE y PP, el desgaste de Podemos, y sus cainitas luchas internas que recuerdan la triste historia de lo peor de la tradición de izquierdas, están paralizando las posibilidades de cambio que hace apenas un año habían logrado movilizar las pasiones de millones de españoles.

Es fácil juzgar desde lejos y criticar como absurda la deriva de conflicto interno de Podemos, los besos, los abrazos, las cartas con subidón de azúcar, las puñaladas en Twitter y los incomprensibles videos de guiño a David Lynch en una sociedad que no sabe quién es Laura Palmer. Se ve claro, pero hay que ubicar las cosas en su contexto. Quienes llevan Podemos sobre sus espaldas acumulan una tensión titánica que muchos no aguantaríamos. Sobre sus hombres llevan las esperanzas, múltiples, heterogéneas y en ocasiones divergentes, de millones de españoles. En su estómago acumulan los golpes de adversarios temibles. Estamos hablando, como hemos visto, de que las grandes empresas de inversión estaban articulando en sus contratos cláusulas anti-podemos, de que los poderes políticos en Europa se han ensañado con todo un pueblo, Grecia, para evitar que cundiera el ejemplo en España. Estamos hablando de Polifemo luchando contra un ratón. Y sin embargo, entendiendo esta presión titánica, estamos obligados a decirlo: se está perdiendo una oportunidad que no se volverá a presentar en décadas. El adversario lo ve claro y en botella, allá en Long Island.

Nosotros deberíamos verlo también. Si no articulamos herramientas políticas para contener a los buitres, nos sorberán hasta el tuétano. Podemos ya no puede tomar el cielo, pero aún está a tiempo de superar a un desvencijado PSOE en unas próximas elecciones, si recuperan la capacidad de lúcido análisis del que venían haciendo gala, si se toman decisiones estratégicas alejadas de esencialismos que no llevan más que al enclaustramiento, si se recupera el pulso social y vuelven a convertirse en portavoz de las demandas de justicia social y renovación democrática. Podemos tiene que salir del estado de shock en el que quedó tras las elecciones. Tiene un respaldo electoral ingente, posiciones de fuerza en instituciones, y, lo más importante, mucha gente indignada que está esperando que gente como ellos empiecen a solucionar sus problemas reales. Podemos tiene que volver a ponerse enfrente.

[1] http://economia.elpais.com/economia/2016/12/15/actualidad/1481822828_934197.html

[2] http://www.eldiario.es/sociedad/Madrid-millones-comision-viviendas-publicas_0_389161348.html

[3] http://www.asociacionoficinas.es/entrevista-a-ignacio-fonseca-director-blackstone-pm-para-espana/

[4] http://www.elconfidencial.com/economia/2015-10-02/los-grandes-fondos-y-agencias-de-rating-ponen-en-marcha-la-clausula-antipodemos-en-espana_1044645/

[5] http://www.tiempodehoy.com/opinion/jesus-rivases/los-planes-de-rajoy-y-las-clausulas-anti-podemos

[6] https://www.advisorperspectives.com/commentaries/2016/09/02/adjusting-to-disruptive-change

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