Por fin Susana Díaz ha presentado su candidatura a Secretaria General del PSOE.  Antes de subirse al estrado a dar su discurso, avanza a trompicones en un interminable y muy calculado paseíllo-baño de masas, con su característica chaqueta rosa-palo, la sonrisa llena de dientes y los esperados besos, abrazos y apretones de manos. Todo el mundo ondea banderas socialistas, se hace selfies con la jefa, lanza palabras de apoyo y clava la mirada en la nuca de la lideresa esperando, solícitos, que su sentido arácnido le advierta que está siendo observada para que salude. Si algunos nos sorprendimos de la puesta en escena de los de Podemos en Vistalegre II, por la capacidad de teatralización dramática que supieron mostrar , hay que reconocer que en esto los socialistas les superan con creces. El circo del PSOE no tiene rival. La impostura es tan evidente que duele a simple vista. De lo que se infiere que en este Congreso lo importante era apretar filas y arrastrar a la militancia al éxtasis catárquico de la recomposición de la unidad, de reivindicación del auténtico PSOE, el verdadero, frente al PSOE de los impostores (léase Pedro Sánchez).

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