Todos los comentaristas, más o menos especializados, que estos días vienen expresando su opinión sobre la relevancia de las elecciones en Francia, parten de la base de que éstas pueden marcar un punto de no retorno. Estoy deacuerdo con esta afirmación. Sin embargo, son discutibles algunas de las argumentaciones que se sostienen para dar plausibilidad a esta aseveración.

Tenemos por ejemplo las opiniones expresadas en medios de comunicación que, a falta de un calificativo mejor, podríamos llamar “defensores del status quo”. No pretendo, con esta adjetivación, expresar una condena de carácter moral. Es una posición tan legítima como cualquier otra y la crítica que expresaré en torno a ella es exclusivamente de carácter político. La denomino “defensores del status quo” simplemente porque considero evidente que son opiniones que, en el fondo, demuestran, por un lado, una preocupación clara por la erosión del orden que teníamos hasta el estallido de la crisis económica y, por otro, desearían una vuelta atrás al modelo anterior. Con “modelo anterior” me refiero al modelo político, económico y social que arranca en los años 80 y se consolida a lo largo de la década de los 90, desarrollando tendencias tanáticas internas que llevarán a la eclosión de la Gran Recesión iniciada en 2008. Un modelo cargado de relativas certezas en la arena política, en el cual apenas dos grandes partidos (o dos grandes familias políticas) se disputaban el poder, sin posibilidad de que otros contendientes pusieran en peligro la hegemonía de estas dos tradiciones que se habían vuelto una, con un lado derecho y un lado izquierdo (la socialcristiana y la socialdemócrata, pasadas ambas por el filtro homogeneizador del neoliberalismo).

Un modelo paradigmático de este tipo de argumentaciones es la que en España se expresa a través del “El País”.  Un buen ejemplo de ello es el artículo de Marc Bassets del 22 de abril, titulado “Francia libera la batalla electoral que decidirá el rumbo de Europa”. Como se verá, lo único que comparto con el autor del artículo es la idea que se expresa en el  título.

Para Bassets, las elecciones en Francia son la tercera ronda en la batalla mundial entre “el populismo y el statu quo” (sic), tras las libradas en Estados Unidos (elección de Donald Trump) y Reino Unido (Brexit). El populismo, en su opinión, conjuga las fuerzas del “soberanismo” y el “repliegue”. El statu quo concita sin embargo a las fuerzas “internacionalistas” y “de apertura”. Las elecciones francesas son interpretadas como una especie de plebiscito sobre el futuro de la UE y el “orden occidental”. Para Bassets, de los cuatro candidatos que poseen opciones de pasar a segunda vuelta, hay dos apuestas que no cuestionan el statu quo aunque propongan intensas reformas (Macron y Fillon, de En Marche! y de Los Republicanos, respectivamente). Los otros dos candidatos (Le Pen del Frente Nacional y Mélenchon, de La Francia Insumisa) pretenden “preservar el modelo social francés y recuperar la soberanía perdida”, aunque desde programas ideológicamente antagónicos. Ambos son presentados como contrarios a la permanencia de Francia en la UE, si bien se matiza que Mélenchon sólo tomaría esta determinación si la UE no se transforma “a su gusto”. Bassets destaca como referente de autoridad la opinión de François Heisbourg, presidente del Laboratorio de Ideas del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Según este intelectual francés, el mundo actual se debate entre los defensores de “una sociedad abierta” y “los que prefieren una que no lo sea”. En su opinión, ésta es la principal línea que divide el enfrentamiento político actual, por encima de la clásica división “derecha-izquierda”. El autor del artículo menciona también la opinión de Strobe Talbott, presidente del Laboratorio de Ideas Brookings Institution, veterano de la Administración Clinton en los años 90. Para Talbott, las fuerzas del statu quo en los Estados Unidos están muy preocupadas por lo que ocurra en Francia, porque “si el proyecto europeo se derrumba, la comunidad transatlántica podría estar en peligro real”.

En lo referente a política exterior, además del rechazo a la UE, Le Pen y Mélenchon son presentados como personas que desean cambiar el sistema de alianzas establecidos: la primera acercándose a Rusia y el segundo, deseoso, al estilo De Gaulle, de recuperar soberanía y poder internacional para Francia, trataría de recobrar independencia para Francia, hecho que incluye una política exterior autónoma en la que no está descartado el acercamiento Rusia y sí la pertenencia a la OTAN.

Finalmente, el artículo advierte que de vencer “una de las dos opciones soberanistas”, que recordemos Bassets asocia al “repliegue” y al estar “contra la sociedad abierta”, se reordenaría el mapa occidental. Citando a Heisbourg, podría ser “el principio del fin del mundo occidental”. Para Bassets, citando para ello a Nicole Gnesotto, presidenta del consejo de administración del Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional y catedrática de la UE en el Conservatorio Nacional de Artes y Oficio, si Marine Le Pen o Mélenchon ganasen las elecciones y cumplieran con lo que considera el periodista “amenazas” a la UE, el gobierno francés provocaría una injerencia en la vida política de los socios europeos, porque una salida de Francia de la UE o de la zona euro obligará al resto de países a tomar decisiones similares. Rizando el rizo, dice Gnesotto: “el voto francés es casi un abuso de poder respecto a la soberanía de los otros estados”.

Este es el tipo de argumentación más común que encontramos en los grandes medios de comunicación que informan sobre las elecciones francesas. Es un discurso profundamente maniqueo, interesado y partisano, aunque se presenta tras el aval de las opiniones supuestamente neutrales y asépticas de los “especialistas”, de los que saben de qué va la historia y nos advierten de las terribles consecuencias de lo que se nos viene encima. Como se puede observar, el lugar común es muy simple: elegir entre el Orden y el Caos. Las fuerzas del Caos están representadas por Le Pen y Mélenchon (al menos Marc Bassets tiene la honestidad de plantear que lo hacen desde programas políticos con orientaciones ideológicas antagónicas; no todos lo hacen) y las fuerzas del Orden por Macron y Fillon.

En ningún momento, en este tipo de argumentaciones se explican cuestiones básicas, las que uno intuitivamente entiende como fundamentales.

Por ejemplo, si lo que se está diciendo es, en el fondo, que si gana Le Pen o Mélenchon, el pueblo se habría equivocado en su elección, y que esta orientación errónea del voto de los franceses sería consecuencia de la capacidad demagógica de los líderes populistas, a uno lo que le surge es la siguiente pregunta: ¿Qué consideración de “el pueblo” subyace a esta aseveración? Claramente, que “el pueblo” es una masa informe, manipulable y disponible para ser movilizada por la retórica de políticos sin escrúpulos, irresponsables, que saben tocar las fibras sensibles de las masas y llevarse el ascua a su sardina. En definitiva, que la gente es absolutamente imbécil, menor de edad, incapaz de tomar decisiones racionales por sí misma y que se deja arrastrar por las emociones. Aquí también hay un presupuesto implícito: las “emociones” son el lugar del mal, pues en todo caso llevan a la catástrofe, como si en los procesos de raciocinio no estuviese también implicado aquello que los individuos perciben y entienden emotivamente sobre lo que sucede en su entorno.

Lo que no se nos cuenta por lo tanto es qué ha estado pasando para que crecientes sectores de “la gente”, que será imbécil o no en diferentes proporciones y ámbitos de la vida, pero que toma sus decisiones de manera consciente, dejándose arrastrar tanto por los sentimientos como por lo que le dictan sus valores, su experiencia vital y su conciencia racional, esté optando por opciones que abiertamente confrontan el statu quo. Y, habiendo tomado una opción “populista”, es decir, una opción política que se expresa bajo la forma de una división de la política en dos campos delimitados y en conflicto (“el pueblo” frente al “no pueblo”), qué es lo que mueve a apostar por una opción “reactiva” o “de derechas” (Le Pen) o una opción “progresiva” o “de izquierdas” (Mélenchon).

La respuesta a la primera pregunta plantea serios problemas a aquellos que defienden el statu quo. Porque tendrían que reconocer una serie de hechos que no dejan en buen lugar el supuesto “Orden” que se desea reinstaurar. Digámoslo claro: la gente se ha dado cuenta, en diferentes niveles, con diversas formas de expresarlo y a través de variados procesos para intuirlo, de al menos dos cosas fundamentales 1) que los políticos que supuestamente les representan han tomado a cabo medidas políticas para confrontar la crisis que reparten de manera muy injusta la carga de la misma, que ha ido a recaer sobre las mayorías sociales y 2) que los políticos que supuestamente les representan han desplazado, paulatina y subrepticiamente, los ámbitos de soberanía popular a instituciones sobre las cuales los ciudadanos no tenemos ningún tipo de influencia.

Así las cosas, el “orden” que defienden los que desearían que se salve el “statu quo” es el Orden de la des-democratización. Un creciente proceso de acrecentamiento de la brecha que separa a las élites de las mayorías sociales y una creciente pérdida del control democrático sobre las élites por parte de la ciudadanía. Eso es lo que la gente que vota “populismo” ha visto que es la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional: escenarios donde se toman las decisiones realmente importantes y en los que “el pueblo” no está representado ni siquiera como audiencia.

Además, el “Orden” que se añora, nacido de la revolución neoconservadora de los 80, se asienta sobre un sentido común que contiene potentes dosis de conservadurismo ideológico, racismo y xenofobia. El recurso al “miedo al migrante” no es un invento de Le Pen. Es una idea-fuerza que se estaba extendiendo como reguero de pólvora en el discurso de las élites y en ciertos sectores sociales. Las Le Pen del mundo simplemente son más sinceras al afiliarse a estos preceptos retrógrados: lo dicen sin vergüenza. Leamos estas palabras:

Ocurre que nuestra economía crece por encima del 3 por ciento al año, pero como la población está aumentando como consecuencia de la inmigración por encima del 2 por ciento, toca menos a la hora de repartir y la renta per cápita crece con más parsimonia”

Aquí se conjugan algunos de los tópicos de la tesis nativista del populismo de derechas: los migrantes vienen a aprovecharse de nuestra riqueza y con su presencia reducen la capacidad de redistribución de los beneficios de nuestra economía, porque se quedan con una parte. Estas palabras fueron pronunciadas en la cámara de los representantes de un país Europeo, pero no fueron ni Marine Le Pen, Geert Wilders, Nikel Farage, Heinz-Christian Strache o cualquier otro populista de derechas que se siente tan cómodo en la tesis del “chivo expiatorio”. La frase entrecomillada fue sin embargo pronunciada en 2006 por uno de los grandes defensores del statu quo: Mariano Rajoy (diario de sesiones del Congreso de los Diputados, nº 182, sesión plenaria 171, 30 de mayo de 2006, pág. 9093). Como dice el refranero y la sabiduría popular: se cosecha lo que se siembra.

La respuesta a la segunda pregunta (porqué, desde los que escogen la opción “populista”, se opta por una versión de “izquierdas” o “de derechas”) plantea también respuestas muy incómodas, que nos hablan de la existencia de una cultura política europea en la que se combinan en tensión elementos absolutamente antagónicos, que están en la base de la diferenciación, abismal, entre un Le Pen o un Mélenchon. El populismo de Le Pen, un populismo netamente “de derechas”, privilegia la querencia de seguridad, el nativismo, la tendencia al autoritarismo y el miedo (y culpabilización) al “Otro” como elementos fundamentales para construir su noción de “pueblo”. El populismo de Mélenchon, netamente de izquierdas, privilegia la igualdad, la solidaridad, la democratización de las instituciones y el respeto al diferente como mecanismo de construcción del “pueblo”. La comparación entre ambos proyectos políticos, tan usual en los medios, como ha pasado en el discurso del Partido Popular, que no dudó por ejemplo en comparar a Podemos con Donald Trump, se basa en una realidad (la similitud en la “forma populista”) obviando por completo lo sustantivo (el abismo que les separa en “el contenido”, que aún se expresa en términos de derecha-izquierda, aunque esta dicotomía esté muy erosionada precisamente como resultado del sentido común neoliberal que nos convenció de la no existencia de alternativas a su modelo).

Las inconsistencias de la argumentación de los defensores del statu quo son evidentes. Primero porque presentan sus postulados como certezas incuestionables, algo que está muy cercano al autoritarismo, dado que la única certeza posible en las sociedades modernas se construye mediante el debate público, libre y abierto, de ideas y de proyectos, y las meras descalificaciones morales (que es lo que se esconde bajo la acusación de “populismo” tal y como conciben este término –equivalente a demagogia-) no explican sino que ocultan las realidades que, en el fondo, o no se quieren discutir o ni siquiera se perciben, dado lo profunda de la asunción de los prejuicios de los que se parte. Segundo porque las argumentaciones se erigen sobre presupuestos tan marcadamente parciales que se acercan poderosamente a la falacia. El comentario anterior de Bassets, utilizando la boca de  Nicole Gnesotto a modo de ventrílocuo, es muy ilustrativo. Recordemos: si los franceses votan a Le Pen o a Mélenchon, “el voto francés es casi un abuso de poder respecto a la soberanía de los otros estados”. Bassets-Gnesotto pretenden convencernos de que si un pueblo vota a unos representantes para que pongan en marcha procesos de recuperación de soberanía nacional, incluyendo la posibilidad de demandar la reforma de la UE o salir de ella si no es posible reformarla, es un atentado contra la soberanía nacional de otros Estados. Por lo tanto no hay nada que hacer: o no existe la soberanía nacional o no existe la soberanía popular, o ninguna de las dos cosas son relevantes, porque lo que importa es lo que ya está instituido de una vez y para siempre, sin posibilidad de transformación, salvo que las élites así lo decidan. Las élites claro está, que ya piensan de esta manera, porque si los pueblos cometen el error de elegir a quien no deben (léase, por ejemplo, Tsipras), ya se encargarán de hacerles entrar en razón amenazando la vida, la seguridad y el futuro de millones de sus conciudadanos.

De lo argumentado hasta aquí no se debe inferir que estoy defendiendo que es lo mismo (o mejor) que gane Le Pen a que lo hagan algunos de los defensores del statu quo (Macron o Fillon). Le Pen es la peor de todas las opciones, porque vendría a acentuar, por el lado conservador, las tendencias más denigrantes para la democracia y los valores republicanos que ya vienen articulando derecha y socialdemocracia francesa desde hace décadas. La opción de “cuanto peor mejor”, tan cara a algunos sectores de izquierda no es para mí una opción digna de ser tenida en cuenta: la historia demuestra que en ningún caso sucede eso que se argumenta detrás de esa sentencia: que la gente se “despertará” si toman las riendas  del poder gobernantes que acrecentarán las divisiones sociales y las desigualdades. Además, deja en muy mal lugar, desde el punto de la preocupación por las mayorías sociales, a quienes defienden estas tesis: no importa el sufrimiento generalizado si, al final (no se sabe cuándo) se consigue el objetivo buscado.  El medio es el fin y el fin es el medio, y si aún no nos hemos enterado de esto, es que la derrota tras la Guerra Fría ha sido mucho más profunda para la izquierda de lo que pensamos.

Lo que estoy diciendo es que lo mejor que nos podría pasar, teniendo en cuenta las fuerzas políticas que están en liza, y desde el punto de vista de las mayorías sociales, es que ganara Mélenchon. Porque, al menos en la teoría de su apuesta, representa la única posibilidad que tenemos de imprimir algo de justicia en este mundo que camina ciego y obstinadamente hacia el abismo de la desdemocratización, la desigualdad y la injusticia social. Sólo en la combinación de cierta recuperación de los mecanismos de soberanía nacional (el ámbito desde el cual los ciudadanos podemos, al menos, tener cierto control sobre lo que hacen y deciden nuestros representantes), con la articulación de ciertas fuerzas europeas que postulen una radical transformación de la orientación que ha tomado la construcción europea (una Europa dividida entre países ricos y pobres, con instituciones ajenas a los mecanismos de decisión y control democrático, donde cada vez más los ciudadanos pintaremos menos) podremos vislumbrar algo de esperanza en un futuro mejor para todos.

No soy muy optimista al respecto. A Grecia la machacaron cuando se atrevió a tener un gobierno de este estilo re-democratizador y re-dignificador del concepto de soberanía popular, en parte para que pasara lo que pasó en España: que se movilizara el voto del orden y del miedo al cambio. En España Podemos, que representa sin lugar a dudas la posibilidad de ese camino lleno de esperanza, está en horas bajas, ha sufrido duros golpes y se ha ensimismado, al más puro estilo vieja izquierda, en una absurda carrera por la defensa de las esencias y las resistencias que no ofrecen horizontes de certeza a las mayorías sociales. Mientras escribo estas líneas se está celebrando la primera vuelta de las elecciones en Francia y parece que Macron y Le Pen parten como favoritos. Lo único que puedo expresar es un deseo, cargado de razón y emoción. Ojalá venza la mejor Francia, esa Francia que nos hizo saber que no hay fundamento último que legitime el poder absoluto. Ojala venza la Francia Insumisa. Es mucho lo que nos jugamos todos.

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