Esperanza Aguirre dimite. Ignacio González en el trullo. Descubrimos, otra vez, que millones del erario público han ido a parar a las arcas del PP y al bolsillo de algunos de sus más ínclitos golfos apandadores. Fiscales anticorrupción pasándose el Espíritu de las Leyes por el escroto. Un Secretario de Estado haciéndonos un Fernández Díaz, y un Ministro de Justicia marcándose un “sé fuerte”, también por SMS, al que está en el trullo: “Ojalá se acaben pronto los líos” (sic). Empresarios de la construcción y directivos de club de fútbol jugando a pasar el sobre. Compi-yoguis de la Reina, a lo grande, con nuestra pasta. Un exministro de la era Turbo-Aznar se broncea con rayos uva, también a nuestra costa. Rajoy, mientras tanto, en Brasil, de Gran Hombre de Estado, corriendo rápido, y, por supuesto, preocupado por Venezuela. Tres jóvenes promesas del PP (Maroto, Casado, Levy) muestran sin tapujos su jeta de cemento y su falta de escrúpulos tratando de justificar lo injustificable, advirtiéndonos, de paso, que el recambio en el PP será más de lo mismo.

El cuadro es conocido. Se llama Marca España o la España de los Castillos. Esa España en la que la sociedad es considerada ajena a lo público, menor de edad, una masa abúlica de imbéciles balbuceantes. La España que se muere pero resiste, aferrándose a la vida a base de destruir los horizontes y las expectativas de las generaciones que la sucederán.

No sé qué me sorprende más, que se atrevan, con una indescriptible muestra de desprecio, a seguir rociando nuestra rabia con gasolina, o la capacidad de aguante que tenemos como sociedad. Creían que la tormenta había pasado (7,9 millones de españoles les dieron la razón). Pero el olor a podrido siempre vuelve, porque hay un muerto en el sótano.

Rajoy fue inteligente en las últimas elecciones. Movilizó el voto del orden, pinzó con precisión de cirujano en las pasiones de la clase media, conservadora por naturaleza (no perder lo que se tiene), jugó sabiamente con el miedo a la incertidumbre. Todo le iba viento en popa. España, llena de españoles, muy mucho; la economía, bien gracias, no me hable de precariedad, sea positivo ¿Cataluña? Me gusta Cataluña, hacen cosas. En casa, la amenaza populista de izquierdas de trifulca interna. Gana la opción perdedora, no hay problema. Espaldarazo internacional. España, que aparecía en 2014-2015 como un foco de inquietud, de pronto es la más estable de Europa, en un entorno de dimisiones (Cameron y el Brexit, Renzi) y con el populismo de derechas haciendo el agosto en el Norte, recogiendo la cosecha del odio al migrante que sembraron otros (Merkel nos acaricia el cogote mientras movemos animosamente el rabo).

Pero el olor a podrido siempre vuelve, porque hay algo que está muerto y no ha sido enterrado. El muerto se llama Partido Popular, surgió de los efluvios post mortem del tirano que rigió el país como un cuartel durante 4 décadas, y se consolidó como la organización criminal nacida para delinquir más eficiente de cuantas hemos tenido en el país. Y eso que Felipe y los suyos dejaron el listón bien alto. Su especialidad es denigrar lo público por ineficiente mientras lo saquean a dos manos, a la luz de todos, con alevosía, provocando precisamente la ineficiencia que denuncian. La población pasiva y desmovilizada que fue socializada en el franquismo entiende esto como lo normal, porque en eso fue educada a base de ostias, misa e ignorancia. El conservadurismo que asola Europa desde los 80 vino a hibridarse con ésto, y el desarrollo basado en la especulación y la riqueza-ficción generada por el crédito hizo el resto.

Pero España no es sólo eso. España es la costurera que lleva toda la vida, como Penélope, cosiendo y descosiendo su futuro y el de los suyos a base de esfuerzo en un entorno que le marcaba como inferior por ser mujer. Es el carpintero con la mano rasposa y la mirada a vista de pájaro que crió a 8 hijos que dormían en cajones de un armario. El trabajador que se partió la espalda en los astilleros, Construcciones Aeronáuticas o en la mina en Asturias o en el Porvenir de la Industria, saliendo de la miseria y confiando en un futuro preñado de expectativas para sus hijos. Son los empleados de la banca que se negaron a vender preferentes. Y los que lo hicieron porque les presionaron y se jugaban el curro. España es la migrante argentina que llora de emoción cuando gana Ada Colau. España es Carabanchel o Lavapiés tirando macetas a los encargados de ejecutar un deshaucio. Los dueños de los bares a los que se les cae el pelo a puñaos porque no llegan a fin de mes, y sus empleados que no cobran. España es la artista gráfica re-politizada que puso toda su ilusión en el retorno de la ilusión. Es el bibliotecario que se pagó los estudios poniendo tapas, son los chicos del barrio en el paro que trabajaron en la obra y ahora no les queda nada, más que hipotecas y deudas. La marroquí hija de un refugiado palestino que puso una tienda de dulces. Son los millones que confian en Pablo Iglesias, y se quedan atónitos cuando defrauda sus expectativas. Es la doctora que se formó con esfuerzo y soportando el desprecio de la flema gabacha en Paris, y ahora trabaja a 8000 kilómetros de casa. Son los migrantes de Mali que aparcan coches en Granada. El vendedor de libros por catálogo que vota a Ciudadanos porque se cree el cuento del alfajor del autónomo-emprendedor, y es honesto. Las madres y padres que asisten patidifusos al fin del futuro de sus hijos. El senegalés que le puso Alhambra a su hija. España es  “El Camarón” cantando “Viviré”, el ex toxicómano destruido en los 80 que hoy rehace su vida, aún sin dientes. Es el fontanero que se toma un sol y sombra a las 8 de la mañana. El andaluz que entorna los ojos cuando se ríen de su acento. España son los canarios de La Isleta, donde la autenticidad se lleva por bandera. España es el gitano harto de estereotipos, el cristiano, el ateo y el musulmán que entienden como deber moral dar la mano al prójimo. España está llena de gente que aguanta, que resiste, que se apunta a las mareas, que grita desconsolada a la vez que esperanzada “no nos representan”. España está llena de médicos y profesores que conciben su trabajo como un servicio a la comunidad. En España hay millones que se emocionaron en las plazas del 15M. En España hay comunistas que no creen en las dictaduras, socialistas que sienten como un insulto el espectáculo que dan sus dirigentes, votantes del PP que se fueron a la abstención, huérfanos de representantes, y avergonzados.  En España hay vascos y catalanes que quieren otra relación con España, y no son de ETA. Y nos quieren.

España es mucho más que esa imagen podrida y vergonzante que transmite el Partido Popular. Esa imagen de casposa chulería, de casticismo cateto, de aíres de superioridad colonial que oculta, detrás de un cartel de neón que lo anuncia, un profundo sentimiento de inferioridad y de autodesprecio. España no es sólo ese grupo de viejos nostálgicos que entonan el Cara al Sol, en presencia de todo un ex Ministro de Justicia, en el entierro del falangista que no votó la Ley de Reforma Política del 77, la del harakiri, pero si firmó la pena de muerte de Puig Antich. España no es sólo Bárcenas, la Gürtel, La Púnica, las tarjetas black, Rodrigo Rato asegurando con sonrisa sardónica de plástico que paga como todo contribuyente. España, en fin, no es sólo el PP.

La muerte política de Aguirre anuncia una tormenta. Es el fin de un ciclo. Rajoy lo sabe, por eso tuitea hablando de Venezuela. Su plan se desmorona, el viejo mundo está muriendo, y apesta. Rajoy no puede arreglar el entuerto, porque eso sólo se arregla enterrando al muerto. Es decir, disolviendo al partido. Ojalá los ladrones decidan hacer por primera vez un servicio al país y canten. Porque España no somos sólo ellos, y esto tiene que acabarse.

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